Narrativa: El largo camino de las cercanías – La moribunda 4 – Atrita y el doble del pasado.

 La moribunda 4 – Atrita y el doble del pasado

Gocho Versolari.

 

I

La mujer llamada Atrita, la que afirmaba estar al borde de la muerte, entró aquella noche en la cámara de la Cercanía.

La luz de mi palacio proviene de lámparas alimentadas con la esencia más clara del zumo de la oliva. Esto brinda a las cosas y a los seres una definida luz alrededor de cuerpos y de rostros. La orden emitida al principio de mi reinado a los que se ocupan de la ambientación del palacio, fue que dicho halo debía ser dorado. A tal fin el aceite utilizado en todas las habitaciones requería de tres destilaciones. Las mismas se realizaban en un  alambique de cuatro cuerpos ubicado en el segundo subsuelo del palacio. Un  águila y un intenso sol grabados en las paredes de vidrio,  trasmitirían el tono dorado a la destilación. El objetivo era que todos aquellos envueltos en la cercanía del Rey tuvieran las características del astro, del monarca del día. 

 

Cuando Atrita salió de la noche y entró al palacio, pude verla por completo. Mirada digna, como las mujeres del norte.  A pesar del protocolo, ella nunca bajó la cabeza ante mí. Yo tampoco se lo exigí. Ojos de un violeta oscuro, similar al aspecto del cielo tres puntos antes que llegue el crepúsculo. La túnica gris perla que la cubría, brillaba suavemente. Había recogido los cabellos con una tiara tomada de una planta espinosa que crecía en forma abundante en la zona de pantanos. Los pies desnudos eran pequeños y blancos. Noté una mancha de nacimiento con forma de araña sobre el empeine derecho.   La luminosidad que despedía el cuerpo al recibir la luz de las lámparas de aceite, no era dorada, sino de un plateado con matices azulados; la misma que observara cuando marcháramos en dirección a mi palacio. Atrita ocuparía la recámara anexa a la del rey,  donde mis concubinas y mis esposas soñaban con entrar. 

 

Llamé a mis doncellas que prepararon el baño ritual  en la tina dorada del palacio. Vertieron el agua recogida del deshielo en el manantial del norte, y calentada en la hoguera donde las piñas recogidas en el poniente establecían un fuego constante y penetrante. Las doncellas cantaron la canción que aprendieran de sus mayores. Estaba dirigida a esa mujer, y las notas lentas,    permitirían que aquella mujer llamada Atrita recuperara el aliento; que su corazón se ordenara en relación con el cielo. 

 

La desnudaron . El cuerpo era del color de la oliva cuando la ilumina el amanecer y la piel   parcía despedir aquel resplandor lunar. Hacia el final del baño, ordené a una de las sirvientas que retirara las lámparas de la recámara de la Cercanía. El resplandor que rodeaba el cuerpo de quienes estábamos en el lugar cesó con las sombras. Tan sólo el que rodeaba a Atrita,  plateado y níveo como las lajas del sur del reino, siguió iluminando el contorno de su silueta. 

 

Al terminar la cubrieron con gasas y colocaron ajorcas en muñecas y tobillos, tal como se hacía con una de mis esposas. Ella mantenía el silencio y el aire de dignidad. Procuraba que sus ojos no se cruzaran con los míos. Por primera vez una mujer no despertaba en mí una atracción física inmediata. En cuanto a ella, a diferencia de otras , no se esforzaba en satisfacerme. No agitaba las caderas, siguiendo la modalidad de seducción de las mujeres del pueblo. Tenía los ojos entornados, parecía mirarme, pero yo estaba seguro que su mente estaba en otra parte. 

 

― Me dijiste que estabas muriendo.

 

Asintió con la cabeza. 

 

―Mis palabras fueron que la muerte hablaba a través de mí. 

 

  La madrugada se filtraba como un líquido verde por las ventanas del palacio. Ordené que   despierten a mis médicos y en unos instantes se presentaron en la recámara real.  Pidieron a Atrita que se desnudara y que caminara  a lo largo de la recámara para revisar las señales de su cuerpo.  Descubrieron un total de catorce manchas de nacimiento, en barbilla, mentón, senos, muslos y rodillas. La más importante fue la que tenía forma de araña y que estaba grabada en su empeine derecho.  De los cuatro médicos, dos de ellos afirmaban que era una señal celeste, que representaba una constelación. Los otros dos aseguraban que era la prefiguración del magma que late en el centro de la tierra. 

