Narrativa: Filtro – Novela de Gocho Versolari – Capítulo IV: El trabajo del soldado.

FILTRO- Capítulo IV: El trabajo del soldado.

Gocho Versolari

1
Lo despertó el sonido del teléfono. Al levantarse y caminar hacia el aparato, golpeó los dedos del pie derecho contra una de las patas de la mesa. Controló la maldición en el momento de atender. Reconoció la voz marcial y ansiosa.
―…sí, Jiménez, te escucho.
―Hola Gutiérrez. Te llamo por una presentación que hiciste en relación a tu yerno.
―No es mi yerno exactamente. Es el novio de mi nieta.
―Claro. Les dijimos que se casen. Él contestó que sí. Parece un buen muchacho, pero hay otro problema del que te quiero hablar personalmente.
―Está bien, Jiménez. Puedo ir ahora si te parece. Ya que estás, quiero pedirte un favor
―Vos dirás
―Es por mi revólver Taurus. Lo necesito para hoy. Quería hacer algunos tiros; vos sabés, para no perder la puntería. Descubrí que no tengo balas. Si me hacés el favor. Creo que con unas cinco cargas va a alcanzar. Yo después te las repongo.
―Está bien. Me acuerdo de la pistola. Tengo una igual. No hay problemas.
―Paso por allá en unas dos horas.
Llegó al comando cuando faltaban cinco minutos para las diez. Jiménez era más joven que él. Estaba a cargo de la sección administrativa. Habían revistado en la misma sección durante dos años, de modo que Teófilo conocía el tic por el cual su camarada contraía la frente y movía las orejas. Anunciaba problemas.
―Teófilo te pido que te sientes. Está frenada la solicitud de alta que presentara el novio de tu nieta.
―Está bien, Jiménez, te escucho.
―Con el muchacho no hay problemas. Es de una familia sana. La madre ha trabajado un poco más de veinte años como empleada de hospital, y él está limpio… No sé cómo lo vas a tomar, pero con la que tenemos problemas es con tu nieta.
―¿Qué pasa con mi nieta?
―Hay una causa abierta. Hace un año y medio estuvo detenida. Fue la primera vez.
―¿Cuál era el cargo?
 Jiménez tragó dos veces antes de pronunciar la palabra.
―Prostitución. La encontraron en “Torrente”, en el momento de cobrarle a un cliente. Además, hubo una acusación de tráfico de drogas, pero parece que no fue así.
―Está bien, Jiménez, no te preocupes; algo sabía. Vos sabés como es esto. La familia me oculta información, Soy muy estricto con estas cosas.
―Hice algo más. Llamé al Juzgado. La cosa no es tan grave. Vos sabés, todo quedó en una contravención. Me comuniqué también con alguien de la policía, por si la tenían fichada. Parece que conocen sus pasos; me dijeron que la chica estaba viviendo con este muchacho, Orestes Aguilly y que no reincidió. En el juzgado la causa está para sobreseimiento. No ha habido sentencia firme. Ella puso un abogado en su momento, alegó que formaba parte de un grupo religioso y que estaba en el prostíbulo predicando; que la habían confundido. Hubo dudas, inconsistencias del fiscal y esto es siempre a favor del reo. Hay un par de contactos. Uno de ellos es el letrado que lleva las causas de aquí. No te cobraría un peso por pedir que se acelere la firma del sobreseimiento. Vos sabés cómo es: el juez siempre firma los expedientes que tiene arriba. Los que están en la parte baja de la pila se demoran y se demoran. Lo que tienen que hacer es poner arriba lo que está abajo. Con eso entraría al muchacho. Quizá la cosa se demore dos semanas más que un trámite habitual. Eso sería todo.
Jiménez era un buen camarada y un buen amigo. Ahora seguía hablando. Explicaba detalles accesorios y repetía que todo estaría solucionado con rapidez.
