Narrativa: Filtro – Novela por Gocho Versolari – VII Arandina o la barrera del incesto derribada.

Filtro – Novela por Gocho Versolari – VII Arandina o la barrera del incesto derribada.

Gocho Versolari

Dicen que el poder corrompe; con él podemos atravesar ciertos límites pensando que somos todopoderosos. Que nuestra voluntad de poderío nos autoriza para recorrer todos los caminos. Esto es lo que pensaría el subteniente Teófilo, aquella tarde a solas con su nieta. Penúltimo capítulo de la novela. Quizá en el lector se formule el interrogante sobre el final. Si el protagonista – un militar argentino ignorante y cerrado – hubiera leído a Nietzche, afirmaría con él “Si Dios existiera, yo no toleraría no ser Dios”

1
Su nieta lo llamó. Voz urgente. Necesitaban de él. Antes de salir, Teófilo se tomó tiempo para bañarse, perfumarse, y guardar el filtro en el bolsillo de la chaqueta.
―Pasá, abuelo. Está abierto.
En la cocina, Arandina se pintaba las uñas de las manos. Llevaba un short muy corto, ceñido a la cintura, que dejaba ver las piernas.
―Sentate, abuelo. Podés servirte caña y unos restos de carne que preparamos anoche. Orestes no está. Tuvo que viajar por cuestiones de trabajo. Volverá dentro de tres días.
Teófilo se limitó a servirse un vaso con agua. Su nieta delineaba la pintura. Se apartaba y miraba atenta los resultados.
En la televisión trasmitían la noticia común a todos los canales: el rostro de Braulio Domínguez, su biografía; recogían opiniones de la gente y trasmitían dictámenes de especialistas sobre la furia del pueblo y la ineficacia de la justicia
―Me parece bien que lo hayan matado ― dijo Arandina ― Hace unos años me decías que los asesinos nunca pagan sus condenas. Que la justicia no sirve. Lo pensé mucho y creo que tenés razón. Lo que hizo esta gente estuvo bien. Orestes no piensa como yo. Con él no se puede discutir, pero sé que vos me vas a entender.
Por enésima vez el locutor describía aquella noche; la asamblea casi clandestina de vecinos; la llegada a la casa de Braulio Domínguez y el descubrimiento de las pruebas.
― …no se supo quién lo mató ― repetía el locutor ― al parecer fue la propia multitud. Según la autopsia preliminar, la muerte se produjo por un corte en el corazón. Se tiene el arma, un cuchillo del propio Braulio Domínguez; un arma filosa, de cazador. De las veinticinco personas que estaban presentes, no se puede precisar quién lo empuñó…
 Arandina había terminado de pintar las uñas. Sopló sobre ellas varias veces para acelerar el secado. Se quitó el calzado y apoyó las piernas sobre las rodillas de su abuelo. Teófilo estiró la mano y acarició los tobillos de su nieta. Sintió un leve estremecimiento. No había supuesto que la piel fuera tan suave.
―Eso es terrible ― siguió Arandina ― que a una le guste un hombre, que la citen y sea para matarla. Esa gente debe morir. No hay otra solución.
El perfume agridulce de la muchacha se mezclaba con la acetona del esmalte.
―Abuelo, te llamé porque tenemos un problema. No quiero que pienses que sólo recurro a vos cuando te quiero pedir un favor. Debo confesarte algo. No sé cómo lo vas a tomar. No te culparía si después de lo que te cuente, no quieras volver a mirarme.
Teófilo asintió con la cabeza. Su rostro no debía reflejar lo que pensaba.
―Recordarás que cuando cumplí dieciocho tuve problemas con mamá. Me dijo que me fuera de casa. Tampoco le gustaba el novio que tenía entonces. Fue con él que me acosté por primera vez.
