Narrativa: La muerte y los pies desnudos – De gafas, Redes y Vasijas para el Semen

De gafas, Redes y Vasijas para el Semen

Gocho Versolari

 
1
 ―¡Señor Ignacio!, ¡Señor Ignacio!.
En el sueño, Sandra, la profetisa que augurara mi muerte y la de Marcela, me miraba negando con la cabeza.
―¡Señor Ignacio! ¡Señor Ignacio!.
 La imagen de la adivina tembló y se disolvió. Estaba dormido en el sofá de la sala y en mis rodillas sentí el peso de El Aleph de Borges, abierto en la página que describe a Carlos Argentino Daneri y sus espantosos poemas.
 ―¡Señor Ignacio!, necesito conversar con usted.
 Sacudí mi cabeza para ahuyentar el sueño. Era la voz de mi vecino oriental. Luego de atravesar la cerca, el anciano se había encaramado sobre algo y asomaba el rostro por el ventanuco que daba a la sala. Esa urgencia no era propia de él. Me incorporé alarmado.
 ―En seguida estaré con usted, señor Dung.
 La puerta que daba al parque estaba a pocos pasos, pero no salí por ella. Me levanté del sillón, atravesé el dormitorio, recorrí el breve pasillo y entré al cuarto de huéspedes buscando la otra salida. De no hacerlo así, hubiera traspasado los límites del círculo imaginario que trazara para conjurar las dos enormes tarántulas encerradas en los tacones de las botas de Marcela.
El anciano me esperaba con una sonrisa. Vestía un traje con solapas levantadas, de color marrón claro. Detrás de la cabeza, una trenza sostenía el cabello gris y negro, muy abundante para su edad. Temblaba de excitación.
 ―Señor Ignacio, he podido solucionar los problemas. ¡Usted podrá ver la red!¡ La podrá ver por usted mismo, sin mi ayuda…!
 Al principio no supe de qué hablaba. Recordé de pronto las huellas sutiles que la gente deja sobre el suelo al caminar descalza. Dos meses antes, el anciano observó en las improntas de los pies desnudos de Marcela, lo que llamó La sombra de la muerte. Ahora exhibía con orgullo un par de anteojos gruesos y rudimentarios.
 ―Le ruego que si puede venga a mi casa, allí le explicaré todo.
 Estaba decidido a leer durante tres horas, mientras Marcela atendía a sus pacientes de Podomancia, pero algo invisible emanaba de los textos de Borges, y me llenaba de aquella modorra dulce y desesperante. Asentí y seguí al anciano.
 Luego de una mañana lluviosa, brillaba el sol. Dung estaba descalzo como yo. Al llegar a la puerta de su casa, me detuvo.
 ―Le ruego que observe nuestras huellas con estas gafas Podrá ver la red que ambos dejamos.
 Examiné los lentes. El vidrio izquierdo era más grande que el derecho. Pulidos a mano, el ahumado debía provenir del humo de una hoguera. Las patillas eran un par de alambres enrollados. Dung me ayudó a ajustarlos.
 ―Los encontré esta mañana. Los vidrios fueron preparados por el monje más antiguo del monasterio donde pasé mi juventud. Pensé que habían quedado en Vietnam, pero al limpiar el sótano los encontré en una caja olvidada. Allí estaban. Esperando.
 Me explicó que la elaboración de las gafas, desde el grosor de los cristales, hasta la intensidad y la calidad del humo al que fueran expuestos, eran los pasos de un cuidadoso ritual. En el monasterio los usaban los neófitos. Luego, la disciplina los capacitaría para distinguir las redes a simple vista.
 Con un gesto volvió a indicarme que observe las huellas y obedecí por cortesía. No dudaba de la palabra del anciano, sino de mi formación occidental que hasta ahora me había impedido ver aquellas improntas luminosas. A través de las gafas, la luz de las primeras horas de la tarde se sumergió en una suave y verdosa tiniebla. En los cinco metros de grama que iban desde mi casa a la de Dung, lo único que distinguí fueron las hierbas aplastadas por mis pasos. Moví la cabeza en un gesto negativo.
 ―Siga observando, señor Ignacio. Tenga paciencia ―recomendó mi vecino. Pasado un minuto, del piso surgió una refacción vaga, imprecisa. En otras condiciones la habría tomado como un reflejo del sol sobre la humedad de la hierba.
―No estoy seguro; veo un brillo sobre la grama…
 La bruma se hizo más sólida hasta convertirse en una niebla espesa y blanca que ocupó más espacio.
 ―Ahora está cambiando…
 Dung asintió sin dejar la sonrisa.
 ―¡Eso es la red!.
 Me quité los anteojos. Sin los lentes, el fenómeno desaparecía.
 ―Requiere de cierta práctica ver todos los detalles. Si le interesa, podría lograrlo con el paso del tiempo. Ahora es importante que la distinga así, en general. Podrá ver el dragón que dejan los pies de su esposa cuando camine descalza. Podrá estudiar la forma, el color. Con eso será suficiente para sacar conclusiones.
