Narrativa: Filtro – Novela de Gocho Versolari – V – La boda de Arandina

Filtro – Novela de Gocho Versolari – V – La boda de Arandina

Gocho Versolari, Poeta

1
El repique del teléfono lo despertó a las nueve de la mañana.
― Abuelo, debo darte una noticia.
Era Arandina. Entusiasmada. El tono parecía lleno de campanillas. Teófilo se sentó en la cama. Aún no los habrían llamado del Comando para decirles que estaba suspendida la solicitud de Orestes.
―Decime querida, te escucho.
―Antes de darte la noticia, te informo que sos el único de la familia que va a saberlo. Es algo supersecreto. No debés comentarlo con nadie.
―Te juro que de mí no va a salir. Pero hablá, ya te dije que te escucho.
―Me caso con Orestes.
Teófilo hizo silencio. La noticia lo había tomado por sorpresa.
―Bueno, está bien, si están seguros…
―Claro que estamos seguros. Pensábamos hacerlo, pero el único problema era la falta de dinero para organizar la fiesta, para invitar a la familia. Ahora se lo exigen. Vos sabés, la entrada en el ejército. El otro día, cuando fue a presentar los papeles se lo reclamaron. Que estemos casados. En lo posible por iglesia. Te invitamos a vos y a un par de amigos. Ahora será la ceremonia civil. Cuando estén mejor las cosas, lo hacemos ante Dios con una fiesta importante a la que asista toda la familia. No sé si mamá, sabés que no me habla, pero sí mi hermana, tía Porota del Chaco y doña Asunta…
 Arandina nombró a cinco o seis parientes más. Teófilo estaba sorprendido. No imaginaba a su nieta vistiendo un traje de novia.
―Siendo así te agradezco que me invites.
Para ellos sería útil su presencia. No sólo porque aceptaría la unión, sino porque las influencias que contaba podrían seguir siendo útiles.
―La boda va a ser mañana. En el registro civil dijimos que estábamos apurados. Una pareja desistió y ocupamos el espacio.
―¿Mañana? Entonces debo llevar el traje a la tintorería.
―Abuelo no te preocupes por el traje. Nos gustaría que te presentes con el uniforme de fajina. La boda es informal. Orestes va a ir de sport y yo de corto.
―¿Dónde van a hacer la fiesta?
―¿La fiesta? Pensábamos una reunión en casa. Yo prepararía una baña cauda.
―Si estás de acuerdo, podría hablar con el Tuerto González. Es dueño de un restaurante en el centro. Tiene un salón en el piso de arriba. Podría encargar un almuerzo. La especialidad de la casa es la parrilla. Me tenés que decir cuántas personas van a ser.
―Nosotros, vos y mi amiga Jessica con su esposo Otto.
―Lo voy a consultar con el tuerto, pero creo que con tres parrillas completas comen cinco personas, repiten y todavía sobra. Tomalo como mi regalo de bodas.
―Gracias, abuelo querido. Te quiero mucho.
Arandina, del otro lado hizo el ruido de besarlo reiteradas veces.
En la tarde, Teófilo lavó el uniforme verde de fajina: una prenda cómoda que en su momento le sirviera para levantarse de la mesa de la barraca y empezar las tareas. Agradecía que su nieta le pidiera vestirla. No tendría tiempo de llevar a la tintorería el uniforme reglamentario. Además, siempre se sentía incómodo en los lugares donde debía permanecer con aspecto de recién planchado.
En la tarde fue hasta el restaurante del tuerto. Se llamaba “La Loca del Regimiento”, como referencia a una obra que los hombres montaran hacía ya muchos años, basada en la ópera que llevaba por título La Novia del Regimiento. Era una parodia, protagonizada por uno de ellos, vestido como mujer.