 Teófilo recordó una anécdota olvidada. Arandina tendría seis años. En ese entonces eran frecuentes las visitas de su camarada Arráiz. No sabía dónde conseguía las películas porno de dieciséis milímetros. Ambos se encerraban en el cuarto del fondo a ver los cuerpos jadeantes, los primeros planos de los genitales. Una tarde fue a buscar licor, y encontró a Arandina dormida en la parte superior de la bodega, junto a una ventana que daba al cuarto. Espiaba aquello. La cuestión de lo clandestino. Un coronel había dicho alguna vez que la mejor forma de despertar el interés sobre algo era prohibirlo.
―…cuando mamá me echó de casa, me alojé con una amiga, pero no podía estar mucho tiempo. Rompí con mi novio y no quería volver… no se lo dije a nadie, pero pensé en suicidarme. Incluso compré una soga para colgarme. Por último decidí que sería mejor arrojarme al río en el puente del este. Esa noche estaba decidida, cuando conocí a una amiga de mi amiga. Ella supo que yo estaba sin nada, que no quería volver a la casa de mi madre, que no tenía trabajo.
―Me hubieras buscado a mí. Yo no me enteré.
―Es que en esa época todavía estabas bajo la leyenda negra.
―¿La leyenda negra? Qué es eso
―Lo que decía mamá. Que eras un asesino. Que vos solo habías matado a treinta mil personas, y muchas cosas más. Tuvo que pasar tiempo para que supiera cuál era la realidad. Bueno, lo cierto es que esta nueva amiga me dijo que tenía la solución para mí. Que yo podía tener casa, comida, e incluso ganar algo de dinero con un poco de esfuerzo de mi parte. Te lo hago corto. Era una puta de Torrente.
 Teófilo había acudido allí durante muchos años. Pensó que podría haberse tropezado con su nieta.
―Te imaginás que para una chica sola es muy duro todo eso. Te tratan como un objeto.
―Claro, pero a vos te gustaba
―Tenía que hacerlo. Estaba comprometida con la dueña, además pagaban buen dinero y lo necesitaba para vivir.
―¿No te da vergüenza hablar con tu abuelo de esas cosas?
―Es que a veces no te siento mi abuelo, sino alguien muy cercano a mí , que no pertenece a mi familia.
Teófilo tragó saliva. La base del paladar estaba seca. Miró a su nieta.
 ―¿Te animarías a contarme algo de esa época?
― ¿Qué querés saber?
―¿Cómo fue tu primer cliente?
―¿En serio querés que te cuente, abuelo? ¿No estás enojado por lo que hice?
Arandina se había acercado más. Estaba al alcance de su mano. Con algo de torpeza, acarició los cabellos.
―No me importa lo que hayas hecho. Te voy a ayudar, pero quiero que me cuentes.

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―Querés saber sobre mi primer cliente. Bueno estábamos reunidas cuando llegó la dueña. Arandina hoy te toca debutar. Me dijo que iba a ser algo difícil pero no me explicó por qué. Me encontré con un hombre moreno. Tenía buen lomo, abuelo. Me hizo desnudar y él se desnudó. Entonces vi que era demasiado grande. El miembro, me refiero. Después supe que parada medía cuarenta centímetros y era gruesa y torcida. Bueno, eso es lo que hay ― me dije. En fin abuelo, me dolió te lo confieso, pero me gustó. Era como sentirme poderosa. Podía despertar deseo en cualquiera. Él se quedó muy contento y dijo que ninguna mujer quería hacerlo con él por el tamaño. Todas se quejaban. Que conmigo era una de las pocas veces que lo había metido hasta el fondo…
Arandina habló cerca de media hora. Anécdotas divertidas o sórdidas; detalles escabrosos que no tenía problemas en describir al detalle. Teófilo, que seguía sosteniendo los pies de su nieta, notó que la piel se entibiaba. Cada tanto, llevaba una mano al bolsillo del pantalón donde guardaba el filtro.
― Todo esto te gusta, Arandina. Lo contás con entusiasmo.
