Narrativa: La muerte y los pies desnudos – La dama que emerge de las sombras

 

 La dama que emerge de las sombras

Gocho Versolari

 1

Ante la proximidad de la primera tormenta de nieve del invierno, el parque estaba solitario. En la mañana nublada y ventosa, sólo crucé a un par de corredores que trotaban y conversaban entre ellos. Llegué a la zona abandonada y corrí hasta los pantanos de turba. Al regresar, atravesé varias veces el bosque y por último di varias vueltas alrededor del monolito de la zona sur. El frío aumentaba. Dung, mi vecino me había obsequiado una loción preparada con exóticas hierbas orientales. Bastaban dos gotas en mis plantas para que un calor intenso e inmediato trepara por mis piernas y llegara hasta el vientre. El efecto duraba media hora, y me permitía caminar descalzo a pesar del gélido viento del norte, de los cristales de hielo que se formaban en el aire y de la escarcha que cubría el suelo.
 Fue esa mañana cuando empecé a sospechar que la loción era afrodisíaca. Cada vez que frotaba mis pies, tenía una erección súbita, sin causas aparentes. La primera noche de uso, eyaculé en forma espontánea durante el sueño, fenómeno que no se repetía desde la adolescencia. La clave estaría en el olor; intenso, profundo, con dejos dulzones.
 A las once decidí terminar mi entrenamiento. En casa, Marcela estaría cantándole a las enormes tarántulas encerradas en los tacones de las botas. Casi todos los días era yo quien preparaba el almuerzo. Repasé en mi mente el contenido de la nevera mientras me dirigía a la superficie de cemento que servía de estacionamiento. Las barras que la circundaban eran ideales para realizar flexiones. Con eso, completaría una jornada de actividad física regular.
 La playa de parqueo, casi siempre estaba solitaria. Esa mañana habían estacionado un vehículo rojo y una mujer, apoyada contra las vallas, parecía esperar a alguien. Llevaba gafas espejadas y por un momento recordé a Sandra, cuando en los primeros tiempos del augurio, se detenía en la esquina de enfrente y vigilaba mi casa a través de un par de lentes como aquellos. Hacía meses que no se presentaba y por un momento pensé que había reaparecido. La desconocida vestía un impermeable gris; llevaba la cabeza envuelta en un pañuelo y era más joven que Sandra. El pie derecho estaba vendado y sostenía un bastón.
 Estiré brazos y piernas, sosteniéndome de las firmes barras de acero. Pasados unos minutos, me detuve. Cojeando, apoyándose en el bastón, la mujer se acercaba.
 ―¿Ignacio? Te estaba esperando ―Se quitó los anteojos.
―¿Julia?
 Sonrió. El rostro era el mismo; nariz respingada, pecas en las mejillas y expresión infantil. Llevaba el cabello un poco más corto. Con gesto formal, me extendió la mano y la estreché. Volvió a colocarse los anteojos espejados.
