Narrativa: La muerte y los pies desnudos – La pasión de las aves.

La muerte y los pies desnudos – La pasión de las aves.

Gocho Versolari

1
Gladys era el nombre de mi primera esposa. Rubia, delgada; ojos siempre sonrientes y asombrados. Reía por cualquier ingenuidad y solía atragantarse con las carcajadas. Con una sensualidad casi etérea, parecía una figura de Boticelli. Su rostro  blanco enrojecía cuando en la intimidad le pedía que se desnudara y posara como la Venus del pintor florentino. Nuestro matrimonio duró diez años. Un cáncer en el seno derecho surgió de pronto, se expandió con rapidez y no respondió a los tratamientos. En pocos meses, las metástasis se instalaron en los huesos y de allí migraron al cerebro, lo que hizo más dolorosa la agonía.
 Aficionada al cine, Gladys prefería las películas de Alfred Hitchcock; en especial Los Pájaros, donde se relata una inexplicable rebelión de las aves que de pronto atacan con ferocidad a los seres humanos. Consiguió tres versiones, incluida una copia nueva y perdí la cuenta de las veces que proyectáramos el film en el viejo televisor de pantalla plana.
 Mi abuelo fue un gran amante de las aves. Miembro fundador de la Sociedad Colombófila y El Universo Ornitológico, al construir la casa montó sesenta viviendas para pájaros en el amplio jardín. Siguiendo el consejo de especialistas, importó especies casi extinguidas que pudieran adaptarse al clima de la ciudad y plantó un pequeño bosque al fondo del parque. Madreselvas, Saúcos rojos, Cornejos, Espinos Blancos y numerosas variedades con bayas y frutos, ayudaron a que el lugar se llenara de pájaros. Durante mi infancia, apenas salía el sol, me despertaban los gorjeos. Gladys no se quejó nunca del coro constante, pero en los días finales, cuando el cáncer horadara su cráneo y avanzara hacia el cerebro, imaginó que lo narrado en el film de Hitchcock ocurría en la realidad; que las aves la atacaban; que picoteaban sus ojos y cabeza; que nada ni nadie podría contenerlas.
 Desahuciada, los médicos la enviaron a casa indicándome que contrate una enfermera para aplicarle suero y medicamentos que alivien los dolores. Elegí una anciana sueca, alta, corpulenta, de aspecto imponente.
 ―Debe hacer algo con esos pájaros ―dijo un día señalando a Gladys acostada, tensa, con los brazos a los costados y una expresión de sufrimiento, mientras los gorjeos nos ensordecían. En las mañanas y en las tardes gemía y a veces despertaba del sopor de la morfina gritando, convencida que las aves se arrojaban sobre ella.
 
Mi cuñado, hermano de Gladys, me alcanzó folletos de una empresa dirigida a agricultores y personas que por cualquier razón quisieran espantar a los pájaros. Ofrecían un par de robots con forma humana. Emitían ondas infrasónicas que actuaban en los oídos y cerebros de las aves. Garantizaban que estas señales las alejarían de inmediato.
Las máquinas eran costosas y la enfermedad de Gladys se había llevado mis ahorros, pero la familia de mi esposa colaboró para adquirirlas. Cuatro operarios trajeron el par de muñecos con rostros de payasos, gorros rojos en punta, narices pintadas, ropa multicolor y zapatos enormes. En los brazos, pañuelos rojos y amarillos se agitaban con el viento para reforzar la función de ahuyentar a los pájaros. Los diseñadores de la empresa ordenaron ubicarlos en lugares discretos del jardín, de modo que no alteraran la decoración. La distancia entre uno y otro, permitía que las ondas se potenciaran y expandieran.
 La compañía explicaba que el bombardeo sónico actuaría sobre la totalidad de los pájaros que visitaban el parque de la casa y una amplia zona aledaña. Yo tenía dudas sobre aquello. Pensaba que quizá pudiera ahuyentar a un buen número de aves, pero no a todas. La tarde en que los instalaron, el coro de gorjeos cesó de inmediato. Incrédulo, caminé por el bosque y constaté que no había un solo pájaro. Los ramajes solitarios lucían extraños y divisé nidos con huevos abandonados en algunas ramas. El silencio más absoluto había reemplazado al coro de cantos.
