Narrativa: Fricka, la mujer de la luna – Fragmento -1 –

Fricka, la mujer de la luna – Fragmento -1 –

Gocho Versolari, Poeta

NOTA PREVIA: Estos son fragmentos de una novela incompleta. Fricka es una emanación de la luna con forma de mujer. En la ciudad Románica, donde se asesinan mujeres en forma diaria, ella toma venganza de la manera más cruel. Lo que siguen son monólogos de la propia Fricka. Matilde, su interlocutora, es una mujer que quedó trastornada por un golpe que le diera su esposo cerca del ojo. Hace ya un año, pero la herida sigue abierta, y por allí entra Fricka para tomar su cuerpo y volar en las noches. 

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.Todas las mujeres somos una   mujer azul que se tiende entre la luna y la tierra y flota en el cielo. Siempre está desnuda, dormida y reclinada. A veces la vemos brillar en las madrugadas y nuestros corazones se calientan al reconocernos en ella.
SOY FRICKA.
Oscura como todos los humanos, herida desde tu cabeza hasta las puntas de tus pies, con toques azules en tu frente, te veo  desde la luna    Matilde.  Vestida    con la ropa litúrgica,  las manos abiertas, sonriendo, convencida y entregada con  esa disposición a recibir la simiente del hombre, el placer profundo, los dolores del parto y también los golpes cuando  llegan.     .
La herida de tu ojo derecho tiene forma de rayo con el extremo inferior levemente curvado. Esa desviación hace que se mantenga siempre abierta supurando  sangre, fluidos , dioses, y demonios  Matilde, tú sabes que esa es la puerta para llegar a ti como un amasijo de rayos de luna, como una tenue esfera desprendida del cielo, como un suspiro de las constelaciones.  Me balanceo tenuemente   ante tus ojos grises, rodeados de líneas rojas, ante tu sonrisa perenne con la que recibes   el dolor yel gozo.
Cerniendo huecos, amasando rayos, entonando silenciosos himnos, los dioses pueblan el espacio entre la tierra y la luna. Ellos pueden trasladarme en segundos hasta ti, cuando el tiempo está maduro, pleno después de las doce. Llego por tu esfuerzo al salir a la ventana, subir las viejas escaleras y esperar en la terraza con la alegría del aire.
Rectilíneo, limpio, vacío, así ven los hombres el espacio entre la luna y la tierra. Ya no distinguen las zonas oscuras y las zonas claras, los pozos grabados en el aire de las doce, las zonas peligrosas donde el ser y el estar anudan trenzas oscuras para que tropiece el peregrino que recorre el espacio.
Una pequeña exhalación, un vendaval silencioso en el vacío, un charco de luz y ansiedades llenas de plumas y sangre. Así llego en segundos humanos hasta la herida de tu ojo donde me reciben los dioses enanos, los gusanos de los sótanos del cosmos, los abuelos de las tardes sedosas y allí me deslizo, tomo tu cabeza como un fluido suave y terrible  y me apodero de tus huesos exiguos, tibios, de tu sangre llena de sargazos.
Soy un puñado de hebras que nacen en ti, Matilde. Desde tu vientre, donde tu útero forma un recodo, asomo mis ojos certeros y te doy la fuerza de los astros. Si quisieras,   podrías destruir este edificio, podrías reducir a polvo la ciudad. Los habitantes morirían antes de saber lo que ocurre.
Son las doce. Los que duermen no despertarían y los que vigilan no entenderían ese rayo súbito y terrible, no tendrían conciencia de su aniquilación. El soldado sentirá que le quema su fusil. El niño no reconocerá la ceguera en sus ojos. Los encargados de edificios no podrían cumplir su ritual y todos serían de pronto   un amasijo de vino, sangre,   gemidos silenciosos y simientes absurdas. No llegamos a matar, Matilde. Sólo a gritar y a instalarnos en las gargantas de las mujeres. Desde tus huesos, tu carne y tu sangre grito.
SOY FRICKA