2

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La ventaja fue que siempre se presentaba de incógnito en los centros de tortura. Astiz, Lobaiza, Pertusio, por mencionar algunos, se jactaban, se exhibían. Decían ser el teniente, el comandante. Ostentaban el cargo y el nombre frente a los detenidos. Teófilo se había ocultado. Un pasamontañas como el que usara la noche anterior siempre fue útil. En los juicios, algunos sobrevivientes se referían a él como esa figura encapuchada Nadie sabía con exactitud quién era. Se atribuía la identidad a otros camaradas o superiores. Lo había salvado la clandestinidad que ejerciera como parte del instinto; de desconfiar de todos; hasta de su propio impulso de mostrarse, de exhibir el poder. .
El gobierno militar había terminado, pero entre la gente que Teófilo tratara, pequeños comerciantes, secretarios, gente de los juzgados, comerciantes, artesanos, financistas persistía la idea que seguía manteniendo parte del poder. Fue sobreseído. No lo habían degradado. Entraba y salía de los cuarteles, a pesar del cambio de guardia que se produjera en el gobierno civil. El sueldo se veía compensado por la cantidad de favores que recibía.
El tuerto Vaccaretti, dueño de ese restaurante, era uno de ellos. Cada vez que Teófilo requería sus servicios, se esmeraba en complacerlo. Sabiendo que era la boda de su nieta, acordó cobrar la mitad del importe.
El casamiento se celebró a las nueve de la mañana en el registro civil de un barrio alejado. Tan sólo los novios, una pareja de amigos y el propio Teófilo.
Arandina llevaba un vestido blanco y corto. Dejaba al descubierto el hombro derecho y el principio del seno. Al caminar, debía sostenerlo en forma casi permanente para que no escapara el pezón. La falda, muy corta, estaba por encima de las rodillas y formaba una campana que dejaba ver buena parte de los muslos.
Teófilo advirtió las miradas de los muchachos que asistían a otras bodas. Uno de ellos daba vueltas por los alrededores. En cierto momento se acercó a él. Preguntó si podía presenciar el matrimonio.
―Usted sabe, señor, me caso dentro de dos semanas y quiero ver cómo es todo. Lo que preguntan; lo que hay que contestar… Usted sabe, todo eso.
Teófilo lo miró con el ceño fruncido y arqueando las cejas.
―Usted me miente. Lo que quiere presenciar no es el matrimonio, sino las piernas de la novia.
El joven expresó sus disculpas, se puso rojo y se alejó con aspecto avergonzado.
Orestes vestía de modo sencillo: un traje convencional, azul con corbata roja. Parece el novio de la torta, murmuró Teófilo al verlo. El carácter convencional y predecible, lo convertiría en un buen cuadro en el ejército.
Teófilo oficiaría como uno de los testigos. El otro sería la amiga de Arandina. Una mujer morena, de senos grandes. Llevaba un traje entallado que exhibía la estrechez de la cintura. Caderas muy amplias. También llevaba una falda demasiado corta. Él esposo, Otto, era un muchacho demasiado delgado, de hombros caídos y rostro afilado. Más bajo que ella, parecía tener el pecho hundido. Tan sólo hablaba de fútbol.
El matrimonio se desarrolló sin problemas, y al salir del registro civil, llegaron al restaurante cuando faltaban quince minutos para las doce. El propietario en persona los recibió. Lo llamaban El Tuerto porque el ojo derecho era de vidrio. El izquierdo siempre sonreía, pero el derecho lo vigilaba, eternamente serio, con un brillo entre verdoso y gris.
 Antes de la parrillada servirían una copa de vino espumante, y como entrada, matambre con ensalada rusa. Arandina se sentó frente a Teófilo.
― Abuelo vos tomás vino, ¿No es así?
― Claro que tomo vino. Sólo los maricas toman gaseosa.
La amiga de Arandina llegó del baño, sonrió a Teófilo y se sentó junto a él. Despedía un intenso perfume a rosas y el hombre, con disimulo, tosió y se apartó. Jessica quedó frente a su esposo que no dejaba de hablar con Orestes. La voz chillona resonaba en la mesa.
―… Hay que ver lo que es ese mediocampista. No hay quien lo marque. No hay quien le aguante un tiro. Te lo digo yo que entiendo mucho del tema…
― ¿A usted le gusta el fútbol don Teófilo? ― preguntó Jessica acercándose todavía más.