 Desde ese día Gladys pudo descansar, y antes de su muerte tuvo una leve mejoría. Se levantó y con ayuda de la enfermera dio breves paseos por el bosque vacío y silencioso. La pesadilla alentada por los gorjeos había terminado. Falleció cuarenta y cinco días después de la colocación de los espantapájaros.
 Para garantizar el funcionamiento, los payasos electrónicos debían ser ajustados cada tres meses. No volví a llamar a la empresa, y con el paso del tiempo se cubrieron de una capa salina, producto de las lluvias de la primavera y de la nieve del invierno. A pesar del abandono, debieron seguir funcionando, ya que los pájaros nunca regresaron.
2

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Según la profecía, Marcela no podía apoyar un pie desnudo en el suelo, ya que ello significaría la muerte. Ahora caminaba descalza tres veces al día, como si fuera un ritual. Iniciaba la marcha en el extremo nordeste de la casa y seguía una diagonal hacia el sureste. Procuraba que fueran diecisiete pasos, cifra casi cabalística, ya que fue el número que recorriera por accidente seis meses atrás. En esa oportunidad Sandra se había presentado para recriminarla y advertirla. Ahora contaba más de cien pasos, repartidos en varias marchas a lo largo de un día. Al apoyar en el suelo los pies desnudos, mi esposa apretaba los labios y contraía el rostro. En la mitad de la trayectoria cerraba los ojos y por un momento, abandonaba la expresión crispada de aquellos días para sonreír con felicidad.
 En cuanto a los espantapájaros, al iniciar nuestra relación, Marcela me había pedido con insistencia que los quite.
―El canto de los pájaros es un regalo del Creador ― argumentaba ― Es un crimen evitarlo. Entiendo que lo hiciste para que tu esposa muriera en paz y se entregara a la Gloria del Señor, pero aquello ya pasó. Ella desde el cielo debe querer que en tu jardín retoñen los gorjeos y la alegría. Piensa que los pájaros son una bendición y si eligieron tu casa una vez, debes hacer lo posible para que regresen.
Por encima de las expresiones cursis y del contenido piadoso, yo estaba de acuerdo con el planteo. Antes de la visita de Sandra y el augurio de la muerte, estuvimos por retirar los dos payasos de metal que en el jardín seguían emitiendo señales infrasónicas. Llegué a conversarlo con Dung, mi vecino. Tenía una huerta y hasta el momento lo beneficiaba la ausencia de aves. Al informar que los pájaros regresarían, el anciano asintió con una reverencia.
 ―No se preocupe, señor Ignacio. Protegeré mi huerta como lo hacíamos en Vietnam, con dos palos en cruz, un sombrero y un traje de estopa.
 Comenté a Lindsay, la médica representante de Arañas en Tropel, que en nuestro jardín, el par de robots emitían día y noche aquellas señales. La doctora me pidió el nombre de la compañía y datos sobre las máquinas. Consultaron con el departamento técnico de la empresa.
 ―No hay peligro ―asintió por fin ―Estos productos han sido diseñados sólo para el oído de las aves. Nos tranquiliza esta presencia, ya que muchas especies de pájaros son enemigas de los Soldados. Es una garantía para todos que no frecuenten la casa.
 3
La Marcela que un año atrás, con espíritu bucólico exigiera retirar los muñecos para lograr que los pájaros regresen al jardín, ahora pedía dos modelos actualizados para lograr el destierro definitivo de las aves. Luego de su primera caminata descalza y sin peligro en la fangosa tierra del parque, el reclamo se hizo más insistente. Al verme vacilar, afirmó que era la condición para que nuestro sexo mantenga la frecuencia de tres días a la semana.
 Llamamos a la empresa para que revisen a los actuales muñecos. El técnico conectó los robots a un ordenador y asintió con la cabeza frente a las sucesivas pantallas cubiertas de cifras y ecuaciones. Nos explicó que bastaría realizar algunos toques para coordinar la interacción de las señales.
