Narrativa: Filtro – Novela de Gocho Versolari – III Doña Encarnación Negra.

Filtro – Novela – III Doña Encarnación Negra.

Gocho Versolari

Luego de los años en los que se dedicara a torturar y matar subversivos, el comandante Teófilo recurre a toda suerte de hechizos y recursos para despertar su virilidad dormida. Acude entonces a doña Encarnación Negra, una hechicera que le brinda una lección acerca de las jovencitas, la virginidad y la muerte. 

1

―¿Conocías a Angelita, la chica que murió?
Teófilo estaba en la sala de la casa de Olga, su hija. El actual esposo era un empresario. Cuando la echó por segunda vez, ya eran novios. Se casaron y enseguida tuvieron a Eulalia. Al tiempo de nacida la niña, hubo intentos de conciliación, inspirados por el nuevo marido. Olga continuaba resentida, pero permitió que Teófilo alternara con las niñas. Bautismos, cumpleaños. Cuando podía, compraba regalos importantes. Fue mejor abuelo que padre, comentó su hija alguna vez.
―Claro que conocí a Angelita. Era mi compañera. Estábamos en la misma clase.
Eulalia tenía cabellos negros, tan rizados que crecían hacia arriba. La nariz y la frente tenían un parecido lejano con la familia de Teófilo. El hombre se preguntaba de dónde habría heredado aquella cabellera hirsuta.
―¿Qué clase de chica era?
Eulalia tardaba en contestar. Fruncía el ceño y en los labios había una permanente expresión de disgusto. Estaba descalza, con los pies apoyados en un banco. Pintaba las uñas con un pincel.
―Era una chica como todas, abuelo. Creo que tenía mi edad.
―Tenía un año menos. Anoche estuve en el velorio
―¿Ah, sí?
Eulalia miraba con satisfacción la uña del dedo gordo. Había diseñado una flor entre azul y roja.
―Estuve con sus padres. Me dijeron que era una niña volcada a la iglesia, que no tenía relaciones con los muchachos.
―¿Eso dijeron?
Por un segundo, Eulalia levantó la cabeza. Teófilo advirtió la sonrisa incrédula. Enseguida volvió al esmalte.
―¿No es así?
―No, si te dijeron los padres es que debe ser así.
―Me parece que pensás otra cosa.
―¿Importa lo que yo piense, abuelo? Ya se murió. ¿Qué sentido tiene…?
Descalza de un pie, su nieta fue hasta la cómoda. Buscó una lima y un cortador de cutículas
―El domingo te llevaré a Mc Donalds.
Eulalia levantó la cabeza con una sonrisa.
―¿Me vas a comprar una cajita feliz?
―Claro, para eso te llevo.
―¿Te alcanza el dinero? Mamá dice que no te alcanza para nada…
―Me alcanza. Siempre separo una cantidad para llevarte. Ahora decime, esa chica, ¿era una buena chica?
―¿Para qué querés saberlo abuelo?
Teófilo llevó la mano al bolsillo del pantalón y tanteó la billetera. Allí estaba el sobre con el trozo de vagina de la muerta. Pálido. Sanguinolento. Un pájaro diminuto.
―Quiero saberlo porque me interesa cómo piensan los chicos de tu edad, tus compañeritos, lo que sienten.
―Claro, pero Angelita ya se murió, ella no piensa ni siente.
―Hasta hace poco lo hacía. Era tu amiguita. Quiero saber si es como dicen los padres, una chica pura; pensaban que se iba a meter a monja.
―¿Angelita monja…? ¡Jajajajaja…!
―¿Por qué te reís? Es cierto lo que te digo. Los padres la describieron como una santa…
―Tendrían que haber ido a la terraza después de las doce.
―¿Qué querés decir?
―La casa tiene dos pisos. Ella dormía en el de arriba y podía subir al techo. Se acostaba allí con todos los que quería.
―Los padres están convencidos que era virgen.
―Claro, la oreja era la que tenía virgen, abuelo.
La boca de Teófilo se secó de pronto. Sintió deseos de fumar, pero no se atrevió a hacerlo frente a su nieta. ¿Y el tope que descubriera su dedo? Miró a Eulalia. ¿Es que hablaba por envidia, por resentimiento?
―¿La conocías bien como para saber eso? ¿Te hizo alguna confidencia?
―Todos los chicos lo sabíamos. Creo que conocés a Lolo y Juan Gris
Teófilo apenas se fijaba en los compañeros de su nieta. Recordaba a esos chicos como un par de caras imprecisas una tarde en que llegara de visita.
―Sí, claro que los recuerdo
―El hermano de Juan Gris tiene un telescopio y todas las noches lo enfocaba a la terraza para ver lo que hacía Angelita.
―¿Estás segura? ¿Vos la viste?
―…y bueno, sí,. Me dijeron que mirara y lo hice. Allí estaba Angelita…. Pero ya te hablé suficiente abuelo. Dice la profesora de religión que no hay que ofender la memoria de los muertos.
―No estás ofendiendo a nadie, sólo contás lo que sabés, lo que viste.
Teófilo miró la hora. Aún tenía tiempo de llegar a la consulta de la Bruja.
2

