Narrativa: La muerte y los pies desnudos – Tramo III: Arañas en tropel

 

 La muerte y los pies desnudos – Tramo III: Arañas en tropel 

 Gocho Versolari

Ignacio, el hombre descalzo, había recibido por parte de la muerte la advertencia que si alguna vez llegaba a calzarse, moriría sin remedio. A su vez, Marcela, la esposa de Ignacio también recibió la visita de la parca con la consigna de que si alguna vez llegaba a descalzarse, también moriría. Estos detalles aparentemente sin importancia, influyeron en la relación de pareja. Marcela calzada en forma permanente. Ignacio igual, pero descalzo. Con el paso del tiempo descubrieron que el cambio de hábitos no era inocente. Que tenía sus consecuencias en la comunicación cotidiana. Marcela acude a “Arañas en Tropel” una organización que promete utilizar el veneno de las arañas para vencer el designio de la muerte. 
1
A las diez treinta de la mañana dejó de llover y el sol asomó en un inesperado cielo azul. Seria, pálida y en silencio, Marcela vistió un impermeable marrón con capucha y calzó las zapatillas minimalistas. Por tercera vez pregunté si continuaba con la decisión y se limitó a asentir con la cabeza. Salimos de la casa, caminamos hacia el parque y tomamos los senderos de grava húmeda que conducían al este. Atravesamos el pequeño bosque y llegamos al límite de la zona abandonada. Un cartel gastado prohibía la entrada y como de costumbre, no estaban los guardias. Levantamos la floja cadena que debía impedir el acceso a los paseantes y pasamos al otro lado. La grama discreta y pulcra, se transformó en altos pastizales. Caminamos hacia el tramo de tierra removida que se extendía antes de llegar al lago de aguas contaminadas y los pantanos de turba. Fue en ese sitio donde nos conocimos con Marcela. A muy pocos se nos ocurriría caminar descalzos entre piedras puntiagudas, plantas espinosas y una enorme cantidad de alimañas que poblaban el terreno.
 ―¿Dónde quieres ir? ―pregunté. Mi esposa señaló la zona cercana al lago, un fangal luego de la lluvia. En los ojos azules de Marcela, brillaba una expresión de susto y un leve tic agitaba la mejilla derecha.
 Remangué mis pantalones y caminamos tratando de evitar el agua oculta en la hierba. Cuando llegamos al borde del área más baja, Marcela me detuvo. Tomándose de mi brazo, se quitó la zapatilla izquierda. Su planta era blanca y suave; para la ocasión, había pintado las uñas de morado con detalles azules. Cerró los ojos, apoyó el pie sobre la grama húmeda y permaneció inmóvil unos segundos. Soplaba un viento cálido del sur. Un hombre con auriculares trepaba corriendo la colina del parque. Dos gaviotas volaron hacia el lago; buscarían alimento en los pocos embalses que aún permanecían limpios. Marcela se quitó la otra zapatilla y parada sobre la hierba con ambos pies descalzos, respiró tres veces. Me soltó el brazo, caminó hacia el fangal y hundió las plantas en el barro. Desde allí asintió con la cabeza: todo estaba bien.
 De acuerdo a las indicaciones de Arañas en Tropel, no debía permanecer más de siete minutos sin zapatos sobre la tierra. Regulé el cronómetro en mi muñeca y la observé vadear el pantano en varios sentidos. Por primera vez en aquellos meses, la expresión de los labios se había suavizado. Sonreía y los colores regresaban a su rostro.
 Cuando el reloj marcó siete minutos, levanté el puño derecho; era la señal que habíamos convenido. Salió del fangal, frotó los pies contra la hierba húmeda y los secó con una toalla antes de volver a calzarse. Las plantas con restos de barro, se hundieron en las zapatillas. Me miró como si despertara de pronto. Llorando en silencio, se tomó de mi brazo y regresamos.
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Aquella mañana, mi esposa había caminado sin calzado en la tierra fangosa y continuaba viva. La adivina, que solía instalarse frente a nuestra casa para vigilarla, no se presentaba desde hacía un mes. Tampoco se mostró luego de ese desafío a sus designios.