―Es que siempre me acuerdo de lo que me contaste el día en que cumplí quince años.
― ¿Qué te conté? Te juro que no me acuerdo. Es posible que la memoria no me ayude.
― Ese día hablaste de la prostitución sagrada. Me dijiste que en la antigüedad la prostituta era una especie de sacerdotisa. Que se la trataba como representante de Dios; que incluso eso se menciona en la Biblia. Y tenías razón. Estoy en segundo año de filosofía y estudié que las cosas eran así.
Teófilo abrió la boca para decir que estaba equivocada. Él nunca había pensado aquello. Su opinión había sido siempre que las putas eran y habían sido putas por toda la eternidad. Se contuvo y dejó que Arandina siga contando. La nieta explicó las siete técnicas para hacer sexo oral; las frases que debía pronunciar para enloquecer a los hombres y lograr que eyaculen; las prendas que más gustaban; las preferencias de fetichistas o sádicos.
Cuando su nieta llevaba más de una hora con el relato, la interrumpió.
―Todo esto está muy bien, Arandina, pero me dijiste que tenían problemas. Me gustaría saber cómo se relaciona con esto.
―El problema se relaciona con todo lo que te conté, porque en Torrente llegó la policía. Me detuvieron y estuve diez días en la cárcel. Me quedó una causa pendiente.
―¿Por qué? ¿Por prostitución?
―Me acusaron de traficar drogas… te aseguro que es de lo más injusto. Y no es sólo mi palabra. El Juez descubrió que era así. Todas mis compañeras se drogaban. Todas menos yo. Reconozco que estaba cómoda como prostituta. Reconozco que me gustaba. Puta, sí. Drogadicta nunca. Fue Flora, una compañera. Estaba celosa porque yo tenía muchos clientes y ella ninguno. Una tarde llegó a visitarme con un regalo, y allí plantó la droga. Después avisó a la policía y encontraron en mi casa cosas que yo no sabía que estaban. Me acusaron no sólo de consumo, sino de tráfico. En este momento las cosas están mejor. No pudieron demostrar nada, porque no hay nada. Habré probado marihuana un par de veces cuando tenía quince años. Nada más. Según el abogado, el sobreseimiento está para firmarse por el juez. El problema lo tuvo Orestes. Cuando se presentó con el certificado de matrimonio, donde constan mis datos, descubrieron que yo tenía antecedentes penales. Lo llamaron para decirle que por ahora todo está suspendido. El sobreseimiento está por salir, pero no se sabe cuándo. Con eso correría la solicitud de incorporación.
La joven bajó las piernas de las rodillas de Teófilo y acercó su cabeza a la suya.
―Yo había pensado, abuelo, y se lo dije a Orestes, que con tus influencias, hablando con uno y con otro, explicando que todo está por resolverse en la causa, podrías hacer que reconsideren la medida. ¿Es mucho lo que te pido?
La nieta se sentó en sus rodillas, Teófilo recordó un gesto similar a los ocho años de Arandina. Él le había regalado una paleta de las que tanto le gustaban. También entonces, ella se sentó y lo cubrió de besos. Ahora se limitó a acercar los labios a las mejillas del abuelo, mantenerlos así durante un buen rato y finalmente separarlos con un chasquido.
―Te quiero preguntar algo, Arandina. ¿Qué dice Orestes de todo esto? ¿Sabe que trabajaste de prostituta?
―No sólo lo sabe. Orestes era mi cliente. Por él dejé la profesión. En ese momento tenía un buen cargo. Era gerente segundo en la fábrica textil. Después llegó el racionamiento y despidieron personal, pero en esa época compró un terrenito en el sur de la ciudad, donde pensamos construir.
―Claro, pero debía suponer que iban a pedir los antecedentes de los dos, si se casan. Es como si fuera una misma persona.
―Abuelo entonces te vuelvo a preguntar: ¿nos podés ayudar?