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Era mucho lo que comentaban acerca de Doña Encarnación Negra, la Bruja, como la llamaban. Todos desconocían la edad verdadera. Las versiones coincidían en que su aspecto, encorvado, pequeño; casi sin dientes, lo tuvo desde siempre. Algunos afirmaban que en su juventud vivió en una cueva; que se embarazaba año tras año, devorando los niños que nacían; que la capacidad de curar y adivinar el futuro con una exactitud precisa, surgían de muchos pactos que firmara con el demonio; que en las noches cambiaba el aspecto ruinoso, transformándose en una mujer hermosa que mantenía relaciones con Satanás.
Teófilo era uno de los pocos que sabía la verdad. Conocía a la Bruja desde hacía muchos años, cuando aún era atractiva. Solía usar trajes sastre y recogerse el pelo. Con eso explotaba su parecido con Eva Perón. Se casó joven y enviudó al poco tiempo. Del segundo matrimonio tuvo varios hijos y más tarde, nietos. Todos vivían en otra ciudad. Sólo se veía de tanto en tanto con una de las hijas. Alguna vez había dicho que prefería permanecer sola con sus embrujos. En el fondo de la casa vivía una pareja de colaboradores. Era exitosa con la adivinación, la medicina natural y los trabajos. El dinero ganado con las consultas, le alcanzó para comprar una vivienda amplia con un gran terreno.
En su juventud vivió en el campo y se formó con curanderos de renombre. Al casarse con su segundo marido, se alojaron en un rancho de adobe y paja y una de las primeras especialidades de la anciana fue la cura del mal de Chagas; una enfermedad crónica que afecta el corazón y que trasmite la vinchuca, insecto alojado en las paredes de barro. Doña Encarnación utilizaba hierbas, agua y rezos. Tanto ella como su esposo lo padecieron y se curaron de esa forma. Era tanta la eficacia, que los médicos de la zona le enviaban pacientes.
Para recordar esa época, construyó la sala de espera de su consultorio con ladrillos de adobe. Nunca los pulió ni pintó. Pretendía con esto que los clientes apreciaran el aspecto rústico de las paredes de tierra y que conocieran los inicios de la anciana.
Dos clientes estaban antes que Teófilo. Una mujer joven con un niño pequeño que no dejaba de hablar y un hombre de unos sesenta años, sentado frente a él, con el cabello excesivamente largo y una barba de días.
Teófilo tomó una revista y simuló concentrarse. A su lado, la mujer sacó un yogurt de de la cartera y se lo brindó a su hijo; el niño tenía dificultades para caminar. Usaba una prótesis a la altura del muslo derecho.
El paciente pelilargo lo miraba con insistencia. Al advertirlo, Teófilo levantó la vista y por un segundo lo observó con disimulo. Ante el gesto, el hombre sonrió. Le faltaban casi todos los dientes de adelante. Vestía un suéter deshilachado y desteñido que parecía ser marrón. A pesar del cabello largo, cerca de la frente tenía un par de entradas muy pronunciadas y la tonsura estaba calva. Era demasiado delgado y el lado derecho de la cara se movía con un gesto involuntario. En sus años de experiencia, Teófilo había concluido que un tic como aquel, era común a los que consumían droga.
Cuando levantó la mano en un conato de salud, lo reconoció. Vivía en una casa abandonada al fondo de la avenida. Un par de años atrás lo habían detenido por tenencia de marihuana. Al parecer la cultivaba en el jardín.
―Disculpe que lo observe, pero nos conocemos. Mejor dicho yo lo conozco a usted, aunque quizá no se acuerde ―sonora y penetrante, la voz del hombre parecía un graznido. Teófilo hizo un gesto con los hombros, confirmando que no lo recordaba.―Hace veinte años. Usted me corrió durante tres cuadras y cuando me alcanzó, con la ayuda de dos más, me sentaron en una silla y me cortaron el pelo.