 La ruptura del augurio tenía una explicación. En la última visita, Sandra había pronunciado una frase que pareció oscura “…se podría vencer a la muerte con la fuerza de la araña”. Marcela conocía una organización médica y religiosa llamada Arañas en Tropel. Allí trataban un gran número de enfermedades con pequeñas dosis del veneno de las tarántulas más ponzoñosas del mundo. Muchos sitios de Internet la señalaban como un culto. Esto sería un motivo para dudar de la seriedad, pero hacía años mis tendencias y lecturas se orientaban a posiciones que nada tenían que ver con la rígida postura científica recibida en mi carrera. New age; cultura de la Atlántida; Meditación Trascendental o implicancias espirituales de la Física Cuántica. Con placer, estudiaba y a veces aplicaba en mí mismo las disciplinas rechazadas por el pensamiento oficial. Esto me permitía aceptar, aunque con ciertas reservas, aquel tratamiento heterodoxo.
 Seis meses antes de la caminata en el barro, luego de tres exámenes y largos interrogatorios previos, Arañas en Tropel aceptó a Marcela. Por un tiempo, el ánimo de mi esposa mejoró. Dejó de regañarme, abandonó los accesos depresivos, cantaba todo el día y volvimos a salir al parque o a cenar.
 En la propaganda de la organización, se afirmaba que el veneno de las arañas no sólo regeneraba los tejidos, sino que prevenía y combatía cualquier enfermedad.
Además, mejoraba la psiquis y corregía la vida espiritual. Para la organización, las arañas no eran los animales territoriales y depredadores descriptos por la zoología. Aseguraban que aparte de razonar, guardaban en sus corazones fuertes tendencias filantrópicas hacia los seres humanos.
 Las oficinas de la organización se levantaban en la zona residencial del oeste de la ciudad. Decoración burguesa y discreta. La publicidad del lugar se dirigía a personas de mediana edad, con dinero suficiente para pagar las gravosas prácticas. El tratamiento de Marcela costó cuatro mil dólares, casi la totalidad de mis ahorros.
 La organización publicaba testimonios de curas milagrosas de cáncer, diabetes avanzada y cardiopatías agudas. Una de mis objeciones era que la terapia sólo podía servir para personas con enfermedades graves. Dudaba que la inoculación de la toxina en Marcela hiciera retroceder a Sandra y a la profecía. Además, yo padecía desde niño de una intensa fobia a las arañas y me espantaba la idea de enfrentarme a uno de aquellos animales.
 Mi esposa empezó a asistir todos los días menos los domingos a la sede de Arañas en Tropel. La preparación era exclusiva para ella. Yo hubiera podido acompañarla en caso de decidirme a iniciar un tratamiento. Templados, firmes y casi negros por el sol, luego de un año de llevarlos desnudos, mis pies habían adquirido una fuerza oscura. Desde las plantas, la sentía bullir en todo mi cuerpo; se había convertido en la base de mi vitalidad. Con preocupación obsesiva, trataba de prevenir los accidentes y por eso abandoné la preparación mensual de la barbacoa al estilo tejano, un viejo rito familiar. Uno de mis amigos, también aficionado a las carnes asadas, pisó descalzo un carbón ardiente en un momento de distracción. Sufrió graves quemaduras en la planta del pie derecho y durante meses debió usar una bota especial. De haber sido yo y de acuerdo a la profecía de Sandra, al tener que calzarme hubiera muerto sin remedio.

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 Luego de los prolongados y completos exámenes físicos y psicológicos, las autoridades de Arañas en Tropel fijaron el cinco de abril para la iniciación de Marcela. Me notificaron que debía acompañarla, aunque no podría asistir a la ceremonia. En ella sólo debían estar presentes quienes ya hubieran recibido el Toque de la Araña. Llamaban así a la primera aplicación de toxina. No sería una simple práctica médica, sino que en ellas se pronunciarían invocaciones, fórmulas esotéricas y se efectuarían rituales de carácter iniciático.
 Llegamos antes de la hora al edificio de dos plantas. La empleada indicó que Marcela debía ingresar al piso superior a fin de prepararse para la iniciación. Me pidió que pasara a una sala de espera donde dispondría de café, bocadillos y música ambiental. En una de las esquinas se levantaba una pequeña biblioteca con libros en alemán. Eran tratados de Entomología. Como única decoración, colgaba un cuadro que mostraba a una araña con largas patas grises sobre un paisaje amarillo oscuro. El cuerpo era un rostro humano, de cuyo ojo izquierdo manaba una lágrima. La pintura se titulaba The Crying Spider. Un aviso explicaba que el pintor, Odilon Redon, era un simbolista francés de principios del siglo XX. Se lo consideraba uno de los precursores del Surrealismo. La pieza habría sido adquirida por la organización a un coleccionista privado de Holanda y representaba el objeto de culto al que llamaban El Sol: una tarántula gigantesca, que por toda la eternidad, lloraría por las injusticias del mundo y por la maldad de los hombres.