 ―¿Estás apurado? ¿Hay un café cercano y discreto donde podamos conversar?
 Mucho tiempo había esperado aquel encuentro. Nuestra relación se interrumpió de pronto y nunca lo conversamos. Ahora no tenía nada que decir. Los problemas con Marcela, su indiferencia creciente, la falta de relaciones sexuales, me abrumaban. Sentí la aparición de Julia como inoportuna. Me sobrepuse y asentí.
 ―Dispongo de un par de horas. Si te parece podemos ir a Témpore , un café pequeño aquí en el parque. A esta hora debe estar vacío
 Ella asintió y caminamos en silencio. Marchó pegada a mí. Seguía usando el mismo perfume.
 ―Hace frío ―cruzó los brazos para protegerse ―Me vendría bien un café caliente. Quiero que conversemos, Ignacio. Nos debemos una plática. Yo a ti. Tú a mí.
 Se tomó de mi brazo. El tono era firme y serio; diferente al de la Julia que conociera.
 ―Veo que usas un nuevo perfume ―comentó. La miré asombrado. No me ponía lociones ni afeites para salir al parque. Esperaba terminar mi actividad física para bañarme.
―Es dulzón y agrio. Muy sugerente.
 Se refería a la solución que me diera Dung. El aroma surgía de mis pies. No se lo dije. Un automóvil plateado con vidrios polarizados, marchó despacio junto a nosotros.
 ―No te preocupes. Son los hombres de mi custodia personal. De la más absoluta confianza. Su obligación es seguirme.
 Cuando llegamos al café, el automóvil se detuvo frente a la puerta. Era un sitio para estudiantes, desocupado a aquella hora. En el ambiente cerrado y cálido, se sintió con más intensidad el olor de la loción de Dung. Elegí una mesa alejada, pero Julia prefirió sentarse junto a la enorme vidriera.
 ―Rolando y Ramiro no me deben perder de vista ―explicó refiriéndose a sus custodias ―Me parece muy bien el lugar. Es importante que sea discreto, muy discreto.
 Se quitó el impermeable, los anteojos y el pañuelo. El vestido era rojo y ajustado. Un escote profundo dejaba ver el inicio de los senos. Lo único diferente era un lunar en la comisura de los labios, quizá producto del maquillaje. Iba a sentarse en la silla de enfrente, pero prefirió ubicarse a mi lado. Ante su cercanía, un cosquilleo descendió por mis brazos y llegó a mis manos; un leve escozor se inició en mi pie derecho. Julia pidió un capuchino con Biscuits y yo ordené una botella de agua.
 ―Ignacio, te confieso que vacilé mucho antes de verte. Sabrás que estoy con Venancio…
―Lo escuché en las noticias.
―No creas que he cambiado por ser la esposa del intendente, del futuro gobernador, y si sus sueños se concretan, del próximo presidente del país. Quería decirte que reconozco el daño que te hice. Yo fui la culpable de nuestro rompimiento. Durante mucho tiempo intenté pedirte perdón, pero hasta ahora no me animé a buscarte.
 Bebí varios sorbos de agua. No sabía qué responder y permanecí en silencio.

