Narrativa: Filtro – Novela de Gocho Versolari – Capítulo VI – Asamblea

Filtro – Novela de Gocho Versolari –

Capítulo VI – Asamblea

1
―…a ver Negrito, si soltás un poco de cuerda.
― ¿Qué quiere decir, doña Encarnación?
― Esto que me trajiste. No lo conseguiste en la morgue. Es carne casi fresca. Tampoco debés haberle dicho a una chica que se abra de piernas, que le vas a sacar un pedazo de la chochita.
―Para eso están las mujeres que mueren jóvenes. Para eso están los prostíbulos, doña Encarnación. Uno paga y obtiene lo necesario. Usted sabe, chicas jóvenes, carne fresca como acaba de decir. Me costó, no le voy a negar. He gastado mis ahorros, pero lo conseguí. Además, la dueña de la casas de putas me debe favores de cuando trabajaba.
―Supongo que no tendrás que ver con las chicas estas que mataron. Toda la gente habla de ellas…
La vieja tuvo un acceso de tos. Se volvió, pero Teófilo pudo distinguir el gesto en el espejo. En un pañuelo escupía una sustancia verdosa y sanguinolenta.
―Quédese tranquila, doña Encarnación. No hice nada ilegal para conseguir lo que le traje.
Era la única que sospechaba. La única que podría señalarlo. No tenía pruebas, pero si la información llegaba a los que se decían “Defensores de los derechos humanos”, su pasado como represor lo condenaría. Miró el rostro de la vieja. Las mejillas estaban más resumidas que una semana atrás, y respiraba con dificultad.
―Negrito, ayudaría si me dijeras quién es la mina que tenés entre ojos. Para quién hiciste este filtro. No te digo que vaya a fallar, pero vos sabés como son estas cosas. Te atiendo desde jovencito. ¿Te acordás?. Sabés que si me das el nombre de la fulana, la edad, que si me traés un mechoncito de cabello, un poco de traspiración, todo podría funcionar mejor.
―Doña Encarnación, precisamente porque me conoce desde joven es que quiero reservar algunas cosas.
―Entiendo, Negrito. Pensás que yo te puedo chivatear. Te olvidás que estás hablando con una augur. Que sé más de lo que suponés. No te miento. De eso estás seguro, porque si no, no vendrías a consultarme. Si algo me falta por conocer, recurro al vapor de una cocción de sapos vivos, a los ojos de un perro negro o a un charco de agua podrida. Allí está lo que me falta. Pensás que puedo vengarme por ese favor que te pedí alguna vez y que no me hiciste. No es así. No te guardo rencor. No conviene guardar rencor cuando una se está por morir.
La vieja parecía sincera. Teófilo se mordió los labios. Hacía diez años, la mujer había pedido por el nieto. El que ahora lo miraba desde la foto en el eterno gesto de suplicar. Con dieciséis años, lo habían detenido a disposición del Poder Ejecutivo.
Yo te juro que no anda en nada. Es un pobre inocente. Qué va a saber sobre la subversión. Además está enfermo. La madre les dijo que tenía que tomar remedios, pero contestaron que no se preocupara, que lo verían médicos de allá. Te lo pido por lo que más quieras, Negrito, si querés me arrodillo, no te digo que me lo devuelvas ahora, sé que no podés, pero que no le vaya a pasar nada a mi nieto. Que no se vaya a morir…
 Era la primera vez que veía llorar a la vieja. Mujer dura. En el campo, lejos de la civilización, había perdido dos hijos por la tuberculosis. A Teófilo le molestaba aquel llanto. Gemidos entrecortados y lágrimas calientes de tanto retenerlas. Doña Encarnación no lloraba casi nunca y no sabía cómo hacerlo.
Murmuró algunas excusas y finalmente dijo que trataría de averiguar algo. La situación era más complicada de lo que parecía. Por la sola pregunta podrían sancionarlo. A un camarada lo habían degradado por algo así. Lo consultó con Tomás, un amigo en quien podía confiar. Le explicó la situación; le alcanzó un papel con el nombre del muchacho y pidió la reserva más absoluta. A los dos días tuvo noticias.
―Este pibe es boleta ―dijo Tomás ―estaba metido hasta las verijas. Era muy débil. No resistió al primer interrogatorio. Parece que tenía un soplo al corazón y murió de un paro.
Dos noches después, Doña Encarnación lo llamó desesperada.