 Luego de tres horas, Marcela salió acompañada por dos enfermeras. Pálida, con los labios apretados, me saludó con gesto ausente. Mientras la secretaria de Arañas en Tropel rellenaba unas planillas y yo preparaba un cheque para completar el pago, la miré con atención. En vez del calzado minimalista con el que entrara, lucía botas nuevas de color blanco. Los altos y anchos tacones abarcaban el largo de los pies. De acrílico trasparente, mostraban un leve tono rosado, quizá por las luces del lugar. En los topes brillaban los dibujos de sendas tarántulas, símbolos de la organización.
 Mi nombre es Lindsay y desde ahora seré la médica encargada de controlar la evolución de Marcela. Acabamos de proceder a su iniciación. Ella ha recibido en su sangre El Toque de la Araña…
 La mujer era rubia y joven. Tenía rasgos finos, nariz pequeña y ojos chispeantes. Vestía una bata verde con el dibujo de una enorme tarántula en el pecho. Mientras la escuchaba, seguía observando los pies de Marcela, visibles a través de la superficie de acrílico.
 …ahora volverán a su casa. No hay instrucciones especiales, pero será mejor que no salgan, que Marcela coma algo liviano, de preferencia vegetales y se acueste temprano.
 Los tacones de las botas estaban cubiertos de pequeñas rejas brillantes. De pronto sentí que mi espalda se tensaba; detrás de los transparentes barrotes, se agitaba algo negro.
 …instruimos a Marcela acerca de cómo proceder con los Soldados
 Debo repetírselo a usted como pareja conviviente. No pueden comer cualquier cosa. Por esta noche, sólo deben alimentarlos con néctar que será preparado de acuerdo a la receta que lleva su esposa. Repito que no pueden alimentarse con ninguna otra cosa. Mañana me presentaré yo misma, con la primera entrega de comida oficial…
 Un leve mareo y un asomo de náuseas se iniciaron en mi bajo vientre. Deseaba huir. Entre dos de los barrotes de la bota izquierda, asomó una extremidad negra, azulada, que culminaba en una uña brillante.
 3

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Debemos llegar a un acuerdo. Las arañas serán lo más importante de nuestra vida, ya que me arrancarán de las garras de la muerte. Te pido que hagas un esfuerzo, que te acerques a ellas y les hables con ternura. No tenemos hijos que alegren nuestro hogar. Hasta que lleguen, te he pedido muchas veces un perro, un gato, una mascota. Ahora estos soldados cuidan mi vida, me devuelven la existencia como un inapreciable regalo. Entonces tomémoslos como nuestros consentidos. Debes estar de acuerdo.
 A los seis meses de la iniciación en Arañas en Tropel, mi esposa caminó descalza sobre la tierra. De ese modo, enfrentó y venció la profecía de Sandra. Por mi parte, tenía dudas que no compartía con ella. En todas esas noches, durante su pesado sueño, yo frotaba los pies de Marcela con una loción que me diera Dung, el vecino oriental. El objetivo era limpiar de las plantas lo que el anciano llamara Los colgajos de la muerte; formaciones oscuras que él habría distinguido en las huellas sutiles al caminar descalza. Acordamos que no lo comentaría con ella. Por el carácter impresionable de mi esposa, la noticia podría aumentar la tendencia a la siempre latente depresión. Ahora me preguntaba si la mejoría que le permitiera pisar la tierra con los pies desnudos y no morir, surgía del veneno de las arañas o del antiguo remedio oriental.
 Luego de la iniciación, instalamos las botas con sus ocupantes debajo de la escalera trasera que conducía al primer piso. Nos llevó horas de discusión acordar el sitio, ya que Marcela insistía en ubicarlas en el centro de la sala. La indicación de Arañas en Tropel era que debían permanecer en el lugar más importante de la casa. Alegué que doña Hilaria, mi suegra, pasaría unos días con nosotros en los próximos meses. Cada tanto debía viajar a la ciudad por trámites sobre la pensión que cobraba. Mi esposa no quería que conociera los detalles del tratamiento, ya que la anciana también tenía aprehensión a las arañas. Esto me sirvió para convencerla de colocar a los animales en un sitio importante, pero discreto. En el tiempo en que doña Hilaria permaneciera con nosotros, podrían cubrirse con un paño, lo que estaba permitido por la organización.