Su nieta se levantó, acercó la silla en la que estaba, se acercó a él y lo tomó de las manos. Teófilo la miró. El sol de la tarde entraba por la ventana y unas pocas gotas de traspiración destellaban en el cuello. Podía ver los pechos de su nieta subir y bajar con la respiración.
―Arandina, yo podría ayudarte, pero necesitaría algo a cambio.
Estiró la mano y volvió a acariciar la sien de la muchacha mientras separaba el mechón de cabello que caía de ese lado. Ella lo miraba a los ojos.
―¿Querés que me acueste con vos abuelo? Te lo digo porque dudo que me lo vayas a pedir. Además, ya había pensado ofrecértelo. Un clavo saca otro clavo. Un favor compensa otro favor. Eso también me lo enseñaste el día en que cumplí nueve años.
Ambos se levantaron. Arandina fue hasta el dormitorio. Teófilo pensó que todo era demasiado fácil. Le disgustaba un poco que su nieta fuera tan puta. Tan profesional. Estaba convencido que todas las mujeres sin excepción lo eran, pero el disimulo, el juego de parecer decentes, era una de las reglas de la sociedad.
―No voy a pensar que sos mi abuelo. Voy a imaginar que sos un hombre que me sedujo.
 La nieta hablaba desde el dormitorio. Teófilo fue a la cocina y sacó la botella del filtro. Bebió un trago como le había ordenado la vieja, se mojó el dedo y trazó una cruz húmeda en los testículos y otra en el pene.
―Arandina, me ofreciste caña. ¿Dónde está? ―Ella contestó desde el baño
―Buscala en el segundo estante de la alacena.
Teófilo sirvió dos copas y en la de su nieta volcó unas gotas. Todo estaba listo. Arandina lo esperaba con los senos desnudos en el dormitorio. Le alcanzó la copa de caña y brindaron.
2

Ronit Baranga (29)

 Abuelo, no me contestaste cuando te expliqué lo de la ortiga. …
A Teófilo le había molestado que su nieta fuera tan puta, pero ahora no le importaba. Estaba en la posición más cómoda que encontrara, recostado en la cama sobre el costado izquierdo; un brazo debajo de la cabeza; una pierna encogida y la otra por encima.
Arandina lo miraba interrogante desde los pies de la cama. Estaba desnuda y calzada con unas pantuflas verdes, Teófilo advirtió que en el vello del pubis de su nieta habían dibujado el rostro de un tigre. Lo fascinaba. Pensó en arrodillarse frente a la entrepierna de la muchacha. Se vio a sí mismo como Tarzán, en medio de la selva, vestido tan sólo con un taparrabos. El tigre era su amigo. En realidad era una tigresa a la que perseguía entre los árboles y al darle alcance, lo esperaba con las patas hacia arriba, ofreciéndole el chocho y maullando como un gatito.
Abuelo, hace una hora exacta que me mirás la concha y no hacés otra cosa
Teófilo entonces, se acostó hasta encontrar aquella posición. Su nieta probó de todo. Desde masajes en el cuerpo hasta una esponja embebida en baba de caracol. La habitación rebosaba de olor a palo santo, que, según las explicaciones dadas en el prostíbulo, “era capaz de parársela a un muerto.
Todo aquello no tenía que ver con él. Todo era irreal. La habitación con la foto de un intelectual alemán de largos bigotes. (Alguien a quien Arandina conociera en la carrera de Filosofía y admiraba). Las puertas del closet con motivos infantiles. El empapelado de margaritas. Todo era parte de un sueño. Nada de eso existía. Sólo tenía sentido el sopor, parecido al que sintiera veinticinco años atrás, cuando casi estropea una instrucción completa. Todo estaba bien, como si las cosas tuvieran una razón y un sentido propios; como si no hubiera que buscar más explicaciones.
