Narrativa: La muerte y los pies desnudos – Mientras Marcela duerme.

 Mientras Marcela duerme.

Gocho Versolari

 
1
Luego de la advertencia de la profetisa sobre los diecisiete pasos, el ánimo de Marcela volvió a desequilibrarse. En las mañanas, adquirió el hábito de levantarse antes que yo. Al despertar, permanecía inmóvil, atento a los sonidos que llegaban hasta mí; ellos indicarían el tono emocional de mi esposa; el que definiría el resto de la jornada.
 
Las alternativas se reducían a tres:
 
1) Desde la cocina llega la voz de Marcela, cantando a capella algún tema de moda. Es la señal que ha despertado contenta; que me esperará con el desayuno preparado y que, de no tener pacientes de Podomancia, haríamos el amor hasta media mañana.
 
2) Siento que continúa en la cama, dándome la espalda, con las piernas encogidas hasta tocar el mentón con las rodillas. Mutismo hostil. Continuará hasta la noche.
 
3) La peor variante. Me despiertan los golpes de las ollas contra la cocina. Me asomo. Marcela seria; mirada torva. Sin saludar, me llena de reproches. Tono angustiado; lloroso; a veces las palabras tropiezan unas con otras. Pronuncia frases incomprensibles. (Algunas cobrarán sentido con el paso del tiempo). No es justo que deba hundirme otra vez en la siniestra oscuridad; Alguien me arrebató del océano donde llegan todas las cosas; No es bueno regresar a la muerte. ¡No es bueno y no quiero!.
 
Continúan reclamos desesperados; que saco la basura antes o después de tiempo; que no me esfuerzo en conseguir un perro o un gato como mascota para curar su malestar emocional; que no lavo los platos en la forma en que corresponde; que dejo mis huellas húmedas en la alfombra de la sala cuando regreso del parque; que no cubro el inodoro luego de orinar. Quejas clamorosas. Como las de Job interpelando al Creador por sus desdichas.
 
A veces, la tormenta de recriminaciones duraba hasta la noche o terminaba abruptamente una hora después del almuerzo. Desataba el cambio un comentario casual sobre el estado del tiempo o las circunstancias de un programa de televisión. Instantes después, Marcela solía reconocer su conducta agresiva; lloraba y me pedía disculpas.
 
Debo reconocer que en esa época, los días buenos compensaban los malos. Cuando la ganaba la euforia, mi novia no sólo cantaba y reía; a veces me remedaba colocándose mi ropa; en otras bailaba, se desnudaba al ritmo de un tango y siempre terminábamos con relaciones fogosas. El canto de la Nehnchimán, resonaba dentro y fuera de la casa.
 