 ―Los aparatos de esa época eran de una calidad excelente, pero les aconsejo comprar otro par de unidades más modernas. Pueden combinarse las cuatro señales y de ese modo aumentar la cobertura. Hay una oferta muy ventajosa hasta fin de mes. Adquirirían los nuevos modelos por dos mil dólares, y de este modo ahorrarían la mitad del valor real.
 Marcela insistió en que acepte parte de un dinero que ahorrara en un fideicomiso con la madre. En esos días, decidió tomar un mes de vacaciones en la atención de los pacientes y los derivó a la otra podomántica que trabajaba en la ciudad.
 Quiero ocuparme tan sólo de la atención de los Soldados y de mis cursos de entrenamiento. Mis objetivos son espantar los pájaros y caminar descalza sin morir. ―Repetía diariamente ―Veo que estás muy pendiente de mí; te prometí que cuando termine el tratamiento, todo volverá a ser como antes, pero ahora debo soportar estas tormentas que asolan mi alma. — agregaba cuando yo sugería la posibilidad que  esos temas la obsesionaran.
 Fue en esos días que decidí limpiar el desván, una tarea que no me gustaba, y que había pospuesto varias veces.
 Saqué tres cajas con fotografías y documentos. Ordenarlos y arrojar lo que ya no servia, me llevó más de una hora. Estaba terminando, cuando encontré el disco rojo y blanco en el que guardaba la filmación del cadáver. Hacía tres años, Sebastián, mi amigo médico, me había instalado en los dedos gordos un par de chips que filmarían mi marcha con los pies desnudos por la orilla del río. Al entrar a un embalse, el sistema registró debajo del agua el cuerpo de una mujer en el momento de ser arrastrado por las corrientes. Más tarde, al procesar la película, descubrí el cadáver desnudo que se reveló al lente durante casi dos minutos. Ojos en blanco, piel serosa; al seno derecho le faltaba un trozo, quizá por las mordidas de los peces. La filmación la mostraba alejándose a lo profundo de las aguas y por momentos parecía nadar con una gracia siniestra.
 Volví a presenciar la proyección. La evidencia que guardara en aquel disco no la había compartido ni siquiera con Marcela. Sentí nostalgia ante las imágenes. En aquellos días, mi único problema era la ruptura súbita con Julia, pero aparte de eso, disfrutaba de una paz parecida a la felicidad. Frente al estruendoso estrés que me rodeaba, pensé que mi tranquilidad se había marchado por el río con aquel cadáver del que nunca di parte a las autoridades.
 3
Lindsay Bart era una de las directoras de Arañas en Tropel. Cuando entregaba los saltamontes caramelizados (Así llamaba a los insectos envueltos en gelatina, alimento de las arañas), se ocupaba de controlar que los guardáramos en la nevera. Habiendo terminado el cometido, se relajaba, aceptaba un té y conversábamos sobre la situación política o los últimos estrenos cinematográficos. Mujer joven y locuaz, a veces traía revistas de moda y compartía con Marcela información sobre peinados o diferentes modelos de vestidos. En los momentos en que no se refería a Arañas en Tropel con pasión fanática, la médica era una mujer culta y muy tratable.
 Cierta vez aclaró que estos interludios sociales eran parte del tratamiento. Por encima de mis prevenciones acerca del veneno de las arañas, los consideraba muy provechosos. Mi esposa nunca tuvo amigas y aceptaba la compañía de la médica porque llegaba de la organización. Cuando Lindsay disponía de tiempo, se sentaban frente a un plato de galletas de avena, y sendas tazas de té de canela. A veces pasaban tardes enteras conversando,
 Nos asombró que aquella mañana, la médica se presentara con labios apretados y una mirada torva. No aceptó la taza de té y se negó a sentarse.
 ―No sólo he venido a traer la comida del día de hoy para los Soldados ― anunció con tono seco ― Debemos hablar. Como ustedes saben, nuestro objeto de culto en Arañas en Tropel es el Sol, una tarántula madre que descansa en el centro de un círculo. Se comunica con nosotros a través de líneas telefónicas especiales y en un idioma que sólo los elegidos podemos entender. Anoche recibimos un mensaje importante. Nuestro Sol afirma que en esta casa hay un ave.
 Se detuvo y nos observó con atención.
