Narrativa: El atardecer de Pigmalión – Gocho Versolari

El atardecer de Pigmalión

Gocho Versolari

Al darme la vida, amado creador, has iniciado el camino de tu muerte
Galatea.
El fuego del otro amor era el nombre del foro gay en Internet, donde Jorge Conti participaba con el falso nombre de Roberto. No era un seudónimo, sino un avatar al que describía con rasgos alargados y una barba estilo “Che” Guevara; sujetaba el cabello con una cola y en el pecho, cerca de la nuez, lucía el tatuaje de un estilizado dragón devorando una paloma. Su nombre completo era Roberto Santos Jiménez y a diferencia de Jorge, actuaba como un joven alocado e insolente que excitaba a los demás y desaparecía ante la exigencia de ser conocido personalmente o vincularse mediante la cámara web.
Roberto escribía poemas, muchos de ellos burlones, con rimas ingeniosas y bien resueltas; aquel era un género que Jorge no dominaba, pero que su doble parecía manejar a la perfección. Cuando llegaba el momento de narrar fantasías, elaboraba historias complicadas que enloquecían a los participantes.
Al jubilarse, Conti había decidido cumplir el sueño de su vida: dedicarse a la literatura. Hacía dos años que trabajaba en una novela; empezaba a la mañana y luego de redactar un par de párrafos, se levantaba con cualquier pretexto. Al volver a la computadora, la tentación lo llevaba al foro; allí practicaba cibersexo a través de Roberto y luego de dos horas, redactaba un par de líneas, repitiendo el ritual. Suponía que aquella pereza para avanzar era la famosa angustia de la página en blanco
Al atardecer se ocupaba de dibujar a su doble. De estatura mediana, figura atlética, con el torso triangular y los ojos negros que parecían mirarlo desde el papel.
Una noche lo despertó un ruido metálico; tomó la pistola que fuera de su abuelo y se levantó sin hacer ruido. El arma, con una sola bala en el tambor, era una pieza de museo, pero su impresionante aspecto asustaría al presunto asaltante.
Al asomarse al pasillo, vio encendida la luz de la cocina; temblando, avanzó con sus suaves pantuflas de seda. Antes de llegar vio una sombra; alguien tarareaba. Sin entrar a la habitación, Jorge levantó el arma; intentó hablar con voz firme, pero su tono atiplado le sonó ridículo.
— ¿Quién es? ¿Qué está haciendo ahí? ¡Conteste o disparo…!
Los ruidos cesaron. La luz siguió encendida, pero el extraño no se movió. Sosteniendo la pistola con ambas manos, Jorge caminó temblando hasta la cocina y comprobó que no había nadie.
—Le aseguro que estaba aquí, lo escuché comer y cantar —dijo mostrando a los policías los restos de una lata de atún abierta con un cuchillo —está como la dejó él. Puedo afirmar que no coloqué mis manos en estos restos para que puedan hacer todas las pericias que sean de rigor. Quizá recogiendo muestras de la saliva determinen el ADN del criminal.
Cuando estaba nervioso, los ademanes y el tono de su voz eran claramente femeninos; trataba de evitarlo y el resultado era peor. Quizá aquello explicara la mirada severa de los oficiales, especialmente del más joven, a quien Jorge encontraba muy atractivo.
—Lo primero que revisé, señores policías, fueron las puertas de entrada y de salida que permanecen herméticamente cerradas Aquí tampoco toqué nada para que ustedes traigan cerrajeros y asesores a efectuar las pericias del caso, es decir, tomar huellas digitales, comprobar una posible violación de los herrajes…
—Señor Conti —interrumpió el oficial más joven —no vamos a revisar nada ni a hacer pericias. Sólo le pedimos que nos tenga al tanto si vuelve a ocurrir un hecho como éste.
Le dejaron una tarjeta y se marcharon sin atender los reclamos de Jorge: exigía una guardia personal para protegerlo.
En los días que siguieron, Jorge cambió las cerraduras y colocó fallebas. Con el fin de olvidar lo ocurrido, se volcó de lleno a completar el perfil de Roberto Lo dibujó desnudo en diversas posiciones, exhibiendo el  enorme miembro. Eligió los mejores diseños, los enmarcó en una base de cartón y los colocó a la salida del baño, en la entrada de la cocina y en las paredes del dormitorio
Estaba satisfecho con ese ser imaginario que ahora buscaba su independencia. Intentó incorporarlo como personaje a la novela, pero advirtió que perdía fuerza. No tenía la potencia de los diseños ni podía reproducir la chispa de sus intervenciones en el foro.