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La noche está llena de marmitas resplandecientes, que arden desde sus bases. Nadie ha colocado agua en ellas y sin embargo bullen. Nadie ha encendido el fuego que las quema. Arden en ellas el odio, el dolor, la rabia. Arden.
Entro en tu herida Matilde. Hay un enjambre de dioses que corren como gusanos allá en el fondo donde tu materia gris se mezcla con tu materia blanca y  , donde los menguantes arcabuces de la muerte esperan el silencio. Los dioses corren y me alaban. Los demonios gritan amenazas y en cada grito ratifican su devoción hacia mí.
Te adoramos, Fricka, la mujer de la luna.
Las luces de la ciudad escuchan mi grito y brillan y se tiñen de colores y parpadean como ojos asombrados  . Hay una gama de azules y violetas. Son dioses y pequeños demonios de la gente que duerme con sus angustias  sus alegrías. Muchos de ellos  despertarán a la madrugada. En el sudeste los monjes  se levantarán y vestirán sus hábitos azules para bajar descalzos con las cabezas cubiertas la colina. Darán tres vueltas a la redoma hasta que el sol salga. Luego irán a engarzar grillos en los pies de las mujeres que pertenecen a un hombre o a un grupo de hombres   .
Las luces amarillas surgen de  los noctámbulos, aquellos que están despiertos a caballo de los dioses redondos de la noche, apartándose de la vida   que deben seguir durante el día asintiendo, negando, moviendo brazos y piernas de acuerdo a las exigencias de la ciudad. En las noches recorren las calles   buscando un amor, una revelación, el descenso de un ángel en algún momento de la madrugada.
Si se siguiera los dictados del cielo, si los habitantes se encontraran en sí mismos las divisiones del cosmos, si vieran los accidentes del aire, si al aspirar sospecharan siquiera que con cada bocanada de aire tragan cientos de seres pequeños, diminutos,  allí terminaría todo.
Yo no existiría. Mi cuerpo no surcaría la noche de la ciudad buscando mujers que reciban golpes. No habría una bola de luz que noche a noche se tienda en el espacio. Estaría en el regazo de la luna como una llama sin fuego, como el sueño de una chispa, como el relincho inaudible de un bucéfalo. Entonces no viajaría hacia ti,  Matilde. No tomaría tu  carne, no penetraría en tus entrañas como un grito de luz.
Matilde, hay palabras que no llegaron a ti. Las palabras son aves que vuelan hacia uno y otro lado, caprichosas, exiguas, se alejan y retornan una y otra vez. A ti no ha llegado la palabra alquimia. No sabes que el sol y la plata son un rey y una reina. Que se unen y de ellos nace el cinabrio. Los alquimistas lo utilizan para llegar a su gran obra, a la piedra filosofal, a cumplir con sus sueños y el sueño de todos los hombres. El cinabrio es el hijo de los reyes. Es el príncipe. Todos nosotros somos príncipes y princesas. Un hombre ama a una mujer y la acaricia. Un hombre ama a una mujer y la golpea. En ambos casos traspasa la piel. Una caricia o un golpe. De la caricia surge el hijo, lleno de sonrisas, es la bendición  de la tierra. Del golpe surgen el miedo y el odio que también son hijos. Invisibles, roerán las paredes de la casa, el revoque, el cemento, ladrillo a ladrillos. De la piel de la mujer golpeada surge el miedo con aspecto femenino, tragando todo lo que la rodea, Como el cinabrio ella también es hija de la pareja. Se alimenta de las miradas de odio que él te brinda noche a noche, y extiende su cuerpo de fantasma tapizando las paredes. La rabia, el odio, forman un hombre gordo que espera sentado en un rincón. Es imposible no pasar a través de sus carnes tenues, llenas de gusanos de luz que se prenden a tus piernas y a tu vientre, que abren huecos en tu mirada. El odio es paciente, se entrega, viste un sayo negro y usa un bonete azul. Cuando quieres pasar por una puerta, él la abre y te hace una reverencia. Si pudieras escucharlo, notarías que su tono es uniforme. Nunca levanta la voz, nunca grita. Sólo la tensión de su rostro, el color cetrino de su tez y esa mirada que a veces no puede evitar, el temblor de sus manos. El odio llena los cuartos de la casa y con cada trompada, con cada bofetada, hay una catástrofe agazapada que explota y llena de esquirlas negras el azogue de los espejos.
Ladrillos brillantes pueblan las paredes de tu casa. Ladrillos fraguades en un crepúsculo donde las nubes lejanas anunciaban la lluvia. A lo lejos los niños encendían hogueras y una pareja esperaba la noche para amarse con pasión. En sus manos él trae los rubíes de los golpes, las piedras granates de la humillación en su boca. Llegan las sombras e imaginas los gemidos de la pareja en la playa, detrás de los pinos que crecen en los médanos. Tú también gemirás bajo su aliento a alcohol mientras te toma del cuello y lo aprieta, mientras te amenaza con el atizador, mientras grita a la noche que va a matarte.
El la acariciará, los dos desnudos, ella gritará de placer. Tú recibes el golpe y gritas de dolor. Ella se preñará de su semen, tú lo harás de su odio. Cinabrio. Eras la reina y él era el rey. Eran hermosos y corrían por los senderos del amor. Ahora el cinabrio no es más que tu desesperación, tu dolor que se agita cuando las estrellas se llenan de sangre.

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GOCHO VERSOLARI

Comenta. Comenta. Son importantes tanto las caricias como las bofetadas.

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