Negrito, yo fui muy generosa con vos. Te pido algo ahora. Te pido por mi nieto. Que me digas si está muerto. Si está vivo. La duda es lo que me mata. Sé que vos lo sabés. Sé que lo sabés…
No se animó a hablar. No se animó a decirle que el chico no sólo había muerto, sino que el gobierno no daría explicaciones. Era un subversivo. Peor que un delincuente. Le dijo que no sabía, que no podía preguntar.
Sé que no es así, Negrito. Te pido que lo pienses y me llames a este teléfono. Que lo hagas con urgencia. Que me digas lo que pasó…

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No se animó a confesarle la verdad y pensó en no volver a verla. Un año y medio después, se enredó con una mujer. Cuando intentó terminar, ella se negó y lo amenazó con presentarse ante su esposa, que aún vivía. El gobierno militar ya terminaba. En otra época podría haber hecho que la detuvieran. Que la hicieran desaparecer por subversiva. Ahora no era tan fácil. Llamó a Doña Encarnación. Le asombró la voz envejecida.
―Venite al consultorio, Negrito, y conversamos.
Ya no lucía los trajes sastre ni se recogía el pelo en un rodete al estilo Eva Perón. Había perdido la dentadura. Podría haber consultado a un dentista. Tenía dinero para hacerlo. Ropa vieja. Espalda encorvada. La mujer recia, de voz firme se había transformado en aquella anciana.
Lo recibió como siempre; como si acabara de comunicarse con ella; como si el nieto nunca hubiera existido. Ningún reproche. Tan solo la fotografía del muchacho ocupando una pared, con el brillo del sol en la espalda, simulando alas de ángel. La Bruja solucionó el problema de la mujer. Una prenda. Un trabajo. Se apartó por completo y no volvió a molestar. La vieja cobró como siempre.
Había tenido suerte con los asesinatos. La experiencia de todos aquellos años lo ayudaba; pero la Bruja podía irse de boca. Muchos la consideraban chiflada. A veces confundía los tiempos. A veces no sabía dónde estaba; el testimonio no serviría en un tribunal. El problema era si a alguien se le ocurría investigar. No había dejado huellas, pero nunca se sabía. Lo mejor era como se venían dando las cosas. Él tenía el filtro. La vieja se estaba por morir.
2

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No prendás la luz, Eugenio. Apagala. Con los veladores tenemos suficiente. No es conveniente que desde afuera nos vean reunidos Hay treinta invitados y hasta ahora llegaron nueve…
El hombre que hablaba. se llamaba Silverio. Trabajaba como estibador en el puerto. Corpulento, con mucho abdomen, vestía una camisa marrón de mangas cortas. La traspiración empapaba las axilas y de vez en cuando se secaba el rostro con un pañuelo sucio. Mejillas caídas, boca torcida; expresión de dolor. Teófilo lo observó desde el fondo de la sala. Era el padre de Sandra, la primera de las chicas que matara; la del osito colgando del cuello. La televisión solía reportearlo. Los periodistas lo hacían hablar. El hombre Insistía en la justicia por mano propia y mucho de lo que afirmaba en forma pública era instigación a la violencia. En otras circunstancias lo hubieran detenido, pero todos hacían la vista gorda; el dolor lo llevaría a decir esas cosas sin sentido.
 Teófilo había sido uno de los primeros en llegar. Lo recibió el mismo Silverio, encargado de organizar la asamblea de vecinos.
―Señor, es una regla para todos. Debe darme su nombre, profesión y explicarme por qué viene a esta reunión.
―Mi nombre es Teófilo Gutiérrez. Soy subteniente retirado del ejército. Me afectó la muerte de estas chicas. Mis nietas tienen edades parecidas y pudo pasarles a ellas. Estoy aquí por si puedo ayudar con mi experiencia.
El salón pertenecía a la cooperadora de la escuela que se levantaba dos edificios más allá. Pupitres viejos, con el agujero para colocar los tinteros, aunque nadie los usara. La madera llena de trazos de lapiceras. Por todas partes, corazones grabados con un par de nombres. A las niñas se las entrena de putas apenas nacen murmuró Teófilo.
―…lo que pasa es que esta es una reunión informal. A ver si nos ponemos de acuerdo. A ver si hacemos algo.
― …no importa que seamos pocos. Hay que buscar medios de acción directa. Esto no puede seguir así…
El salón se había llenado. Teófilo los contó: eran treinta y dos. A algunos, él mismo había avisado de la reunión: tres profesores de gimnasia, un jornalero y cuatro empleados ferroviarios. Militaban en grupos de derecha. Dos de los empleados estaban armados con revólver. Los demás llevaban puños de hierro y cadenas ocultos en la ropa.