Una mañana se sintió aburrido; repasó las sesenta páginas que había compuesto: una historia violenta de amor y sexo que le pareció artificial. De pronto pensó que si fuera Roberto el que la redactara, todo podría cambiar. Lo hizo y escribió como si estuviera en trance, completando treinta páginas en media hora. Era su doble quien corregía, pasaba en limpio y avanzaba en aquella trama que adquiría una inesperada solidez.
Pasaron los días y olvidó al desconocido cuya sombra viera aquella noche, pero a su alrededor ocurrían cosas desconcertantes. En el mercado compraba cinco latas de atún, las acomodaba en la alacena y al revisarlas al día siguiente, sólo encontraba cuatro Había leído que todo hombre a partir de los cincuenta años pierde un porcentaje de memoria y él ya había cumplido sesenta; quizá se tratara de distracciones, pero cuando lo mismo se repitió con los vegetales, la carne, los fideos, se alarmó.
Una noche, al sacar la basura, encontró una de las latas abierta a pesar de no haber consumido atún. Al día siguiente, descubrió un plato sucio con aceite que tampoco había usado; era evidente que alguien cenaba en su cocina.
Las cerraduras se mostraban nuevas, brillantes, ofreciendo una seguridad total, pero el extraño parecía entrar y salir a su antojo.
El oficial buen mozo le había dejado una tarjeta y lo llamó al celular.
—Señor policía, debo informarle que el extraño ha vuelto —dijo apenas lo atendió —Por eso le pido que regrese y se ocupe de sus tareas específicas.
Tuvo que explicar quién era y describir la anterior visita. El hombre lo recordó a duras penas.
—Mire, señor Conti, le repito que en un caso como el suyo no nos corresponde brindar ningún tipo de protección ni hacer pericias. Si usted considera que corre riesgos, lo invito a realizar la denuncia formal ante la institución.
Al escuchar el tono metálico, Jorge cortó con un suspiro, pensando que los hombres apuestos eran heterosexuales o tenían pareja.
Decidió defenderse. Tomó la pistola de su abuelo y acudió a un amigo que años atrás había sido dueño de una armería. No sólo se encargó de lubricarla y dejarla en perfecto estado, sino que consiguió otra bala que se adaptaba al tambor.
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Esa noche Jorge hizo guardia en una silla cercana a la cocina, pero a la madrugada no resistió el sueño y se durmió. A eso de las cinco lo despertó un ruido; otra vez la silueta del extraño. No lo veía directamente, pero al estar de pie junto a la luz baja de la cocina, la sombra de su cuerpo se destacaba contra la pared. Levantó la pistola, apuntó a la sombra y disparó. El sonido fue tremendo. A los pocos segundos escuchó gritos y preguntas en el pasillo del edificio. Varios vecinos, en batas y pijamas golpearon a su puerta y tuvo que salir, disculparse e inventar un pretexto.
Luego de media hora, volvió a la cocina. La única señal del extraño era una lata a medio abrir sobre la mesada. Aquel día durmió y a la noche volvió a vigilar; logró permanecer con los ojos abiertos hasta el amanecer y todo se mantuvo tranquilo.
Resolvió esperar una tercera noche, dispuesto a olvidar aquello si el extraño no aparecía. Todo transcurrió con normalidad y tres horas antes del amanecer, decidió abandonar la vigilancia. Mientras se duchaba, sintió que cedía la tensión. Aquel sujeto no existía y ahora podía concentrarse en otras cosas, la novela, el foro, los paseos y quizá criar un perro pequeño para compensar sus deseos de maternidad. Al salir del baño, se colocó la bata de seda de Jamaica, las finas pantuflas y cuando entró al dormitorio se detuvo como fulminado: en la cama había un hombre cubierto por las sábanas de raso y leyendo el diario que había comprado el día anterior. Al verlo se volvió hacia él y le sonrió, como recibiéndolo. Rostro alargado, barba en punta, ojos negros y brillantes. El torso sin ropas anticipaba el resto de la desnudez. Conti se detuvo en la puerta; podía volverse y buscar la pistola que había dejado en la mesita. El extraño le sonreía y en ese momento vio en la parte superior del pecho el tatuaje del dragón devorando la paloma. Colgado en la pared había un enorme dibujo de Roberto que era idéntico al desconocido
— ¿Quién es usted? ¡Le exijo que me responda!.