― Me gusta como a todos, con normalidad.
Mientras hablaba, Otto se servía generosos vasos de vino que bebía de a grandes sorbos. Habiendo terminado de reseñar los partidos de esa semana, improvisó una reseña sobre la historia del fútbol nacional.
Jessica volvió a sonreír a Teófilo.
―Mi esposo es un fanático. Yo lo quiero mucho, por supuesto, pero me gustaría que no fuera así. Calcule que nuestra luna de miel duró diez días. Estuvimos en Santa Clara del Mar y en ese tiempo se jugaban unos partidos en Mar del Plata. Mi marido me dejaba sola a las ocho de la noche y volvía a la una de la mañana. La luna de miel duró once días. Tan sólo en uno estuvimos juntos todo el tiempo… no me quejo, don Teófilo, pero creo que todo debe tener su medida.
― Estos zapatos me están matando ― dijo Arandina en voz alta interrumpiendo a su amiga mientras se quitaba las sandalias doradas.
―A mí también me matan los zapatos. Es el precio que las mujeres debemos pagar por la belleza. ¿Qué opina don Teófilo
La forma de mirar, de sonreír, de adelantar las tetas; la voz susurrante, como pidiendo ser cómplice en cualquier tema que tocaba. Teófilo recordó el prostíbulo que quedaba más allá del arroyo. Zabala, un camarada que se acababa de casar le reprochó alguna vez que para él todas las mujeres eran putas. Que no había excepciones.
―El tema es que vos tratás a las mujeres como si estuvieras en el quilombo. Y eso no puede ser.
Teófilo no contestó en ese momento. Se tomó una semana para pensar la réplica.
¿Sabés, Zabala? Sigo pensando que todas las mujeres son putas. La única diferencia es que el cincuenta por ciento lo sabe y el otro cincuenta no lo sabe todavía.
Zabala, que estaba muy enamorado de su esposa, a partir de ese momento lo trató con frialdad.
― …los encontraron en el almacén vieja. En el galpón que está al lado.
Jessica y Arandina conversaban. Teófilo simuló examinar la limpieza de los bordes de su copa y trató de escuchar.
― …piensan que pudo ser una venganza. Los padres de los chicos no estaban en nada, pero nunca se sabe. Dicen que están tras la pista del asesino. ¿Vos que pensás abuelo? ¿Conocías la noticia? Una pareja joven, de nuestra edad. A él le hundieron la cabeza y a ella le rompieron el cuello. Por el noticiero, un sociólogo dijo que con seguridad se trató de un crimen pasional. Nadie mata con esa furia…
―Creo que la mayoría de los crímenes no se descubren ― dijo Teófilo ― Salvo que el asesino confiese… y ni aún así es seguro. Siempre creí que la justicia es una prostituta.
Su nieta y la amiga estaban impresionadas por el doble asesinato. Siguieron hablando. Al parecer la chica era una estudiante muy callada a la que no se le conocían amigos. Él, un obrero de ferrocarril.
 ―No se sabe qué hacían juntos en ese lugar. No tenían mucho que ver . Ella era una estudiante , de familia humilde pero que se habían roto para pagar el estudio. Él, un simple obrero…
―Será así, Arandina, pero vos sabés que el amor es ciego.
―Bueno, sea como sea, murieron juntos.
Teófilo había presenciado las noticias sobre el crimen. Sus años de enlace con las actividades de la policía, le permitían saber por el lenguaje que usaban, que no tenían idea de quién había sido el culpable.
―…Le hundieron el cráneo con una pistola. Por las características del golpe, están buscando el arma. Creo que así lo podrán cazar.
Eso también era falso. Aquellas versiones se hacían correr por si el asesino estaba en el entorno, por si era un aficionado o alguien que mataba la primera vez. Entonces no tardaría en delatarse.
Las mujeres callaron de pronto; la televisión encendida en el local, mostraba el rostro del padre de la chica. Cincuenta años, corpulento, con expresión de dolor.
