Literatura experimental: Mr. Arkadin, la escultura y la luz – Relato – Parte I.

Mr. Arkadin, la escultura y la luz (I)

Gocho Versolari.

En  la oficina de Mr. Arkadin, las cosas (muebles, personas, objetos), brillaban de acuerdo a las horas del día y a los caprichos del sol. Era así que a las ocho de la mañana, todo tomaba un color cobrizo como si la realidad estuviera modelada en metal. A eso de las nueve, el ángulo del sol al entrar por las ventanas daba a todo  una tonalidad blanca y pastosa, como si la cubriera una gelatina espesa. Ya en la tarde, cerca de las tres, el sol del otoño,  la luminosidad del invierno o la   luz impetuosa del verano, disminuían hasta convertirse en un leve resplandor que se extendía en una dirección este-sudeste  y se detenía en cada uno de los objetos.
Dos grandes muebles con estantes, uno lleno de libros y otro con adornos  ocupaban la mayor parte de la oficina. En las paredes, varios de los cuadros colgados,  se cotizaban a altos precios  en el mercado de arte internacional.
Una escultura ubicada en el centro del salón, representaba un rayo y una esfera. El  rectilíneo zigzagueante del rayo, se interrumpía al llegar a la bola, lo que disminuía su tension. Críticos de renombre internacional explicaban que el escultor había creado varios espacios en el ámbito de la obra, logrando que la tensión propia de este siglo se disolviera en las dulces formas de la esfera.
Bajo  la luz intensa del sol de la mañana, la esfera parecía de un acero amenazante, mientras el rayo  desplegaba movimientos muy lentos. El escultor había sido cuidadoso en la significación simbólica: el rayo era un viejo símbolo de lucha, los dioses escandinavos; la esfera con la suavidad de las formas redondas, propias de las mujeres, propia del cielo   descansaba la vista del espectador tras la violencia de la línea quebrada.
Hora a hora, minuto a minuto, la luz cambiaba la significación de la obra y esto preocupaba a Mr, Arkadin, quien diez años atrás comprara la escultura al propio artista por diez dólares y un vaso de cerveza. El hombre, al recibir su paga había firmado todos los permisos y debería ignorar  que en la actualidad la pieza se cotizaba a más de cinco millones en el mercado del arte.
A Arkadin no le importaba que la luz alterara los teléfonos,  el escritorio,  los libros del armario. No importaba  que en la media mañana una sustancia espesa y blanca colgara de los cuadros cotizados en miles de dólares; no importaba que el propio Arkadin, al mirarse en el espejo pareciera una especie de robot siniestro.   La tragedia era que el simbolismo de su amada escultura se alteraba, se desvirtuaba. El metal de la luz matutina la convertía  en un arma de guerra. La blancura pringosa de la media mañana, licuaba y disolvía las formas. El mediodía dotaba a la obra de un dorado que sugería una forma humana, bailando con movimientos acompasados.
  El escultor había intentado que su trabajo inspirara la paz y la serenidad a todos los que estaban en contacto con él, pero ubicada allí, dejaba de ser la escultura original para convertirse en una pieza imprecisa que se metamorfoseaba con la luz. Lo peor era que el mismo  Arkadín, que en otras épocas brindara conferencias sobre la obra, tendía a olvidar el aspecto original . Sólo quedaba el tacto, sentido importante si se trataba de una escultura. Sólo quedaban las manos para adivinar las texturas, que se mantenían inalterables por encima de la apariencia.
Aquella mañana Mr. Arkadín se enfrentó al grupo de personas selectas que obtuvieran un permiso para ver la obra en forma directa.
 Tenemos problemas con la luz, pero si ustedes palpan la escultura, notarán que es algo grandioso. Lo que no puede completar la vista por esta jugarreta del sol, se encuentra en el tacto. El espíritu imaginará el resto de la obra.
El grupo estaba formado por una mujer y su hijo pequeño, por un par de ancianos y cinco jóvenes enviados por un importante colegio de la zona. Al escuchar las palabras del administrador,  se abalanzaron y apoyaron sobre la escultura las manos ansiosas.  Todo fue bien hasta que el niño que masticaba un caramelo gelatinoso, apoyó una de sus  pringadas manitas dejando una mancha indeleble en el ámbito inferior izquierdo de la escultura.
Personal de limpieza pasó una franela seca por la obra, pero al día siguiente Mr. Arkadín observó horrorizado que en las primeras horas de la mañana, hasta las diez, la mancha volvía a mostrarse como  un perfecto corazón ubicado en el punto justo donde el rayo tocaba la esfera. A las tres de la tarde, la hora de la madera, el corazón se trasladaba a una de los tres quiebres del rayo y allí se acurrucaba cambiando de forma. Un amanuense la comparó a un pollo pequeño ya que la sombra se mostraba como un círculo agazapado y en su contorno se adivinaban estrías similares a plumas. Luego llegaba la hora del yeso:  personas y cosas parecían tener una consistencia granulosa como si estuvieran a punto de desintegrarse y caer en forma de corpúsculos. Allí, la mancha dejada por el niño se agrandaba lenta, ostensiblemente hasta cubrir la totalidad de la escultura. En el punto máximo y siguiendo la refacción, se reducía otra vez hasta transformarse en un trazo tan pequeño que apenas era invisible. A la caída de la tarde, bajo las últimas luces  de tonalidades verdes, volvía a expandirse hasta llegar a los límites de la pieza.