— ¿No me conoces? —el extraño levantó el índice señalando el dibujo —Aquí estoy para ti. No pienses en buscar la pistola; la otra noche casi me matas del susto.
Tal como lo había imaginado, una de las muelas de Roberto era de oro y brillaba con su sonrisa.
—Me creaste demasiado real; por las noches me muero de hambre y tengo que recurrir a tu despensa.
Conti estaba desconcertado; no sabía qué contestar.
— ¿Tienes hambre ahora?
—Ahora no —Roberto golpeó la cama con la mano —Acuéstate conmigo. Además de crearme, dame un poco de placer.
Jorge vaciló; finalmente se quitó la robe y se acostó desnudo junto a él. Su cuerpo estaba caliente y despedía perfume a almendras; lo tocó con timidez, temeroso de atravesarlo con la mano.
—No te preocupes. Es en la noche cuando estoy más sólido. Al llegar la mañana me convierto en un fantasma, pero también eso pasará.
Tuvieron sexo. Roberto fue la parte activa y parecía incansable. Al principio Jorge se sintió reacio; eran muchos los años de abstinencia y soledad, pero después se entregó. La relación era perfecta; creador y criatura adivinaban mutuamente hasta el mínimo gesto de excitación, de placer, de ternura. Al llegar el amanecer, Jorge intentó tocarlo, pero su mano lo atravesó de lado a lado.
—Es con la luz del sol cuando me convierto en un fantasma —explicó Roberto —te pido que me des jugo de fresa. Sé que tienes algunas en la nevera. Eso me reconforta.
Jorge preparó un licuado de fresas y cuando Roberto lo bebió, vio a través del pecho la línea roja que  llegaba al esófago e inundaba el estómago y las entrañas. El esternón de Roberto brillaba como una columna de diamantes y a través de la piel exhibía cada una de sus costillas.
—Necesito oscuridad. Tienes un cuarto en el fondo; te pido que me ayudes a llegar allí.
Lo cargó y la criatura se dejó llevar con los ojos cerrados. Le pidió que lo dejara solo para dormir.
El resto del día estuvo nervioso, caminando de un extremo al otro de la casa sin creer en lo que ocurría; aquel ser que había creado tenía vida propia, habían tenido relaciones  y ahora estaba en el otro cuarto. Cada media hora abría en silencio la puerta y miraba dormir a Roberto. La textura de su piel se fue haciendo más opaca al atardecer y en las primeras horas de la noche despertó con un hambre devoradora. Su creador le había preparado un pastel de carne y una ensalada. Los comió acompañándolos con  una botella de vino.
En los días que siguieron, Jorge decidió dormir de día y pasar las noches despierto a su lado.
— ¿Qué es lo que te ha hecho venir a este mundo? ¿Los dibujos? ¿La participación en el foro? ¿El que hayas escrito mi novela?
Roberto se encogió de hombros y pensó unos momentos antes de contestar.
—Vine junto a ti porque aspiro a tener un cuerpo completo.
En los días que siguieron, el muchacho impulsó a Jorge a asistir a un gimnasio cercano. Alegó que la vida sedentaria no era buena para su salud. Tenía dolores en las piernas y en los brazos y durante las mañanas respiraba con dificultad.
—Me gustaría que me acompañaras —dijo Jorge con nostalgia al salir el primer día
—Dentro de poco lo haré. Por ahora debo ocuparme sólo de la gimnasia espiritual.

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Luego de hacer el amor ferozmente, Roberto se levantaba y pasaba gran parte de la noche escribiendo la novela que había iniciado Jorge y participando en El fuego del otro amor. Las veces que su creador quiso acompañarlo en el chateo, se negó con brusquedad
—Es algo privado – alegaba siempre con una mirada fría que no dejaba lugar a protestas.
En el foro, Roberto se excitaba visiblemente  y su creador ardía de celos, pero no se animaba a protestar por miedo a un posible enojo.
Cuando se cumplió un mes de la llegada, Jorge organizó una cena romántica; velas, champaña, caviar. Para la ocasión compró un nuevo peluquín que, según la opinión del vendedor, le quitaba diez años.
Empezaron a comer y a los pocos minutos alguien golpeó a la puerta. Jorge miró interrogante a su compañero y Roberto le indicó que abriera. Al hacerlo se encontró con un hombre joven  rubio, de ojos azules y  aspecto frágil; sus cabellos rizados  llegaban hasta los hombros.