Mientras lo escuchaba, Teofilo recordó lo ocurrido veinticinco años atrás. Estaban a cargo de un grupo de soldados. Debían dirigirlos en una instrucción. Era un día de sol, frío, de finales del otoño. Los hombres estirarían un par de sogas y Teófilo dirigiría la batuta, es decir comandaría la acción. El objetivo era que los soldados ataran las cuerdas a un monolito ubicado en el centro del campo.
De pronto, Teófilo tuvo la certeza de que aquello no tenía sentido. El sol caía sobre la tierra. El horizonte brillaba a lo lejos. Todo estaba bien. No hacía falta otra cosa. En su interior se había derrumbado la tensión que lo animaba. Supo de pronto que la vida no era dar o recibir órdenes. Dejó caer los brazos. Debía indicar a los grupos que se movieran. Debía alentarlos, ordenarles, pero no tenía fuerzas. No le importaba. Estaba a punto de tenderse en la grama húmeda, cuando Jiménez lo advirtió. Entonces tomó su lugar, impartió las órdenes y comandó los grupos. El propio Jiménez, al terminar, lo llevó al baño y lo obligó a que se lave la cara. Después le dio café. Lentamente el sentido de las cosas y la tensión regresaron a Teófilo.
El médico del ejército pidió análisis y estudios complicados. Todo estaba bien. Teófilo gozaba de una excelente salud. El profesional no tenía idea de las causas de aquella reacción. Al poco tiempo, en una de las visitas a Doña Encarnación Negra, comentó el incidente.
―Es muy simple. Te pasmaste ― dijo la vieja.
―¿Qué quiere decir eso, doña Encarnación?
―Te agarró la pasmada. Viste las cosas como son y una parte de vos dijo “que vida de mierda estoy llevando”. Esto puede volver a pasarte.
―¿Y como debo hacer que no me pase?
― Te voy a dar unos yuyitos, pero lo más importante es que cuides de alimentar tu estupidez día tras día. Con eso quizá no te vuelva a pasar. Lo peligroso es que cuando estés así tropieces con alguien que entienda de estas cosas. Entonces puede llegar a manejarte.
―¿A manejarme?
―En un pasmo se abre lo de adentro. Queda expuesto a lo que quieran hacerte. Quedás como esos viejos a los que hay que llevarlos de la mano. He conocido algunos que en el pasmo se cagan y se mean. Entonces viene el médico y dice ¡Alzheimer!. Con esa palabra mágica complican todo. Lo único que tendrían que hacer es quitarle el pasmo.
 Doña Encarnación le prescribió unas hierbas. Debía hervirlas durante cinco minutos, y además de beberlas, colocarlas como emplastos en las cervicales. Cumplió con esto y nunca se volvió a presentar aquella sensación.
Aquella vez Jiménez le había sacado las papas del fuego. Ahora lo volvía a hacer. Interrumpió a su compañero que seguía insistiendo en que él podía solucionar el problema con facilidad.
―Con esto me acabás de hacer un gran favor. Es la segunda que te debo, pero te diré lo que vamos a hacer. Así como están las cosas, ¿se le rechaza definitivamente al pibe la entrada al ejército?
―No, por supuesto. Se deja en suspenso la solicitud hasta que llegue el sobreseimiento, pero sin ayuda puede durar bastante, y vos sabés como son las cosas, si demoran demasiado, entonces sí pueden negarle el ingreso.
―Prefiero que se le notifique en forma oficial la suspensión. Voy a esperar que me llamen. Que me lo pidan. Recién entonces voy a recurrir a los contactos.
2

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El norte de la ciudad era una zona de importantes hoteles, edificios con lujosas oficinas y centros comerciales de varios pisos. Construcciones brillantes, con frentes espejados orientados al sur, que reflejaban el sol
Al este se levantaban edificios más modestos, de trabajadores y gente de clase media. El tercer sector, hacia el oeste, estaba cubierto de casas humildes y monobloques construidos por el gobierno para suplir el déficit de viviendas. Albergaban a cientos de familias, llenas de hijos.
El sur de la ciudad era el refugio de ladrones y traficantes. Ocultos en viejas y abandonadas casas, se organizaban para delinquir.