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 ―Mi madre murió hace un mes y entonces decidí buscarte. Recuerdas que cuando estábamos juntos y hablaba por teléfono con ella, siempre terminaba llorando. Tú me preguntabas qué ocurría, y nunca quise reconocer que era una mujer terrible. Me manipuló desde niña. Su muerte me liberó.
 Bebió largos tragos del capuchino. Cada tanto movía la cabeza, agitando los largos cabellos.
 ―Sé muchas cosas de ti. Has decidido no usar zapatos por el resto de tu vida y por fin estás con Marcela, tu compañera de pies descalzos… no te preocupes, ya no estoy celosa. Aquellas eran reacciones de una niña mimada, accesos autodestructivos como reacción contra mi madre, según me dijera la psicóloga.
 Adelantó el pie; debajo del zapato, las vendas cubrían una férula. Me tomó la mano.
 ―Para tu tranquilidad, reconozco que este accidente fue mi única responsabilidad. Yo caminé hacia la valla y me enterré la púa de acero en el pie. Esto me costó dos operaciones y aún tengo para tres meses o más de rehabilitación…
 Estuve a punto de decirle que no era lo que trasmitían las noticias. Siempre que podía, su esposo hacía referencia al malvado hombre descalzo que la incitara a caminar con los pies desnudos. Preferí callar y terminé mi agua.
 ―Vivo en una casa con un parque cubierto de césped y en honor a ti en las mañanas salgo descalza a caminar. El fisioterapeuta lo aconseja como parte de la rehabilitación. Cuando lo hago, te recuerdo. Te recuerdo todos los días.
 Volvió a tomarme la mano y a sonreír.
 ―¿Te acuerdas cuando te decía que era tu dama descalza?
―¿Y cómo estás con el comisario?
―¿Con Venny? Es muy dulce, muy gentil. Es un caballero. Estoy leyendo mucho aunque no lo creas. Un libro de un autor polaco que se llama La Hidra del Amor. Dice que el primer amor es para recordar pero no para vivir. Para vivir es el segundo y el tercero… El primer amor queda como una explosión de los cielos y siempre vuelve. En fin, estoy hablando mucho de mí, pero quisiera que me hables de ti. ¿Cómo te va en tu nueva vida?.
 Describí mi matrimonio en términos generales. Aclaré varias veces que la relación se había iniciado luego de la interrupción del romance que mantuvimos. No mencioné las amenazas de Sandra; que moriría si calzaba mis pies, ni la dirigida a Marcela; que llegaría su fin si alguna vez andaba descalza. Tampoco hablé de la terapia de las arañas ni de la ausencia de sexo. Ella me escuchó sin dejar de sonreír.
 ―Estuve muy solo cuando te alejaste, no respondías el teléfono y no tuve noticia tuyas. Tardé en recuperarme y ahora te agradezco que me hayas buscado. Suelo verte en la televisión, en los banquetes y las celebraciones: una verdadera dama.
―Quizá, pero una dama solitaria. Aunque te confieso que me gusta ser la primera mujer de la ciudad, como me llaman los periodistas. Me gusta porque todos hacen lo que yo digo. Cuando los sirvientes o mis custodias afirman que lo dijo la señora Julia, la Paloma, como todos me llaman, es una orden que no puede discutirse. Además, puedo ayudar a la gente pobre, no en la forma fría en que lo hacía mi madre, sino con todo el corazón. Si supieras, Ignacio la emoción que se siente cuando un niño te mira y agradece el trozo de pan que llevaste a su boca…
 Julia era la creadora de la Fundación Echenique, destinada a ayudar a familias necesitadas. Un cinturón de miseria rodeaba a la ciudad, y el plan era levantar viviendas, escuelas y promocionar humanamente a aquellos habitantes. Me explicó el plan de construir unos cincuenta centros educativos y de alimentación para los niños de la zona. Dotados de personal especializado, cubrirían las necesidades de la población. En una segunda etapa, se ocuparía de la salud. Fortalecería el principal hospital de la ciudad y fundaría centros de atención inmediata y derivación. En una de las servilletas trazó esquemas de sus planes, que se concretarían con la bendición y el dinero de su esposo.
 Las mejillas habían enrojecido y los ojos brillaban. La estimulaba hablar de sus proyectos. De pronto, sin ninguna razón, pensé que aquel encuentro pudiera estar organizado por el mismo comisario. Quizá fuera para conocer mis puntos débiles. Yo era el enemigo. El siniestro Hombre Descalzo a quien siempre se refería en sus discursos. Contuve mis pensamientos. Quizá me estuviera volviendo paranoico. Mi ex novia tenía problemas, pero no la imaginaba organizando intrigas. Julia mordisqueaba un biscuit y me miraba fijo, sin dejar de sonreír. Eran más de las doce y sentí hambre
 ―¿Quieres ir a almorzar? Conozco otro lugar discreto cerca de aquí.
 Asintió con entusiasmo. Pagué la cuenta, pasé al baño y volví a frotar en mis pies la loción de Dung. El olor aumentaba con cada aplicación. Pensé que quizá actuara como las sustancias que emiten la piel de algunos animales para atraer a las hembras de la especie. Un alto contenido de hormonas, explicaría el intenso calor que producía sobre la piel.
 Salimos. Al ver el automóvil plateado que nos seguía, volvieron mis dudas. Quizá los hombres de la custodia filmaran nuestro encuentro.
 El cielo estaba cubierto de nubes oscuras y arreciaba el viento helado del norte. Julia volvió a tomar mi brazo y se acercó. Apenas se apoyaba en el bastón y me explicó que sólo era para reducir el apoyo del pie operado. El escozor en mis plantas iba y venía; en ese momento aumentó.
 ―No sabes cuánto disfruto esta salida, esta invitación. Haberme convertido en una persona pública es muy pesado. Soy esclava del protocolo. Venny me aseguró que tendremos vacaciones cuando sea electo gobernador, pero no lo creo. Los compromisos se suceden y no nos dan tregua.