—Hola, busco a Roberto.
Jorge no sabía qué hacer; aquella visita le resultaba amenazante.
—Hazlo entrar —ordenó Roberto —Es Nubio, un compañero del foro; le pedí que nos visite esta noche para compartir con nosotros.
La mirada enérgica del muchacho, le bastó para obedecer sin protestar
—Si quieres trae otra silla o le cedes tu lugar en la mesa.
Jorge se sentó en un sillón y presenció la charla. El llamado Nubio apenas hablaba y Roberto contaba animadas anécdotas, como si quisiera alentarlo. La angustia y la rabia de Conti crecían, pero trataba de contenerse y no armar un escándalo; sentía pavor al pensar en la reacción de Roberto. Pasadas las doce, el muchacho trajo una vieja guitarra que Jorge no usaba desde su juventud. Nubio sabía tocarla y cantó con voz dulce y afinada canciones infantiles. Él y Roberto habían bebido mucho vino, de modo que estaban alegres y las voces se escucharon en toda la casa. Jorge no pudo más, se retiró a su cuarto y desde la cama oía las carcajadas. Al irse Nubio, Roberto se acostó junto a él y lo acarició. Jorge respondió con un sollozo, se puso en posición fetal y se cubrió la cabeza, pero a través de besos y caricias, el muchacho logró que se volviera.
Tuvieron sexo varias veces y al terminar, ya cerca del amanecer, Jorge lo miró a los ojos y le habló.
– Sabes como late mi corazón por ti, sabes qué representas para mi triste vida. Mira hacia fuera. ¿Ves aquel vuelo de palomas que surca el espacio? Así mi cuerpo y mi mente han volado hasta tus brazos y mis entrañas se vistieron de fiesta. Cuando me amas, estornuda todo mi ser en una compulsión de amor…
Le dijo estas y otras frases tomadas de diversas revistas del corazón. Roberto escuchaba sus palabras y asentía en silencio. Al terminar se puso el slip de piel de leopardo, sabiendo que a Jorge lo excitaba.
—Disculpa por lo de esta noche; me equivoqué. Espero que no vuelva a pasar— dijo como excusa.
A la madrugada, Jorge despertaba a las seis, a fin de preparar licuado de fresa y de ayudar a Roberto a llegar al otro cuarto, ya que cuando perdía consistencia sufría de mareos y dolores de cabeza. Una mañana  se quedó dormido y cuando despertó eran las ocho y media. Se levantó alarmado; Roberto debía estar en el cuarto del fondo y cuando estaba por calzar las pantuflas de seda, su amante apareció con el desayuno. Sonreía triunfalmente.
—Roberto, ¿cómo…?
—Te dije que iba a lograr una mayor consistencia.
Tocó y abrazó el cuerpo de Jorge: era sólido y firme como el suyo. La alegría hizo desaparecer las dudas de Jorge. Fueron a celebrar, almorzaron fuera y al volver, por primera vez hicieron el amor durante el día.
Esa noche, Roberto regresó al foro. Jorge no dijo nada; procuraba no espiarlo, pero no podía dejar de ver los emoticones animados en forma de penes  que se movían en todas direcciones. Se acercó para reconvenirlo, pero Roberto se volvió mirándolo fijamente con una mezcla de rabia y advertencia que una vez más lo atemorizó.
En los días que siguieron, el muchacho alternaba una indiferencia absoluta con momentos de cariño y proyectos de vida juntos. Por las noches se colocaba el slip de leopardo para a chatear en el foro y cuidaba que Jorge apreciara las monumentales erecciones que se producían cuando practicaba el cibersexo.
Jorge no le pidió explicaciones; pensó que si lo trataba con dulzura lograría mejorar su carácter y decidió servir diariamente el desayuno y el almuerzo en bandejas con vistosas flores y poemas altisonantes redactados por él, a los que la criatura ni miraba.
Una mañana, ocurrió algo que no pudo explicar, pero que lo afectó profundamente. Calzado con las pantuflas de seda, cortó jamón con un filoso cuchillo en forma de hacha y lo dejó en el borde de la mesada. Al empujar un plato, la hoja cayó sobre su pie derecho, lo atravesó rompiendo la pantufla y se clavó en el piso. Jorge retiró el pie de inmediato y quedó mirando la seda del calzado seccionada por la brillante hacha. No había sentido dolor, pero el filo parecía haberle amputado los dedos. Sabía que la sangre podía haber retrocedido para luego salir a chorros. Contuvo la respiración; pensó en llamar a Roberto, pero estaba demasiado asustado Pasaron los segundos y se vio obligado a respirar. Lentamente se inclinó y miró el pie: estaba intacto, pero la pantufla se había dividido en dos.
