Narrativa: Filtro – Novela por Gocho Versolari – VIII El gallinero – Final.

Filtro – Novela por Gocho Versolari – VIII El gallinero – Final.

Gocho Versolari

1
Cuando Teófilo despertó, Arandina ya no estaba a su lado. Por la ventana entraba la luz de la media tarde; tenía la sensación de haber dormido poco; quizá media hora. Se sentó en la cama.
―¡Arandina… ¡
Nadie respondió. Reloj, billetera y documentos, ordenados en la mesa de luz. Él sólo vestía calzoncillos. Sintió la erección. Potente. Enorme. Hacía tiempo que no tenía esas dimensiones.
― ¡Arandina!.
Estaba solo. Observó la fecha en el reloj. Había dormido un día entero. Él dormido y la nieta desnuda, abrazándolo.
―¡Vieja de mierda! ―murmuró recordando a doña Encarnación Negra.―¡Debería matarla!. Es lo que se merece.
La erección se mantuvo al levantarse. Había traspirado y debía ducharse. Recordó a Orestes. Demoraría un día en regresar. Además, si lo encontraba bañándose, no sería un problema. Era el venerable abuelo de su nieta.
El agua de la ducha salió casi fría. Problemas con el gas. Tiritando, se vistió despacio. La erección continuaba. Sintió el estómago vacío, pero pensar en la comida le producía náuseas.
―¡Vieja de mierda!. Me la va a pagar.
Se vistió. Dio una ojeada a la heladera, pero no encontró nada apetecible.. No importaba que fuera su nieta. Había tenido a su lado una mujer hermosa, desnuda, dispuesta. Una profesional para él solo y lo había dejado pasar.
Con un último pensamiento furibundo hacia la Bruja, cerró de un portazo la puerta del apartamento.
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Al salir de la casa de Arandina, las náuseas continuaron con un leve mareo. Los atribuía al filtro. Sintió que no estaba en condiciones de manejar.
Subió al bus, casi repleto a aquella hora. El miembro volvía a su dimensión normal, pero cualquier estímulo producía la erección. Desde el roce del calzoncillo hasta el leve contacto de las mujeres en el pasillo del vehículo. Por primera vez en años, tuvo que acomodarlo para que no se advirtiera el bulto detrás del pantalón. En vez de satisfacción, el detalle aumentaba la rabia sorda. El efecto del filtro llegaba veinticuatro horas después, cuando la oportunidad había pasado. El resultado del que hablara la Bruja, debía ser casi inmediato, como si fuera una pastilla. Se siguen las indicaciones del médico, en este caso de la curandera, y se acabó el problema.
La casa de doña Encarnación Negra quedaba al otro lado del arroyo. Años atrás, se levantaban tres prostíbulos en la zona. Uno de ellos, casi pegado a la casa de la Bruja. El bus lo dejó a dos cuadras. Desde lejos, advirtió que la oficina estaba cerrada, a pesar de ser día y hora de consulta. En la parte trasera, donde se levantaban las habitaciones privadas de la vieja, estaba la pareja de colaboradores que vivía en el terreno. Reconoció a la mujer que los acompañaba: la hija de Doña Encarnación; se la había presentado un par de años atrás. De unos cuarenta años, despeinada, tenía un leve parecido con su madre cuando era más joven. Lo miró con aire sombrío. Era la madre del muchacho muerto.