—Eso es imposible —afirmó Marcela —No tenemos pájaros. No hay en las inmediaciones. Usted lo sabe. Esos hermosos muñecos de metal con ruidos que no se escuchan, no los dejan ni acercarse. Mi esposo que es ingeniero, se lo puede explicar. Compraremos otros dos para cerrar con broche de oro el tema de la seguridad.
―Nuestro Sol es preciso en la información, así que debo desconfiar de sus palabras.
―No hay ningún ave ―repetí ―puede revisar toda la casa que no encontrará ni una pluma. Su propio técnico ha constatado que los pájaros no pueden acercarse a un kilómetro a la redonda. De hacerlo, sus cerebros estallarían.
―Revisaré la casa a continuación. Es una condición para que el tratamiento continúe. Seré aún más precisa. Nuestro Sol nos ha dicho que aquí se encuentra un ave blanca, muy parecida a una cigüeña que en otoño emigra desde el sudeste de Asia a las llanuras de China.
 Estaba por decir algo más, pero callé. La médica se refería a la Nehnchimán. El ave existía, pero no encontraría su cuerpo físico. Tan sólo el canto que Marcela emitía en el momento del orgasmo. Dung, nuestro vecino oriental, creyó que esa ave venerada en Vietnam había llegado a la casa, sin saber que el gorjeo era el grito que acompañaba el clímax de Marcela. Cuando el anciano, de más de noventa años, decidió subir a los techos para encontrar la legendaria cigüeña, decidí confesarle la verdad. Nunca había revelado a Marcela mi infidencia.
 ―También nos ha dicho el Sol que Nehnchimán, en un idioma primitivo del lejano oriente significa Devoradora de Arañas.
 La fijeza con que nos miraba la médica, me hacía suponer que estaba entrenada para detectar falsedades en los gestos y palabras de sus interlocutores. Marcela, con actitud segura, se limitaba a negar moviendo la cabeza. Yo procuraba que mi rostro no reflejara la sorpresa y el desconcierto. Las relaciones sexuales con mi esposa eran cada vez menos frecuentes, y hacía tiempo que no cantaba como el ave oriental, pero por alguna razón aquella araña que reposaba en el centro de un círculo, y cuyo ojo derecho emitía una eterna lágrima, lo sabía.
 ―Nuestra misión es la suya: no debe haber nada que perturbe el claro reposo de los Soldados. Venga por favor y revise la casa ―pidió Marcela a la médica.
 Ante su firme actitud, el cuerpo y la expresión de Lindsay se relajaron. Repitió que creía en nuestra palabra pero que tenía la obligación de revisar todo para informar al Sol.
 Empezó por la planta alta. Una semana antes había limpiado el desván y los pisos superiores, de modo que las habitaciones estaban ordenadas. Tan sólo halló un viejo libro con fotografías de pájaros de la zona que conservaba desde pequeño.
Al terminar, salimos al jardín donde examinó a los espantapájaros.
 —Como verá, actúan sobre las aves que pueblan la zona a través de ondas de ultrasonido y otros estímulos ―expliqué ―Las arañas se encuentran a salvo de cualquier ataque.

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 La médica afirmó que debía volver a comunicarse con el Sol. Pidió privacidad y la conduje al cuarto de huéspedes. A través de la puerta, resonó su voz, pronunciando sonidos guturales. Regresó a los veinte minutos.
 ―Nos dice el Sol que el ave está, pero en sentido virtual. Eso significa que se encuentra en la atmósfera y que puede presentarse en cualquier momento. Entonces las arañas estarían en peligro… Vengan y vean.
 Nos condujo a las botas de Marcela y sacó de su valija una pequeña linterna. Yo me detuve a tres metros, en el límite de la zona de protección que estableciera en torno a los animales.
 ―Quiero que observen lo que surge cuando proyecte la luz sobre los ojos del soldado… Trate de contener el miedo, señor Ignacio — agregó— si no lo hace, no podrá apreciar el fenómeno. Ahora observen los ojos cuarto y sexto.