 En las primeras noches soñé que los animales escapaban de los tacones y se arrojaban sobre mis pies para morderlos e inocularme el fatal veneno. Desde que se instalaron junto a la escalera, dejé de usarla. Tracé un círculo imaginario, y las ubiqué en el centro. Al acercarme a los límites, el miedo crecía y amenazaba con paralizarme. La puerta que daba al jardín estaba a pocos metros de las botas. Si debía salir por ella, atravesaba el dormitorio y el cuarto de huéspedes, para acercarme lo menos posible a las temidas arañas.
 El aspecto horripilante es una trampa malvada de tu mente. Si las miras con cariño y buena disposición, advertirás que los pelitos que las cubren son como el vello de un bebé, como la piel de un durazno…
 No era la primera vez que Marcela me exigía vencer el terror y adherir con entusiasmo al culto de las tarántulas. Expliqué con paciencia, que una fobia no podía solucionarse con rapidez ni con la simple voluntad. Requería un tiempo; un proceso.
 ―Te prometo aumentar mis meditaciones, mi introspección. Es lo único que puedo hacer para perder el miedo. Cuando esto ocurra, conversaremos otra vez.
 Marcela siempre asentía con un gesto y por su mirada ausente advertía que no me creía o no me escuchaba. Se limitaba a mirar el reloj, atenta a alimentar a los soldados o cantar aquellas canciones guturales que durante las tardes resonaban en toda la casa.
 Al repetir por tercera vez la caminata descalza en la tierra sin ninguna consecuencia, mi esposa volvió a hablarme con tono admonitorio.
  Los Soldados merecen de nosotros una conducta ejemplar. Debemos ser dos santos o al menos estar cerca de ese ideal. En la organización afirman que el Soldado es la encarnación de un espíritu superior. Por eso corresponde que reduzcamos el sexo a dos veces por semana. Yo había pensado martes y jueves, entre las cinco y las ocho. He comprobado que en ese horario ellos duermen y no nos escucharán.
―Marcela, esto es un error. ¿Quién te dijo que el sexo es algo sucio, algo malo? Al iniciar lo nuestro, coincidimos en que la sexualidad era casi un ritual. ¿Es que acaso las arañas además de ser filántropos han hecho voto de castidad…?
 Me interrumpí. Mi mordacidad la afectaba. En otra época hubiera lagrimeado por palabras como aquellas. Ahora se limitó a mirarme sonriendo, con la expresión fría que mostrara desde el día de la iniciación.
 Pensé en una respuesta así de tu parte. Medítalo. Hasta que lo hagas no tendremos relaciones. He leído “Lisístrata” y pienso aplicarla.
 Se refería a la comedia de Aristófanes, donde se describe la invención de la huelga sexual por parte de las mujeres de Grecia.
 Esa noche retomé el diálogo sobre nuestra intimidad. Entendía que Marcela se recuperaba de una situación difícil. No sólo la relación sexual, sino el cariño mutuo, serían una forma de brindarle fuerzas. Reconocía lo favorable del tratamiento con las arañas, pero el sexo no era algo sucio, sino una parte de la existencia. Si aquellos animales, como afirmaban en la organización, podían comprender los problemas humanos, estarían de acuerdo con las relaciones. Eran una forma de acrecentar la vida.
 Tras largos minutos de argumentos, Marcela se relajó. Apoyó la cabeza en mi pecho con un gesto de coquetería.
 ―Esta bien ―asintió ―vamos a tener relaciones tres veces por semana, lunes miércoles y viernes, pero con la condición que compres otros dos espantapájaros.
  En el jardín dos aparatos electrónicos con forma humana emitían frecuencias de infrasonido para ahuyentar a los pájaros. La empresa que los producía recomendaba la inclusión de otros dos para cubrir todo el perímetro, ampliar la cantidad de especies y reforzar las ondas dirigidas a los gorriones, los más resistentes a aquellas señales. Arañas en Tropel los aprobaba y aconsejaba, ya que las aves serían el enemigo natural de las tarántulas.
―Entonces hablaríamos de una inversión de dos mil dólares. Sabes que hemos gastado cuatro mil en el tratamiento….
―A fin de mes puedo disponer de mil. Los retiraré de un fideicomiso que tengo con mi madre. Ya lo hablé con ella y me dio su cálido consentimiento.