―Busco a Doña Encarnación.
―Mamá está muy mal. No puede ver a nadie.
Teófilo hizo el intento de entrar.
―¡No puede pasar!. Le dije que ella está muy mal.
―¡A mí me va a oír! ¡No me importa que sea lo último que haga…!
El asistente de la Bruja, moreno, de tez trigueña, con torso robusto, se plantó en la puerta para impedir el acceso del militar. Teófilo se acercó para tomarlo de las solapas.
―Dejalo pasar, Eustaquio. Es el Negrito. Yo lo conozco.
La vieja habló desde dentro. La voz parecía un chirrido de bisagras. El hombre se apartó, aunque lo miró con rabia.
Era la primera vez que Teófilo entraba en el dormitorio de la anciana. Habitación oscura. Olor a humedad. Doña Encarnación permanecía acostada boca arriba, en un catre tan delgado como su cuerpo. La cabeza era una enorme mancha en las sábanas. Al ver a Teófilo, sonrió
―¿Y, Negrito? ¿Cómo te fue?
―¡Mal! ¡Me fue muy mal!.
―No me explico. Fue uno de los filtros más potentes de toda mi carrera.
―¡Nada! ¡No pasó nada!. Me quedé hecho un estúpido, mirando las margaritas. Quiero que me solucione las cosas, doña Encarnación. ¡Lo quiero ahora!.
La mujer tuvo un ataque de tos. Al escucharla, la hija, que permanecía en la puerta, entró y la hizo escupir una flema azulada en un pañuelo.
―Hay algo que no me dijiste. Yo te lo pregunté y no me respondiste. Quién era la chica. Eso es muy importante.
―Para decírselo tenemos que estar a solas.
― Margarita, querida, ¿podés ir a la puerta por si llega alguien más? Voy a estar bien. No te preocupes. Conozco al Negrito desde que era virgen.
La mujer obedeció y una vez que hubo salido, Teófilo cerró la puerta
―La chica es mi nieta, doña Encarnación. Pensará que soy un depravado, pero ella fue prostituta y estaba dispuesta a que la cogiera a cambio de un favor. Usted sabe. El marido que quiere entrar al ejército…
Teófilo se interrumpió. La vieja había empezado a reír y no se detenía. La hija volvió a abrir la puerta
― ¿Estás bien, mamá?
―Estoy bien querida. Todo está bien. Cerrá nomás. Estamos por terminar… Negrito, con la nieta este filtro no te sirve. ¿Te vas a encontrar con ella otra vez?
―No sé. Creo que sí.
―Entonces vas a hacer lo que te digo. Paso por paso. Nada de pavadas esta vez. El filtro necesita un refuerzo cuando se trata de familia. ¿Conocés al Polo?
―Me habla del hombre que tiene la granja al final del arroyo.
―El mismo. Sabés que tiene el gallinero más grande de la ciudad
―Ciento treinta y cuatro gallinas.