 Lindsay sacó una linterna a la que encendió y apagó varias veces. Noté que producía brillos de diferente intensidad Dirigió la luz hacia la superficie charolada y peluda. Una traspiración fría se inició en mi bajo vientre y bajó por los genitales. Sabía que la araña tenía cuatro pares de ojos, pero en ese momento no estaba en condiciones de contarlos. Marcela permanecía junto a ella, con el rostro casi pegado al tacón de la bota.
 —¡Acabo de ver un pájaro en los ojos! ―exclamó mi esposa ―¡La silueta brillante de un pájaro que vuela!
―Es la Nehnchimán —aseguró Lindsay apagando la linterna e incorporándose —La araña sueña, tiene pesadillas. Nos dice el Sol que si puede soñar es porque el ave está presente a pesar de todas las medidas de seguridad.
 4
 Montamos los otros dos espantapájaros. De la empresa recibí un pequeño libro con más de doscientos nombres de especies de aves a las que afectarían las ondas. Disponía de un anexo con el título de Pájaros orientales, y allí en primer término, figuraba la Nehnchimán.
 Marcela extrajo mil dólares del fideicomiso, y yo retiré lo que quedaba de mis ahorros. A los dos días del pago, tres hombres se presentaron a instalar los muñecos. Uno de ellos, obeso y traspirando a pesar del día frío, era el ingeniero jefe. Lo acompañaban dos operarios. Entre todos, bajaron las cajas de madera y cartón que contenían a los robots. Si bien eran más altos que los anteriores, no llegaban a la estatura de un adulto normal. Uno de ellos tenía la forma de un hombre vestido con chaqueta, traje, corbata y elegantes zapatos negros. Levantaba el brazo derecho como en el saludo nazi. El otro era una mujer rubia, con los cabellos sueltos. Mantenía los brazos abiertos en actitud de abrazar o arengar. Los rostros de los muñecos me resultaron familiares. Le pregunté al ingeniero qué representaban. Antes de contestar, el hombre se limpió la traspiración, bebió un trago de soda y miró con seriedad mis pies descalzos.
 ―¿No los reconoce? Son los más pedidos por todos.
―Creo conocerlos, pero no puedo precisar de dónde.
―El hombre es el señor gobernador del estado, el comisario Aníbal Venancio. La mujer es su esposa, la señora Julia Rybaneck Echenique, conocida como la madre de los pobres y los niños desvalidos Le repito que son los modelos más populares, los más pedidos por los agricultores y ahora forman parte de la oferta. Por este precio son un regalo.
 Me sentí mal. No quería tener aquellas figuras en mi casa, en especial la del comisario por el que sentía una profunda aversión. Además, Julia había sido mi novia anterior y eso podía crear problemas con Marcela. Le dije al hombre que no me gustaban esos diseños, que deseaba conocer otras opciones.
 ―No hay otras opciones ―contestó con tranquilidad ―Por un cambio de diseño, debería abonar dos mil dólares más.
Aquello fue decisivo. Le dije que todo estaba bien y que continuara con la instalación de los monigotes.
 El hombre me explicó que las ondas se concentraban en el sur y al rotar hacia el oeste, se encontrarían con las radiaciones de los viejos muñecos. Entre los cuatro abarcarían un enorme círculo de un kilómetro de radio. A esto se sumaba un circuito cerrado de televisión, cuyas terminales instalaron en el dormitorio. Se encendería en el caso muy improbable que un pájaro perforara las defensas.
 Ese mismo día los muñecos empezaron a funcionar, generando el férreo e invisible circuito a prueba de aves. A la mañana siguiente, Lindsay nos felicitó por la compra de los aparatos, asegurando que la araña gigantesca en el centro del círculo lo autorizaba y celebraba.
Todo volvió a la calma. Los espantapájaros funcionaban, las arañas cumplían su cometido y Marcela se había sumido en una paz distante. Pensé en contar la confidencia que hiciera a Dung acerca del grito durante el orgasmo, el que se correspondía con el canto de la Nehnchimán, pero renuncié a hacerlo. Cualquier detalle que la sacara de su rutina, la alteraba y desataba una reacción defensiva. Concluí que una confesión de ese calibre produciría más problemas que los que debiera solucionar. Además, no podía prever la respuesta de Arañas en Tropel cuando conociera la verdad. Era mejor callar y esperar el final del tratamiento; que Sandra se retirara para siempre; que las arañas volvieran a su hogar, y todos los peligros se conjuraran.