Depender del ánimo cambiante de Marcela, me molestaba. Me repetía que era un período pasajero, resultado de la llegada de Sandra a nuestras vidas; de ambas profecías colgando de nuestras cabezas. Siempre creí que todo período oscuro es seguido por otro luminoso y repetirlo suele tranquilizarme en los malos momentos.
 La profetisa seguía instalándose en la ochava de enfrente de la casa, aunque ahora llegaba al atardecer, a veces cargada con portafolios pesados o mochilas. Invariablemente, vigilaba la casa hasta las primeras horas de la noche.
 dancing_queen_by_twilitesmuse-d4x9tvf
Algunas noches esperaba que Marcela se durmiera, apagaba la luz de la sala, me asomaba a la ventana y la observaba durante largos minutos. Las luces de la calle brillaban sobre los anteojos espejados  y mostraban su silueta entre las sombras. La presencia física de Sandra en aquella esquina era un enigma. Supuestamente estaba allí para controlar una posible transgresión de la norma que nos impusiera; en mi caso calzarme y en el de Marcela descalzarse. Pero la sibila podía leer pensamientos; conocer de un modo misterioso las cosas que estaban por ocurrir o que ocurrieran en su ausencia. Aquella vigilancia estricta no la habría ayudado demasiado para precisar la cifra total de pasos que diera mi novia con los pies desnudos; la caminata descalza ocurrió en la madrugada, en un horario en que no se encontraba allí.
Algunas veces me sentí tentado de cruzar la calle e interpelarla. Me lo impidieron mis propios pies. Cuando pensaba en Sandra, surgía de ellos un rumor de alerta; señalaba con claridad que debía apartarme de su camino.
En cuanto a Marcela, todas las noches contaba veinte minutos luego que conciliara el sueño. Entonces me sentaba en un banco pequeño al borde de la cama y desde allí esparcía por las plantas el líquido que me diera Dung. Al terminar, seguía masajeando los pies en los puntos de Reflexología relacionados a la tonicidad emocional. Con esto, procuraba modificar su ánimo mientras dormía y lograr que al día siguiente despertara con una actitud luminosa. Después, la observaba durante diez minutos sin tocarla. Contemplar el cuerpo inerte, escuchar su respiración serena me trasmitía un mensaje sin palabras que no encontraba en la vigilia. Otras noches seguía hasta eso de las tres con masajes y caricias a pies y piernas, que a veces llegaban hasta las ingles.
2
 Una noche, me incliné sobre el pie izquierdo para ver mejor un pequeño lunar cercano al talón. Entonces advertí a través de la planta, el brillo de la luna llena atravesando la ventana y las siluetas de la lámpara y la estatua de Venus en la mesa de noche.
Me restregué los ojos y me aparté. Volví a observar el pie de Marcela; tenía la trasparencia de un vidrio opaco. Lo tomé con suavidad y lo orienté en dirección a la ventana; a través de él se reflejó claramente el disco luminoso de la luna.
El fenómeno se producía en el centro y los bordes permanecían opacos como  un rosado marco. Me acosté junto a ella con mi cabeza cerca de las plantas para ver a través de los empeines. Era de suponer que de ese modo podría distinguir el banco donde acababa de sentarme. Mi vista tropezó con la piel blanca y con las uñas que mostraban la pintura levemente descascarada.
Volví a la planta. Tomé una foto con mi celular que registró el pie trasparente y los detalles de la habitación. Esperé cerca de una hora para ver si había cambios en el fenómeno. Finalmente, me acosté a su lado y quedé dormido.
Al otro día amaneció de buen ánimo. Hicimos el amor varias veces y la invité a almorzar en uno de los restaurantes vegetarianos de la autopista del sur. No podía decir lo que observara la noche anterior; de hacerlo, tendría que confesar mis maniobras y Dung me había pedido que las oculte para evitar una alarma innecesaria. Trataría de observar si el fenómeno se repetía en la vigilia. Procuré hacerlo en el momento que se quitaba las babuchas de uso diario, pero al colocarse con demasiada rapidez los zapatos minimalistas, no pude distinguir las plantas.
Era un miércoles y en el restaurante había poca gente. Mientras esperábamos la orden de espárragos caramelizados, una de las especialidades del lugar, Marcela se quitó el zapato, cuidando que su planta no toque el suelo. Luego apoyó el pie sobre mi regazo, como solía hacerlo. Narraba  con entusiasmo las alternativas de un programa de televisión; un Reality, que presentaba casos dramáticos con matices grotescos.
Antes que llegaran con la comida, dejé caer deliberadamente un tenedor debajo de la mesa. Con cuidado, tomé el pie de mi novia, lo apoyé en la silla y me agaché para recoger el cubierto. Al hacerlo, la planta quedó junto a mi cara. La miré, esperando distinguir del otro lado las brillantes vidrieras del restaurante, pero sólo vi la piel blanca, suave y ligeramente húmeda.
En la noche el pie se mostró absolutamente normal. Conservé la foto que tomara con el celular. Con ella constataba que no era una alucinación. El fenómeno se repitió a los cinco días, mucho más acentuado. La planta era totalmente trasparente y el perímetro del pie sólo un borde apenas visible bajo la escasa luz del dormitorio. Como la vez anterior, desaparecía del lado del empeine.
Durante varias noches la trasparencia se alternó con la opacidad y nunca pude descubrir la ley que regulaba su aparición.
 
3

lightness_by_heartz0mbie-d6cik6j (1)

 Frotar el líquido de Dung me llevaba poco más de cinco minutos. No había forma de saber si daba resultados, ya que Marcela, cumpliendo con la consigna de Sandra, no había vuelto a caminar descalza. Ante esto, mi vecino no podía examinar esas huellas a las que llamaba “La Red” para simplificar el complicado nombre vietnamés. El frotar las plantas de mi esposa noche tras noche se transformó en un ejercicio de relajación. La aplicación del líquido era un pretexto. Al terminar, disfrutaba mordisqueando los dedos. La piel inerte parecía exudar un extraño misterio, y participaba en él a través de las caricias. A veces el contacto me excitaba; podría despertarla, pero me contenía para los momentos en que mostrara un ánimo festivo, más proclive al sexo.
 
