Narrativa: Filtro – Novela de Gocho Versolari. II La nieta.

Filtro – II La Nieta

Gocho Versolari

 

En el capítulo anterior, Teófilo, militar retirado luego de la “lucha contra la subversión” en Argentina, se las ingenia para asistir al velorio de una vecina, una adolescente que acaba de morir. Al quedar solo con el cadáver, toma de la vagina de la muchacha un trozo de tejido: es lo que le exige doña Encarnación Negra, la hechicera que está preparando para él un filtro de amor. 

II La nieta

―¿Qué se te dio por invitar a almorzar a tu abuelo?
― Somos familia ―Arandina tenía voz aniñada ― quiero verte. Te extraño.
 Hacía dos meses que la nieta de Teófilo vivía con Orestes, su novio, al sur de la ciudad. Alquilaban un par de habitaciones humildes con baño y cocina.
 Teófilo llegó a las once de la mañana. Recorrió el largo pasillo gastado. La puerta de la vivienda era la del fondo.. Al entrar, su nieta lo abrazó y besó en la mejilla. Cabellos rubios, piel fina. Al sonreír, la nariz pequeña se inclinaba hacia arriba. Acababa de bañarse; tenía el cabello mojado y la rodeaba un perfume agrio. Alguna vez Teófilo le había dicho que despreciaba las fragancias dulces y pesadas.
―Sentate, abuelo. Orestes no llegó del trabajo. Preparé puchero de gallina. Nunca probaste uno como éste. Es mi especialidad.
 La semana anterior, Arandina había cumplido veintidós años. En esa tarde calurosa, tenía recogidos los cabellos. Una blusa corta dejaba ver el ombligo. Caminaba de un lado al otro de la cocina, aprontando cucharas de madera de diferentes longitudes y examinando el caldo que hervía en la hornalla. De vez en cuando sonreía a Teófilo.
 ―¿Querés un vermut con quesito y aceitunas?
 Contestó que sí. Cuando la nieta dio la espalda, pudo ver el pantalón demasiado bajo. Se adivinaba la abertura de las nalgas y la pequeña trusa roja. Teófilo pensó en avisarle, pero no se animó. Era posible que se tratara de una moda. Quizá a Arandina le gustara exhibirse.
Recordó que cincuenta años atrás, cuando era joven, estaba convencido que todas las mujeres eran putas. Todas, menos la madre, la hermana, la novia o la esposa de uno (Esto incluiría a la nieta, aunque en aquel entonces no pensaba en ese parentesco) Ahora sus convicciones habían cambiado. El calificativo de puta se generalizaba y el ideal de santidad, reservado para las mujeres más próximas, había desaparecido.
 Arandina se inclinó para buscar algo en la alacena bajo la mesada. El pantalón descendió aún más. Las nalgas estaban cerca de Teófilo. La bombacha roja, además de ser demasiado pequeña, era trasparente. El hombre se preguntó qué sentido tenía la prenda. No cubría nada y revelaba todo.
 ―¡Mirá abuelo!. Este programa es muy divertido. Deben perseguirse en lugares peligrosos y gana el que haga caer al otro.
 Arandina, ya de pie, señalaba la televisión. Reía con las imágenes de un programa de competencias en el que tres parejas debían sostenerse de débiles lianas para cruzar un río. En las aguas, algunos hombres disfrazados de cocodrilos esperaban que cayeran. El cuello de la chica era largo y blanco. Con las carcajadas, una vena cercana al hombro temblaba apenas. Si no es puta, debe ser demasiado ingenua, pensó Teófilo.
 Arandina sirvió al abuelo un aperitivo con aceitunas y trozos de queso Para continuar en la cocina se puso un delantal que cubrió parte del escandaloso pantalón.
 Teófilo pensó que de no ser su abuelo y de tener treinta años menos, la muchacha hubiera sido consciente del detalle, solucionándolo con rapidez.
 ―Orestes llegará en unos minutos —anunció ella cortando rodajas de pan francés. Lo vendían en la panadería del centro y era el preferido de Teófilo. Arandina puso una música movida. Quizá Rock.
 ―Ay, abuelo no sé si te gusta…
―No me gusta pero es igual.
 El propio Teófilo y sus camaradas habían pensado que la subversión estaba eliminada. Fue una tarea sistemática, completa. La serpiente resucitaba a través de las modas y las preferencias de los jóvenes
 ― ¿Qué pensás de mí, Arandina? ― preguntó de pronto. La joven lo miró con sorpresa.
― ¿Qué voy a pensar, abuelo? No te entiendo.
― Es que no quiero ser un viejo gruñón, no quiero convertirme en una versión de don Nicola, el vecino italiano más viejo que yo. Se la pasa en la puerta, insultando a los chicos que juegan en la vereda.
―Vos no sos así. Yo le digo a mis amigas que tengo un abuelo canchero. Sé que te gustan los autos deportivos y que los fines de semana practicás fútbol con tus camaradas. Muchos hombres más jóvenes que vos se la pasan tirados en el sofá.
―Vos y Orestes podrían indicarme si me convierto en algo así. Si pierdo la chaveta…