 Volví a ajustarme los lentes. La niebla era brillante con un toque de oscuridad en el centro. Parecía el efecto del encandilamiento visual frente a una luz muy intensa; la diferencia era que al adaptarse los ojos, se disolvía en cuestión de segundos. En cambio, aquella bruma crecía y se reforzaba. En los costados surgieron bordes negros y rojos.
 Recordé la explicación del anciano. En una época remota, caminar con los pies desnudos era una ofrenda a la tierra. El suelo sentía placer al ser acariciado por las plantas de los hombres y en agradecimiento, les devolvía esas luces que, describían la vida del caminante. Distinguí la huella de Dung; tono negruzco y luz más débil, quizá por los años. La mía era pálida y en la base mostraba raíces de color rojo.
 ―¿Dispone de una hora? ―preguntó mi vecino ―Le pido que me acompañe al parque para ver diferentes redes. Podremos hacerlo ya que aumentó el número de personas que caminan descalzas
 Asentí y volví a colocarme las gafas.
 ―Conviene que los use sólo cuando tenga que distinguir una red ―recomendó Dung ―En los primeros tiempos se aconseja entrenar la vista con el contraste entre la mirada normal y estos cristales.
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 El comisario, a través de una agresiva propaganda, aconsejaba a los ciudadanos usar zapatos en todo momento. El peligro de caminar descalzo incluiría bacterias dispuestas a penetrar por las pequeñas excoriaciones de las plantas; en caso de padecer de diabetes, el hábito implicaría un riesgo de muerte. La otra mitad del mensaje afirmaba que al calzarse, la población evitaría la acción de depravados fetichistas que se excitarían mirando los pies de las mujeres y a veces de los hombres.
 Aquellas premisas entre higiénicas y profilácticas, según las calificara el propio Venancio, se dirigían a personas de más de cincuenta años, la mayoría de sus votantes. Encuestas realizadas por la oposición, señalaban que la juventud entre los diecisiete y los treinta y cinco, anhelaba probar aquello que atacaba el discurso oficial. Antes del comisario y de su prédica, había una indiferencia generalizada hacia los pies. Luego de la intensa propaganda, se demostró que esta franja de la población multiplicó las visitas a los pedicuros; en las farmacias se vendieron más productos para el cuidado de los pies y aumentó la gente dispuesta a marchar descalza por todo tipo de suelos. Venancio organizó un cuerpo de brigadistas municipales, calzados con imponentes botas militares. En el parque, se filtraban entre los paseantes, repartían volantes sobre la ventaja de usar zapatos e improvisaban súbitos discursos acerca de la inconveniencia de caminar con las plantas desnudas.
 Con mi vecino nos sentamos en un banco de la zona norte, cerca del edificio de la universidad. Allí la grama era más suave y a esa hora el lugar estaba transitado por gente de todas las edades. Era sábado; algunos tendrían el día libre y otros serían alumnos esperando el inicio de alguna clase. Muchos de ellos estaban descalzos.
 Por sugerencia de Dung, llevé una libreta para anotar mis observaciones, Según una rápida estadística, de cinco personas que pasaban junto a nosotros, tres iban descalzas; algunos llevaban calcetines y los demás marchaban con los pies desnudos. Apunté algunas descripciones
  1. Chica en pantalones cortos y camiseta; el pelo rubio y rizado. Volteretas sobre la hierba.
  2. Dama trigueña. Falda y blusa rojas. Pulsera en el tobillo derecho.
  3. Siete adolescentes saltando en la grama. Pantalones largos y camisetas Tres en calcetines, cuatro descalzos por completo..
 La red de cada uno de los paseantes, demoraba entre treinta y cincuenta segundos en formarse. A veces, espesa y blanca como la mía; a veces, trasparente y tenue.
 ―En esto los hombres nos parecemos a las arañas —comentó Dung —vamos creando nuestra propia tela, sólo que no lo sabemos. Quienes viven calzados, encierran sus vidas en cárceles de cuero malolientes y húmedas. El uso del zapato garantiza que la muerte no tarde en llegar.
 Con movimientos lentos, las redes se unían unas con otras. Luego de una hora, formaron una espesa alfombra que cubrió el norte del parque y se dirigió al extremo sur, frecuentado por gente mayor. Seguí a Dung a la cima de la colina y las observamos desde allí. Olas lentas, suaves, brillantes, ganaban espacio y perdían fuerza en los límites del área, donde los senderos pedregosos se prolongaban en la textura del asfalto.
 Sonriendo satisfecho, el anciano me ofreció volver a su casa.
 3