 
Una de aquellas noches, había terminado de pasar el líquido de Dung en el pie derecho, y mientras lo hacía en el izquierdo, dejé la palma de mi mano apoyada sobre la planta. De pronto, la temperatura de la piel aumentó y sentí un impacto parecido a la electricidad que me hizo retirarla. Volví a tocar, pensando que se trataba de una descarga estática, y percibí con claridad un puñado de sensaciones que de la planta, se trasmitían a mis manos. Convertidas en un extraño sabor ácido, bajaron por mi garganta y se multiplicaron en visiones súbitas, claras, llenas de color.
 
La que más se destacó fue la de un jarrón azul, con listas amarillas. Supe que era una imagen del sueño de Marcela; quizá un objeto de la infancia, vinculado a alguna emoción.
 
Al día siguiente mientras desayunábamos, hice referencia a los recuerdos de la niñez. Pregunté si recordaba objetos que vinculara a situaciones agradables, o desagradables.
 
Se interesó por el tema y habló durante un rato. Había pasado la infancia en el suburbio del pueblo donde vivía su madre. Mencionó las gallinas que entraban y salían libremente de la casa; diez muñecos y muñecas a los que recordaba uno por uno, con todo detalle; argumentos de telenovelas que miraba de niña; un reloj antiguo que estaba en la sala de la casa original. En ningún momento hizo referencia a jarrones o cuencos.
 
―Quizá alguna vasija —dije cuando hubo terminado —yo recuerdo que cuando era niño había en mi casa una tinaja grande de color azul y amarillo que mi madre usaba para colocar flores y que rompí en mi adolescencia con una pelota.
―Mi madre nunca usó vasijas —afirmó Marcela, y cambió de tema, refiriéndose a los planes de ese día.
 
 
Dos días más tarde fuimos a uno de los restaurantes de la autopista del sur. Una de las paredes mostraba la reproducción enorme de la Maja Desnuda. Nos sentamos junto a la imagen y bromee, ya que mi cabeza rozaba los genitales del diseño. Conversamos sobre el cuadro. Recordé que las mujeres nobles retratadas por Goya, eran todas entradas en carnes: en ese entonces la obesidad se privilegiaba como sinónimo de belleza, ya que se relacionaba con la obtención de comida, escasa para amplios sectores de la sociedad.
 
Aquella noche, en el momento de tocar el pie de Marcela, recibí la clara imagen del mismo cuadro. Fue tal la intensidad que reviví la impresión recibida en el restaurante.
 
Me sentí satisfecho. Era una experiencia que habíamos tenido juntos y que ella me trasmitía. En la vigilia, mientras desayunábamos la indagué sobre la pintura; al parecer no le había causado una impresión demasiado intensa y manifestó no recordar los sueños.
 
A través de las plantas desnudas y dormidas de mi novia, las visiones de objetos, paisajes y situaciones se repitieron. Desde cafeteras antiguas hasta otros cuadros famosos. En la mayoría de los casos ignoraba la procedencia y el mensaje no siempre me informaba del sentimiento que lo acompañaba.
 
Una noche, al tocarla como siempre, me vi a mí mismo en una lucha de Sumo. No podía ver el rostro de mi adversario, pero sentía que me tomaba del torso y apoyaba su mano en una zona de mi columna, cerca de la cintura. Pensé vagamente que aquello era una infracción, pero no hice nada por liberarme. Mi cabeza estaba por encima de su hombro derecho y entonces surgió de alguna parte la cara de Gladys, mi primera esposa. Me sonreía y hablaba, como explicándome algo, pero no podía escuchar sus palabras
 
El último novio de Marcela, de nombre Federico, era precisamente un luchador de Sumo. Ella no me había contado detalles de la relación, ni por qué se separaron. Me turbó un poco que mi novia tuviera en sueños esa imagen tan insistente.
 
Concluí que quizá las plantas trasmitieran mis propias fantasías o recuerdos. A partir de entonces, empecé a dudar de la veracidad de las visiones. La única probada era la del cuadro de Goya. Aún en ese caso, que parecía tan claro, continuaba la incertidumbre: los pies de mi novia podrían devolver mi propia percepción de la pintura.
 