 

Los médicos revisaron las pupilas, el color de la tez;   con un hisopo tomaron muestras de la traspiración de las axilas y se detuvieron en el pulso. Luego de medirlo en diferentes posiciones y durante un largo rato, me pidieron deliberar en otra habitación.  Pasamos a mi recámara y cerramos la puerta. Me senté en la mesa que servía para las reuniones de ministros, y los escuché discutir. 

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― Esa mujer debe estar muerta ― decía uno de los médicos ― El latido se llama patos que recorren las cercanías del estanque y sólo corresponde a los casos avanzados de agonía. 

 

El otro médico intervino. 

 

―Creo que está equivocado en relación al pulso. Lo que yo detecto son los Cascos del Ubuntu recorriendo las llanuras donde el sol nunca se pone. Esto no refleja un cuadro típico de muerte actual sino de muerte potencial. En otras palabras, la mujer está lúcida, pero la muerte trabaja y en cualquier momento puede fallecer…

 

La discusión tendía a prolongarse. Un grupo de médicos afirmaba que lo que veíamos no podía ser cierto. Que esa mujer era una suerte de Qahh; tal era el nombre que se le daba a los espectros en el sur del pueblo. El otro grupo de médicos afirmaba que la muerte podría producirse en cualquier momento. 

 

Hice sonar la campanilla anunciando que era hora que dejaran de discutir y llegaran a una conclusión. En mi carácter de Rey tenía la potestad de elegir entre los términos a pesar de no haber recibido la formación de médico. 

 

―De acuerdo a lo establecido en la cosmovisión de la dinastía, y como dijeran mis antepasados, lo que se observa, lo que se muestra en este mundo es lo real. De allí que me inclino por el galope del Ubuntu. Por la presencia de la muerte como una sombra que en cualquier momento podría hacerse actual. 

 

Al regresar, ella se había dormido.   En el sueño parecía más joven y fresca y tenía las mejillas estaban sonrosadas.

Los médicos concluyeron que debían regresar diariamente para medir los signos vitales. No indicaron medicación. Tan sólo unas perlas que contenían el rocío que caía sobre la hierba de la mañana. Me explicaron que aquello era parte de una terapia antiquísima que en algunos casos hacía retroceder la muerte. 

 

Me esperaban los ancianos asesores. Me explicaron que faltaba poco para el alba, que no había dormido esa noche y exigían que lo hiciera aunque se tratara de un par de horas. Desde niño me habían explicado que lo que el rey hacía en el sueño era más importante que sus tareas de la vigilia. Mi condición real era la encargada de detener a las bestias. Si alguna de ellas entraba en algún momento a la vigilia o se filtrara de alguna forma en el mundo diurno, se produciría una catástrofe. 

 

Las doncellas consagradas al descanso del rey, se presentaron y encendieron pebeteros dorados Dormí junto a la moribunda. En el sueño debí recorrer un desfiladero negro que se extendía en medio de paredes de roca viva. En el aire revoloteaban los Emonti, unos pájaros enormes,  que   en la noche adquirían cierta invisibilidad lejana. Sólo se los podía distinguir cuando estaban encima de la cabeza del soñante, dispuestos a devorar sus ojos.    De pronto el desfiladero terminó y por primera vez en aquellos sueños que mantenían desde mi infancia, una figura emergió junto a mí. Una figura que se puso de mi p arte. Levanto la espada que llevaba y en vez de atacar a los pájaros, dibujó con la hoja  complicados diseños en el aire. Lentamente vi como las aves, en un diseño oscuro, más negro que la propia noche, empezaban a marcharse. En pocos minutos habían desaparecido. La figura tenía la cabeza cubierta por una capucha y continuaba blandiendo la espada, trazando con la punta diseños que parecían ideogramas y que flotaban unos segundos en el aire de la noche para luego disolverse. 

 

Las aves siniestras desaparecieron por completo. Utilicé el recurso que me enseñaran desde hacía muchos años los ancianos de la corte: abrir las manos y esparcir un polvo, que, según decían, debía surgir en el sueño como una suerte de exudado de mi propia piel. El polvo tendió una cortina luminosa. Si alguna larva o una expresión diminuta de aquellas aves se filtrara por allí, podría verse enseguida La luz fue total. En el cielo del sueño regresaban las estrellas y la luna. Estaba por finalizar la noche, y un brillo glorioso se filtraba por el horizonte. 