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 Arandina rió; se inclinó sobre su abuelo y lo besó en la frente. Volvió a quitarse el delantal. Además del pantalón que dejaba ver el inicio de las nalgas, se había soltado el botón de la blusa. La abertura de arriba y la abertura de abajo, pensó teófilo.
 ―Te queda linda esa blusa, Arandina.
―Gracias abuelo. Estaba pensando en lo que dijiste, y es natural que al tener más edad no te gusten muchas de las cosas que nos gustan a Orestes y a mí. La música por ejemplo.
―Querida, esa es una forma elegante de decirme viejo.
―No. En absoluto. Creo abuelo que la sociedad margina a la gente de edad. A mí siempre me gustó escuchar tus historias, de cómo venciste solo a la subversión.
―Eso es verdad. Siempre fuiste una niña ejemplar que me escuchaba cuando tus primas y tu hermana se iban a jugar.
 Teófilo recordó a su hija, cuando a los quince anunció que se haría hippie. La echó de la casa. Regresó a los tres años embarazada de Arandina; la aceptaron y tres años más tarde, informó que trabajaría para una agencia internacional de derechos humanos. Volvió a expulsarla del hogar y entonces quedó embarazada de Leila, que ahora tenía catorce. Tres años atrás, Arandina tuvo un problema con la justicia y permaneció detenida durante algunos días. Él se ofreció para ayudar, pero no quisieron informarle lo ocurrido. Insistió. Tenía influencias. Conocía a comisarios y a jerarcas de la policía. Podría haber averiguado lo que pasó, pero en esa época llegó el gobierno civil. Teófilo estuvo demasiado ocupado con las acusaciones que le imputaran; abusos , torturas; muertes. Gracias a la representación de tres abogados hábiles, lo exoneraron. Cuando volvió a preguntar por Arandina, supo que estaba encarrilada y cursaba filosofía. Teófilo pensaba que esa carrera no serviría de mucho, pero nunca había tocado el tema.
 ―¿Cuánto hace que no ves a tu madre?
―Desde que estoy de novia con Orestes no me habla. Él tiene las cosas muy claras. Quiere seguir en la escuela militar.
―Eso no lo sabía.
 Quizá su nieta le tienda una trampa. Con la propaganda de los gobiernos que siguieron, la familia lo rechazó. Su propia esposa, antes de morir, no hacía más que llorar. Le reprochó haber sido el responsable de todas esas muertes de las que hablaban. Cada vez que recuperaban un nieto, Olga, la madre de Arandina, iba a su casa y le arrojaba el periódico con la noticia. En alguna discusión, lo llamó genocida.
 Arandina apagó el fuego de la sopa y se quitó el delantal. Volvió a exhibir la bombacha roja y las curvas de las nalgas.
 ―Cuando te llamé por teléfono me preguntaste por qué te había invitado, bueno, quizá no sepas que desde que estoy con Orestes me hice católica, voy a la catedral y estoy en un grupo de jóvenes. Nos ocupamos de revisar la historia.
―¿Revisar la historia? ¿Qué es eso?
―Pensamos que lo que pasó en el país en tu época no fue tan malo. No lo llaman “Dictadura Militar”, sino “Proceso de Reorganización Nacional” y dicen que sirvió para terminar con la guerrilla y otras pestes.
―Eso no lo sabía.
―Es importante que lo sepas. Para que no te sientas tan solo
 Arandina sonrió mientras sacaba la gallina de la heladera.
 ―Yo siempre te recuerdo como una buena persona. Si tuviste que matar a alguien, habrá sido en defensa propia o por necesidad. En las charlas que tenemos nos explican que sobre el tema de los desaparecidos hay un cincuenta de verdad. Es más, se sabe que algunos no están desaparecidos. Cobran mucho dinero y viven en Marbella.
―Esto me sorprende, Arandina. Me gustaría ir a una de esas reuniones.
―Claro abuelo, yo no te pregunté, pero hablé con ellos y les dije que quizá podrías dar una conferencia.
― La idea me gusta. Me gusta mucho.
  Teófilo nunca se presentaría a un lugar así. Entre ellos podrían estar sus enemigos. Aliados de otra época, que lo miraban mal luego del sobreseimiento. Seguía libre, mientras que otros, con la misma responsabilidad, continuaban detenidos. Él también había torturado. Él también había matado. Muchos, al nombrarlo, usaban la palabra Traidor. En algunas discusiones, Teófilo alegó que él daba la cara; que no necesitaba cambiar de nombre o de provincia. En la época de Alfonsín sufrió dos escarches y luego lo olvidaron. Como si no existiera. Así todo era mejor. Mucho mejor.