No comentó a Roberto lo que había ocurrido, en parte porque el hecho lo turbaba y en parte porque la criatura seguía indiferente; además de escuchar música con audífonos, se desnudaba y entraba en el foro para chatear con ferocidad; encorvaba la espalda, descomponía el rostro y una tarde se masturbó frente a la pantalla sin importarle que Jorge estuviera presente. En tanto, Conti dejó de ir al gimnasio. Se levantaba tarde, dormía muchas horas y se bañaba día por medio a pesar de su obsesión por la pulcritud. Una mañana, inesperadamente, Roberto le trajo el desayuno a la cama como en los viejos tiempos. No sabía a qué se debía el cambio, pero con aquella actitud descubrió que dependía de sus emociones. Si el muchacho se mostraba tierno, el sol brillaba; si le era indiferente, la vida no tenía sentido.
—Conviene que vuelvas al gimnasio —aconsejó Roberto mientras lo acariciaba —debes cuidar tu cuerpo y tu salud. Recuerda nuestros planes.
Jorge no pudo evitar las lágrimas
—Tu ternura, tus caricias, levantan el sol —dijo con voz temblorosa —me ves viejo, con poco cabello, pero en el fondo soy una paloma tierna que anhela el calor de una mano que la acaricie.
Cerca de las diez de la mañana, calzó tenis, vistió ropa deportiva y salió Al llegar al gimnasio eligió las máquinas más exigentes y se movió con fuerza y entusiasmo. Cuando subió a una bicicleta fija e intentó tomar el manubrio, descubrió que no podía hacerlo; su mano se cerraba en el vacío, a pesar de que veía frente a sí la barra negra de goma y de acero. Llamó a la encargada.
—Señorita, esto se ha dañado.
—¿Cuál es el problema?
—Intento aferrar el manubrio y no puedo…

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La mujer se sentó en la máquina, tomó la barra con ambas manos sin ningún inconveniente y empezó a pedalear.
—No entiendo qué le ocurre, señor Conti.
Jorge se sintió avergonzado
—Está bien, voy a probar con otra máquina…
Se sintió mal; inexplicablemente aquello le producía pesar, como si fuera el culpable. Decidió volver a casa; aprovecharía el cambio de Roberto y disfrutaría de la reconciliación.
Mientras regresaba, apretó con sus manos las paredes de las casas; ladrillo, revoque, madera. Probaba las diferentes texturas y tanteaba troncos de árboles, caños de veredas para cerciorarse de poseer la fuerza de siempre.
Al llegar a la puerta del apartamento, escuchó por la claraboya voces susurrantes. La cerradura, nueva y lubricada, giró con facilidad. Las voces aumentaron mientras recorría en silencio el pasillo que daba a la sala central. Allí, de espaldas a él, estaba Nubio, totalmente desnudo y sentado en las rodillas de Roberto, también sin ropas. El joven le había pasado los brazos por el cuello y cantaba dulcemente.
Al final del corredor, estaba la cómoda donde guardaba la pistola. Sin pensarlo estiró la mano y la tomó. En ese momento, Roberto sintió un ruido y al verlo armado, corrió a esconderse debajo de la cama. Nubio se puso de pie y se volvió, mirando sin entender lo que ocurría. Parecía un niño pálido, con los cabellos despeinados y el pene lampiño
Jorge apuntó con la pistola.
  • ¡Acabas de hacer estallar mi corazón! ¡Una ola de sangre anega mis entrañas…
Disparó; al recordarlo luego, juraría que la pistola se había descargado por sí misma. Nubio se quedó parado, inmóvil. En el centro del pecho se abría un agujero por el cual la luz del cuarto se filtraba y se descomponía en destellos tornasoles. Lo cubrió con sus manos como si lo avergonzara, se volvió, tomó la ropa y empezó a vestirse. Al darle la espalda, Jorge pudo ver el cuarto través del agujero.
Roberto salió de su escondite y lo miró con odio. Sin hablar, se vistió rápidamente con una camisa y un pantalón.