Eran las siete de la tarde cuando Teófilo bordeó la carretera que daba hacia el sur y pasó por Torrente, un edificio antiguo que en alguna época fue mansión de clases altas. Al morir sus ocupantes, quedó abandonado un tiempo y durante muchos años funcionó como prostíbulo. Ahora, además, era centro y distribución de drogas. En la actualidad la prostitución tiende a perderse, pensó Teófilo. Sus propias nietas estaban dispuestas a acostarse con el primero que se presentara. Lo hacían gratis. ¿Qué sentido tenía entonces recurrir a una profesional? En otras épocas, la diferencia entre putas y mujeres decentes estaba definida. Todos sabían quién era quién.
En la frontera entre los barrios del sur y del oeste, a lo largo de una de las principales avenidas, se concentraban cafés y bares donde se reunían los jóvenes. Mientras los recorría, Teófilo siguió pensando en Arandina. Su nieta puta. No lo asombraba. Las ropas provocativas; la costumbre de sostener la mirada. En su época, cuando estaban frente a un hombre, las mujeres no demoraban ni tres segundos en bajar los ojos.
Mientras conducía, sintió en el costado del saco el peso del revólver. El cargador estaba lleno. Confiaba en que no lo necesitaría. Por las dudas había colocado un silenciador nuevo. En caso de tener que disparar, apenas se escucharía un chasquido. A su lado estaba el bolso. Allí llevaba tres cuerdas de diferente grosor; un par de navajas también de diferentes tamaños; tres ganchos y dos sacabocados. Los elementos de trabajo, los llamaba. Algunas veces en la guerra sucia debió internarse en lugares amenazantes para buscar subversivos peligrosos. El trabajo del soldado, repitió. Las sienes latían. La sangre circulaba. Abrió la ventana del automóvil y dejó que entrara la brisa de la noche. Respiró con fuerza. Volvía a la acción.
Salió de la autopista. El desvío lo llevó a una rotonda iluminada. Allí se levantaba una estación de servicio y un enorme café y restaurante donde cantidad de parejas jóvenes bebían y comían. En un par de horas marcharían a la zona de casas abandonadas que se levantaba un poco más allá y a la que conocían como La Zona Azul. Muchos tenían automóviles. Otros lo harían a pie. Lo más común era que en el sitio instalaran un patrullero para intervenir en caso que fuera necesario, pero aquella noche se jugaba un partido de fútbol en el norte de la ciudad. Todos los efectivos se concentrarían allí.
Teófilo entró al café. Un enorme salón apenas iluminado. En las paredes había carteles con rostros que no conocía; quizá cantantes de aquellos ritmos jóvenes. Recordó la sentencia de un coronel: La música es el último reducto de la subversión. El lugar estaba casi lleno. Con un rápido vistazo, calculó que las edades iban de los veinte a los veinticinco años. Algunas parejas estaban sentadas en las mesas, otras en las barras. Exclamaciones y carcajadas. Teófilo era viejo en el ambiente. Un par de jóvenes lo miraron curiosos por unos segundos y lo dejaron en paz .
En un rincón oscuro había una mesa vacía. La ocupó. Desde allí tendría una buena vista. Miró a las mujeres. Senos abultados. Minifaldas a la altura del pubis. Kilos de maquillaje. Cerca de donde estaba, una pareja discutía. Ella, en actitud festiva, cerraba los puños y simulaba golpear al hombre en las mejillas. Él la tomaba de las muñecas, la atraía y la besaba en la boca. Muchos de ellos irían a las discotecas del centro de la ciudad, pero los más se preparaban para invadir la Zona Azul. Comprendía tres manzanas abandonadas hacia el sureste. De vez en cuando la policía hacía redadas, detenía a muchos por actividades indecentes y los menores eran entregados a los padres. En caso de chicas con menos de dieciséis, el galán podía ser procesado por estupro. Aquello no servía de escarmiento. A la semana siguiente, regresaban con el instinto fresco.