 5

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 Pasaron dos semanas y Marcela, seguía desnudando sus pies en una rutina diaria y tranquila. A pesar de este aparente triunfo sobre el augurio, las líneas y la mancha ubicadas en el pie izquierdo, no se habían borrado. Cuando en las noches esperaba que se durmiera, calzaba mis guantes de látex y seguía frotando sus plantas con la loción de Dung. El Ángel Volando en Torno a la Catedral, pareía más nítido, como si alguien lo remarcara día tras día con tinta indeleble. En mi caso, luego de recibir la profecía y de caminar descalzo durante tres meses, el diseño se había convertido en un borrón oscuro con un vago aspecto de mariposa. Aquel dibujo era otra de las obsesiones de Marcela y día tras día examinaba la figura para comprobar si cambiaba. Desde el tatuaje profético, la muerte seguía acechando. Lo consultamos con Lindsay quien afirmó no conocer mucho sobre Podomancia, pero opinaba que era necesario atender las señales del cuerpo como manifestaciones del destino. Por encima de cualquier consideración, el veneno de los Soldados podía curarlo todo.
 La otra preocupación de Marcela era la visión del pájaro en los ojos de las arañas. Exigía a Lindsay que en cada una de sus visitas constatara si aquello aún se repetía.
 ―Es demasiado, Marcela ―afirmaba a veces la médica ―Una revisión de este tipo no afecta mucho a los Soldados, pero deberíamos tomar todo con más calma.
 Marcela argumentaba y suplicaba, hasta que la médica accedía. La silueta del ave aparecía en dos de las ocho pupilas de los animales. La médica consintió en dejar a mi esposa una de aquellas linternas infrarrojas y explicó cómo utilizarla para chequear los ojos de las arañas. A partir de entonces, Marcela pasó horas arrodillada o tendida en la parte baja de la escalera, concentrada en las pupilas de las ponzoñosas tarántulas.
 ―Han pasado dos semanas y el ave no se retira de los ojos ―dijo a Lindsay una mañana
―Eso se explica por dos razones: a pesar de las precauciones que han tomado, la Nehnchimán tarda en alejarse. Además, los cambios en las mentes de los soldados son muy lentos; es posible que la imagen permanezca en los ojos un tiempo más. Lo importante es que por ahora el peligro se ha alejado. De no ser así, el Sol, nuestra madre, nos informaría de inmediato. ―Quizá sea como dice ―insistió Marcela ―pero yo quiero que se vaya, que se aleje de una vez. Que no haya ninguna amenaza entre las arañas y yo.
 El técnico de los espantapájaros debía llegar una vez por mes, pero Marcela lo llamaba todas las semanas. Con ayuda de su madre, reunía los cuarenta dólares que cobraban por cada consulta adicional. Me pedía que estuviera presente. Por mi condición de ingeniero, podría exigir explicaciones técnicas sobre el funcionamiento de los aparatos. El hombre me mostraba los estándares que figuraban en las tablas de la computadora y según ellos, todo funcionaba a la perfección. Los mecanismos no eran muy sofisticados: cristales de cuarzo, transductores, (dispositivos que transforman una potencia de sonido en otra) y altavoces para amplificarla. La función del técnico, además de constatar la integridad de los componentes, debía asegurar que la intensidad y la frecuencia de las ondas se mantuvieran constantes y adecuadas al programa.
 ―Tiene suerte que ninguno de sus vecinos tenga canarios, sino ya lloverían los reclamos ―repetía el experto en cada visita.
 Los frecuentes chequeos de los aparatos no tranquilizaban a Marcela. Algunas de sus marchas descalzas las realizaba por el pequeño bosque, observando con desconfianza las ramas vacías de los árboles. Caminaba tensa, con los labios apretados, los ojos fijos y el cuerpo contraído. Tenía la seguridad que de un momento a otro, el lugar se llenaría de desesperantes gorjeos.