Marco Rubiero - Tutt'Art@ (28)

―Muy bien, Negrito. Veo que te funciona bien la cabeza. Sabés que al Polo todos le roban. Noche a noche van los pibes y le afanan una o dos batarazas. Vos vas a hacer lo mismo. Te vas a meter en el gallinero, pero no vas a robar cualquier gallina. Vas a encontrar la que tiene un ojo verde entre las plumas.
―Doña Encarnación. Son más de cien gallinas. Debo ir en la noche, ¿cómo voy a encontrar entre ellas la que tiene el ojo verde?. Piense en el alboroto que van a armar. Un ladrón de gallinas, lo primero que tiene que lograr es que las aves no hagan barullo. Además, ¿no sería mejor hablar con el Polo? Quizá me venda la gallina.
―La tenés que robar. Esa es la condición. Si la comprás no sirve. No te preocupes por encontrarla. La gallina que te digo está al fondo y a la derecha del gallinero. Todos los nidos son blancos. El de la que te hablo es negro. La gallina del ojo siempre está echada. No se mueve y no hay forma de equivocarse. Además, yo voy a completar el embrujo, de modo que ella te dé una señal para avisarte donde se encuentra. También el hechizo va a cuidar que las otras no armen alboroto.
La anciana se detuvo. Jadeaba al respirar.
 ―Escuchame bien, Negrito. Te voy a explicar lo que vas a hacer. Vas a llevar la gallina a tu casa. Debés colocar una manta calentita. No tenés que ser bruto. Estas noches son frías y esta gallina especial requiere tratos especiales. Dicen que es la gallina del demonio. Así dicen. Que el ojo del que te hablo es el ojo del mismo Satanás. Que te va a mirar desde las plumas y te va a ayudar a ser un tigre con tu nieta. No pongas esa cara, Negrito. Te pasaste la mitad de tu vida matando gente. A mí no me vas a engañar, pero para conseguir esos pedacitos de chocha tuviste que matar a varias. Entonces, ¿a quién vas a pedir los favores que necesites? ¿A Dios? Dios No te va a dar pelota. Se los tenés que pedir al diablo. Pensá. A último momento te arrepentís y te vas al cielo. La cosa es fácil. Ahora escuchame. Te llevas la gallina a tu casa. Le ponés un pañuelo rojo en el pico. Ella va a poner tres huevos y te comés los tres. Después me vas a contar… o mejor dicho no me vas a contar nada porque yo no voy a estar. Moriré en dieciocho horas. Voy a encontrar a mi nieto. Vos te vas a encontrar con tu nieta, y los dos estaremos en paz…
La anciana se interrumpió con otro ataque de tos que hizo que quienes la estaban cuidando entraran nuevamente. Ésta vez no habló la hija, sino Petra, la colaboradora de Doña Encarnación.
―Señor, ella está muy mal. Tenga piedad por favor.
Volvió en bus a su casa. Había tomado notas como pudo, con la cabeza de un lápiz. Al llegar, las pasó en limpio. Mientras leía las instrucciones de la vieja, se preguntó si aquello tenía sentido; si las palabras de doña Encarnación Negra no serían un delirio anterior a la muerte. Siempre había despreciado a los que robaban gallinas. Pero no era para comer. Debía tener sexo con Arandina, aunque fuera lo último que hiciera en su vida.
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Mark Mawson - Tutt'Art@ - (4)