Una de las muchachas se paseaba entre las mesas. Llevaba mensajes de un grupo a otros. El escote era tan pronunciado que terminaba en el inicio de los pezones.
Si será puta, murmuró Teófilo. Ese caminar de un lado al otro del salón no tenía ningún sentido. Sólo servía para exhibirse.
Fue al baño. Todos se concentraban en los prolegómenos del sexo. y nadie se fijaría en aquel anciano. Sintió el olor acre y húmedo de la marihuana.
Al regresar, mientras se sentaba a la mesa, vio a la chica con aspecto de gorrión. A diferencia de las otras, vestía una blusa cerrada y miraba con expresión de miedo. Por un segundo las miradas se cruzaron y Teófilo creyó ver una expresión de urgencia, como si pidiera auxilio.
 La vigiló desde la mesa. El muchacho que la acompañaba llegó del baño. Era corpulento, de piel trigueña. Los bíceps asomaban de la camisa de mangas cortas. El aspecto atlético sería el resultado de anabólicos. Cada tanto, la chica alegaba, argumentaba. Se rascaba la nariz con frecuencia; negaba con la cabeza. No estaba cómoda. Parecía mucho más joven que las otras. El maquillaje era más normal, lo mismo que el peinado y la ropa. Teófilo calculó más de veinte años, aunque el aspecto la hacía parecer de menor edad. El hombre no era mucho mayor. Seguía hablando. Insistente, acercando el rostro a la mujer; moviendo las manos hacia arriba y hacia abajo. Ella escuchaba en silencio. Ambos tenían frente a sí los vasos llenos. Llevaban más de veinte minutos sin beber.
Ella levantó la cabeza frente a algunas palabras del hombre y negó con energía. Era la tercera vez que hacía aquel gesto. De acuerdo a un código propio de Teófilo, él intentaría convencerla de tener sexo; quizá le hablara de amor, de un posible matrimonio. Ella se negaba. Debía ser virgen. No se opondría a perder su condición, pero querría hacerlo en un lugar decente, no en la sordidez de las casas abandonadas
En la zona, había tres bosques no muy extensos pero bastante tupidos. Por lo que Teófilo sabía, los muchachos traían una manta que extendían sobre la hierba. Muchos lo hacían al aire libre o en los automóviles. Otro grupo de jóvenes que se turnaban semana tras semana, estaba atentos por si llegaba la policía. Cuando esto ocurría, avisaban con una señal prevista, y las parejas salían en desbandada.
La chica con aspecto de gorrión, negó por cuarta vez y ahora fue la que habló. Con énfasis; los ojos brillaran. Quizá exigiera una cama como Dios manda, un ramo de flores; un toque romántico. Era lo que siempre pedían las mujeres. Detalles que en el momento decisivo, les hicieran olvidar su condición de putas.
De pronto ambos se levantaron y caminaron hacia la puerta. Teófilo se dispuso a seguirlos. Correría el riesgo. En caso de que fueran hacia el centro o a una zona donde no pudiera atacarlos, regresaría al día siguiente.
3

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El automóvil del muchacho tenía una línea de llamas alrededor de la carrocería. Brillaban en la oscuridad y esto facilitaba el seguimiento. Subieron al coche y antes de arrancar, Teófilo pudo ver las siluetas en sombra a través de la ventanilla trasera. En cierto momento él intentó abrazarla y ella se apartó. Él siguió hablando Ella bajó la cabeza. Negó por quinta vez. El contraluz mostraba la mano derecha del muchacho. Se movía en actitud de argumentar. De pronto la silueta de la chica empezó a asentir. Una vez y otra. Entonces arrancaron. Se dirigieron hacia la carretera que quedaba unos metros más allá. Teófilo dejó que se adelantaran y los siguió.
El coche circuló con lentitud. A veces se detenía, como si vacilaran. Luego tomó hacia la rotonda. Teófilo aumentó la velocidad. Al llegar, el automóvil de la pareja dio la vuelta pero en vez de ir hacia el centro, retomó el camino. Se dirigían a la Zona Azul. Teófilo sintió el sabor picante de la adrenalina.