 Una tarde al entrar al sótano, descubrí sobre la mesa de las herramientas un antiguo revólver con cinco recámaras que perteneciera a mi abuelo. Permanecía en la gaveta del fondo y la única que podía haberlo retirado era Marcela. Hacía años que lo guardaba descargado, pero al revisarlo, advertí que en el tambor estaban las cinco balas.
 Mi esposa se encontraba en una de sus sesiones semanales de Arañas en Tropel. Al regresar en la tarde, le pregunté sobre el arma.
 ―Es necesario que me defienda ―dijo con tranquilidad ―si hay una pistola en la casa, debe servir para situaciones como ésta, en las que el llamado de la fatalidad redobla en las puertas.
―No entiendo. ¿Cuál fatalidad?
―Hay pájaros que acechan a las arañas. Pájaros que de dulces aves se transforman en feroces enemigos.
―Sabes que estamos protegidos con los muñecos, para eso gastamos dos mil dólares. ¿Qué harías con esta pistola? ¿Dispararles?
―¡Sí! ¡Sí! ¡Dispararles! ¡En estos casos, la muerte cruel es la única solución segura; eficaz!
 Mientras hablaba tomó la pistola, y con movimientos firmes y rápidos, destrabó el seguro y lo volvió a ajustar. Me miró con una sonrisa siniestra; tenía el cuerpo encogido, como a punto de saltar. La miré con sorpresa; practicante de budismo, Marcela siempre había proclamado su compasión por todos los seres del universo
―Te pido que dejes esa pistola. No sabes utilizarla.
―¿Quién te dijo que no lo sé?
 Levantó el revólver. La puerta que daba hacia afuera estaba abierta. Marcela apuntó. Mi intención fue quitarle el arma, pero me contuve. Lo que menos quería era forcejear con mi esposa para arrebatarle una pistola cargada. El disparo hizo vibrar las paredes y un poco más allá vi caer la rama de un árbol. Me miró con expresión triunfante
 ―¡Federico, me enseñó a disparar!
 Como si aquello la hubiera tranquilizado, aflojó el cuerpo y sonrió. La referencia a su antiguo novio, el luchador de Sumo, me desconcertaba. Alguna vez llegó a sugerir que la ruptura se produjo por abusos de Federico hacia ella, pero al preguntarle lo ocurrido, siempre desviaba la conversación.
 Dejó la pistola. No se opuso cuando le quité las balas y la desarmé. Pregunté si estaba tranquila, si deseaba un té. Ella negó con la cabeza.
 ―Estoy bien. No necesitas tratarme como una estúpida y miserable enferma.
―Marcela, debes saber que este revólver es una herencia de mi abuelo y está registrado a mi nombre. Tengo la licencia para poseerlo, pero no para portarlo. El arma debe estar en la casa descargada y desarmada. Así la mantuve en un cajón todos estos años.
―¿Qué sentido tiene guardar un arma descargada? Si llega un cruel ladrón sediento de tu sangre; un malvado que viene a atacarte, no le vas a pedir que espere a que armes la pistola y la cargues.
 La escuché sorprendido ante la tranquilidad con que hablaba de matar a alguien. Unos meses atrás, ella misma había redactado y publicado en un periódico local una carta abierta contra la pena de muerte. Circuló por Internet y por el estilo apasionado, logró cientos de firmas para presentar ante la legislatura nacional.
 ―Así me exigen tenerla ―agregué refiriéndome a la pistola ―En doce años he recibido dos veces la visita de los inspectores del Registro Nacional de Armas. Pueden multarme si encuentran el revólver cargado.
 Marcela miraba hacia afuera. Ojos fijos, perdidos. No me escuchaba. Pretendió continuar la discusión.
 ―¿Qué sentido…?
―¡El sentido es que el arma es sólo un recuerdo de familia! ―la interrumpí con brusquedad ―¡No pienso usarla para matar a nadie, ni pájaros ni humanos, ni quiero que tú lo hagas!
  Al escucharme, se echó a llorar y corrió a la sala de huéspedes donde se encerraba con llave cuando discutíamos.  
Pensé con desgano que un par de horas más tarde estaría golpeando la puerta y ofreciéndole un té, con el tono casi suplicante de la reconciliación.

 

GOCHO VERSOLARI

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