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 ―¿Y sobre qué tendría que hablar en la conferencia?.
―Sobre el valor de la vida humana.
―No entiendo.
―Yo siempre recuerdo lo que me dijiste una tarde cuando tenía catorce años, que la vida es lo más sagrado que tenemos. Me hablaste mucho. Fueron horas. Llovía y estábamos en la salita de atrás de la casa de mamá. Cuando terminamos, era de noche. Dijiste que matar a una persona era como eliminar a todo el género humano.
―Sí, creo que algo recuerdo.
 Él nunca había conversado con su nieta una tarde entera. Nunca pensó ni dijo idioteces como aquellas. Otra vez se preguntó si no sería una trampa. Arandina parecía sincera, pero no debía fiarse.
 ―… ese día dijiste que somos como las flores en el campo; que si alguien arranca una flor, las demás sienten esa ausencia.
―Claro , sí algo me acuerdo.
 Pensó preocupado que Arandina podía estar loca. Él nunca habría dicho semejante estupidez.
 ―…de allí aprendí que todos los que vivimos estamos unidos formamos parte de un mismo ser, y cuando terminaste me dijiste que esto era lo que pensaban los militares que tomaron el poder. Querían hacer una sociedad más justa, donde cada vida tuviera un valor propio, que sirviera a todos y a cada uno a cumplir su misión en el mundo.
―Claro, eso es cierto.
 Pensó en el rengo Azurro. Él solo había matado a ciento setenta. Llegó a recibir tres sanciones por ser demasiado bruto con la tortura. Al imaginarlo perorando sobre las flores y la unidad de la vida, Teófilo sintió ganas de reír. Debía disimular. Volvió a mirar a su nieta. Ojos perdidos. El pantalón había bajado aún más, pero ella seguía sin advertirlo. Quizá hubiera hecho mal en aceptar la invitación.
 ―Estoy muy contento de estar en tu casa. De que me hayas invitado.
 Un ruido. La cadena de la puerta del pasillo.
―Ahí llega Orestes. Lo vas a conocer, abuelo.
 Ojos brillantes. Cabello corto al rape, anteojos, nariz fina, labios gruesos y mentón prominente en un gesto de determinación. Al menos, parece un muchacho despierto, pensóTeófilo.
 Al saludar a Arandina con un beso, Orestes bajó la mano y rozó apenas la cintura. Bastó este gesto para que ella acomodara el pantalón, ocultando todo.
 ―Mucho gusto, don Teófilo. Soy Orestes, el novio de su nieta.
 Firme apretón de manos. El muchacho prometía. Aunque nunca podía estar seguro.
 ―Abuelo, te decía que Orestes va a entrar en el ejército.
―Así es don Teófilo. Creo que la disciplina militar es lo mejor que existe.
―Tendría mucho que hablar con usted muchacho.
―Claro, ustedes apenas se conocen pero yo sé que se van a llevar bien.
 En el almuerzo la conversación pasó de un tema a otro. Orestes tenía veintidós años; familia de clase media baja. Había cursado el bachillerato en una escuela donde recibió formación militar. El abuelo había sido suboficial.
 ― No quiero abusar de usted, señor Teófilo, pero me dijeron que para ingresar necesito de una certificación especial.
 Teófilo asintió.
 ―Conozco al General Anaya. Él se podrá aconsejarlo. Si quiere lo llamamos después de comer.
 El puchero estaba en su punto. Los trozos de gallina se disolvían en la boca.
 ―¿Dónde aprendiste a cocinar así, Arandina?
 Una mirada de inteligencia y una sonrisa con Orestes. Cierta vacilación de la nieta al responder.
 ―Aprendí a cocinar con un grupo de amigas. Viví con ellas cuando mamá me echó de la casa. Después, la madre de Orestes terminó de enseñarme. Con el puchero, me ayuda mucho la calidad de la gallina. Se la compramos a Polo. Tiene un gallinero propio. Las cría a maíz, como se hacía antes.
―Ciento treinta y cuatro gallinas.
―¿Cómo decís, abuelo?
―Es la cantidad de aves que tiene Polo en el gallinero. Todas las noches sufre un robo.
 Orestes y su nieta hicieron un comentario elogioso sobre la memoria de Teófilo.
 ―Eso es muy importante en el ejército, muchacho. Una memoria fotográfica es tan importante como una buena ametralladora.
 En la vivienda no tenían teléfono. Para comunicarse con el General Anaya, debieron ir hasta el aparato público que quedaba en la esquina. Orestes caminó junto a Teófilo. Sonrisa esperanzada, expresión soñadora. Si piensa del ejército lo que dice Arandina sobre el respeto a la vida y esas cosas, la caída va a ser dura , pensó Teófilo.
 ―¿Hasta donde piensa cursar en la escuela?
―Tengo tercer año de ingeniería, creo que podré hacer una buena carrera.
―Mire joven, en el cuartel la clave de todo es el manejo de las armas. ¿Cómo anda usted en eso?
―Tengo un poco de instrucción pero creo que no es la necesaria.
―Yo tengo algunas armas. Las mismas que se usan en la instrucción regular. Podemos hacer entrenamiento. Un poco de camuflaje, en fin algo que después le sirva para no llegar en el aire a la verdadera enseñanza.