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Mi vecino preparó más té de jengibre en el samovar.
 ―Señor Ignacio, agradezco su paciencia y el tiempo que me dedica. Quizá sea abusar de usted, pero hay otras cosas además de la red. Cosas. Le pido que hablemos sobre ellas. ¿Está de acuerdo?
―Por supuesto, señor Dung.
―He visto que cuando hace frío, usa extracto de cardamomo, canela y salicilatos para los pies. ¿Le da resultado?
―No mucho. Al andar en la nieve, debo aplicarlo cada tres minutos.
 El anciano revisó uno de los muebles de la cocina, hasta encontrar un frasco con un líquido entre azul y rojo.
 ―Es un preparado con hierbas de mi tierra. He pasado semanas en la nieve de las montañas, sin usar calzado y sólo debía usarlo cada media hora. Puede probarlo.
 Volqué unas gotas del líquido en las manos. Despedía un olor intenso, entre dulce y agrio. Al frotar mis pies, una sensación ardiente subió por los tobillos, invadió mis piernas y se detuvo en las ingles.
 Bebimos el té. Afuera, un súbito viento del norte arrastró lloviznas. Pensé que Marcela estaría por llegar. En otro momento me hubiera excusado con Dung, pero ahora sentí que no importaba. Desde la iniciación en Arañas en Tropel, mi esposa sólo se ocupaba de las tarántulas encerradas en los tacones de sus botas.
 ―Señor Dung. Hay algo más que usted quería comentarme.
 Sentado en el borde de la silla, el anciano sonreía con cierto sarcasmo.
―¿Cómo está su esposa?
―Ella se encuentra bien. Ha empezado a caminar descalza otra vez, sin peligro aparente…
Luego de vacilar un momento, decidí confiar a Dung lo ocurrido en los últimos meses. Aclaré que lo hacía en términos de confidencia. La médica de Arañas en Tropel aconsejaba no comentar el tratamiento fuera de un círculo reducido de parientes y amigos íntimos. Las tarántulas eran especies exóticas y la organización aún no estaría aún autorizada para usarlas con fines médicos. Narré a mi vecino las caminatas de Marcela con las botas y el bombardeo de la toxina en su sangre. Reconocí que el tratamiento le había permitido volver a caminar descalza.
 ―Tengo una duda, señor Dung. No sé si lo que mejoró a mi esposa fue el veneno o las friegas a los pies con el líquido que usted me dio.
 El anciano levantó la taza como si brindara.
 ―La mejoría se puede atribuir a ambas cosas, señor Ignacio. En Vietnam también usamos veneno de arañas y de serpientes para curar enfermedades. Personas a punto de morir, recuperan la salud. También ayuda a que desaparezca la amenaza de la muerte y los espectros lo anhelan, ya que con la toxina pueden adquirir solidez. No se torture pensando cuál remedio fue mejor. Lo cierto es que esa señora Sandra ya no está y su esposa ha vuelto a caminar descalza. Ahora, con estas gafas, podrá observar su red.
 Asentí y bebí de un trago el tibio té.
 ―Señor Dung…
―Lo escucho
―Ha visto mi red
―Así es. La veo aún saliendo de sus plantas.
―¿Puede decirme qué observa? ¿Hay algo diferente de la última vez?
 El aciano no contesto enseguida. Me miró con la misma expresión divertida.
 ―No hay sexo en su vida, señor Ignacio.
 Sentí calor en mis mejillas. No esperaba un comentario tan directo.
 ―Confieso que es así. Hoy hace cuarenta y cinco día que no tengo relaciones con Marcela, pero ¿cómo lo supo?
―Su red me lo dijo. Hay un tono rojo en la base, una espuma sanguinolenta. Se forma cuando hay tensión de sexo acumulado aquí.