Mr. Arkadin llamó a un restaurador que se presentó al día siguiente, a la hora del acero, cuando la mancha se mostraba como un corazón. El hombre examinó la pieza durante media hora.
  • Yo creo que la imagen del corazón beneficia a la escultura— comentó por fin — ¿No pensó en consultarlo con el artista?
  • Hace muchos años que tengo la pieza. Los únicos problemas son la luz y esta mancha inesperada. Por el momento no creo que sea necesario recurrir al creador. Si logra limpiarla, le pagaré un precio superior al estipulado.
 El restaurador utilizó ácidos alcalinos como mares y pesciolos con forma de hipocampo que al acercarlos a la escultura desaparecieron en la superficie. Terminó a la hora en que la luz hacía que todas las cosas parecieran de madera, con gruesas vetas terrosas.  Arkadin pagó al hombre un cheque con múltiples ceros y se acostó a dormir. Despertó al día siguiente,  a la hora del acero,  y al observar la escultura, constató que la mancha con forma de corazón volvía  a manifestarse. Aparecía en el lugar original y recorría toda la escultura, saltando, agitándose; moviéndose al son de una música inaudible. En la hora del yeso, se agrandó y palpitó como un corazón real. Al ver aquello, Mr.Arkadin se tomó de los cabellos, bramó al cielo y llamó nuevamente al restaurador, quien se presentó al otro dia en horas de la mañana, cuando la pieza, bajo la luz del sol de esa hora, mostraba nuevamente el corazón.
– ¡Sepa, señor restaurador que esto es una completa vergüenza!. A pesar de la capacidad que dice tener no puede con una simple mancha de caramelo! ¡Me reservo el derecho de llevarlo ante los tribunales terrestres y los celestes…!
El hombre escuchó en silencio la arenga de Mr. Arkadin, y cuando terminó se limitó a preguntar
 – ¿Está seguro que ese detalle de la escultura no estaba desde antes? ¿Cómo sabe cuál era la forma original si usted mismo me dice que cambia con la luz?. Debe saber que en mi carrera sólo me encontré con un caso similar cuando tuve que tratar una obra  que había cobrado vida propia y seguía creándose a sí misma, separada de quien le había dado origen. ¿Cómo sabe  que no es éste el caso?
 Mr Arkadín pidió  la carpeta con fotografías  y un vídeo que se filmara un par de años atrás. Mostró al restaurador lo que debía ser la imagen original de la escultura, pero a medida que él mismo observaba las imágenes,  reconoció que las mismas se mostraban débiles y sin fuerza; que no tenían nada que ver con aquella obra, cuya textura tamaño y apariencia parecían alterarse hora tras hora.
La discusión con el restaurador se prolongó hasta la tarde. De pronto uno de los secretarios de Mr. Arkadin musitó a su oído que quizá ayudara mover la escultura de la base que la sostenía y llevarla al extremo sudeste de la habitación donde la luz era natural.     “Debe saber que una obra de arte es más sensible que un ser humano a los cambios de temperatura, de presión, a las situaciones de alteración de los husos horarios, al  jet lack y todo lo que lo rodea – agregó el secretario
 – Quiero que traslade la obra, la escultura, que la saqaue de la base y la lleve a otra parte. – pidio Arkadin al restaurador
  • ¿Está seguro?
  • ¡Hágalo!. La escultura es mía, yo pagué por ella. Si la quiero destruir puedo hacerlo.
  • Eso intento decirle, mister Arkadin. Si quiere destruir la escultura, busque a otro restaurador. Yo no destruyo obras de arte.
  • No le estoy pidiendo que la destruya, sino que la traslade.
  • ¿Se ha fijado Mr. Arkadin cómo está sujeta la obra a la mesa? — el restaurador señaló un caño que la atravesaba — Si la quiere trasladar, debería partirla en tres o cuatro piezas y luego volver a armarla. Insisto: para eso tendría que venir el artista. Es quien ha sentido el impulso inicial. En algún momento las musas insuflaron en su mente la imagen eidética de la pieza; el deber ser de la obra de arte. Sólo él puede modificarla. Sólo él dispone de la sagrada llama.

(Continuará)

 

La esfera y el rayo 2

GOCHO VERSOLARI

2 Comments

  1. El personaje de la mancha es impresionante, símbolo, metáfora y a la vez protagonista principal del devenir dramático. Pero por ahora sólo quiero ponderar tu competencia, tu conocimiento de lo estético con todos los sentidos, que junto a otras virtudes te constituye en un ESTETOSOFO, y esta narración es como el tratado novelado de la ESTETOSOFIA.

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