…el asesino va a seguir golpeando. Las autoridades están desorientadas. Parral, un compañero que conoce a varios policías, dicen que no saben nada. Que están desorientados. Creo que nosotros podemos hacer algo mejor para encontrarlo…
El padre de la chica muerta se interrumpió. Acababa de entrar una mujer de baja estatura, de unos cuarenta años. Teófilo consultó sus notas. El nombre era Carmen, madre de Tatiana, la tercera de las muchachas que asesinara. Rostro arrugado; expresión torturada, labios gruesos y mentón prominente. El rostro tenía un color terroso; según las noticias, padecía de un cáncer avanzado. Habría hecho un esfuerzo para estar allí. Los asistentes a la asamblea aplaudieron al verla. Él se puso de pie y cuidó que sus palmas resonaran con fuerza.
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 Al poco tiempo de retirarse del ejército, Teófilo había trabajado dos años como detective privado. El tiempo que realizara tareas de inteligencia como enlace con la policía, lo habían ejercitado desde el simple seguimiento a sospechosos hasta la coordinación de complicadas operaciones. Sabía cómo obrar con absoluta discreción para averiguar movimientos, actividades y horarios, ya sea con la intención de detener a alguien o simplemente recabar información.
El nombre de aquella chica era Tatiana González y tenía catorce años. Una niña de papi y mami, que jugaba con muñecas y concurría a una escuela de señoritas. Familia de clase media. No la dejaban asistir a fiestas. De novio ni hablar.
Teófilo acumuló información hasta formar un grueso expediente de la chica, al que quemó con cuidado al cumplir la operación.
 Ignorante del funcionamiento de las computadoras, hizo un rápido curso y aprendió a manejar un programa de seguridad. Se lo alimentaba con los hábitos de una persona, y establecía el riesgo de ser atacada por maleantes. Teófilo introdujo los datos de Tatiana; edad, horarios, actividades y todo lo recogido en dos meses. El programa elaboró una línea de tiempo en un día, desde el amanecer hasta la noche. Sonaba una alarma y se dibujaba un trazo rojo entre las siete y siete y media. En ese horario, los martes y jueves, la chica regresaba sola de la escuela y debía caminar tres cuadras por un lugar solitario. A ambos lados de la calle se extendían terrenos abandonados. El programa también citaba estadísticas. Los asaltos en el área habrían aumentado en los últimos cinco años.
Teófilo la siguió a pie durante dos semanas. Siempre con ropas diferentes, caminando lo suficientemente alejado como para no despertar sospechas. Lo que señalaba la máquina era cierto. En esas dos cuadras, la chica estaba completamente sola. El otoño avanzaba y los días eran cada vez más cortos. En cualquier momento, el padre, que era quien la llevaba a todas partes, arreglaría los horarios para impedir que regresara en plena noche. Teófilo debía proceder con rapidez. Tatiana recorría el callejón desierto hasta el final. De allí doblaba a la derecha y unos treinta metros más adelante, salía a la avenida, donde debía esperar el bus que la llevaría a su casa.
Con un detallismo propio de sus mejores épocas, Teófilo estableció el punto exacto en que la abordaría: la esquina más sombría, cerca del final de la calle, donde tres árboles que crecían al costado de la vereda, formaban una protección natural.
 Tarde nublada. Para la noche se esperaban lluvias. La siguió en silencio; al llegar al punto previsto, se abalanzó sobre ella, la sostuvo del cuello y con rapidez aplicó el pañuelo entre la nariz y la boca. Debía ser muy sensible al cloroformo ya que el efecto fue rápido. Teófilo tenía una verdadera farmacia en cuanto a drogas fuertes. Las había conseguido cuando aún estaba en actividad. Para la ocasión, había elegido tres ampollas de un suero letal; sustancias similares a las que aplicaban en la ejecución de los condenados a muerte.
Entre el pañuelo con cloroformo y la aplicación en la yugular de Tatiana, transcurrieron menos de cinco minutos. Un momento antes de la muerte, ella abrió los ojos, llegó a mirarlo y luego la cabeza cayó sin fuerzas. La chica llevaba un escudo con la imagen de un cantante de moda. Lo arrancó del suéter y lo guardó.
 Tatiana González. Teófilo estaba agradecido. Con ella había terminado la racha de dificultades. Le costó poco abrir las piernas. La bombacha era de color rosado y tenía la imagen de un muchacho, el mismo que aparecía en el escudo. La sacó por completo y la aprontó para llevarla. Luego metió el sacabocados en el lugar preciso, el que exigiera doña Encarnación. Tomó tres muestras pequeñas, redondas, perfectas. Al examinar los trozos de tejido que aún estaban tibios, uno de ellos se agitó con un súbito movimiento y luego quedó inmóvil.