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―Muchas gracias, don Teófilo. Eso sería de una gran ayuda para mí.
―Quizá Arandina le haya dicho que soy un viejo cascarrabias, pero no es para tanto. Cuando se trata de jóvenes que aman la patria y el ejército, me juego entero. Sé de un lugar tranquilo pasando Tacuarembó, un lugar con árboles, nada de gente alrededor, donde podamos hacer la instrucción.
―Tendría que ser un grupo…
―No es necesario. Algunas prácticas de tiro, algunos trucos que serán útiles. Lo único que le pido es que no diga a nadie que yo se los enseñé. Eso es todo.
 Llegaron al teléfono. Teófilo se comunicó con la sede del comando. Preguntó por uno de sus camaradas. Le dieron con Jiménez. Un viejo amigo.
 ―El general Anaya no se encuentra, Teo, pero si te puedo ayudar en algo, contá conmigo.
―Es el novio de mi nieta. Está haciendo los trámites para ingresar.
―Necesita un certificado de habilitación, una planilla que certifique la identidad y afirme que está habilitado. A esto lo acompaña con tres copias del documento. Las dos primeras páginas. Con esto le darán la cita para la primer entrevista.
―Está bien, Jiménez. Anoté todo. Ahora lo hablo con él. ¿Debe verte a vos o necesita preguntar por otra persona?
―Que pregunte por mí en este horario. Puedo alcanzar los papeles a la secretaria de Anaya y ahí mismo le doy fecha para la entrevista.
 Al colgar, Teófilo explicó todo al muchacho.
 ―Acuérdese: Jiménez es el apellido. Le dice que va de parte mía. Lo está esperando.
 Al llegar, Arandina se había cambiado de ropas. Llevaba un vestido verde con una minifalda demasiado corta . Al agacharse o sentarse, se le veían hasta las amígdalas, como decían en el ejército. Había preparado café para una sobremesa.
 ―Usted sabe como son estas cosas, señor Teófilo. Ahora tengo una decisión tomada por la carrera militar, pero me costó un poco; ya sabe: se cuentan muchas cosas.
―¿Qué cosas se cuentan?
―Sé de un amigo que al cabo de un año llegó a despreciar a los civiles, incluida su familia. De otro que se volvió loco y empezó a matar gente. Y por último los homosexuales…
―Creía que estaban controlados.
―No sé si será cierto, pero me han dicho que a veces se obliga a tener relaciones con otros cadetes del grado superior a cambio de beneficios, o para evitar una guardia
―Cualquier cosa que uno quiera evitar, le basta con decir no.
 Teófilo miró el reloj. Estaban por dar las cuatro.
 ―Tengo un compromiso. El puchero estuvo delicioso. Espero poder invitarlos a mi casa en algún momento.
―Nuestra casa es la tuya abuelo. Podés venir cuando quieras.
 Para el beso de despedida, Arandina detuvo los labios en la mejilla de Teófilo y permaneció así cerca de un minuto antes del chasquido.

 GOCHO VERSOLARI

 

 

4 Comments

    1. Muchas gracias por la nominación, querida amiga. Algo que no entiendo y creo que forma parte de un protocolo implícito: ¿debo escribir un post adicional agradeciendo y nominando a mivez? ¿Puedo volver a nominarte a ti, por ejemplo? Agradecería tu respuesta a fin de saber cómo obrar. Un abrazo.

      1. Hola!! En el mismo post has de agradecer y nominar. Si ya te han nominado otr@s bloggers, por mi parte quedas exento de tener que volver a postear, porque sería un caos y un nunca acabar. Y no me puedes nominar de nuevo.

      2. Me han nominado pero te confieso que no he respondido porque me resultaba una incógnita el mecanismo. Desearía nominarte a ti, ¿podría hacerlo en la respuesta que envíe a la nominación anterior?

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