 

Me acerqué a mi compañero de lucha. Le toqué la espalda pidiendo que se levante el albornoz, Lo hizo y en ese momento contemplé su rostro: era el médico del sur, el que vivía entre el pueblo y seguía sus costumbres. 

 

II

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Debes dejar la guerra convencional a tus generales ― se me dijo alguna vez ― a ti te corresponde concentrarte en la guerra de las noches. Recorrer ese paisaje que se encuentra en ti mismo, y al que te guiará el mapa que alguna vez trazaran los videntes del reino.

 

Así, en mi carácter de rey, lo que fuera hasta el momento una rama supletoria de enseñanza, se convirtió en la principal. Esta vez debí tomar seriamente todo lo relacionado con el mapa y con el enfrentamiento de los monstruos. 

 

Nadie te dará ayudará en tus enfrentamientos ― me dijeron otra vez ― Si esto ocurre, será porque han llegado a tu sueño tu doble del pasado y  tu doble del futuro reunidos en una misma persona. Sin embargo, ni tu padre, abuelo, bisabuelo ni las generaciones de la dinastía que llegamos a recordar nunca tuvieron esa suerte. El soberano que se encuentre con su doble, podrá regir sobre todo el universo. 

 

En el reinado de mi bisabuelo la dinastía había dado un giro. Se llama así al momento en que se hace necesario tomar todo el legado anterior y reformularlo, teniendo en cuenta el cambio que registra el hombre en todas sus formas, el cambio del pueblo y de los propios soberanos. Hasta los reyes anteriores a mi bisabuelo, todo era simple y claro. El códice que regulaba el protocolo de la corte era apenas un cuaderno hecho de piel de cabra en el que se trazaran con un cálamo los signos que establecían el protocolo de la vida real. Lo demás  era algo implícito; algo que todos conocían, pero que lentamente se iba olvidando. En esa época fue escrito el códice que llega al actual, es decir los veinticuatro libros que descansan en el salón central y la copia que se encuentra en el segundo subsuelo del palacio. 

 

Mi bisabuelo confiaba que en su vida se presentaría el cuádruple, es decir aquel que estaba por encima de los otros tres, que lo representaba, que era él mismo, pero que podía ver lo que estaba más allá del tiempo convencional, el que se repite una y otra vez por designios cósmicos. El que sería capaza de unirse a él brindándole no sólo la inmortalidad, sino la sabiduría absoluta, la que le permitiría gobernar el reino con una sola mano. Era lo que los augures llamaban en un plano ideal La Unión de los Tres Perfumes. Es decir las particularidades de cada uno de los ciclos que se reunirían en un monarca absoluto. Aquello era algo muy difícil, pero era de suponer que mi bisabuelo había estado cerca de lograrlo. Su diario es otra obra que data de ese período y que cuenta con trece tomos. A los veinte años, cuando recibí mi segunda entronización como emperador, luego de la guerra total, debí estudiarlo por completo. 

 

En el tomo trece, donde mi bisabuelo se refiere a su propia muerte, hay una serie de pasajes muy extraños. “Aquí está él ― dice el escrito ― ha llegado a mi recámara y me observa con mis propios ojos” En este punto el texto está corrupto y es difícil de establecer el contenido. Sigue más adelante. …lo que me propone es inaceptable. Deberé pensarlo, pero no puedo acceder. No sé si mi negativa detendrá la unión de los tres perfumes. Es una propuesta que no puedo llegar ni siquiera a pensar. El trono mismo, la dinastía, todo se derrumbaría en un año…”

 

Aquí terminaba el diario de mi abuelo. Los estudiosos especializados en los documentos de la dinastía que se ocupaban de desentrañar el sentido, no se ponían de acuerdo. Algunos señalaban que mi abuelo en el último año de su vida, padeció el delirio del cuervo, en el que la realidad se ve penetrada por los sueños y le impide diferenciar acabadamente el mundo de la vigilia. La realidad inmediata sería una alucinación,  una sombra sin consistencia a la que quizá confundiera con su doble. 

 

Otro grupo de asesores, en cambio, señalan que la continuidad del diario, establece que mi abuelo no padecía de ningún delirio en el momento de escribir aquello. Las entradas anteriores evidenciaban que mi abuelo se refería a cosas cotidianas con toda la lucidez. Tan sólo una de ellas escrita una semana atrás, afirmaba:

 

Esta noche se ha presentado por primera vez. Nunca vi un manejo de la espada tan total, tan perfecto. Detenido en el desfiladero de los colibríes negros, tomó mi nombre en su mano y con él venció a tres dragones serreños que nunca más volverían a presentarse. 