La Bruja examinó los círculos rojizos. Los sometió a diversas pruebas.
―¿Seguro que era virgen? ― preguntó
―Me lo garantizaron. Una chica virgen que acababa de morir. Yo no la conocí. Se encargó alguien y me costó un buen dinero.
― Está bien, Negrito. Ahora hiciste un buen trabajo. Te felicito ― agregó con una risa breve. Teófilo nunca sabía cuando se burlaba de él.
Veinticuatro horas más tarde, Doña Encarnación le entregó formalmente un tubo con un líquido turbio, de color levemente dorado que ahora llevaba en el bolsillo derecho del pantalón. Grabó las indicaciones. Debía tomar un poco, colocarse en los testículos y dar a beber a la candidata. La vieja afirmó que no importaba si la vida sexual era intensa y el filtro se terminaba.
―Tiene efecto residual, Negrito. Con dos o tres veces que lo uses, dura hasta los noventa y tres. Garantizado.
3
 Sigue matando, como un animal cebado. Debemos hacer algo y debe ser esta noche. No es posible que dejemos la responsabilidad a unas autoridades inoperantes…
La madre de Tatiana, hablaba con voz demasiado ronca. Teófilo hubiera pensado que era mucho cigarrillo, pero según las informaciones, el cáncer habría tomado la garganta.
…todos y digo todos. El militar, el juez, el cura, el policía. Todos dicen lo mismo. “Señora, debe tener paciencia”. ¡Paciencia!. El asesino anda suelto mientras mi hija se pudre en el cementerio…
 Otra vez la muerte como la única estrella. Una moribunda los exhortaba a castigar el asesinato de su hija. Los impulsaba a marchar, a actuar; a cumplir con lo que las autoridades no hacían. Veían en ella el dolor de la madre, la necesidad de justicia. Nadie pensaba que la mujer llamaba a hacer algo que podría ser ilegal porque no tenía nada que perder.
Carmen se interrumpió. Acababan de llegar otras personas. Teófilo conocía a uno de ellos: un hombrecito de bigotes, de baja estatura. Era el padre de Berenice Caldera, la segunda de sus víctimas. Empleado administrativo en la fábrica textil más importante de la ciudad. Llevaba veinticinco años en el cargo.
Más aplausos. Teófilo apenas batió las manos por cumplir.
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Berenice tenía diecisiete años. Fue la que más atrajo a Teófilo. No sabía por qué, ya que estaba lejos de ser una belleza. Alta, un poco corpulenta y algo desgarbada. La piel era demasiado blanca y un par de líneas negras se marcaban debajo de los ojos. Tenía los senos bien definidos; un aspecto de mujer que no encontraba en las otras. Durante tres días examinó los hábitos y al principio pensó en descartarla. La vida estaba demasiado reglada. El padre iba a buscarla al colegio y la traía en una camioneta que no funcionaba muy bien. En dos oportunidades, mientras los espiaba, se descompuso. Al levantar el capó despedía un humo espeso. Al parecer, problemas con el radiador.
Al colocar en la computadora las costumbres de Berenice, el programa arrojó siete líneas verdes y asignó el número veinte, la nota máxima. Significaba que en términos de seguridad, todo estaba controlado. No había baches o situaciones peligrosas que pudiera aprovechar. Teófilo disponía de un aparato para escuchar conversaciones telefónicas. Había comprobado que era un dispositivo confiable. Lo ayudaba a espiar la casa de Berenice un ombú situado frente a la vivienda. No había llegado a crecer por completo. El tronco y las ramas permanecían a ras del suelo. Detrás del árbol, había espacio para estacionar.
El dispositivo era pequeño y discreto. Bastaba con colocar una conexión y marcar el número de la chica para interceptar las llamadas. A las diez de la mañana el paseo estaba solitario. Las comunicaciones aquel día fueron cinco. Tres de la madre de Berenice. La llamaba un hombre. Frases a medias; datos de una cita. Al parecer tenía un amante.
Puta como todas, repitió Teófilo,
Las dos llamadas siguientes fueron para Berenice. La invitaban a una fiesta el viernes por la noche. Una discoteca al norte de La Zona Azul. .
―No sé si me dejarán ― la voz de la chica sonaba cansada
―Va a ir Raúl, el chico que te gusta.
Hubo un silencio.
―Está bien, pregunto y te llamo.