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 Con el índice, tocó un punto cercano a su pelvis.
―No debe preocuparse. Dentro de poco llegará mucho sexo.
―¿Me está diciendo que puede ver el futuro en la red?
―Algo así. Hay una mujer. La misma, la señora Marcela y otra mujer. Mucho sexo de pronto. Estallan los volcanes.
 ―Señor Dung, no tengo intenciones de ser infiel a Marcela.
 No contestó. Se incorporó y bajó al sótano. Regresó a los pocos minutos con un frasco.
―Deberá cambiar. Tire lo anterior. Arrójelo a la basura con frasco y todo. Usará esto para los pies de su esposa. Lo frotará hasta que la piel lo absorba, como hacía con el otro.
 El líquido era gris y en la superficie flotaban algunos gránulos. De consistencia aceitosa, parecía más espeso que el anterior.
 ―Ella anda descalza. La otra loción ya no sirve. Ésta ayuda a proteger las pequeñas muertes que entran por los pies. Espere quince o veinte días. Ella necesitará dos, tres, cien maridos. Lo perseguirá para tener sexo con usted.
Dung rió y los ojos brillaron todavía más.
 ―Señor Ignacio ―agregó ―Dado que el sexo va a aumentar, quería ofrecerle un entrenamiento para ser invisible.
―Ser invisible… ¿Es decir que la gente no pueda verme?
 Dung negó con la cabeza.
 ―Eso sería difícil, aunque no imposible. Le sugiero que trate de ser invisible para los espíritus que nos rodean. Los que se mezclan con la gente. Cuando tenga más experiencia, podrá identificarlos por las redes que dejan. Aunque usted los vea calzados, ellos siempre están descalzos. Una vez se lo dije. Esa señora que lo persigue, que usted llamó Sandra y que yo no pude ver, es un espíritu. Ella es la muerte, o su representante más directa. Si usted logra la invisibilidad, no podrá verlo y si no puede verlo, nunca lo llevará. De este modo, ser invisible lo acercará a ser inmortal.
 El anciano calló. La puerta que daba a la calle estaba abierta. Comprobé que Sandra no se encontrara en la ochava. Lo que decía Dung era lógico. Simple, casi ingenuo, pero de una certeza aplastante. Haber luchado durante más de un año contra los designios de la profetisa, me permitía conocer muchas de sus conductas. El poder de Sandra se basaba en la vista. La idea o el sentimiento de la muerte se mantenían con los ojos. Quizá sonara confuso, pero era preciso. Podía leer la mente, tenía poderes sobrenaturales. No era necesario que observara nuestra casa. Las consignas eran que si yo llegara a cubrir mis pies, moriría; que si Marcela andaba descalza sería su fin. De transgredir estas condiciones, ella lo sabría sin necesidad de estar presente. Cuando Marcela marchó diecisiete pasos con los pies desnudos, Sandra se presentó a la mañana siguiente para advertirla. No necesitó verla. Siempre me pregunté por qué nos vigilaba con aquella insistencia. Sus ojos sostenían la muerte. No había otra explicación. Esos ojos que protegía con los lentes espejados. Esos ojos que había mostrado una sola vez. Si Sandra encegueciera o la obligaran a cubrir la vista, perdería todo su poder. Entonces, la muerte necesitaría de otro representante. Recordé el Panóptico de Jeremías Bentham, el sistema penal cuya base era generar en el reo la certeza de ser observado en todo momento. La mirada de un carcelero, supuesto o real, era la reja más segura.

