Narrativa: Filtro (Novela por Gocho Versolari) I – Angelita

Filtro (Novela por Gocho Versolari) 1 – Angelita

Gocho Versolari

Advertencia:
La presente es una novela de la que publicaré varios capítulos, o quizá la totalidad, ya que no considero probable que alguna vez vaya a editarse. La tensión dramática y el interés pueden estar bien trabajados; eso lo determinarán los lectores que se animen con ella. Sin embargo, la temática y la forma de tratar topicos que de por sí son más que escabrosos, la hace “no apta para personas sensibles” como dice el lugar común  Esta obra forma parte de un género al que llamo “Realismo extremo” del que fui componiendo aquí y allá algunos cuentos y relatos más extensos. Se trata de recrear situaciones reales, las que por su carácter de tal, es decir con una extrema crueldad casi imposible de creer, no resultan verosímiles desde el punto de vista literario. La presente obra ha producido en personas amigas una suerte de crisis moral y a veces distanciamientos; ni qué decir de aquellos que suponen indebidamente que toda obra literaria es una biografía más o menos disimulada del autor. El protagonista, un anciano que busca la forma de mantener su virilidad a través de una hechicera, es un militar retirado; un miembro de los “grupos de tarea”  de la dictadura que asoló a Argentina en la década de los setenta. Este es el marco en el que la novela se desarrolla. El de una generación masacrada. He pretendido tocar este tema, tan frecuente en la literatura y el cine, desde otro ángulo