Media hora después, ella volvió a llamar. La voz sonó entusiasmada.
―Dijeron que sí. Mi papá me podrá llevar.
Teófilo anotó el nombre del lugar. No le costaría conseguir la dirección exacta. Aquella debía ser la única oportunidad. De no encontrar un momento adecuado para atacarla, la descartaría.
A las siete de la tarde, estacionó el automóvil en la playa de la discoteca. Al rato, el lugar se llenó de coches. Teófilo se había ubicado cerca de la puerta. Chequeó todo con un par de miradas. Un lugar de tamaño mediano, aislado, sin mucha vigilancia. A unos cincuenta metros se iniciaba un bosque pequeño, pero muy tupido.
A las ocho llegó Berenice, acompañada por el padre y el hermano, un joven de dieciséis años, alto y delgado. La paja no es trigo, murmuró Teófilo al ver el rostro del muchacho cubierto de acné. Eran las ocho y treinta. Una fiesta como aquella no pasaría de las doce, y conociéndolos, aún antes de esa hora llegaría el padre a buscarla. Lo importante era que en ese tiempo la chica estaría sin vigilancia personal. Tan sólo su hermano. No podría abordarla dentro de la fiesta. Teófilo decidió esperar hasta las once. Las posibilidades de hacer algo eran remotas.
Al lugar seguían llegando adolescentes. Custodiaba la puerta un hombre corpulento, con un tic que lo obligaba a torcer el mentón a cada rato. La música sonó con furia, haciendo vibrar los vidrios del edificio. A eso de las nueve, un patrullero pasó lentamente con las luces encendidas. Teófilo sabía que en el lugar no habría mucha vigilancia. Era viernes, el día en que todos se encontraban en la Zona Azul. La policía del lugar tenía una falta constante de hombres. Calculó que el móvil volvería a pasar una vez más y lo hizo a las nueve y media. Aquella sería la última ronda. A partir de entonces, se concentrarían cinco kilómetros al sur, en las cercanías del almacén abandonado, el sitio donde el asesino podría volver a atacar.
 A las diez, el hombre de vigilancia entró a la discoteca y cerró la puerta. Los vidrios biselados reflejaban juegos lumínicos y multicolores. A veces llegaban hasta Teófilo aclamaciones de los adolescentes. Noche sin luna. Fuera de la discoteca, el sitio estaba solitario. En la calle había tres luces de mercurio ubicadas entre cincuenta y quinientos metros del lugar.
A eso de las diez y cuarenta, se abrió la puerta y salieron tres grupos de jóvenes. Subieron a algunos de los automóviles estacionados y se marcharon. A los diez minutos la puerta volvió a abrirse y salieron tres adolescentes más. Teófilo se puso tenso. Dos de ellos eran Berenice y su hermano. El otro, un muchacho de suéter verde que los acompañaba. Hablaron entre ellos. La chica negaba en todo momento con la cabeza. Se presentó el gorila que custodiaba la puerta y dijo algo con gestos terminantes. Insistiría en que no podían abandonar el lugar. La puerta estaba cerrada por algo. La chica seguía negando. El guardia los apremiaba. Ella se acercó y conversó con él. El gorila asintió mientras levantaba las manos con todos los dedos abiertos. La chica quería estar afuera durante un rato; quizá necesitara tomar aire. Se lo permitiría por diez minutos, Los otros entraron. Berenice quedó sola en el lugar. Durante un minuto exacto, apoyó la cabeza contra el vidrio y cerró los ojos. Luego buscó en la cartera, tomó un cigarrillo y lo encendió.
Teófilo abrió la puerta del automóvil. El corazón latía en las sienes. Aquel era uno de esos momentos en los que debía dejarse llevar por el impulso; correr el riesgo. A cara descubierta, se presentó frente a la chica y la encañonó con el Taurus.
―¡No te muevas! Vas a venir conmigo.
Ella reaccionó y estirando la mano, golpeó la suya, en un torpe movimiento de Karate que alguna vez habría aprendido. Por la sorpresa, Teófilo estuvo a punto de soltar el arma, pero reaccionó de inmediato y con la culata le golpeó la cara. Ella gritó con la boca abierta y salió un sonido agudo, como el gemido de un gato. Intentó escapar y el hombre la tomó del cuello tapando su boca con la mano. Apoyó el cañón del revolver en la nuca de la chica.
Si te resistís estás muerta. Vos y tu familia. Sé donde vivís y si no hacés lo que digo, voy a matar a todos. Tus padres y tus dos hermanos que se llaman Augusto y Cedillo.