 Discutimos hasta tarde. Por último asentí. Todo fuera por proteger a las arañas.
 4

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La primera noche preparé el néctar según las indicaciones que nos diera la médica: una parte de azúcar en dos de agua. La mezcla debía hervir hasta convertirse en un almíbar casi líquido que debía aderezarse con gotas de esencias de coco y vainilla. Marcela se encargó de brindarlo a las arañas. La observé a prudente distancia,. Los dedos blancos, finos, enfundados en guantes de látex, se movían con gracia junto a las bocas negras y babosas de los monstruos. Aquella visión me atraía y a la vez me repelía, aunque no me animaba a acercarme a los límites del círculo imaginario que trazara alrededor de las tarántulas.
 A la mañana siguiente, la doctora Lindsay Bart, encargada del tratamiento, se presentó con la provisión de comida para dos días. Ya no traía el uniforme, sino que vestía ropa de calle. La mujer explicó que las arañas eran dos ejemplares de Atrax Robustus, una de las especies más ponzoñosas del mundo. Un macho en la bota derecha y una hembra en la izquierda. Negras, azuladas, brillantes; medían cinco y ocho centímetros. El veneno, en condiciones normales, podría matar a un hombre por parálisis de los centros respiratorios. Desde los tacones de Marcela y tan sólo durante las caminatas, morderían unas almohadillas ubicadas en los talones. Allí, un delicado sistema controlado por ordenadores casi microscópicos, volcaría dosis milimétricas de ponzoña al torrente sanguíneo de mi esposa.
 ―Usted también va a convivir con los Soldados, señor Ignacio. Quiero conocer sus objeciones y dudas. Estoy aquí para responderlas. No debe quedar nada oscuro que luego genere resentimiento y rechazo a la presencia en su casa de estos seres celestiales.
―Doctora es poco lo que puedo decir. Antes que nada porque padezco de fobia a las arañas. Admití que Marcela realizara el tratamiento y mi única condición es que no me exijan tener contacto con los animales.
―Eso ya está concedido. Su esposa nos explicó todo. Ella se ocupará de la atención de los Soldados, por eso no debe inquietarse. Las jaulas en los tacones cuentan con un sistema de seguridad absoluto. Sólo por precaución, usted no puede tocar los pies de su esposa con las manos desnudas. Adelante, señor Ignacio. Le repito que hoy es el momento de responder a las dudas que pueda tener sobre nuestros queridos Soldados.
―Le confieso que cuando escuché hablar de Arañas en Tropel imaginaba que el veneno sería aplicado por medio de agujas hipodérmicas en un lugar que cumpliera con condiciones de esterilidad.
 La médica tomó un largo trago de jugo de fresas y en las comisuras de sus labios se dibujaron un par de bigotes morados.
 ―Usted describe lo que fueron nuestros primeros experimentos. Luego de numerosos fracasos, concluimos que lo único efectivo es la inoculación directa en el torrente sanguíneo del paciente por parte del Soldado. El sistema computado no altera en lo más mínimo el cuerpo sutil que recubre la toxina y las dosis exactas de micronutrientes. Esto es lo que se pierde por evaporación cuando pasa a una jeringa convencional. Marcela tiene en los pies un complicado laboratorio donde se aseguran las condiciones de esterilidad que usted menciona. Le dejaré material escrito con una descripción completa. Por su condición de ingeniero, quizá le interese conocer esta pieza de precisión, así como saber con exactitud la dosis de veneno que día a día recibe su esposa.
 Marcela seguía nuestra charla con expresión ansiosa. Ubicada detrás de la médica, de tanto en tanto hacía señas indicando que debía callarme.
 ―Tengo una objeción más La definiría como una preocupación ética. Ustedes afirman que las arañas son seres superiores, entonces no entiendo por qué las obligan a permanecer todo este tiempo encarceladas y sometidas a un fuerte estrés, sin posibilidad de salir de sus celdas. Creo que estos animales serían más felices en sus medios naturales…
 Las señas de Marcela eran desesperadas. La médica me interrumpió con voz firme y tono severo.
 ―Señor Ignacio, usted insiste en llamarlas arañas, pero para nosotros son Soldados, seres preparados con rigor para una misión de importancia Han sido ellos mismos quienes solicitaron ser encerradas en los tacones de las botas que la organización brindara a su esposa como parte del tratamiento. Son ellos quienes informan todos los días a su madre, nuestro Sol, del estado en que se encuentran. Han renunciado a su bienestar para servir a la humanidad.