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 Mientras recorríamos las dos cuadras que nos separaban del restaurante, ella siguió contando detalles de su vida. Por un momento temí que Marcela me llamara al celular, pero descarté la idea. Mi esposa seguiría junto a las dos arañas que mordían e inoculaban veneno a almohadillas situadas en los talones. Ocupada en la comida y el bienestar de las tarántulas, a veces demoraba hasta una hora en enterarse de mi regreso a la casa.
 Julia ordenó una sopa de caracoles, la especialidad de la casa. Yo pedí carne con frijoles al infierno, una variedad muy picante. Una pareja de ancianos almorzaban al fondo del salón; ante la inminencia de la tormenta, el lugar también estaba solitario. Antes de quitarse los anteojos, Julia miró a su alrededor y asintió al ver el sitio casi desierto.
 ―Hay algo que quiero que sepas. Venny te ha espiado durante mucho tiempo. Ha seguido tus pasos. Hoy en día no lo hace. Está preocupado por los problemas políticos. Ha comprendido que gobernar no es sólo perseguir a la gente descalza. Con su influencia consigo aportes en grandes empresas de zapatos para brindar calzado a los niños de mi fundación…
 Se interrumpió y antes de seguir hablando, me miró con fijeza.
 ―Lo nuestro fue muy hermoso, muy grande. Sé que lo arruiné y lo único que me mueve a verte es pedir tu perdón. Venny está ausente de la ciudad. Durante un mes recorrerá otros estados para ocuparse de la campaña. Necesita fondos y me dejó encargada de algunas cuestiones domésticas.
 Se inclinó hacia mí. Los largos cabellos me rozaron. Volví a sentir la sensación hormigueante en brazos y manos. En mi pie izquierdo, el escozor se transformó en un dolor súbito. Me incliné con disimulo para frotarlo y con el tacto, reconocí una gruesa eczema. Recordé los primeros tiempos de mi relación con Julia. Desde mis plantas llegaban señales de protestas como aquellos pruritos. Ella seguía inclinada, sonriendo, con los labios entreabiertos. Se apartó cuando trajeron la comida.
 ―Comprenderás que debo tomar precauciones. Los periodistas son una plaga. En este momento tengo sólo dos hombres en mi custodia. Cuando Venny sea gobernador, van a aumentar a cinco. Me fascina pensar que pueda disponer de cinco animales armados, ciegos, dispuestos a morir por mí.
 Lanzó una carcajada. No recordaba aquel gesto al reír; la suave vibración de los cabellos y de todo el rostro. Bebió la sopa despacio.
 ―¿No le contarás a tu marido de nuestro encuentro?
 Negó con la cabeza.
 ―Es un hombre muy rígido. Muy parecido a mi madre. Siempre dije que hubieran hecho buena pareja. No entendería que quiero dejar cerradas las heridas de la relación con un antiguo amante. Tú fuiste el diablo por mucho tiempo.
―¿Y ya no lo soy?
―No lo eres desde la muerte de mi madre. Ella influía para que Venny actuara en tu contra. Además, tú tienes abogado. Por cualquier cosa se presenta en el juzgado. Se puede actuar mejor sobre personas que caminan descalzas sin tener tan buenas defensas. Créeme. Ha dejado de perseguirte.
 Asentí con la cabeza y no hice comentarios. Yo no había contado mi intimidad con Marcela. Julia tampoco hizo referencia a su vida personal con Venancio. El comisario podía ser celoso; quizá hubiera dejado de seguirme a mí, pero podía vigilarla a ella.
 ―No me preocupa lo que pueda pensar tu marido ―dije por fin ―Tan sólo recordamos viejos tiempos, y nos separaremos sin rencor.
―En eso tienes razón… —Julia volvió a colocarse los lentes —Debes saber que estoy disfrutando este momento, pero esa es la ley de la vida. Lo que nos produce placer, se marcha pronto. Quizá sea la última vez que me encuentre frente al primer amor, el que tiene más fuerza, pero que no se puede realizar. Quizá después de esta charla, no nos encontremos otra vez. La vida es dura, Ignacio.
 Detrás de los anteojos espejados estaba llorando. Terminé mi carne y pagué la cuenta. El dolor del pie aumentaba.
 ―Te pido que me acompañes al automóvil —Volvió a tomarse de mi brazo y caminamos en silencio las cuadras que nos separaban del parqueo ―Adiós, Ignacio.
Con la cabeza baja, Julia subió a la van, arranco y se alejó. La saludé con la mano, pero no respondió. Unos segundos después, el automóvil plateado la siguió con discreción.
 El cielo seguía amenazante. Nevaría en un par de horas. Volví a colocarme la loción de Dung para aumentar el calor, y advertí que con la partida de Julia, los escozores, la eczema y el dolor, habían desaparecido de mis pies.
 2