Buscó un conjunto negro y ceñido. Alguna vez lo había usado en un operativo. En ese tiempo no había engordado tanto, de modo que el traje le quedó medianamente ajustado. Comprobó que le daba libertad de movimientos. Pensó en llevar guantes, pero no eran prácticos. Parte de la preparación para la guerra, le había enseñado a realizar diversos delitos con la mayor eficacia. Una vez hablaron del robo de gallinas. Se había concluido que lo mejor eran las prendas comunes, simples y cómodas. En especial, alpargatas que permitieran correr mucho y ligero.
 Era el mediodía cuando salió de la casa de doña Encarnación. Fue a comer a un restaurante cercano. A poco de regresar a su casa sonó el teléfono. Era Arandina.
―¿Cómo estás abuelo? Te dejé durmiendo. Estaba preocupada por vos. No te vi bien la otra noche.
Pensó en su nieta. Los deberes de la puta y los deberes de la nieta. Le dijo que había estado mal; que lo ocurrido no era costumbre en él y que al otro día iría a su casa para hablar.
―Te espero abuelo. Estaremos solos. Orestes tuvo que viajar por cuestiones de trabajo. Venite en ese horario. Podemos preparar algo y conversar.
Teófilo pensó que al otro día a esa hora, ya habría completado el nuevo filtro, el que debía realizar con los huevos de aquella gallina satánica, la que tenía el ojo del mal en el lomo.
En la tarde, Teófilo dio varias vueltas en el automóvil para observar la casa de Polo. Todo era normal. El gallinero tenía puertas nuevas en las que brillaban los cerrojos. Estaba a unos quinientos metros de la casa y se levantaba casi sobre la calle. Eso explicaba que por las noches fuera asolado. Alguien había comentado que el dueño pensaba montar un gallinero más pequeño sólo para los ladrones.
Miró el lugar. El perro era viejo y a aquella hora la casa parecía vacía. Teófilo sacó un poco de carne que tenía preparada y se la arrojó. El animal movió la cola. Recordaría aquel gesto. Aquella noche le bastaría llevar una golosina para entrar sin problemas.
Desde la calle se acercó al gallinero. Tres paneles que formaban una de las paredes laterales, eran de un material fino y liviano. Le bastaría llevar alguna herramienta cortante; pensó en un par de tijeras que no harían mucho ruido. Se tomó un tiempo en observar los cables. No parecían de alarmas.
La preocupación de Teófilo no era Polo, el dueño de casa, sino que en plena faena se encontrara con otro ladrón. Con el pasamontañas no lo reconocería, pero existía el riesgo que ambos compitieran por la misma gallina. Podría golpearlo y dejarlo fuera de combate, pero en ese caso se complicaría todo. Por más que funcionara el hechizo de la vieja, el resto de las aves harían un batifondo impresionante, y el dueño se despertaría. De ver acercarse a alguien, debía dejarlo que actúe. Si era necesario, regresaría al día siguiente. En esas cosas se imponía la paciencia.
 La vieja tenía su mérito. Hora a hora, el filtro aumentaba la vitalidad de Teófilo. El cansancio que solía sentir, ya no estaba, y una simple brisa producía la erección. Pensó en un viaje con Arandina. Explicaría que para eliminar los antecedentes criminales, debían ir juntos a la capital; entrevistar a personas; realizar algunos trámites. Una verdadera luna de miel. Tres, quizá cuatro días. Conocía a varios dueños de hoteles que podrían alojarlos. Otros amigos le harían descuentos en restaurantes y podría conseguir entradas para el cine y algunos espectáculos deportivos.
La idea lo animó. Cenó liviano: era el requisito antes de cualquier operación. A eso de las diez ya estaba listo. Revisó una vez más el bolso con los elementos: sogas, navaja y hasta algunos trapos que podrían servir de mordaza. Nunca se sabía.
La casa de Polo no quedaba lejos de la suya, de modo que fue caminando. Al sur había un problema de luz y varias calles permanecían a oscuras. La ropa negra lo mostraba como una sombra más.
Vigiló la casa. Cinco ventanas. Las que daban al parque pertenecían a la cocina. Allí distinguió las sombras de Polo y su familia. A aquella hora estarían cenando. Poco antes de las once, apagaron las luces. Teófilo caminó hasta el lugar donde calculaba que estarían los dormitorios. Durante media hora más, permaneció encendida la luz, hasta que finalmente la casa quedó a oscuras.
Volvió a revisar la zona. Todo seguía solitario. La luz de la calle iluminaba las inmediaciones del gallinero. Había ubicado los puntos más oscuros para trepar la cerca.
Exactamente a las doce, subió al pequeño muro, cortó un par de alambres del cerco que rodeaba el predio y pasó por el agujero. Se acercó al perro y arrojó un par de albóndigas secas. El animal jadeó y movió la cola. Aquello era demasiado fácil. Quizá entre los que robaban hubiera quienes lo hacían por necesidad: el típico perfil del ladrón de gallinas; pero quizá otros lo tomaran como un deporte.
Junto al gallinero, pensó que de acuerdo a las indicaciones de la vieja, debía ingresar por el sur y caminar a la derecha de la puerta principal. Hundió las tijeras en la madera blanda. El agujero para que pudiera entrar arrodillado, debía ser un metro y ochenta centímetros. Cortó con rapidez. En menos de diez minutos, el boquete estuvo listo. Antes de entrar, miró a su alrededor. La noche seguía serena, solitaria. La luna en creciente, apenas iluminaba. Desde el final de la calle se acercó despacio un automóvil con los faros encendidos. Aquello lo hizo apurarse.