 

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Al ofrecerme otra taza de té, Dung interrumpió mis pensamientos.
―Si está de acuerdo en recibir la invisibilidad para los espíritus, deberá entrenar su sexo… con permiso.
Bajó mi párpado y observó mi conjuntiva.
―Veo que eyacula todas las veces que tiene relaciones.
―Así es.
―Para ser invisible debe separar la eyaculación del orgasmo. Además de cumplir con el objetivo de no mostrarse a los espíritus, esto será muy saludable. Muy saludable; permitirá que viva muchos años.
 Me alcanzó una pieza de porcelana roja; en un principio me pareció una vasija de mantequilla. Liviana, delicada; una porcelana muy fina.
―Esta vasija está trabajada en un horno especial. Puede mostrar hasta una pequeña gota de semen en el interior. Cuando lleguen las mujeres de las que le hablé y el sexo se dispare, no deberá eyacular todas las veces. Esto es muy importante. Esta misma noche debe masturbarse sobre la vasija y contenerse. No caerá en el interior una sola gota de su jugo. En el monasterio budista yo me encargaba de controlar esta práctica entre monjes y laicos que acudían para mejorar problemas de salud o como en su caso, para ser invisibles a los espectros; para que la muerte tarde en llevarlos. Esta misma noche inicie los ejercicios. Para excitarse, las fantasías deben ser con mujeres que vuelan. Puede imaginarlas desnudas, haciendo lo que sea, pero nunca en la tierra ni en el agua. Siempre en el aire.
Ya era tarde. Como despedida, el anciano hizo una reverencia con las manos unidas.
 Esa noche, mientras Marcela cantaba a las arañas y les brindaba la cena, me encerré en el baño para masturbarme sobre la cerámica. Imaginé diseños de Michael Parkes. Me atraían sus pinturas de mujeres hermosas en el momento de saltar, o desplazarse por el aire. En mi mente, aquellas figuras casi metafísicas del pintor americano, volaron con suavidad. Exhibieron para mí tenues senos; caderas apenas pronunciadas. En el momento en que estaba por eyacular, Marcela, alarmada por mi demora, llamó a la puerta para preguntar si me ocurría algo. Le contesté que no, pero al perder la concentración, el semen se disparó y la pequeña vasija se llenó con rapidez.
Más tarde, cuando mi esposa se durmió, probé en sus plantas el nuevo líquido de Dung. La piel lo absorbió con más rapidez que el anterior. Sentí un súbito cansancio. La indiferencia de Marcela, la soledad; mi energía se desperdiciaba en infinitos preparativos. La vida, los placeres cotidianos; la existencia simple, sin complicadas explicaciones, se alejaban hacia una lenta, luminosa y desesperante inmensidad.
 

 GOCHO VERSOLARI

 

 

8 Comments

  1. Me gusta, Solo un comenttario “Pobre Marcela” y si la dejaras ser ella misma” tal vez fluiría la vida sin más y sus sentimientos, emociones y sentires, en su caminar intenso por la vida, la harían ser feliz. La coartan con tanto potingue, pensando que es lo mejor para ella, o para él, Tal vez ocurrió igual con la otra protagonista “Gladys”
    Siempre distintos, intensos y buenos tus relatos. Disfruta de la luz que fluye en la mañana, en la noche y cuando nosotros lo deseamos.
    Buen domingo mi querido amigo!!

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    1. Gracias querida amiga por tu reflexión que me parece muy atinada. En realidad en una novela de estas características los personajes tienen vida propia. El escritor es un simple traductor de sus energías. En el caso de Marcela hay una particularidad que se revela casi sobre el final, que hace a su n aturaleza y que podría explicar su conducta. De todos modos, tu observación es atinada acerca de un posible carácter rígido y un tanto egoísta del personaje central Besos y abrazos querida amiga.

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      1. Sin duda, mi querida amiga, te comprendo. Me parece muy bien que te identifiques con el personaje. Pero en esta temática, el Largo Camino, de la que no estoy haciendo entradas ya que se publicará en noviembre, tiene un contexto de uso de la mujer considerándola como objeto mucho más perverso y enmarcado en una cultura enferma. A ninguna de las dos novelas voy a publicarla por completo en las redes, pero si quieres te puedo enviar en forma privada la versión completa de la que elijas. Te envío un gigantesco abrazo en esta mañana (tu atardecer) de domingo.

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