No estaba embotado, como la vez que le dieran a probar marihuana. No estaba excitado como cuando probó cocaína. Una parte de su mente razonaba con claridad, pero el cuerpo no la acompañaba. Hacía tiempo que no estaba tan relajado. Una ansiedad que lo sostenía, ya no estaba. Por primera vez en años y quizá en su vida, no encontraba barreras. Ni dentro ni fuera. Con cierto alborozo comprobaba que todas las cosas seguían un curso natural.
Su nieta era una verdadera puta. Desfiló para él con lencería erótica. Sabía como mover el cuerpo. Lamió testículos y pene del abuelo sin ningún resultado. Los problemas de Teófilo con la erección eran que el miembro se enderezaba a medias. De ese modo, no servía para una penetración. Ahora no ocurría nada. Nada absolutamente. Lo peor era que no le importaba.
…era un hombre mucho más joven que vos, porque esto que te pasa puede ocurrir a cualquier edad. También a él se le hizo de todo. Cuando se vio que nada daba resultado, llamaron a una viejita que entiende de estas cosas. Y ella dijo: prueben con la ortiga. Si con eso no funciona, es porque está muerta. Duele un poquito, eso sí. Tengo que golpearte los huevitos con la rama. Pero es como el pinchazo de un mosquito. Diez minutos después no te va a parar nadie.
A través de la ventana, el sol de la tarde cayó sobre el rostro de Arandina. La nieta parecía un ángel, aunque fuera una puta. La luz formó un calado sobre la mejilla derecha. Al moverse, el resplandor se volcó sobre sí mismo, subió a las sienes y se perdió en los cabellos. Al darle la espalda, se extendió en los omóplatos como un par de alas. Un ángel. Eso le recordó algo.
Arandina había presionado varios puntos del bajo vientre, cerca del pubis. Dicen los chinos que por acá pasa la energía del hombre, abuelo.
La única necesidad de Teófilo era recibir las caricias de su nieta. Presión en diferentes zonas; labios y lengua en los testículos; manos sobando largamente la espalda. El contacto de Arandina lo descubría. Las manos tibias se llevaban las sombras que no dejaban de manar de una fuente en el pecho.
Acostada junto a él, Arandina acarició su cabeza. La tibieza enloquecedora de la nieta era una parte de sí mismo. Beso suave en los labios. El filtro lo convirtió en un pelele. Un hombre que no era un hombre. Lo que siempre había despreciado. No le importaba. El mundo seguiría su curso. Todo se arreglaría, aunque no pudiera arreglarse.
 Desnuda, Arandina se acostó junto a él y permaneció abrazada. Senos contra el pecho del abuelo. El vellón junto al sexo caído. Las piernas pegadas a las suyas. Era la primera vez que Teófilo estaba así con una mujer. Que no pasaba a las caricias inmediatas, a la posesión. Los sentimientos se extendían en el vientre como hilos plateados. El calor de Arandina, la piel suave, tibia, eran como un perdón silencioso.
―¿Y, abuelo? ¿Qué hacemos con la ortiga?
 A su nieta le convenía que reaccionara. Supondría que de otro modo, no le haría el favor. Orestes no llegaría hasta dentro de dos días. Teófilo le diría que no se preocupe; que el único deseo es que permanezcan así. Le pediría que pasen juntos la noche; que hizo muy bien en abrazarlo; que aquel era el verdadero favor; que no necesitaba de la ortiga; que él tenía los contactos; que lo de Orestes estaba solucionado.
―Está bien Arandina. Probemos con la ortiga.
Su nieta se apartó y mientras se vestía, explicó que en el jardín de la casa había una planta.

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Te confieso algo, abuelo; desde que estamos juntos, la tuve que usar dos veces con Orestes. Él tiene treinta años menos que vos, y ya ves, la necesita. Por lo que me contaste, cuando tenías esa edad no necesitabas ortiga ni nada parecido.