 Todos saben que la justicia es lenta. Somos nosotros los que tenemos que hacerla más ligera.
― ¿Se está refiriendo a que se debe tomar la justicia por la propia mano?
―Usted lo dice, señor, yo no lo digo.
―Pero si tuviera frente a usted al asesino de su hija, ¿qué le haría?
―Pregunte más bien qué no le haría…
La noticia pasó y las mujeres siguieron hablando sobre el crimen. Describían los cadáveres. Detalles macabros. Como afirmaba Teófilo: “la muerte era la estrella”. Los interrumpió el Tuerto, vestido con un delantal. En el costado del pecho mostraba un escudo con los colores de la bandera italiana. Hablaba con leve acento.
―Espero que estén cómodos ―dijo mientras distribuía en la mesa más botellas de vino ―tenemos parrillada completa, la mejor de la zona. Van a comer muy bien. Lo que voy a pedir ahora es un brindis por la felicidad de los novios ―agregó mientras llenaba las copas. Todas las levantaron y bebieron.
― Ahora si me lo permiten, tengo un regalo especial para esta boda. Porque son una hermosa pareja, y porque conozco al amigo Teófilo desde hace muchos años,
En las escaleras que daban a la planta baja, se escuchó una música chispeante. Por allí aparecieron cuatro cantantes pulsando sus respectivas mandolinas. Parientes del Tuerto, que entonaban aires de Calabria, la zona de Italia a la que pertenecía el dueño del restaurante y su larga familia. Mientras los músicos tocaban, el propietario hizo a Teófilo un gesto a las espaldas de los otros: aquello no saldría nada; corría por cuenta de la casa.
Mientras servían los entremeses y el vino, los cantores se concentraron en los novios. Cantaban junto a la pareja, a veces aires en calabrés, de amor o picarescos; a veces canciones populares en un español improvisado.
Al terminar, Teófilo como parte de su regalo, y a pesar que el Tuerto no cobraba, entregó unos pesos adicionales a los músicos.
―Si me disculpan voy a ir al baño antes que traigan la comida ― dijo Arandina ―Te dejo mis zapatos, abuelo. Cuidalos ―agregó con una sonrisa.
Jessica también se levantó del asiento y la acompañó. Teófilo dejó pasar un par de minutos, pidió permiso y también él marchó al baño.
3
Frecuentaba aquel restaurante desde los primeros años en el ejército. Cada vez que tenía licencia, iba allí con sus compañeros. El dueño anterior era el padre del Tuerto; como ahora su hijo, él también se jactaba de mantener buenas relaciones con políticos, curas y militares. En una de las paredes tenía grabada una estrofa clásica de “Los Consejos del Viejo Vizcacha”
“ Hacete amigo del Juez
-No le dés de qué quejarse;-
Y cuando quiera enojarse
Vos te debés encojer,
Pues siempre es güeno tener
Palenque ande ir a rascarse”
Por una peculiaridad de la construcción del restaurante, los baños de damas y de hombres estaban separados por una escalera de siete peldaños, de modo que el de caballeros quedaba en un nivel superior. En sus días de licencia, Teófilo y sus compañeros comprobaron que en el baño de caballeros se escuchaba el rumor de las conversaciones de las mujeres. Una de las paredes era medianera. Teófilo no recordaba quién de ellos sugirió estudiar los mosaicos y descubrieron uno flojo.
En esos cuatro días de licencia, deliraron casi planteando lo bueno que sería disponer de una ventana que permita descubrir la intimidad de las mujeres. Los mosaicos eran amplios, y retirando uno solo de ellos podrían verlas. Uno de los camaradas, de apellido Urrutia insistió en que deseaba ver la pared. Pasó más de media hora en el baño y al terminar informó que había podido sacar el mosaico, pero costaba mucho insertarlo. En una ferretería de las inmediaciones compraron un reemplazo muy parecido y lo adhirieron con un pegamento. El Tuerto no advertiría la maniobra. En cuanto a Urrutia, llevaría el original para que lo revise su hermano; desde hacía muchos años, trabajaba como tornero y constructor.