 La médica hablaba con una seriedad absoluta, convencida que aquellas arañas eran seres generosos hasta la muerte. Tenía más objeciones, pero preferí no continuar.
 A partir de entonces, Marcela dedicó casi todas las horas de su tiempo en atender los animales. Les daba de comer saltamontes envueltos en gelatina, mientras entonaba las extrañas y guturales canciones. Otras veces, sentada al pie de la escalera, leía textos de García Lorca, Raymond Carver, Pablo Neruda, Nicolás Guillén y otros poetas.
 La clave del tratamiento era que caminara todos los días con las botas durante noventa minutos. Apoyadas en las patas traseras, las tarántulas inocularían el veneno en las almohadillas de los talones. Debía llegar a la sangre de Marcela en forma de microscópicas gotas que derrotarían el designio de la muerte, como pronosticaran en Arañas en Tropel.
 Leí el manual que me alcanzara Lindsay. En las arañas, todo era un símbolo. Desde el número ocho aplicado a las patas, que representaban rayos de energía, hasta el brillo de los ojos, que en parpadeos casi instantáneos, expresarían un complejo idioma paralelo al de los sonidos guturales. Miembros selectos de la organización podían escucharlo en aparatos de ondas especiales. Habría llevado años descifrar el lenguaje, pero ya disponían de un diccionario y una gramática de uso interno. En cuanto a las dosis del veneno, eran cifras despreciables comparadas con las que se necesitarían para matar a un adulto. Revisé estudios realizados sobre las Atrax Robustus en la Universidad de Harvard. Los mismos no consignaban los efectos de cantidades microscópicas como aquellas en los seres humanos.
 Tres veces por semana, Marcela debía cumplir jornadas de ocho horas en la sede de Arañas en Tropel. Como yo no recibiera la iniciación, no podía trasmitirme lo que hacía en esas reuniones.
 ―Mañana me corresponde llorar ―dijo una tarde al volver de uno de aquellos encuentros. En principio pensé que se refería a uno de sus accesos depresivos.
―Las lágrimas en el ojo izquierdo del Sol han aumentado ―aclaró ―La guerra de Irak ha retorcido sus entrañas con el alicate del dolor.
 Dos días atrás se había desatado una feroz contienda entre Irán e Irak. Al parecer, la interrupción de la paz y la cantidad de muertos, desataba la tristeza en esa enorme araña, ubicada en el centro de un círculo, que a través de teléfonos celulares guiaba los destinos de los fieles. A fin de aliviar al Sol, los miembros de la organización debían vivir su tristeza. Al día siguiente, Marcela vistió un pijama negro que no se quitó durante la jornada. Las canciones que entonaba a las arañas adquirieron un tono lúgubre; hizo sonar hasta el cansancio la Marcha Fúnebre de Beethoven y recitó diez veces los poemas “Prendimiento y Muerte de Antoñito el Camborio” de García Lorca y Elegía de Miguel Hernández.
 Cada uno de los miembros debía repetir en sus casas estas suertes de representaciones del sufrimiento. El resultado habría sido positivo, ya que al día siguiente, Lindsay anunció la reducción del caudal de lágrimas de la Araña Madre. A partir de entonces, Marcela repitió cada quince días la Jornada del Dolor, vistiendo de negro y hundiéndose en lamentaciones ruidosas y dramáticas.
 Al cumplirse cinco meses del tratamiento, la médica autorizó a mi esposa a caminar descalza en la casa. Debía recorrer tramos de diecisiete pasos, desde el dormitorio a la puerta trasera. Por último, se le permitió caminar siete minutos sobre la tierra húmeda, lo que debía conjurar el núcleo de la profecía. Las palabras de la adivina en la última visita habían sido: En caso que pise descalza la tierra, morirá de inmediato.
 Al volver a andar con los pies desnudos, la salud de Marcela mejoró día tras día. No ocurría lo mismo con el ánimo y con nuestra relación, pero yo confiaba en que al terminar el tratamiento, todo volvería a equilibrarse. Años atrás me había acercado a una escuela Budista donde escuché una frase muy simple, pronunciada por el fundador en el Japón del siglo XIII. Sonaba a perogrullada, pero en circunstancias como aquella servía para tranquilizarme. Debía repetirla veinte veces en la mañana, apenas me despertaba y recitarla como un mantra a lo largo del día:
Al terminar el invierno, siempre llegará la primavera.

 

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GOCHO VERSOLARI

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