El hombre hablaba de la época de Onganía. Cuando a Teófilo lo ascendieron a cabo, recibió la orden de terminar con los hippies de la zona. Vivían en una comunidad en las cercanías del arroyo. Vendían las baratijas que fabricaban en un puesto improvisado. Primero fue la Infantería. Con los cabellos, tiraron las mesas y esparcieron aros, collares y cuentas. Teófilo con sus hombres, corrieron a varios. La orden era detenerlos, cortarles el pelo y obligarlos a bañarse con agua helada. A ese hombre no lo recordaba de aquel incidente, pero lo que contaba era verosímil.
―…a usted le gusta caminar. Cada tanto lo veo pasar por mi casa. Siempre me acuerdo de aquella noche. Fue la única vez en mi vida que tuve la cabeza totalmente pelada. Creo que ya no vienen esas máquinas. Usted insistía que la pusieran a cero, para raparme por completo. La cabeza me quedó como un huevo…
El hombre rió al recordarlo y volvió a mostrar las encías desnudas.
―…Yo me resistía, es cierto. Creo que esa noche fui el que más se resistió. Entonces usted me puso una navaja en el cuello. Me dijo: si no te quedás quieto, en vez de cortarte el pelo, te voy a cortar la garganta. ―el hombre volvió a reír ―Con eso me convenció. Me quedé quieto, por supuesto y el pelo tardó meses en volver a crecer.
No era la primera vez que a Teófilo lo reconocían por situaciones como ésa. Fueron muchas las veces en que recibió reproches y hasta insultos. Recordó a una mujer cuyo hijo cumplía con el servicio militar. En la instrucción, una bala perdida atravesó la tráquea del muchacho. Sobrevivió, pero debieron operarlo y nunca quedó bien. Teófilo comandaba el operativo, y en el ejército cuestionaron su responsabilidad. Sus abogados demostraron que fue un accidente y lo exoneraron, pero la mujer nunca se convenció. Averiguó su dirección, lo esperó a la salida de la casa y durante dos cuadras lo persiguió llamándolo ¡Asesino! a voz en cuello. Él logró entrar a un café y comunicarse con el Comando. Al rato la detuvieron y la liberaron a los tres días. Desde entonces no volvió a molestarlo.
Aquel hombre no parecía contrariado. Recordaba divertido la anécdota y aparentemente, no guardaba rencor.
―Le aclaro que no se trató de algo personal ―explicó Teófilo ―En el ejército debemos cumplir órdenes.
―Por supuesto que lo sé, no se preocupe Además, los dos venimos a consultar a Doña Encarnación. Es muy buena curandera. En mi caso tengo una psoriasis rebelde…
El hombre mostró manchas en manos y cuello.
―Los medicamentos no me dan resultado, pero luego de tres sesiones con doña Encarnación, empezó a disminuir.
Se acercó a Teófilo para mostrar de cerca las manchas. El cuerpo despedía un olor oscuro, mezcla de humo de cocina y traspiración añeja. Teófilo recordó el comentario de un coronel. Todos los civiles huelen a algo feo. La medida de cortarle el cabello y bañarlo con agua helada, no había dado resultados. El hombre seguía siendo hippie; vivía en una casa usurpada y cultivaba droga. El consuelo era que se trataba de un elemento aislado. Los demás estarían muertos o desaparecidos. Aquel era un sobreviviente. Algo así como un dinosaurio.
El hombre describía las Limpias de doña Encarnación y los emplastos con ramas húmedas en las zonas afectadas.
―¡Braulio Domínguez! ― llamó una mujer obesa y embarazada: la secretaria de doña Encarnación.
―Pase usted ― dijo el hombre a Teófilo ―le dejo mi turno. Todo sea por los viejos tiempos.
En una especie de saludo levantó la mano derecha y abrió dos dedos como haciendo una “V”. Teófilo sabía vagamente que aquello significaba paz.
3