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 En el interior, las gallinas ubicadas en los estantes cloqueaban sin cesar y no parecieron alarmarse por la llegada del extraño. Quizá por el hechizo de doña Encarnación; quizá estuvieran acostumbradas a los ladrones. Pensó en la vieja. Para saber que le quedaba poca vida, no era necesario ser un adivino.
 Por un momento vio el rostro de doña Encarnación detenido en el aire. La anciana reía, como siempre; sin ocultar las encías desnudas y los colmillos torcidos; parecía adelantar el mentón, como si quisiera poner en evidencia la boca despojada.
Aquella visión lo hizo detenerse; duró unos segundos y se disolvió al sacudir la cabeza. Siguió avanzando. Quizá hubiera muchas explicaciones para el silencio de las gallinas, pero Teófilo tenía confianza en los hechizos de doña Encarnación. Quizá la visión que acababa de tener fuera una especie de señal. Con mucha más razón si la mujer había muerto o estaba en agonía. Había escuchado que los brujos son más poderosos en la muerte que en la vida.
La gallina del ojo estaba en el lugar indicado. Un nicho negro entre todos los blancos. Echada hacia delante; plumas rojizas, con manchas verdosas que simulaban una pupila. Teófilo intentó acercarse, pero al levantar el pie se detuvo. En el piso, una imprevista encrucijada de cables terminaban en un botón. Era una alarma que quizá se activara con una señal eléctrica venida de afuera, como las de radio. Teófilo retrocedió un paso y proyectó la linterna sobre el artificio. El botón que la activaba estaba casi a ras del suelo, de modo que el ladrón lo pisara sin advertirlo. Se arrodilló para leer la marca: Caterpillar. La recordó: una compañía que producía sofisticados equipos de seguridad. Miró alrededor. Sabía que en un caso así podría haber otros mecanismos similares que dispararan una señal. Siguió la trayectoria del cable. Había otro botón en el camino. Por suerte no lo había pisado. Revisó las paredes y otros puntos del lugar. Aquel parecía ser el único dispositivo
Mire que montar todo esto por un gallinero
Las demás gallinas estaban ubicadas de modo que las colas quedaran hacia él. La del nicho blanco, en cambio, levantaba la cabeza, el cuello se agitaba en movimientos nerviosos y lo miraba con fijeza. Apenas parpadeó al recibir la luz de la linterna.
Antes de tocarla, examinó el nicho. Nada extraño. Ningún cable, ningún dispositivo. Salvo que hubiera algo especial debajo del ave. Por lo demás, parecía una gallina común. Demasiado inmóvil; demasiado silenciosa. Le recordó a los loros por la capacidad de voltear el cuello en todas las direcciones para seguir el movimiento de una persona con la mirada.
Los domingos, Polo las vendía evisceradas en una feria particular. Él había comprado alguna vez. El dueño explicaba a todo el que quisiera, que las gallinas se movían libremente, se alimentaban con maíz y sus carnes estaban libres de hormonas y antibióticos; elementos obligados en los frigoríficos convencionales.
Teófilo sacó de la mochila una linterna más grande No había querido usarla, ya que el haz podía ser excesivo y traspasar las ventanas del fieltro apenas trasparente del gallinero. La mantuvo encendida un par de minutos para examinar el ave. Ante la luz más intensa, la gallina parpadeó molesta varias veces y esta vez retiró la cabeza. Teófilo descartó que hubiera cables y otras alarmas a su alrededor.
Respiró profundamente y tomó la base del nicho. Lo corrió hacia delante con un solo movimiento. El ave se sobresaltó, cloqueó y movió levemente las alas. Con la otra linterna, Teófilo iluminó el lomo. Allí estaba el ojo del que le hablara la bruja; de un verde brillante sobre el plumaje rojo. Lo miró fijo, y no se sorprendió al ver que giraba sobre sí mismo, en una espiral dirigida al centro. El movimiento se detuvo después de unos segundos. Sintió un leve mareo. Pensó en un efecto residual del filtro o en los cambios de luz; quizá no hubiera comido lo suficiente antes del robo.
Tomó la gallina para levantarla. El ave no se opuso. La sostuvo con una mano y con la otra iluminó el nicho. Un par de huevos. Pequeños y blancos. Cada uno de ellos tenía en la superficie una reproducción del ojo verde que estaba en el lomo de la madre.
Teófilo contempló su propia mano, moviéndose con mucha lentitud. De pronto tuvo conciencia de la gestación de aquellos huevos; de la formación de líquidos calientes y opresivos que confluían en el vientre de la gallina; de la formación lenta; del paso de los días; de la madurez de los óvulos; de la salida por el canal hasta depositarse en aquel nicho. Los tocó. Estaban calientes. Sintió deseos de reír. No sabía por qué estaba alegre. Todo lo que acontecía, tarde o temprano encontraba el equilibrio. Si salía del gallinero, si miraba en cualquiera de las direcciones del espacio, todo sería lo mismo. Encontraría ese par de manos que se dedicaban con una precisión escalofriante a reparar el equilibrio roto; a corregir los errores que pudieran cometerse; a consolar los que sufrían.