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La pantalla muestra escenas de adolescentes saltando sobre una cama y jugando con cojines, en lo que parece ser una pijamada. De pronto las imágenes se inscriben en un círculo, y una respiración jadeante interrumpe la música divertida. Desde las sombras, alguien observa a las muchachas.
 Escenas de playa. Mujeres jóvenes que se preparan para un día de verano. Música alegre de vals, que termina con la misma respiración; el mismo anhelo amenazante.
 Voz en off.
 La inocencia de los momentos en que ingenuamente nos descalzamos, es acechada…
 En ambas escenas, las figuras permanecen con los pies desnudos. Los escenarios y las actividades así lo requieren, pero las plantas se ven borrosas.
 Desde las sombras, un extraño vigila. Lúbrico. Sombrío. Un enviado de la oscuridad que se excita con los pies femeninos. Monstruo antinatural, que acecha a nuestras madres, hermanas y novias para satisfacer su placer morboso con una parte del cuerpo de las mujeres que son objeto de nuestra adoración…
 En la pantalla, una figura masculina se acerca a la imagen incierta de un pie femenino. Estira la mano temblorosa y un segundo antes de tocarlo, la cámara se aleja y muestra dos gendarmes que lo toman de los brazos. Los compases amenazantes se transforman en sones triunfales.
 ¡La mano y la vista siempre certeras del Comisario Venancio, evitarán que los pies de nuestras damas sirvan para aumentar la lujuria de los pervertidos!
¡Vótelo para gobernador!
¡Higiene y moralidad al poder!
 Campaña local, intensa, agresiva contra todo tipo de fetichismo; contra la asquerosa podolatría como la llamaba el comisario. A través de un documental que solían trasmitir en el horario central, sugería que estos seres sombríos estaban organizados en células y contarían con poderosos contactos en el poder político y económico.
 Cada tanto el comisario desenmascaraba a alguno de estos sujetos que por casualidad, pertenecía a la oposición a su partido o a enemigos del entorno. Moviendo influencias, logró el voto de una ley provincial que tipificaba al fetichismo como delito público. Las penas no eran muy elevadas, pero establecían que el imputado debía disculparse en forma notoria y confesar su problema a los ciudadanos a través de los medios de comunicación. Podría librarse de la cárcel y de la multa que le aplicarían, si iniciaba una terapia. Todos los detalles de la misma, serían publicados.
Desde el encuentro con Julia, observé durante las tardes el programa de interés general La Dama y las Sombras, dirigido por mi antigua novia. Acompañando el cierre o la apertura de cada uno de los bloques, se exhibía la foto de la madre de la conductora, que falleciera unos meses atrás. El rostro de águila de Eduviges Echenique Gorreaga, parecía vigilar los nuevos pasos de su hija.
 Novedades, moda, belleza, libros; reflexiones sobre el amor, los hijos o la vida en general. De pronto alguien interrumpía la charla o las exhibiciones de ropa femenina para traer noticias de un caso desgarrador (así lo presentaba la propia Julia, filmada de pie sobre un risco, en medio de amenazantes y oscuros pantanos)
 Una madre abandonada por su marido alcohólico que debía mantener a seis o siete niños.
 Una niña violada por el padre, padrastro, tío o algún familiar.
 Enfermos graves o accidentados que carecían de recursos para los tratamientos.
 Los desesperantes problemas se presentaban como golpes bajos bien asestados a la línea banal del programa. En la parte final, Julia brindaba viviendas, prótesis, sillas para los paralíticos, y dinero en grandes cantidades. La oposición afirmaba que era un lavado de fondos provenientes del narcotráfico, fuerza que siempre se habrían movido detrás del comisario. En tanto, La Dama y las Sombras era un éxito de público y las encuestas de audiencia aumentaban con el paso de los días.
 En el espacio de publicidad, además de los convencionales anuncios de las empresas patrocinadoras, se proyectaban los cortos del comisario acerca de los malvados fetichistas. Los pies femeninos se ocultaban detrás de nubes, recurso utilizado para disimular senos o genitales. Sin embargo, la apertura del programa de Julia era la presentación de la película Lolita de Stanley Kubrick, filmada en los años sesenta. En un expresivo blanco y negro, la masculina mano de James Mason sostenía y pintaba con delicadeza las uñas del pie de la adolescente Sue Lyon. La planta de la joven se mostraba en un absoluto primer plano, sin disimulo. Los créditos del film se reemplazaban por los anuncios del programa.
 Las ayudantes de Julia eran dos modelos jóvenes de hermosos cuerpos que en todo momento andaban descalzas. Era frecuente que la cámara, de un modo que pareciera accidental, tomara primeros planos de los pies. La propia Julia, realizaba promociones de calzado y no vacilaba en mostrar durante largos minutos el pie sano con sandalias u otro calzado abierto.