 

Este pasaje evidenciaba que mi bisabuelo habría recibido por fin a su doble del pasado y que en el moento de establecer la unión de los tres perfumes, de concretar en un solo ser las tres existencias, se habría encontrado con una condición que  sería imposible de cumplir. 

 

  • ¿Cómo puedo encontrar a mis dobles? ― pregunté entonces a mi consejero más inmediato.

 

―Tú estudiaste el diario de tu abuelo . Te llevó un año sumergirte en los textos obscuros. Yo sólo puedo repetirte lo que él apunta cuando llega al año treinta y uno del reinado: al doble no se lo puede encontrar. Es él quien debe buscarte. Es él quien debe presentarse. Cuantas más cosas hagas para que el doble llegue, más se alejará. Limítate a cumpir con tu dhiva, es decir  el deber de tu acción de rey y en cuanto a lo demás, deja que se manifieste. 

 

4

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―Deberás encontrar al médico que vive en el pueblo. Duerme al sereno en la zona sur y atiende a los enfermos y a los moribundos. Sin herirlo, le pedirás que se presente ante mí y lo escoltarás personalmente.

 

Esa fue la orden que en el día del Águila, en el inicio de la hora primera, di a mi edecán. 

 

En el primer tramo de la hora el médico fue presentado en las instalaciones reales. Antes de abordarlo, lo observé por un visor secreto. El hombre, de edad indefinida, tenía los cabellos muy blancos; en distintas partes de su rostro se agolpaban pequeñas manchas de color rojo. De acuerdo a la fisognómica que aprendiera con mis maestros para determinar el aspecto de un hombre, en él predominaba un temperamento sanguíneo.  Según los estudios de la zona , los habitantes eran morenos. El tono de la piel era blanco, por lo que era de suponer que no habría nacido allí. 

 

  La camisa con el cuello redondo y los pies sin calzado, eran propio de los campesinos de la zona de quienes pretendería copiar los hábitos. Mostraba cierta coloración en el cuello, lo que indicaba la ausencia de ciertas frutas que crecían en el este del reino.

 

Cuando me vio entrar a la estancia donde se encontraba, se arrodilló de inmediato. Me acerqué a él y yo también me arrodillé. Si bien tenían la orden de no hacer ningún gesto ni de pronunciar ninguna palabra, advertí el aire sorprendido de los dos edecanes que estaban presentes. 

 

El médico me miró con ojos profundos. 

 

  • Tú eres el monarca que más poder tiene dentro y fuera de tu reino. ¿Por qué te arrodillas ante mí?

 

Porque eres el primero que ha tomado sobre tu espalda mi lucha de la noche. 

 

El hombre bajó la cabeza. Sin abandonar mi posición, hice un gesto a los edecanes: debían retirarse. Antes que se fueran, cuidé que vieran un segundo gesto en el que levanté mis dedos a la altura de los ojos. Aquello indicaba que deseaba quedar solo con el hombre. Casi siempre en mis entrevistas, con reyes de otros reinos, una pequeña escolta permanecía en otra habitación, dispuesta a intervenir ante cualquier ataque. Era la primera vez, no sólo en mi reinado sino en el de mi dinastía, que quedaba a solas con alguien. Vi alarma en el brillo de los ojos de los edecanes. No sólo era la soledad con aquel hombre, sino que yo me encontraba de rodillas frente a él. No sólo era la insólita sumisión del rey, sino el peligro que eso representaba. Un hombre de rodillas, estaba indefenso. No podría llevar la mano a su espada. El interlocutor tendría disposición de todas las armas si el visitante quisiera iniciar un ataque. 

 

―Es mucho lo que se dice sobre el desconocido que llegaría a alivianar mi esfuerzo de todas las noches para evitar que las bestias de las sombras lleguen al pueblo. 

 

Me puse de pie. Sabía que mi guardia personal desobedecería mi orden. Mejor dicho que la cumplirían en el sentido de no instalarse en la habitación vecina, pero había una recámara oculta en la parte baja del minarete que se levantaba encima de la recámara.

 

―Debes decirme quién eres.

―Mi nombre es Yusu, sabes que soy médico, que atiendo a la gente del pueblo y vivo entre ellos como uno más. Soy tu súbdito, Rey.