Aquello terminó con la resistencia de Berenice. Teófilo miró a su alrededor. Desde la discoteca seguía llegando el sonido sincopado y estrepitoso. Sosteniéndola del cuello y con la pistola apuntando la cabeza, la arrastró en dirección al bosque. Recorrieron una media cuadra de oscuridad cerrada, ya que un muro de concreto ocultaba la luz. Al llegar a los árboles, la obligó a detenerse.
―Arrodillate ― ordenó. A través del ramaje, llegaba el resplandor de una de las luces lejanas de la avenida. La chica gimió otra vez. Teófilo debía actuar con rapidez. La golpeó tres veces en la cabeza con la culata de la pistola. Cuando cayó hacia delante, se puso a horcajadas sobre la espalda y la golpeó en la sien tres veces más, hasta sentir que estaba completamente inmóvil. No tenía pulso. No parecía respirar. Encendió la linterna. Luz azul, elegida por no emitir resplandores. Dio vuelta el cuerpo. Berenice tenía los ojos abiertos y una línea de sangre caía del costado de la cabeza. Un par de hebillas en el cabello simulaban dos pájaros en vuelo. Teófilo las recogió. Constató que las piernas estuvieran flojas; las abrió sin dificultad, La bombacha era blanca. Se la quitó y la guardó en el bolso junto a las hebillas. Luego introdujo el sacabocados hasta el fondo y cortó tres muestras de tejido vaginal. Es mejor que sobre y no que falta ― afirmó con expresión solemne mientras los guardaba en el sobre.
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― A ver lo que trajiste, Negrito. ― Doña Encarnación examinó a la luz los tres círculos de tejido ― Te voy a ser sincera: yo los veo demasiado pálidos. Vamos a probarlas.
Tomó cinco gusanos negros de un frasco y los ubicó en la mesa frente a las muestras. Luego de varios minutos, dos de ellos se limitaron a levantar las cabezas y a agitar las antenas. Siguieron inmóviles todo el tiempo. Cuando pasaron diez minutos, la mujer negó con la cabeza
 ―No sirven.
―¿Qué me está diciendo? ¿Por qué no sirven?
―La chica es virgen, todo eso está bien. Pero es anémica. Y si es anémica, no sirve para el hechizo. Con esto no te puedo hacer el filtro.
―¿Y como sabe que es anémica?
― Estos gusanos se alimentan de hierro. Si esa carne fuera normal, hubieran corrido como locos. Está anémica. Si no me crees, averigualo.
Teófilo se retiró de la casa de doña Encarnación. Esa tarde, al escuchar las noticias supo que era cierto: acababan de encontrar el cadáver en el bosque cercano a la discoteca y entre los detalles, confirmaban que Berenice padecía de anemia y que estaba en tratamiento.
5
No se puede actuar en caliente. No es sólo una cuestión religiosa la que afirma que la ira no es buena consejera. La acción precipitada nos llevará a un profundo arrepentimiento que sin duda llegará más tarde. ¿Contra quien nos manifestaremos? ¿A quién atacaremos en esta noche? Con nuestras miradas deformadas por el odio, creeremos estar frente al culpable. Lo lastimaremos, y mañana, cuando asome el sol, sabremos que hemos castigado a un inocente.
El padre Ruperto, cura de la parroquia del barrio donde se encontraba la escuela. Enemigo de la acción directa, era un buen orador; tenía carisma y gozaba de popularidad por ayudar a la gente más necesitada de la zona.
―Padre, con todo respeto ― la voz ronca de la madre de Tatiana ―Todos sabemos que en este tiempo se podrían haber hecho muchas cosas. De haberse trabajado con responsabilidad, ahora sabríamos quién es el culpable. Por eso exijo que esta noche salgamos en busca de una solución. Nadie habla de lastimar, de herir. Hay una lista de sospechosos. Tenemos los domicilios…
―¿Y qué vamos a hacer ? ― interrumpió el sacerdote ― ¿Los torturaremos para que confiesen? Lo importante es dejar que la justicia vigile, que hagan su trabajo y aprehendan al culpable….
―¿Y de qué nos serviría? ―intervino alguien del público― si lo encuentran le darán ocho años de cárcel y saldría a los tres por buena conducta. Es posible que en el mercado, la señora Carmen se encuentre mañana con el asesino de su hija.
 ―Hay que confiar en la justicia. Hay que confiar en que las autoridades siempre cumplen. Demoran, eso sí, pero la justicia siempre llega más tarde o más temprano. Insisto: no hagan cosas de las que después tengan que arrepentirse.