 
4

caught_in_a_breeze_by_twilitesmuse-d4qjznf.jpg

Marcela inició los estudios de Podomancia a los dieciocho años. Primero hizo un curso de dos años y más tarde lo completó con seminarios y jornadas en varios puntos del país. Su madre y su tía no la estimularon. Sugerían otras carreras cortas que prometían una ubicación rápida en el mercado laboral. Mi novia insistió, empecinada, hasta convertirse en una experta en la lectura de los pies.
 En esa época, revisando una antigua librería, consiguió por muy poco dinero un grueso volumen editado en Inglaterra en 1810. Un verdadero incunable, que contenía la primera sistematización de los antiquísimos conocimientos de Podomancia, según aseguraba su autor, Rudolph Eric Macckenzie. El volumen se basaba en tradiciones orales recogidas durante tres viajes a Australia, África y el Potosí. Escrito en un ampuloso inglés del siglo XIX, contaba con cuatro mil páginas de grueso papel y medía más de un metro de largo por sesenta centímetros de ancho y cuarenta de grosor. Tuve que habilitar un pequeño cuarto cerca del ático, exclusivo para el libro. Compré también una pequeña mesa con ruedas para que Marcela pudiera transportarlo.
Contenía un estudio pormenorizado acerca de Angel flying around the cathedral (Ángel volando en torno a la catedral), es decir la configuración de líneas que en mis pies y en los de mi novia pronosticaran la muerte. A ese diseño, dedicaba una tercera parte del libro.
Desde el inicio de nuestra relación, Marcela me sugirió que profundice mis estudios de Podomancia. Al igual que el Tarot y otras artes adivinatorias, no estaban reglamentadas, por lo que ella podría enseñarme con sobrada eficacia lo que me faltaba por saber. Contestaba que sí, pero siempre postergaba la iniciativa.
Ahora, con el motivo de mis incursiones nocturnas en los pies de Marcela, consultaba el libro muy a menudo, en especial luego de la experiencia con las plantas trasparentes. En uno de los apéndices, Mackenzie hacía referencia a un caso en el que a través de los pies de una muchacha pudo ver el otro lado de la habitación, pero no precisaba las causas del fenómeno ni el significado adivinatorio. Seguí buscando y descubrí que el índice del libro no agotaba todos los temas. La redacción era bastante anárquica, quizá porque gran cantidad de datos llegaron tardíamente al autor quien los volcó sin orden en los apéndices Una nota al prólogo afirmaba que la obra era póstuma y quien la llevó a la imprenta nunca se ocupó de organizar los contenidos.
Cuando encontraba algo inusual en los pies de Marcela, tomaba una fotografía y descendía al sótano para consultar el libro. En mis investigaciones sobre sus plantas, observaba que algunos lunares, manchas o líneas desaparecían de un día al otro, por lo que debía estar atento. Aquel ir y venir me resultaba fatigoso y poco eficaz, por lo que pensé en disponer del volumen a mi lado para consultarlo.
A fin de no revelar los masajes nocturnos, afirmé que seguiría su consejo  de estudiar Podomancia. Para ello necesitaba trasladar al dormitorio el libro de Mackenzie. De ese modo también facilitaría sus frecuentes consultas. Ella asintió con cierta reserva. Me explicó que si bien tenía mucha importancia, era un libro engorroso para estudiar; que me convendría empezar con una buena introducción por un autor moderno. Insistí con el incunable.
―Empecé a leer a Mackenzie y me ha resultado interesante. Tener el libro en el dormitorio, además de convenirnos a los dos, me permitirá leerlo mientras duermes y consultarte con facilidad en caso que no entienda algo.
Ella terminó accediendo y tuvo que ayudarme a transportar el volumen. Alguna vez lo había pesado en la vieja báscula de mi abuelo. El resultado fueron treinta y cinco kilogramos, repartidos entre las tapas de cuero y madera; los anillos de metal que sostenían el lomo y las gruesas y enormes páginas.
En los días que siguieron, traté de concentrarme en lo que decía Mackenzie sobre los pies trasparentes, ya que el tema se mencionaba como parágrafo o capítulo en otros puntos del libro sin que figurara en el índice. Tuve que leer con paciencia más de trescientas páginas para encontrar otro par de referencias. En una de ellas afirmaba que el fenómeno estaba relacionado con los muertos, en quienes la carne se corrompe y sólo quedan los huesos que permiten ver a un lado y al otro. La tercer mención afirmaba que …otro sentido en el que se usa la expresión “pies trasparentes”, es cuando nos encontramos con un espectro que simula vivir; que se une a la existencia con toda la fuerza y se niega a marchar a la Alborada Celeste del Señor, que el vulgo conoce como “muerte” y que para el fantasma con sus pies invisibles, es una gruesa selva plagada de árboles oscuros como la noche.
Lo leí varias veces. Era uno de los tantos párrafos enigmáticos del libro. En ese entonces, me resultaba evidente que Marcela no era un espectro buscando la vida. Pensé que la selva a la que se refería, podría ser el propio libro voluminoso y anárquico, donde tendría que buscar con una paciencia total el sentido de mis visiones.
 walking_by_skomoroch-d3fd6hp

 

GOCHO VERSOLARI

 

 

 

2 Comments

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s