―¿Sabes de lo que te hablo? ¿Recuerdas el momento en que venciste a los Emonti?. Caminé hacia ti, observé tu rostro y eras tú. Con esto se ha cumplido una profecía que me hicieron desde niño. Dime lo que quieres y te lo concederé.

 

Esto último tomó de sorpresa al hombre.

 

―¿Por qué me concederás tus beneficios? ¿Por haber participado en uno de tus sueños? Parte de mi capacidad como médico consiste en advertir cosas ocultas, en conocer lo que los demás desconocen. 

 

Señaló con un gesto la recámara del águila.

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―Allí hay una mujer llamada Atrita. Hace dos días que se encuentra. No sólo me has hecho venir para brindarme tus favores, sino porque me pedirás que la revise,. Te diría que comencemos por allí. Por mi función de médico. Lo más inmediato. 

 

El hombre se incorporó con cierta dificultad. Aquello indicaba dolor en varias partes  de su cuerpo. 

 

Entramos a la habitación secreta. Allí Atrita dormitaba. Me acerqué a ella y la desperte. 

 

―Ha llegado otro médico. Él te revisará. 

 

Era la hora primera cuando el médico comensó su revisión. El tiempo avanzó pesadamente. Los tramos de la hora se fueron sucediendo. Al iniciar el estudio llamé a mis criados y el médico les pidió todo tipo de elementos, desde unos canutos para revisar las orejas, hasta agua caliente para asperjar por diferentes partes del cuerpo de la mujer. Al revisarla, el rostro del médico no mostraba ninguna emoción. La hora primera estaba por terminar. Ya la tarde había avanzado y a lo lejos escuché ruido de cabalgaduras: los soldados terminaban de hacer sus ejercicios. Fue entonces cuando el médico se quitó los elementos que había utilizado y me hizo una señal. Tenía el espejo en su mano. Me pidió que me acerque. Conocía aquel recurso: los médicos colocaban junto a los ojos un espejo para revisar las pupilas. El cristal mostraba una línea de reflejos complicados que    permitía determinar el estado de la mente y el cuerpo del paciente. Me incliné sobre el azogue. Al principio lo que vi fue las pupilas de Atrita. Poco a poco distinguí un perfil. Era el de un hombre. La silueta se observaba en ambos ojos, y en particular en el derecho. 

 

―¿Lo reconoces? ― preguntó el médico. Rostro aguileño, nariz levemente torcida hacia delante. La expresión campeaba en el pasillo del norte del palacio, en los frescos que reflejaban los rostros de mis antepasados. 

 

El médico me hizo otro gesto. Quería hablar conmigo a solas. Volvimos a la recámara. 

 

―Es cierto lo que te dijo. La muerte habla a través de ella. Las voces de la muerte tienen distinto espesor, En este momento se limitan a un hablar medio. De todos modos no es lo más importante. Los médicos de la corte se centrarán en estas voces de la muerte. Te confieso que a mí no me interesan. No me interesa tampoco el momento en que esta muerte se hará efectiva. Lo que me preocupa es la vida de la mujer. Si no ha muerto hasta el momento es por alguna razón que se relaciona contigo. Creo que no lo has reconocido, pero el rostro que viste en sus pupilas  era el tuyo. 

 

―Médico, dijiste que todo debiera empezarse por el principio. No contestaste a una pregunta que te hice. ¿Quién eres tú? No me interesa tu vida inmediata, tu actividad en el seno del pueblo. Te pregunté por tu nombre y linaje y he sabido que respondiste con certeza. Lo que me importa es tu realidad profunda. Lo quiero escuchar de tus labios. 

 

Algo había cambiado en el hombre. El tono de su piel se había hecho más uniforme. Los labios eran diferentes. El cabello había tomado otro tono. A veces ocurría que en mi recámara, los matices de luz que llegaban de la venana produjeran un cambio. Sin embargo, cuando habló, noté que la voz también había cambiado.  Era tonante, como la de alguien acostumbrado a mandar. 

 

―Debes abandonoar una convicción equivocada. La relación que establecimos no es algo personal. No es que el rey en su afán por cumplir con el axioma Todo que sube debe bajar, haya descendido al pueblo y de pronto decidiera iniciar una amistad, o en el caso de la mujer, haya decidido tomar una concubina de las clases más bajas y llevarla a la recámara del águila. Lo que el rey cumple es parte de voces antiguas, de dictámenes que llegan de lo profundo del tiempo. En un hombre del pueblo sus acciones pueden ser casuales. En el caso del rey, nunca lo son. Llama a tus escribas y prepara tus sellos. Lo que voy a decirte no puede quedar entre los dos. 