 El problema era el encastre de la pieza. El hermano tornero diseñó una tuerca e insertó un tornillo en la cerámica Para completar el trabajo, Urrutia estuvo una hora completa en el baño. Llevaba traje de fajina y los clientes que entraban lo confundían con un obrero. El trabajo quedó perfecto. Sólo podían asomarse de uno en uno. Parados en el inodoro, hacían girar el mosaico. Un leve clic indicaba que estaba funcionando el sistema de ajustes, es decir que se podía retirar no sólo la pieza, sino la base, dejando una ventana cuadrada de veintidós centímetros de lado. No daba sobre los baños propiamente dichos, sino sobre el pasillo, el lugar donde se encontraban los lavabos. Por una cuestión acústica, las voces llegaban nítidas hasta ellos.
Todos habían observado que las mujeres rara vez van solas al baño. Acudir en compañía de una amiga, era una suerte de convención social. Esto les permitía conversar sobre cosas íntimas. Era posible que además, se quitaran alguna prenda. En todo caso, aquella ventana les permitiría asomarse a aquel mundo intrigante.
El resultado no fue el esperado. Situaciones y personas que ellos no conocían; las mejores marcas de maquillajes y de prendas. Supieron que las damas no se desnudan en el pasillo de los baños y que las confidencias podían ser aburridas en extremo.
Hubo algunas excepciones. Una de ellas fue una turista alemana que Teófilo intentaba seducir. La mujer hablaba poco español, no parecía responder a sus requerimientos y supuso que era frígida. Al espiarla a través del azulejo suelto, escuchó la conversación que mantuvo con una amiga. Le confesaba que Teófilo “la enloquecía” y que estaba aguardando a que pasara a la acción. A los diez minutos que la dama hubo salido del baño, la condujo a un reservado y allí la besó apasionadamente. Ella apenas se resistió, se entregó enseguida y el romance duró dos meses, hasta que la mujer regresó a Alemania.
La segunda confidencia significativa fue escuchada por Urrutia, el creador del artificio. Una noche en que tenía licencia fue con su novia y otra pareja al restaurante del tuerto. Cuando ambas mujeres acudieron al baño, el cadete procedió a desatornillar el mosaico y escuchar la conversación. Entonces supo que su prometida era infiel. Aquella noche tuvieron que calmarlo y quitarle la pistola cargada, ya que estaba dispuesto a usarla.
Teófilo examinó las paredes del baño. A simple vista no habían cambiado. La historia del mosaico atornillado databa de treinta años atrás. En aquel tiempo, el restaurante había sido modelado tres o cuatro veces, en especial la planta alta y el salón central. Ni don Hostilio, el padre del Tuerto ni su hijo, supieron lo del mosaico flojo, pero sería raro que aún estuviera.
El Tuerto se ocupaba personalmente de mantener impecable el baño de las damas; comentó que había instalado unos bancos para que las mujeres se acomodaran frente a los espejos; detalle de confort que induciría a las confidencias.
Teófilo examinó la pared por encima del inodoro. Para encontrar el mosaico había que seguir la línea del caño central. Lo que no recordaba era si estaba a la derecha o a la izquierda. Miró el reloj: hacía seis minutos que su nieta y la amiga habían entrado. Ya estarían maquillándose y hablando en el pasillo. Se paró encima del inodoro. Recordaba que la línea de mosaicos era la cuarta contando desde arriba. Las piezas estaban limpias, casi pulidas y a Teófilo le parecían las mismas de esa época. Probó con el de la izquierda: buscó las aberturas para meter los dedos y hacerlo girar, pero no las encontró. De pronto se sintió ridículo. Actuaba como un adolescente. Casi con gesto mecánico, probó el mosaico de la derecha, Allí estaban las aberturas para los dedos. Le bastó medio giro en el sentido de las agujas del reloj para escuchar el leve clic. Conteniendo la respiración, tiró hacia fuera. La pieza desmontable cedió con facilidad. Allí estaba el pasillo del baño. Arandina y Jessica, sentadas frente al espejo, maquillándose. Concentradas en sus rostros y en la charla, no mirarían hacia arriba. También habían calculado que la cercanía de la luz fluorescente, encandilaría al observador; quizá distinguiera la abertura, pero no los ojos que lo espiaban.