El automóvil de la pareja volvió a pasar frente al restaurante y siguió hacia el sur, donde la iluminación de las calles disminuía. Las rutas estaban casi vacías y Teófilo encendió sólo las luces bajas. Tomaron un atajo que daba a una calle de tierra casi a oscuras y siguieron hasta detenerse frente a un viejo almacén abandonado.
A unos cien metros del edificio, había un espacio abierto y vacío. Teófilo condujo hacia allí, estacionó y se detuvo un momento para colocarse el pasamontañas y los guantes. Tomó el bolso donde guardaba el cuchillo y la cuerda. El coche de la pareja se había detenido un poco más allá. Protegido por la ropa negra, el hombre caminó pegado a la pared. La única luz llegaba de un débil foco en la esquina de la calle.
De pronto él muchacho se abalanzó sobre la chica intentando besarla. Ella se resistió y lo separó con las manos. Él habló otra vez. Gesticulaba. Volvió a abrazarla. Ella hizo un intento de evitarlo, pero se dejó besar.
Si serás puta, repitió Teófilo entre dientes.
Él abrió la puerta del automóvil y ambos bajaron. Con el bolso colgando del hombro, Teófilo se agazapó. Ellos caminaron con rapidez hacia el almacén. Al haberla convencido, buscarían un sitio aceptable.
El muchacho debía conocer el lugar. Con gestos seguros, se dirigió a un depósito abandonado anexo al edificio central. Diez años atrás, cuando el almacén funcionaba, acumulaban la mercadería en ese sitio. Tenía dos entradas. La de atrás permanecía entreabierta. El muchacho pasó junto a ella sin mirarla, y entró por la de adelante. Teófilo avanzó hasta la trasera e ingresó al lugar. La luz de la calle que apenas se filtraba por los vidrios alineados cerca del techo, dejaba ver altos montones de cajas vacías
  • Ignacio, tengo miedo.
La voz de ella era casi infantil. Una niña consentida. Él encendió una linterna. La luz permitió a Teófilo completar la visión del espacio y se ocultó entre las cajas. Ellos permanecerían cerca de la entrada central. La pared lateral estaba en sombras. Teófilo recorrió en silencio los tres metros que lo separaban del final de las hileras de cajas y se ubicó a pocos pasos de la pareja. El revólver en la cintura. Podría tomarlo con rapidez en caso de necesitarlo.
 ― …no te preocupes ― dijo él ― voy a poner una manta. Vamos a estar bien. Lo importante es que nos queremos. Éste va a ser el primer día de una vida llena de amor.
El muchacho había colocado la linterna a un costado de modo que los iluminara. Vio la silueta de la chica. Con los aprontes en el automóvil, había soltado varios botones de la blusa. Los senos casi asomaban. Volvieron a besarse. Ella lo apartó.
―Ignacio, ya te dije que no estoy del todo segura. Tendríamos que seguir hablando.
―¿Hasta cuándo me vas a hacer hablar? ¿Es que no sentís cómo te quiero? ¿como te necesito?
Volvió a besarla. Esta vez ella no se opuso. Cuando notó que las manos de él estaban por bajar el pantalón, Teófilo se ajustó el pasamontañas. La prenda no era común; no sólo ocultaba el rostro, sino que disponía de un dispositivo que deformaba la voz.
―¡Si se mueven, los mato!.
 El muchacho se volvió y le hizo frente. Se abalanzó sobre él. Era más corpulento de lo que calculara, pero Teófilo estaba preparado para un ataque. Levantó la mano con la pistola y lo golpeó con fuerza en la cabeza. Cerca de la sien. Tres golpes más. Un chorro de sangre saltó del cráneo. Detuvo su ataque. Permaneció de pie unos segundos. Luego cayó a un costado. Estaba inconsciente. Seguiría así por un buen rato. La chica estaba contra la pared opuesta. Ojos grandes, abiertos. Apenas respiraba. La camisa le servía para ocultar los pechos desnudos. Teófilo se acercó a ella.