Teófilo alguna vez, como parte de actividades encubiertas, debió participar en asambleas obreras. Sabía en qué momento intervenir y qué cosas decir. En aquel entonces el objetivo era meter miedo y evitar que la gente saliera a protestar a la calle. Ahora debía lograr todo lo contrario.
 ―Padre Ruperto ―hablaba Silveiro, el padre de Sandra ― Puedo darle estadísticas citarle casos; cantidad de crímenes sin resolver. Todos ellos por desidia de la justicia…
El sacerdote replicó. Prolongaba la discusión centrándola en cuestiones éticas. Si las cosas seguían ese curso, nadie haría nada. Teófilo levantó la mano.
― ¡Pido la palabra! ― dijo con voz tonante.
― Concedida la palabra al señor Teófilo.

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Hubo un silencio expectante.
―Todos sabemos quién mató a las tres chicas. Todos tenemos el nombre, pero no nos animamos a mencionarlo. Es más, el asesino, que a esta hora se dispone a descansar, está a menos de setecientos metros de nosotros.
Teófilo hizo un silencio deliberado. Los asistentes murmuraron entre ellos.
― ¿Qué quiere decir, señor Teófilo?
― Creo haber sido claro, padre. Todos tenemos el nombre en nuestros labios. Todos podemos ir y constatar las evidencias. La condición es caer así, de sorpresa. No avisar a la policía. Descubrir y reunir las pruebas para presentarlas ante un juez.
―El señor Teófilo dice saber quién es el asesino y asegura que todos compartimos ese conocimiento ― intervino el cura con tono de incredulidad ―Yo no lo sé. Estoy tan desorientado como muchos de ustedes…
― Braulio Domínguez ― interumpió Teófilo ― Todos lo saben. Él se droga. Fue un hippie con costumbres raras. Hace unos años yo mismo intenté corregirlo. Siguiendo la orden de la superioridad, lo corrí para cortarle el pelo y obligarlo a que se bañe, pero mis esfuerzos de enderezarlo fueron inútiles. Él fue quien mató a las chicas. Si avisamos a la policía, se va a enterar de una forma u otra. Ahora no es como antes, con el gobierno militar. No es mi intención hacer política, pero todos saben que hoy se ha montado una red de corrupción. Los traficantes, los soplones: alguien le avisará. En cambio si caemos de sorpresa… Son siete cuadras por esta misma calle. Al final está la casa que perteneciera al concejal Basilio Micino y que ahora está ocupada por Braulio Dominguez. Todos los sabemos. Entiéndanme bien. No debemos tocarle un cabello, pero sí exigir lo que buscamos: justicia
―¿Qué es lo que propone? No entiendo.
―Un comité de vecinos. Aquí están los padres de las víctimas. Los damnificados. Ellos tienen el derecho de interpelar civilmente a un ciudadano sobre la posible participación en el crimen de sus hijas. Tienen el derecho de buscar evidencias.
―¿Y si no encontramos la evidencia de la que usted habla?
―Entonces pedimos disculpas y nos retiramos. Todo saldrá bien si somos corteses desde un principio. Lo importante es que esta asamblea sirva para algo. Corremos el riesgo de discutir entre nosotros, mientras las niñas muertas siguen clamando justicia desde las tumbas.
Ante estas palabras, todos aplaudieron. El cura iba a decir algo, pero Teófilo volvió a levantar la mano.
―¡Moción de orden! Sugiero que las cosas se hagan democráticamente. Sugiero que se vote.
La propuesta fue aceptada y el coordinador de la asamblea organizó el voto. Levantaron las manos los que estaban a favor de ir a la casa de Braulio Domínguez, el “hippie”, como lo llamaban. Por veinticinco votos contra siete, ganó la propuesta de Teófilo.
―Les pido a los que votaron por la negativa que acaten la mayoría y que nos sigan. No hay riesgos. Confío en la moderación de los vecinos. Esto será una acción civilizada.
Los que habían votado en contra de la acción directa, pusieron pretextos. La asamblea se había prolongado mucho. Debían retirarse. Las familias los esperaban. Sólo el cura afirmó no estar de acuerdo y no desear participar en aquella visita que supuestamente sería de cortesía.
 Al quedar solos, tres de los militantes de derecha sacaron los puños de acero. Uno de ellos enarboló un sunchako. El coordinador, al verlo sugirió que dejaran las armas en el salón.
―No tienen por qué dejarlas ― alegó Teófilo ― son para protección. La persona que vamos a ver es alguien que vive al margen de la sociedad. No sabemos cómo nos recibirá.