― …ya tenemos las entradas. En primera fila.
― Te envidio, Jessica. Yo quisiera ir al concierto; quién sabe cuándo vuelve Abba, pero no nos alcanza. Lo hablé con Orestes, sacamos cuentas y no hay nada que hacer.
―Perdoname, Aran, pero vos tenés la culpa. De vez en cuando, unos tiritos, no le hacen mal a nadie, especialmente si Orestes no se entera. Así tenés lo suficiente para un gusto como éste. Es justo. Nos lo merecemos.
Sin contestar, Arandina se puso de pie, y metiendo la mano debajo de la falda, se quitó la bombacha roja y diminuta. Quizá fuera la del día del puchero. Quizá otra. Con aquello, Teófilo conocía un detalle íntimo de su nieta: le gustaba ese color de ropa interior.
―Así estoy mejor, sin bombacha y sin zapatos. Me siento libre. Es lo que me merezco el día de mi boda.
Jessica se pintaba las cejas con todo detalle. De vez en cuando se interrumpía para mover la lámpara sobre la cabeza, y lograr un mejor ángulo de luz.
―Está fuerte tu abuelo, Aran.
―Sí. Es todo un hombre. ¿Te gusta?
―Se nota que tuvo entrenamiento físico. ¿Te fijaste en el lomo que tiene a pesar de la edad?.
―Ya vi que te lo querías avanzar. ¿Y qué dice Otto?
― Otto no dice nada. Él está concentrado en el fútbol. Esa es la ventaja. Estamos en nuestras cosas y nos encontramos cada tanto. ¿Te molesta que me quiera levantar a tu abuelo?
―Claro que no. Me parece que desde que murió la abuela no pasa nada con nadie. Te confieso que si no fuera la nieta, lo ayudaría, pero vos como mi amiga le harías un favor.
La conversación se derivó al uso del maquillaje. Arandina contó una larga incursión buscando una marca especial por el centro de la ciudad.
―…al final la encontré en la casa de belleza que queda junto a la municipalidad. Allí tienen cosas increíbles…
Teófilo sabía que a partir de allí no dirían nada de interés. Estaba convencido que cuando el maquillaje y pintura entraban a tallar, eran un tema excluyente entre las mujeres.
Con cuidado colocó el mosaico en su lugar, lo hizo girar hasta atornillarlo, bajó del inodoro y regresó al salón. En ese momento traían las bandejas con los primeros cortes de carne. Al sentarse, Teófilo escuchó la risa un poco escandalosa de Otto. Frente a él había dos botellas vacías.
―Se debe jugar otra fecha, la fecha que sigue…
Voz pastosa. Ojos perdidos. El hombre estaba totalmente borracho. A su lado Orestes seguía sobrio y parecía un poco incómodo. Con disimulo, Teófilo hizo una seña indicando lo que era evidente: su compañero estaba alcoholizado.
4

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Ambas mujeres llegaron del baño. Jessica volvió a sentarse junto a Teófilo. . Comieron en silencio. Otto apenas tomó un par de porciones. Abrió otra botella y siguió bebiendo. Jessica elegía los mejores trozos de carne y se los servía a su compañero de mesa. Arandina inició una larga conversación acerca de un vestido que hubiera deseado para la boda. Teófilo la observaba mientras masticaba la carne jugosa y tierna; el orgullo del Tuerto. Las nalgas de su nieta, totalmente desnudas, se apoyarían sobre la tabla de la silla. Pensó en lo que sentiría Arandina si una mano se deslizaba debajo de su culo. ¿Se levantaría escandalizada? ¿Disimularía?. Acababa de verla quitándose las bragas. Ni su esposo estaba informado de aquello. Con un orgullo cómplice, levantó el vaso hacia la nieta y brindó.