―¿Me va a violar? ― preguntó con voz temblorosa
―Es posible — de un tirón quitó la prenda que la cubría..
Ella cubrió los senos con las manos. Eran más grandes de lo que parecían. Las manos apenas podían ocultar los pezones.
―Es posible que te viole. Estás muy bien.
―Si lo va a hacer, tenga en cuenta que soy virgen…
Teófilo sabía reconocer los gestos de las mujeres. La cabeza hacia atrás en un movimiento rápido; los labios húmedos y entreabiertos; el leve temblor de las caderas. Era evidente que deseaba perder la virginidad.
―Si serás puta. Acabo de golpear a tu novio y estás queriendo que te cojan.
―No es mi novio. Le dije que no quería venir acá y me trajo a la fuerza.
Él se quitó el pasamontañas.
―¿Realmente sos virgen?
―Sí, por desgracia. Sos un hombre mayor. A él no le tengo confianza. No confío en los de mi edad. Ayudame a dejar de ser virgen, pero no me lastimes.
Teófilo acarició la cara de la chica.
―¿No te quitás los guantes?
―Ahora me los quito. Quedate tranquila.
Un oso pequeño colgaba del cuello. Teófilo lo tomó y lo examinó a la luz de la linterna. El juguete tenía una expresión confiada y divertida.
―Lo hizo mi tía con el paño de un peluche con el que dormía cuando era niña ― explicó ella.
Teófilo deslizó con suavidad el índice de su mano derecha desde el cuello hasta cerca del pezón. Ella no hizo nada. Temblaba suavemente
―Nos estuviste espiando…¿era porque me deseabas?
―¿Vos qué pensás?
Con un rápido tirón, Teófilo retiró las manos de la chica. Se inclinó y besó el pezón. Ella se estremeció. Levantó la cabeza y la besó en los labios. Tampoco se resistió.
Todo era más fácil de lo previsto. De los elementos que llevaba en el bolso, sólo había usado la culata del revólver y una de las sogas. Ahora aquella chica esperaba dejar de ser virgen, y él quería simplemente lo contrario.
―Metela despacito — pidió ella en su oído — no me hagas doler…
En la llamada Guerra sucia, uno de los medios más rápidos y piadosos, para lograr una rápida muerte era el quiebre de las cervicales. Lo había hecho cantidad de veces. Entrenaba sus manos para mantenerlas con fuerza. Lo más común era aplicarlo cuando el subversivo no tenía más datos que volcar. La muchacha se mantenía con los ojos cerrados, esperando. Teófilo tomó la cabeza con suavidad, la sacudió a un lado y al otro hasta realizar el movimiento brusco, controlado. Sonido seco de las vértebras. El cuerpo que se aflojó de pronto. Teófilo se apartó para mirarla; ojos cerrados; sin pulso ni respiración. Arrancó el cordón con el osito y lo metió en el bolso. Luego metió la mano por debajo de la falda. No llevaba ropa interior.
Me parece bien que vinieras preparada.
En la guerra sucia, había tenido relaciones con una mujer muerta. Ahora lo embriagaba el perfume que surgía de los cabellos, la suavidad de la piel y la tibieza que aún mantenía en el cuerpo. Dejar el semen en aquel cuerpo sería como firmar el asesinato. Si se controlaba, el resto de su vida podía ser una orgía perpetua con el filtro que preparara la vieja.
Las piernas de la chica estaban cerradas con firmeza. Aquello era algo inesperado. Quizá se hubiera puesto tensa a último momento. Estuvo un rato bregando hasta que logró separarlas el espacio suficiente como para que penetre el sacabocados. Se insultó a sí mismo por no haberse asegurado que la chica muriera con las piernas bien abiertas.