 Allí se resolvía la asamblea. Todos salieron. La calle sobre la que estaba el salón era un camino a medio asfaltar. La noche estaba calurosa. Teófilo dejó que los demás se adelantaran y recién entonces los siguió.
7

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 Techo de paja, paredes de ladrillo rústico; estructura circular como reproduciendo un gran Bohío. La casa donde vivía Braulio Domínguez había sido construida por el esnobismo de un político que ahora estaba en la cárcel, acusado de malversación y cohecho. El hippie no tenía electricidad. Farol a queroseno y una estufa a leña que utilizaba para calentarse y cocinar. El humo salía por la chimenea.
Carmen, la madre de Tatiana, la mujer que tenía el cáncer, se detuvo y esperó a Teófilo .
―Usted dijo que este hombre guarda evidencia. ¿Sabe algo? Si es así le pido que me lo diga.
―Señora, lo que yo sé es lo que mi experiencia me ha enseñado. No sólo en el ejército sino en trabajos que realicé con la policía. Esto hace que señale a este hombre como culpable, y créame que no me equivoco. Estos asesinos guardan recuerdos de las víctimas. Es lo más común. Con seguridad encontrará en la casa alguna pertenencia de su hija.
―Habría que desbaratar todo y aún así es posible que no encontremos nada.
―Si él ha guardado evidencia, hay tres sitios en los que se debe buscar: el depósito del baño, la cámara séptica o la tierra una maceta. Entienda lo que le digo. Una maceta. No el resto del jardín. Le hablo basado en cientos, si no en miles de casos en que los asesinos eligen uno de estos tres lugares para guardar las pertenencias de las víctimas. Necesitan tenerlas a mano. Es difícil entenderlos; hay que hacer un esfuerzo para pensar como ellos, pero esa fue precisamente mi formación, lo que me ayudó a que hoy pueda hablar con total seguridad.
 Los miembros de la asamblea marchaban cantando consignas y levantando los puños de acero. La mujer agradeció y se adelantó para unirse a los otros. Ella también gritó estribillos.
 ¡El dolor es el mejor juez que existe…!
 ¿Para qué la policía si tenemos nuestros puños…?
Teófilo se demoró aún más y marchó en la retaguardia de la columna. Llegaron a la casa. Los padres de las chicas muertas se adelantaron. Uno de ellos golpeó la puerta con decisión. Desde adentro se escuchó la voz vacilante de Braulio Domínguez. Volvieron a llamar una vez más, tantearon el picaporte y la puerta se abrió. Todos entraron a la casa. Salieron sosteniendo al hippie por los brazos. Mirada interrogante, casi ausente. Sonreía. Por encima de las voces del grupo, volvió a escucharse la voz ronca de la mujer.
―¡Hay que buscar en tres lugares: el depósito del baño, la tierra de una maceta o la cámara séptica!.
Aquella casa no tenía cloacas ni desagües. La madrugada anterior, Teófilo había colocado la bolsa de plástico en la cámara séptica: un espacio vacío antes del pozo. Allí la encontrarían con rapidez. La bolsa contenía el osito de Sandra, la trusa de Berenice y el escudo y la bombacha de Tatiana. Aquello bastaría para identificar al Hippie como el asesino. Sostenido con fuerza por el par de hombres, Braulio Domínguez ya no sonreía. Miraba a todos con desesperación. Bajo la luz de la calle, parecía que lagrimeaba. Teófilo se acercó unos pasos para ver mejor.
―No me hagan nada ― pedía en voz baja ― ¡No me hagan nada…!
―¡Acá está! ― Un hombre sostenía la bolsa con las prendas― ¡Acá está ¡¡La encontré!.
 Todos se acercaron para ver los objetos. Uno de los que sostenían a Braulio lo golpeó en la cara con el puño cerrado. El hippie cayó de rodillas. Gritos; el llanto ronco de la mujer. En ese momento, Teófilo se marchó. La calle que se abría al costado de la casa lo llevaría directamente al automóvil. Al día siguiente sabría por los diarios que la turba, fuera de control, había linchado a Braulio Domínguez. Además de las pruebas incriminándolo por el asesinato, la policía encontraría en la casa una buena cantidad de droga.
Él había estado en la asamblea y en ningún momento incitó a la violencia. Simplemente sugirió que se pidieran explicaciones. La justicia por mano propia la habían ejecutado ellos. A lo sumo podrían reclamarlo como testigo.

 

GOCHO VERSOLARI

 

 

 

 

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