Teófilo flota cerca del techo de la habitación. Ve su propia silueta acostada. El cuerpo parece un insecto enorme; más precisamente, una cucaracha. Por un momento desearía tener un poco de veneno y echárselo. Lo sorprende este pensamiento. Ve a Arandina a su alrededor, aunque la nieta permanezca en el pequeño patio, eligiendo una rama de ortiga para los testículos. Él la ve en el dormitorio, desnuda por completo, bailando alrededor de la cama, moviendo los brazos, echando la cabeza hacia atrás. Está hermosa, pero sabe que la danza no es erótica. Es una despedida. Desea que se detenga, pero una parte de su mente piensa que la joven no está allí; que permanece en el patio, recogiendo la ortiga para procurar que él reaccione; que de ese modo pueda cumplir con el favor y quien sabe cuántos favores más pedirle.
 No supo en qué momento regresó a su cuerpo. Arandina entró con la ortiga y abrió las piernas del abuelo.
―Arandina, esperá. Antes que me golpees con la ortiga quiero preguntarte algo.
―Te escucho, abuelo.
―Me dijiste que una vieja bruja fue la que dio la receta de la ortiga. ¿Te acordás el nombre?
La muchacha hizo el gesto de recordar.
―No estoy segura. Fue hace mucho. Venía cada tanto al prostíbulo cuando había un problema de este tipo. Se llamaba… si se llamaba doña Encarnación y vivía al otro lado del arroyo.
El filtro lo había llevado a ese punto. La vieja había dicho que iba a tener erecciones hasta los noventa y tres años. En cambio, lo había convertido en un pelele inútil. Ahora su nieta utilizaba otro ritual de la misma bruja para combatir aquel efecto
Arandina acarició los testículos, para precisar el sitio a golpear. Teófilo se preguntó a cuántos hombres les habría hecho aquello.
El primer azote de las ramas. Subió por el bajo vientre como un dolor jubiloso.
―¡Pará, Arandina pará! Me duele mucho.
―Fuerza abuelo. Sos un macho, un verdadero macho. Esto te va a hacer bien. Debo golpearte siete veces.
Segundo y tercer golpes. Los reflejos de Teófilo no funcionaban. No podía mover las piernas con celeridad. Recién en el quinto las cerró y encogió.
―Vamos, abuelo. Dos golpecitos más y te vas a convertir en un Tarzán.
 El dolor se agolpaba alrededor del cuerpo. Le ocurría a él, era su carne, pero no encontraba en su interior un Teófilo que experimentara aquella tortura. El dolor flotaba en todas partes, como una nube, pero nadie lo sentía.
Sexto y séptimo golpes. Toda la zona de los testículos y de la base del pene, ardían como en un incendio. Finalmente terminó. La sensación fue pasando con lentitud. Las manos pequeñas y hábiles de la nieta frotaron con cremas suavizantes testículos y perineo. Al llegar allí hizo algunas presiones en la zona de la próstata.
Poco a poco, los golpes lo volvieron a la normalidad. Se sintió regresar de muy lejos. Volvía a ser él y no el extraño que había ocupado su mente.
Arandina estaba desnuda a su lado Sintió otra vez la suavidad de la piel. El miembro había empezado a crecer. Estaba por la mitad. Ella lo acarició para estimularlo. El cuerpo de la nieta abrazándolo era una boca caliente. Ya no sentía aquel extrañamiento que le había producido el filtro, pero continuaba esa suerte de calor de iglesia como llamaba al contacto con la muchacha. No necesitaba follarla, aunque fuera una puta; aunque luego se burlara de él. Quizá con las horas volviera a ser el mismo y se arrepintiera. Ella lo masturbaba.
―Pará Arandina, pará. Quedémonos así un momento. Volvé a abrazarme.
Su nieta obedeció. Lo abrazó con fuerza y besó la frente una y otra vez. Fue lo último que sintió antes de dormirse.
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GOCHO VERSOLARI

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