Su dedo era demasiado grueso como para entrar en la vagina ferozmente estrecha. Apenas pudo introducir la pinza. Cuando calculó que estaba sobre la mucosa, apretó con fuerza y lo retiró. Aquel era un pellizco del chocho, como exigía la bruja. Lo miró a la luz del galpón. En el trozo circular, le pareció ver los restos blancuzcos del flujo.
Guardó la muestra en la billetera, tratando de no dejar rastros. Todo el tiempo había permanecido con los guantes puestos, de modo que no quedara ningún tipo de huellas. Se acercó al muchacho. Lo iluminó con la linterna. La sangre que cayera de la cabeza estaba coagulada. Miró los ojos; abiertos y vidriosos. Frío y sin pulso. Examinó la cabeza. El golpe que le diera cerca de la sien quizá hubiera atravesado el cartílago llegando al cerebro.
Resonó el chillido de la puerta al abrirse. Teófilo apagó la linterna con rapidez
―¡Vamos!, es por acá…
Era la voz de un hombre. Alcanzó a ver la pareja. Las luces de la calle le indicaron que el único lugar para esconderse era un nicho cercano al techo. Trepó con rapidez y metió el cuerpo en un ajustado estante de madera en el momento en que la puerta terminaba de abrirse.
―Está muy oscuro, Rafael…
Él iba a contestar algo, pero de pronto ambos se detuvieron: habían descubierto los cadáveres.
―¿Qué les pasa? están desmayados
―Hace falta más luz… Creo que el interruptor estaba por aquí.
Teófilo cerró los ojos. La penumbra cercana al techo lo protegía. Al encender la luz, su cuerpo encogido y oculto, quedaría en evidencia Quizá debiera matar a la nueva pareja. Podría usar el revólver, pero eso complicaría todo. Escuchó los pasos del hombre. Buscaría el interruptor a lo largo de una de las paredes. El chasquido sonó como un trueno. Todo siguió a oscuras.
―¡Este lugar es una porquería! Los focos están quemados. Traje una linterna…
La encendió y el ambiente se iluminó apenas.
―La chica está muerta, ya está fría
―No la toques que te vas a comprometer.
―Es que si estuvieran vivos podríamos hacer algo.
―Creo que los dos están muertos
Desde donde estaba, Teófilo vio que la chica se retiraba hasta cerca de la puerta.
― Vamos, Rafael. Los muertos me dan miedo.
El hombre estaba inclinado sobre el cadáver del muchacho. Lo examinaba.
― ¡Vamos te digo! ¡No tolero estar acá!
―Está bien, ya voy. Me fijaba si respira…
Ambos se alejaron. Teófilo esperó un rato más y volvió a encender la linterna. Había tenido el tino de saltar con el bolso en el hombro. Jadeaba demasiado y sentía un vago dolor en la espalda. La maniobra a su edad no era igual que en su juventud. Bajó del escondite. Revisó los cadáveres: había limpiado todo. El calzado que llevaba, unas alpargatas que parecían comunes, tenían las suelas hechas de un material especial para evitar huellas. Antes de salir por la puerta de atrás, se asomó con precaución: la zona seguía solitaria y apenas iluminada. Caminó con paso rápido los metros que lo separaban del automóvil y al entrar, escuchó las lejanas sirenas de la policía.
5

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Atrae la muerte, murmuró Teófilo mientra avanzaba hasta la rotonda y la retomaba para regresar al lugar. El patrullero había llegado. Vio la luz intermitente y escuchó los ruidos de las comunicaciones. Los cadáveres aún estaban calientes. Buscarían al asesino en las inmediaciones. No era seguro permanecer, pero disfrutaba de esa sensación oscura de omnipotencia; el vértigo de haber sido el autor de esas muertes y encontrarse a salvo.
Atrae la muerte…, repitió. Era una verdad que comprendía luego de convivir con ella durante muchos años. La muerte atrae como la novia en el matrimonio. Al escuchar las ambulancias, las familias despertarían y correrían al lugar tratando de ver algo. Luego comentarían a sus vecinos que distinguieron el rostro del cadáver, una mano, un zapato. Se abrirían paso entre los cordones policiales y el lugar, tranquilo y solitario hasta el momento, se llenaría de gente. Prensa. Médicos. Policía. En esa sociedad la muerte era la estrella.