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 En los tramos finales, una música triunfal anunciaba que se entregaría una vivienda, un viaje o un plan de salud a los indigentes seleccionados para aquel día. Una voz sonora exaltaba la generosidad del comisario Venancio y Julia, arrodillada junto a los beneficiarios, procedía a realizar lo que llamaba El cambio de zapatos. Esto significaría que a partir de ese momento y con la donación recibida, caminarían la ruta de una nueva existencia. La conductora los descalzaba uno a uno y les colocaba nuevos y costosos pares que donaran los anunciantes. La cámara tomaba primeros planos de la operación y se detenía siempre en la desnudez de los pies.
Aquel protagonismo de los pies desnudos, comparado con la agresiva propaganda en contra del comisario, me resultaba esquizofrénico. Por más que reflexionara no encontraba el sentido. El jadeante fetichista del anuncio anterior, se relajaría satisfecho frente a la efusión de plantas femeninas que exhibía el programa de la esposa del perseguidor.
 Dung, mi vecino oriental me pasaba los folletos y las publicaciones de los comités de oposición al comisario. Los revisé buscando algún comentario sobre el extraño manejo televisivo de las imágenes de los pies. Algunos artículos se referían a diferencias políticas entre Venancio y su actual esposa en relación con la economía. Julia dispondría de un pequeño grupo de asesores, quienes afirmaban que al subir al gobierno del estado, el comisario planearía retirar los fondos de ayuda a las clases necesitadas. Esto habría llevado al distanciamiento de la pareja, y al intento de mi ex novia de formar una plataforma política propia. Según las versiones, era cuestión de tiempo la ruptura pública entre ambos.
Más allá del fundamento de estas hipótesis, lo curioso era que ninguna de las publicaciones hiciera referencia a ese doble lenguaje visual de las plantas femeninas. Mencionaban en forma accidental la oposición del comisario a los pies descalzos, como una suerte de manía seudo semiótica, calculada para la obtención de votos
 La Dama y las Sombras se emitía de lunes a viernes durante la tarde. Tres días a la semana, Marcela iba a atender sus pacientes. En las restantes emisiones, recordando el ataque de celos que se desatara frente a la imagen de Julia, pensé en grabarlo y proyectarlo luego en el televisor del cuarto de huéspedes. Decidí no hacerlo. Necesitaba comprobar si seguía celándome con mi antigua novia. El martes de aquella semana, mientras afuera arreciaba la nieve, decidí ver el programa en la sala. Al finalizar una de las guturales canciones dirigidas a las arañas, mi esposa se incorporó y por unos minutos se ubicó a mis espaldas observando la televisión. Julia vestía una túnica verde con vivos rojos a la que presentaba como una expresión de moda oriental. Moviéndose con elegancia y gracia, mostraba el corte del vestido y las ventajas del modelo.
 Sin comentarios, Marcela se apartó y retiró de la nevera los saltamontes envueltos en gelatina. Julia en tanto, anunció el caso del día: una mujer que acababa de ser golpeada por su esposo. La cámara se detenía en los cardenales y las heridas cortantes.
 Debajo de la escalera, los monstruos encerrados en los tacones, devoraban los grillos que mi esposa destripaba con los finos dedos.
 ― Es mucho el olor ― afirmó Marcela de pronto. Entendí que se refería a la loción de Dung. Era cierto; el aroma agridulce amenazaba con llenar la casa ― Es demasiado fuerte y escandaloso, como una tormenta en un lago en calma. Creo que a los Soldados no les hace bien. Supongo que habrás pensado en una solución.

 

GOCHO VERSOLARI

 

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