―…siempre había soñado casarme de largo, pero llegué a la conclusión que hacerlo de corto es mucho más cómodo, menos lío. Quizá si nos van bien las cosas, cuando nos casemos por iglesia, voy a elegir un vestido largo. Blanco con un tocado que me cubra la cara y que tengas que levantar para darme un beso…
Teófilo sintió un leve roce encima de sus zapatos. Advirtió que su nieta había estirado las piernas y que los pies desnudos lo rozaban.
― ¿Te gusta la morcilla? ― preguntó a su lado Jessica alcanzándole un trozo de víscera negra y jugosa.
Ya estaban terminando cuando se presentó el Tuerto. Como toque telúrico, ofrecía mazamorra de postre. Todos estuvieron de acuerdo.
―Ese hombre, ¿va a manejar a la vuelta? ― preguntó Teófilo por lo bajo a Jessica mientras señalaba a Otto con un gesto de la cabeza ―no quiero ser descortés, pero me parece que está un poco mareado.
Cada cinco minutos, Otto daba sonoros golpes en la espalda de Orestes, insistía en que era su amigo y a continuación entonaba canciones incomprensibles.
―Abuelo, me parece que vos vas en la misma dirección que ellos. Si te parece, podrías manejar hasta la casa. Viven cerca de la tuya.
Teófilo asintió. Su nieta quería armar un romance entre él y su amiga. Como una delegada de la propia Arandina. De no existir el parentesco se acostaría con él. Acababa de decirlo en el baño.
 El Tuerto los despidió preguntándoles por tercera vez si les había gustado todo. Entre Teófilo y Orestes, tomaron de los brazos a Otto y lo ayudaron a bajar. El muchacho cantó a voz en cuello.
¡…el venao,el venao
que eso a mi me mortifica…
el venao,el venao
que no me abucheen en la esquina…
…que eso,mira,a mi me mortifica
el venao,el venao…!
 El automóvil era una cupé de dos puertas. Teófilo ayudó a entrar al esposo de Jessica. Ella se sentó a su lado, en la parte delantera. A los pocos segundos, Otto se durmió.
La mujer tendió una frazada cuidando que uno de los extremos permanezca entre ambos. En el trayecto se mantuvo en silencio. Sólo de tanto en tanto sonreía a Teófilo por el espejo que estaba encima del parabrisas. De pronto, la mano se extendió debajo de la manta y buscó la entrepierna del hombre. Teófilo no acusó recibo y condujo en silencio. La casa de ellos quedaba a pocas cuadras de la suya.
Al llegar, Otto se había dormido profundamente y apenas pudo despertarlo para ayudarlo a llegar adentro.
―Por aquí cerca vive un amigo. Voy a buscarlo. Él puede llevarme ― se apresuró a decir antes que Jessica hiciera un ofrecimiento ― Creo que debiera ocuparse de su esposo ― agregó. Ella le alcanzó una tarjeta.
― Disculpame, sé que sos muy formal, que sos un caballero pero te voy a tutear. Sabés que los jóvenes somos así. Acá tenés mi teléfono. Creo que simpatizamos y podríamos encontrarnos en algún momento para conversar…
Teófilo se mostró de acuerdo, aseguró que la llamaría y guardó la tarjeta. Le agradaba la mujer. Tenía un cuerpo voluptuoso, senos grandes; buenas piernas como a él le gustaban, pero nunca se comunicaría con ella. Aún faltaba para que la bruja confeccionara el filtro. No quería correr el riesgo de pasar un papelón y que Arandina lo supiera.
Teófilo regresó caminando a su casa. Al llegar, se bañó y se dispuso a entrar en acción: necesitaba la muestra de la vagina de una chica virgen que estuviera muerta. Ya había comprobado que eso no era fácil

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GOCHO VERSOLARI

4 Comments

    1. Gracias por la nueva nominación, querida Marijose. Te confieso que soy nuevo en esta dinámica. Entiendo que cuando te nominan, debes agradecer y promocionar al primero que lo hace. No sé tampoco si esto culmina en un reconocimiento a aquel blog que tenga más nominaciones. Te envío un gigantesco abrazo y mis mejores deseos.

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