—¡Has roto todas mis ilusiones! —dijo Jorge a su criatura
—No digas tonterías. Si me hubieras disparado a mí me hubieras matado Ya no soy un fantasma
—Roberto, ¡tengo frío!. —Nubio sollozaba lastimeramente —corre el viento a través del agujero de mi pecho.
Al ver el cuerpo trasparente, Jorge advirtió que el joven era un espectro como Roberto.
—¿Ves lo que hiciste?. ¡Lo dañaste !No lo conoces y no sabes lo sensible que es.
—¡No me ama! ¡No me ama! – repetía Nubio sollozando y señalando a Jorge
—Me fuiste infiel Destrozaste mis sueños y mis ilusiones, por no decir nuestros sueños y nuestras ilusiones.
— ¿Estás seguro? ¿Infidelidad con fantasmas?
De pronto Nubio se acercó a Jorge y extendió su mano.
—Dásela, no seas rencoroso – ordenó Roberto
—Si es un fantasma, al darle la mano la cerraré en el vacío.
—No estés tan seguro.
Los ojos de Roberto brillaban y sus mejillas estaban rojas. La energía emanaba de su cuerpo. Jorge sintió deseos de llorar. Recordó algunas frases de las revistas del corazón, pero ninguna se adaptaba a la circunstancia. Estrechó la mano que Nubio le tendía y sintió un sacudón. Su propia piel cayó al suelo en forma de goterones púrpuras y se hizo más y más transparente. El monitor estaba encendido y el brillante rectángulo lo atraía Marchó hacia él. Nubio lo siguió y ambos entraron en el ordenador como un par de brisas brillantes. Una vez dentro, vieron a Roberto que sonreía triunfal al otro lado de la pantalla.
—¿Qué nos pasó?
Antes de contestar, la criatura acercó su rostro para mirar fijamente a Jorge.
— Quiero que sientas lo que es ser un fantasma. Te estás desvaneciendo; cumples el destino de todo creador y mueres para que tu obra viva.
Roberto lanzó una carcajada antes de apagar el ordenador. Los dos hombres se encontraron desnudos en un cuarto pequeño, con las paredes grises. No había puertas ni ventanas y era imposible salir. El agujero en la mitad del pecho de Nubio, proyectaba un gris halo de luz. Acercó su cara a la de Jorge, lo miró fijamente y un par de lágrimas cayeron de sus ojos. A continuación, se acostó en el piso en posición fetal y hundió la cabeza entre los brazos. Conti se acostó junto a él y lo abrazó.
Desapareció el sentido del tiempo. No sentían hambre ni sed Los cuerpos de ambos eran cada vez más translúcidos. Las paredes del cuarto se convirtieron en ventanas y de ese modo pudieron ver la vida de Roberto. Escribía febrilmente la novela iniciada por Jorge donde ellos eran un par de personajes atrapados que no encontraban salida. Por las noches organizaba orgías a las que se presentaban numerosos hombres. Jorge reconoció entre ellos al oficial buen mozo, el que había acudido cuando denunciara la presencia de un extraño en su cocina. Lo vio desnudo, con el miembro erecto, tan enorme que al ponerse de pie le llegaba a la nuez de Adán. Como parte de un juego, perseguía a Roberto por toda la casa y al atraparlo, lo violaba brutalmente.
Cuando el ordenador se encendía, Nubio y Jorge, cada vez más delgados y trasparentes, salían del cuarto y caminaban por un pasillo hasta el foro que funcionaba en un enorme salón donde los hombres, sumergidos en un permanente desenfreno, ejecutaban complicados malabarismos sexuales: caminaban apoyados en sus enormes penes y luego con ellos sostenían botellas en equilibrio.
Jorge y Nubio eran un par de sombras desnudas y pálidas a las que nadie prestaba atención. Al final del salón, se abría un pasillo que daba a un cielo enorme lleno de estrellas. A veces, detrás del firmamento, aparecía el rostro de Roberto, mirándolos con sonrisa burlona, sin dejar de escribir la novela. Ambos hombres caminaban bajo los astros, tomados de las manos y se sentaban bajo el suave aire de la noche. Así como sus cuerpos se habían convertido en un par de delgadas siluetas, también las emociones se disolvían como ondas que volaban hacia los astros
Una de aquellas noches, la transparencia y la delgadez, llegaron a su punto máximo; entonces se entrelazaron y ascendieron lentamente, llevados por la brisa, libres de deseos, hacia un tramo del cielo profundamente azul, donde no brillaban las estrellas.

GOCHO VERSOLARI

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