GOCHO VERSOLARI

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I Angelita

Parece un pájaro, murmuró Teófilo frente al rostro que emergía de la mortaja. Frente estrecha; cabellos apenas recogidos; piel blanca, a pesar del cutis trigueño de ambos padres. Los rasgos, pequeños y finos, menos la nariz: prominente y curvada como un pico. En la punta se deslizaban tres gotas trasparentes. A simple vista, la expresión indicaba virginidad. El hombre se agachó con disimulo, procurando ver las pupilas debajo de los párpados entornados, pero sólo distinguió el vacío.
Algunas tardes la había observado al regresar de la escuela. Atado de libros bajo el brazo; uniforme azul y rojo; medias tres cuartos; los cabellos negros sujetos en dos trenzas. Siempre sola. Aspecto débil, como desnutrida. La enfermedad fue rápida y duró menos de un año
 Eran las tres de la tarde y Teófilo permanecía en la funeraria desde las ocho. En ese tiempo desfilaron compañeros de escuela, tíos y parientes lejanos. Nadie se quedaba más de diez minutos. La empresa brindaba un café sin cuerpo, acompañado por obleas finas como telas de cebolla. Cerca del mediodía, uno de los empleados explicó que habría una demora en el resto de los bocadillos. Los padres de la chica muerta gastaron lo que tenían en el tratamiento de la enfermedad. Para el funeral, no pudieron elegir un buen cajón, sino el convencional, cuyo costo cubría el seguro médico. Tampoco invirtieron mucho en maquillaje y Angelita seguía con su cara de niña. La misma de años atrás, cuando aún jugaba a las muñecas.
 Teófilo se apartó de la muerta y eligió un banco que le permitiera observar el cofre. Los padres se acercaron. Ella, con ojos enrojecidos; él, con gesto de dureza y puños apretados. La madre acarició el rostro de la hija y habló por lo bajo.
 Teófilo bostezó mientras se calzaba un par de anteojos ahumados. Dormiría como en las largas noches de guardia: los ojos abiertos y el cuerpo vigilante.
… hay una forma de solucionar el problema que tienen todos los hombres con la edad. Un filtro de amor
 En el sueño, hablaba Doña Encarnación Negra, la curandera.
…un filtro de amor es una poción poderosa, de la que beberás un chorrito. Con unas gotas trazarás una cruz en los testículos y te pondrás un poco en el cuello, como si fuera perfume. Darás de beber otro chorrito a la mujer amada, pero sin que lo sepa. Llevo cuarenta años en esta profesión y en todo ese tiempo sólo logré armar dos filtros completos. Hay algo que es muy difícil, casi imposible de conseguir. Sin eso, no es lo mismo. El resto de los elementos se consiguen: tres pares de alas de escarabajo, una piedra de sapo; la podés obtener matando uno de los bichos y sacando la piedra que tiene en el cuello, cerca de la cabeza. También necesito un ombligo de recién nacido apenas cortado, pero eso lo puedo pedir en el hospital. Y lo que te decía, lo más difícil de todo…
  Despertó un momento antes que don Pedro, el padre de la muerta, llegara hasta él
―Señor Teófilo, estoy muy agradecido por su compañía. Permaneció todo el día con nosotros, a pesar de ser un hombre muy ocupado.
Con gesto marcial, Teófilo se puso de pie y se quitó los lentes.
― Sabe que pueden contar conmigo para lo que sea. Mi persona y mi casa están a sus órdenes. Angelita era amiga de mi nieta Eulalia. Tenían la misma edad
―Gracias. Ojala todos fueran como usted. No sabe lo inocente que era Angelita. Uno de nuestros consuelos es que haya muerto virgen. Fíjese que cuando nos preguntaron por la ropa que le pondrían para velarla, dijimos que tan sólo una túnica blanca, como usted la ve ahora. El sueño de su madre era que se casara de blanco y si no pudo hacerlo, al menos así se casará con Dios…
Un acceso de llanto interrumpió al hombre. Teófilo palmeó su espalda. Eran más de las seis. Todos se habían retirado. La madre de Angelita se acercó.
―Señora Ifigenia, le decía a su esposo que puede contar conmigo para lo que necesite…
Interrumpieron los empleados para anunciar la llegada de los bocadillos: un par de bandejas con masas saladas y dulces y dos botellas de licor.
―Sírvase, don Teófilo, debe estar con hambre. ― ofreció la madre. El hombre rechazó el licor y sólo probó un canapé salado con un poco de agua.
―Su presencia es un consuelo para nosotros, pero cuando quiera puede irse; digo porque debe estar muy cansado.
―No señora, ustedes son muy buenos vecinos y hacerles compañía es una cuestión de honor. En especial con la pureza que tenía Angelita.
―Ella iba a la iglesia casi todos los días. Tuvo oportunidad de asistir a un retiro espiritual pero se negó. Me dijo Mamá, sé que en esos lugares los chicos hacen cosas malas con las chicas, así que prefiero quedarme. Fíjese que todas las niñas de su edad tienen un noviecito. A ella nunca se lo conocieron. No sabía lo que era noviar…
La mujer también se echó a llorar.
―Señor Teófilo, no queremos abusar de su gentileza ― intervino don Pedro ―Debo llevar a mi esposa a que descanse y presentarme en la sede central de la funeraria a firmar unos papeles. Si usted pudiera quedarse una hora más por si llega alguien, o a la empresa se le ofrece alguna cosa, nos haría un gran favor.
―Claro, señor Pedro, vaya tranquilo. Ya le dije que pueden contar conmigo.
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Solo en la funeraria, Teófilo encendió un cigarrillo a pesar del cartel que anunciaba la prohibición de fumar. Sacó la navaja, la abrió con un gesto y por un momento observó la hoja brillante y filosa bajo la luz fluorescente. Caminó hasta la puerta que daba al corredor. A esa hora, la mayoría de los empleados se habían retirado. El pasillo estaba desierto. Al fondo, se escuchaba el rumor de una radio.
Se acercó al cofre. La muchacha parecía más blanca que unas horas atrás. Teófilo calculó que ya habría empezado el rigor mortis. Rogó que eso no dificultara la operación.
Colocó la navaja en la parte final de la mortaja y mientras la cortaba, volvió a ver el rostro de doña Encarnación. Al hablar, la vieja abría demasiado la boca y mostraba las encías rosadas en las que tan sólo blanqueaban los colmillos.
…esto es lo más delicado. Como te decía, la mayoría de los filtros de amor que andan por ahí, no son efectivos, incluso los que yo preparo, porque los hombres no me traen lo que exijo. Debe ser un pellizco, nada más que un pellizco del chocho de una chica virgen recién muerta. Hay tres cosas que lo hacen difícil. Primero, que esté muerta. Hay muchos que lo traen de una viva y no sirve. En segundo lugar, que encuentres la oportunidad de acercarte al cadáver. Cuando ya lo entierran, no hay nada que hacer. Lo ideal es cortarlo mientras la velan. Así y todo, esto no es tan difícil como la tercer exigencia, que la chica sea virgen. Porque los familiares te van a decir que era un angelito, que le faltaban las alas, pero nadie puede saber si la niña se acostó con todo el barrio. Los que lo saben, una vez que esté muerta, no te lo van a decir…
 Teófilo terminó de cortar la mortaja. Un hueco del tamaño de su mano. Tal como esperaba, la chica estaba desnuda debajo del vestido. Tanteó los tejidos helados. Las piernas permanecían entreabiertas. Esto facilitaría la tarea.
La mejor forma de saberlo es meter el dedo para asegurarte que el himen esté intacto. Vos sos un hombre de mundo, un militar y sabrás cuando una mujer es virgen. Lo habrás probado cientos de veces.
Era exagerado lo de cientos de veces. Teófilo sólo había tenido relaciones con dos vírgenes en su vida. Una de ellas había sido su esposa. Ahora metió lentamente el grueso dedo en la estrecha vagina de la muerta. Contuvo la respiración. Rogaba encontrar el tope.
Mientras el dedo avanzaba, pensó que no tenía los elementos adecuados. No era propia de él esa falta de preparación, pero tampoco había previsto una oportunidad como aquella. Hubiera necesitado un guante de látex lo suficientemente fino para palpar con seguridad aquella superficie delicada. También había olvidado el sacabocados. Sería ideal para la circunstancia.
No tiene mucho arte, Teófilo. Metés el dedo hasta tropezarte con la barrera. Algunas son elásticas; otras duras; otras parecen telas de cebolla. Si no hay barrera, dejala. La chica no es virgen y el filtro no va a servir.
Escuchó pasos. Alguien se acercaba por el pasillo. La capilla ardiente estaba lejos de la puerta, pero si lo descubrían profanando el cadáver, terminaría en la cárcel. Los pasos continuaron. No se apartó. El dedo siguió avanzando. Una gota de sudor cayó sobre el alba. Los sonidos se alejaron con rapidez, y Teófilo suspiró.
El dedo siguió lento, implacable y el hombre casi lanza un grito al encontrar el tope. La chica era virgen.
3