El ojo se movía con suaves ondas. Supo también que la gallina había muerto hacía mucho. Era tan sólo el receptáculo de aquel ojo; lo único que palpitaba, lo que mantenía la forma del ave. De desaparecer, se convertiría en un puñado de cenizas. El ojo era lo que daba sentido a sus formas.
Teófilo pensó que debía irse. Marcharse con la gallina. Quizá cumpliera con lo que le indicara doña Encarnación Negra. Aquel era otro capítulo. Pensar en los pasos que debía dar para lograr el nuevo filtro y acostarse con Arandina, le producía cansancio. Podría acostarse y dormir sobre la tierra apisonada y las tablas del gallinero. Podría desnudarse, salir al jardín del Polo y bailar con frenesí. Cualquier cosa que hiciera estaba bien.
Sintió la cara húmeda. Las mejillas goteaban. Una ternura inesperada, lo hizo retorcerse. Caminó unos pasos hacia la salida. De pronto, por encima de la suela de la alpargata, sintió una presión en la planta del pie
Supo que había pisado el botón de la alarma. En el fondo del gallinero se encendió una luz roja y parpadeante, que iluminó las gallinas como sumergiéndolas en un mar de sangre. Señal silenciosa. Todo silencio resuena en otra parte, se dijo a sí mismo, pensando en una señal auditiva en el dormitorio de Polo, unos metros más allá. No le importó. Nada le importaba.
Supo que quien se encargaba de mantener el equilibrio de todo era un ser con aspecto de araña. Su error de haber pisado el botón, era rápidamente envuelto en una tela invisible, trasparente, pero inesperadamente fuerte. Él podía seguir caminando, pero el acto fallido estaba envuelto en cantidad de otros actos que terminaban en aquel punto lejano.
Apagó la linterna. La luz intermitente, rojo sangre, iluminaba todo. La alarma había abierto la puerta principal del gallinero. Decidió marcharse por allí. Tenía el derecho de salir por la puerta central. Quizá debiera esperar miles de años, pero regresaría. Volvería a combatir la subversión; a desear a su nieta y robar la gallina. Debía ir a su casa. Debía preparar el nuevo filtro con los huevos del ave; los huevos que contenían el ojo de la gallina. El ojo que lo veía todo. El mismo que ahora lo miraba desde el horizonte.
La puerta quedaba a tres metros exactos de donde estaba, pero sintió que demoraba demasiado en llegar. Al fondo del gallinero, una llave de agua perdía. Cada gota era una explosión. Las gallinas hablaban entre ellas, atentas a sus pasos. Míralo; allí se va; allí se escapa. ¡No salgas! ¡No salgas!, gritó una de ellas en forma de cloqueos desesperados.
Llegó a la puerta. La abrió y caminó hacia fuera. Por momentos le pareció avanzar cabeza abajo. Los pies pisaban una parte del cielo. Su preocupación era que la gallina cayera, por lo que la sostuvo con firmeza. En esa posición, la luna creciente iluminó los ojos de plumas y huevos. Se movían. Se abrían y cerraban. Una vez y otra.
 Alguien arrojó a la atmósfera un balde de leche. El contenido se suspendió en la atmósfera. Tardó en advertir que era un spot ubicado en el techo de Polo y dirigido al gallinero. Luz que lo atravesaba por completo. Luz que flotaba por encima de las cosas, que resbalaba en ellas como un líquido. Que hundía todo en un mar blanco, resplandeciente. Supo que en la luz estaba todo. Volvían a repetirse los gritos de los que torturara y matara. Había producido dolor, mucho dolor que ahora flotaba en la noche; en la luz de Polo. Luz que lo mostraba. Cuerpo y mente. Por dentro y por fuera. Mostraba la desnudez, los músculos, los huesos, las venas y todos los órganos.
El perro ladró. Teófilo caminó hacia el lugar por donde se había descolgado. No importaba lo que ocurriera. Él volvería una y otra vez a aquel sitio.
¡Hijo de Puta! ¡Quedate donde estás o disparo!.
Voz ronca. Llena de ecos. Siguió caminando. El ojo que estaba en el lomo de la gallina aparecía ahora en el horizonte envuelto en una luz más intensa que la del spot. El ojo que lo veía todo. El ojo que lo llamaba.
Al sentir el primer disparo y el impacto en el cuello, supo que Polo tenía puntería. A Teófilo le había costado el manejo de las armas. Horas frente al blanco, disparando. Todo había costado. Todo había sido un esfuerzo.
Primer disparo. La luz que caía sobre el césped del parque, que se enganchaba con el enrejado aún lejano de la salida, aumentó de pronto. Las cosas perdieron sus perfiles. Teófilo se sintió flotar en el ambiente destellante.
El segundo disparo atravesó el cráneo. Lo blanco fue negro. La luz se convirtió en oscuridad. El sonido de su respiración fue silencio. La gallina se soltó de sus brazos y un momento antes de perder el sentido, vio que volaba al horizonte.

 

FIN

Mark Mawson - Tutt'Art@ - (38)

GOCHO VERSOLARI

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