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El despacho de la anciana tenía pocos muebles; apenas una mesa , tres sillas y una amplia ventana que daba al jardín. Lo que más se destacaba era un retrato del nieto de la Bruja que ocupaba media pared. La foto habría sido tomada a los dieciséis años, poco antes de su detención. De pie, miraba la cámara sonriendo, con la boca casi abierta, como a punto de decir algo. Los brazos y las manos se extendían hacia delante. Estaba en un lugar abierto, quizá un campo o un jardín amplio. A lo lejos, el resplandor del sol atravesaba una línea de árboles; cuando llegaba a él, se producía un fenómeno que quizá la vieja hubiera acentuado a través de retoques en la imagen: reflejos tornasoles concentrados en la espalda del adolescente, formaban el diseño de un par de alas. Teófilo había escuchado los comentarios de la gente: el nieto sería un ángel que en el cielo esperaba a su abuela. Al morir, la Bruja se reuniría con él.
Al llegar a la consulta, doña Encarnación siempre lo obligaba a ocupar una silla que quedaba frente al retrato. Esto ponía nervioso a Teófilo. Procuraba no mirar la imagen, pero los ojos parecían seguirlo.
―…entonces no sabés si esto que tenés acá es bueno o no.
―Los padres dicen que es una santa, y por lo tanto virgen. Mi nieta dice que no; que la vio chingar en la azotea.
―Si tenés dudas, es que no sirve. Vos conseguiste este pedacito y debieras ser el primero en estar convencido. Si no, mejor probamos con otra.
―Es que me costó mucho conseguir la muestra. ¿Cómo voy a lograr eso de una virgen?
―Te dije que era difícil. Hay otras cosas que te puedo ofrecer, por ejemplo un embrujo especial para la mujer en la que estás interesado. Eso casi siempre funciona.
―Claro, pero usted me explicó que con este filtro no solamente voy a tener el favor de esa mujer, sino que podré reaccionar como hombre siempre
―Garantizado hasta los noventa y tres años. Con todas las mujeres que quieras. Viejas, jóvenes, feas, lindas; lo que sea. Sabés que no miento.
―Deme una idea de cómo puedo conseguir lo que necesito. Hoy en dia es muy difícil encontrar una virgen. Nadie da garantías.
―En eso estamos de acuerdo. Es lo que menos sobra. Te doy dos ideas. La primera me vas a decir que no, pero sería una solución inmediata. El chocho de una gallina. ¡No te rías, Negrito!. Las gallinas son aves nobles. Tres clientes me trajeron un pedacito del chocho de gallinas vírgenes y sirvió. Claro que el efecto dura un año, no te sirve hasta los noventa y tres. Además, sólo podrías usarlo con una mujer. Si es más de una, necesitamos más gallinas. La otra idea, si seguís pensando en una chica virgen y no en una gallina, tenés que recorrer el camino del sur, el que da a la montaña. Lo llaman La Zona Azul. Allí los chicos se reúnen para coger en un barrio de casas abandonadas. Si te animás, podés estudiar sus vueltas y ver qué es lo que hacen .
―¿Usted me habla de asaltar y violar?
―¿Por qué no? Te cuento que a este consultorio llegan muchas de esas chicas y te puedo garantizar que no sería una violación, ya que están deseosas de un hombre de verdad. Muchas de ellas me dicen que estar con chicos de su edad no las satisface. Y muchas son vírgenes.
―¿Y cómo sé cuáles son las vírgenes?
―Yo había creído que eras un militar hecho y derecho. Estuviste en la lucha contra la subversión. Se te llenaba la boca hablando de eso.
―Claro, por supuesto. Usted lo sabe, doña Encarnación
―Una mujer te avisa cuando es virgen. Te ve venir y tiene miedo de ser lastimada, entonces te frena y te dice que tengas cuidado, que el chocho está intacto.
―Si la desvirgo, entonces no servirá el pedazo de su concha.
―Sirve hasta las primeras siete horas del desvirgue. Claro que si es una chica que tiene relaciones con mucha frecuencia, no sirve. No sirve en absoluto.
―Pero usted me dijo que debía estar muerta.
La bruja abrió los brazos y levantó los hombros.
―Lo de la muerte te lo dejo a vos. Como militar, sos un especialista en el tema.

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GOCHO VERSOLARI

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