Ronit Baranga (4)

La mano de Teófilo estaba húmeda y despedía olor agrio. La limpió con un pañuelo. Volvió a escuchar los pasos y al asomarse, vio a uno de los empleados graduando las luces del pasillo.
Fue al baño, se lavó las manos durante varios minutos y al salir escuchó el sonido repetido de un timbre. Era la puerta de calle. El encargado fue a abrir. Escuchó los pasos de varias personas y ruidos de llantos contenidos.
―¡…Acaba de morir, acaba de morir…! ¡no sabemos qué hacer…!
―…lamento mucho la desgracia que han tenido. Si me permiten, los llevaré hasta el subsuelo donde podrán elegir el cofre que más se adapte a…
Las voces se perdieron y Teófilo escuchó el zumbido del ascensor. Seleccionarían el ataúd. Aquello le daba el tiempo necesario para completar la operación. Pensó en el término: Operación. Era propio del ejército, pero también de la medicina. Tres veces, por cuestiones de urgencia y consultando a un médico militar, tuvo que practicar cirugía menor.
Volvió junto al cofre.
―No te has movido —dijo por lo bajo —sos una chica buena.
Para tomar un pellizco como le exigiera la bruja, eran necesarias las dos manos, una que sostenga y otra que corte el trozo de tejido. Para eso debía abrir más la túnica que envolvía a la niña. Después buscaría la forma de disimularlo; quizá la hiciera girar hasta colocar la abertura debajo del cuerpo. Cortó la tela un poco más, hasta llegar a la entrepierna. Esta vez metió ambas manos. ¿A qué llamaba la vieja un pellizco? Se trataría de una muestra de piel de la vagina. Había traído un pequeño sobre para guardarla. Comprobó que era más difícil de lo que suponía. Los tejidos de la zona mantenían la elasticidad, y no podría arrancar un trozo sólo con las uñas
Colocó la navaja dentro del canal. Esa mañana la había afilado y el acero era el mejor. La giró varias veces con la esperanza de cortar un trozo, pero la hoja salía humedecida apenas con los flujos; muchos ya propios de la muerte. Se decidió. Terminó de romper la tela. La abrió y vio frente a sí el pubis liso, con la triangular sombra del vello.
Recordó a Esteco, el médico forense del grupo de tareas. Cuando tengas que cortar a un muerto, acordate: siempre en forma de “Y”.
Al insertar la navaja tuvo un estremecimiento. La hoja entró sin problemas, hasta cerca del mango. Como si la clavara en una sandía. Realizó la incisión en forma de “Y”. Separó los tejidos; metió los dedos y tanteó una superficie dura: el hueso de la pelvis. Debajo estaría el canal vaginal. Cortó con la navaja un triángulo de carne. Aquello era lo que exigía la vieja.
Sin dejar de traspirar, colocó el trozo en el sobre e hizo girar la túnica hasta ubicar la parte abierta a la altura de las nalgas. Luego acomodó el cadáver. Lo visible eran el rostro y las manos. No pensarían que alguien habría alterado el cuerpo. Además, en esos servicios económicos, procuraban que todo fuera rápido; nadie controlaría. Teófilo acomodó un par de coronas de flores y esparció un desodorante de ambientes con olor a pino.
En ese momento escuchó voces y más sollozos; el empleado regresaba con los nuevos clientes. Lavó otra vez sus manos y regresó a la sala. A esperar a los padres de la niña.

 

 

GOCHO VERSOLARI

 

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