Teófilo sintió más que otras veces el desprecio hacia los civiles. El ejército prepara al soldado para convivir con la muerte. El haber participado en la guerra, el haber matado a tantos, le daba un prestigio oscuro. Algo que todos sentían en él aunque no pudieran explicarlo. Fuerza, seguridad que provenía de haber estado entre los agonizantes y los cadáveres. Recordó a aquella chica. Desnuda en la camilla de acero. Los órganos desechos por las descargas eléctricas. Murió mientras la penetraba. Algo parecido a lo de esa noche. Sólo que entonces no tenía que preocuparse de una sociedad comandada por los estúpidos civiles que buscarían el ADN en el semen. Él era el dueño; disponía del control. Le habían entregado el dominio total, como tenía que ser. Diez minutos atrás había descubierto que continuaba siendo el mismo. La muerte seguía perteneciéndole.
Otros dos patrulleros llegaron al almacén. Debía irse de allí antes que cerraran las calles y detuvieran a los automóviles.
6
 Otra vez el nieto ocupando casi la totalidad de una de las paredes. Otra vez la mirada penetrante. No quería, pero recordaba aquellos días.
Negrito, acordate que yo te atendí desde que eras un pebete. La Florinda. No quería nada con vos y con esos yuyitos te la serví en bandeja. Después el embarazo. Un aborto rápido, limpio, seguro. No tenías dinero y no te cobraba. Eras un pibe que prometía. Ahora estoy desesperada Negrito. Es la primera vez que confieso a alguien que estoy así, desesperada. Es por mi nieto. Lo detuvieron. Sé que estás en el ejército. Sé que podés hacer algo.
 Ella nunca había vuelto a mencionarlo. Pasado un año, Teófilo necesitó de sus servicios. Lo atendió como siempre y como siempre, solucionó lo que pedía. Tan sólo esa fotografía monumental en el consultorio. El niño como hablándole, como ofreciendo algo. No sabía por qué, pero lo ponía nervioso.
―A ver, Negrito, sentate. ¿Qué es lo que me trajiste?
La bruja tenía un buen día. Mirada chispeante. Casi burlona,
―Conseguí lo que me pidió. Me costó mucho.
Vamos a ver, dijo un ciego y se llevó una pared por delante.
La Bruja rió de su propia ocurrencia. Con cuidado, Teófilo sacó el sobrecito con el trozo de vagina que había cortado a la muchacha y se lo alcanzó a la vieja.
―A ver, a ver…
Ella tuvo que levantarse y caminar hasta el pequeño patio para mirarlo a la luz del día. Después de examinarlo durante un rato se volvió a Teófilo.
―¿Qué me trajiste negrito?
―Un pedazo de su vagina, lo que usted me pidió.
―¿Sabés lo que te pedí? Si recordás bien, te pedí que metieras una pinza hasta el fondo y sacaras cerca del himen. Si preparo el filtro con esto que me trajiste, no tendrás fuerza.
―¿Pero cómo iba a hacer? La chica tenía las piernas apretadas y la pinza no podía entrar.
―Mirá eso lo tenés que arreglar vos. Yo no puedo estar al lado tuyo cuando le metas en la concha el sacabocados. Si te preparo el filtro con esto, no va a tener ningún resultado. No va a servir para nada y te voy a robar el dinero. ¿Es eso lo que querés?
Teófilo llevó una mano a la cabeza.
―¿Y ahora qué hago?
―¿Cómo voy a saber yo? Si fuera joven y virgen abriría mis piernas y utilizaría mi jugo. También se puede, pero hace mucho tiempo que eso no funciona. No tengo más jugos y entre mis piernas hay un agujero hediondo…
La vieja volvió a reír
―Mirá, Negrito, no te desesperés. Hay otra posibilidad… ¿No pensaste en las monjitas?

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GOCHO VERSOLARI

 

 

 

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