 

Obedecí. Las palabras del hombre parecían cerrar círculos en el ambiente del cuarto. Llegaron los escribas. Mantuve a los guardias, con las armas bajas, pero atentos a lo que ocurría. En el hombre seguían produciéndose los pequeños cambios. La voz, los ojos; ya no era el tímido y amable médico de pueblo que había llegado. Cuando los escribas estuvieron listos para trazar las palabras que pronunciaríamos, el médico volvió a hablar. 

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  • En este cuarto hay algo más que un médico o un rey. El médico es el camino, el canal que se abre para que dos fuerzas se encuentren. Llego de lo profundo del pasado. Atravieso abismos incontables para arribar a este cuarto, para mantener este diálogo. Acabo de revisar a la mujer que está en la recámara del águila. La pregunta no es cuándo morirá, sino más bien por qué aún no lo ha hecho. Qué la retiene. La respuesta está un dedo y medio debajo de su ombligo, donde la sangre se agolpa antes de llegar a la vejiga. Ella ha anticipado mi llegada y allí guarda otra profecía que aún no ha soltado. Apenas lo haga, su vida no se prolongará más de un día completo con todas sus horas. 

 

―¿A qué profecía te refieres?

―No puedo saberlo. Es una profecía que está madurando, que crece en su sangre. Ni ella lo sabe. Cuando la profiera poco importa que sepa o comprenda sus palabras. Alguien utilizará su boca para hablar. Entonces la muerte tocará a fanfarria en todo su cuerpo y avanzará incontenible. 

―Algo que te quiero preguntar Deseo que me respondas por sí o por no. ¿Eres a quién estoy esperando? ¿Eres mi doble del pasado?

 

El hombre había cambiado. En cierto sentido seguía siendo el médico anciano, con el rostro quemado por el sol. Los pies descalzos estaban levemente cruzados unos sobre otros. Tenían la misma consistencia rugosa de pisar los ásperos suelos del reino. Pero había un dejo de nobleza en todo él. 

 

―Hay una vida en común. Una vida tuya y una vida mía que se desarrollan en tiempos muy remotos. Ahora mismo estoy en esta recámara ocupando el lugar que tú tienes. Soy yo quien sostiene mis elementos de poder. Siento el peso de la corona sobre mi frente y me molesta la herida que me hiciera en el pecho a los veinte años cuando mis mentores me formaban en los combates. En el medio está el anciano médico, al que también visitó la muerte, la que anda revoloteando por su higado pero que no se irá hasta que todo haya sido aclarado. 

―¿Todo aclarado? ¿Hay más cosas por establecer? 

―Aquí también está la mujer moribunda. La que habla a través de la muerte. De ella también estoy esperando la profecía. Sé tanto como tú. La bendición de ambos consiste en encontrarnos.

―Desde niño se me dijo que cuando me encontrara con mi doble, seríamos un ser indestructible. 

―Yo también recibí la misma información. Quizá sea así. Quizá haya que esperar a partir de nuestro encuentro. 

―Démonos el vasallaje según la antigua ley. Yo seré tu vasallo y tú serás el mío. Es una forma de unirnos. 

 

Todo se dispuso para el antiguo ritual que mis generaciones  establecían cuando dos hombres unían su vida y haciendas, cuando formaban un parentesco; cuando abolían barreras y apuntaban a ser uno solo. 

 

El hombre se arrodilló frente a mí, colocó sus manos en las mías y realizó el juramente en el idioma de los antepasados. Luego me incliné hacia él y lo besé en la boca. Tenía un leve sabor a fresas de las que crecen en los canteros del sur. A continuación me quité el calzado y fui yo el que me arrodillé, colocando sus manos en las suyas. El hombre se inclinó y me besó. Cuando lo hizo sentí en su lengua sabor a tierra húmeda. Por un momento reviví un ritual de pasaje que todo rey debe atravesar y que en mi caso debí cumplir a los veintiun años. Fui enterrado durante todo un día. En el cementerio del este. La tierra tenía el mismo sabor que la lengua de mi doble del pasado. 

 

Entonces llamamos a los augures. Ellos señalarían lo que faltaba para completar nuestra unión. Habían estudiado la situación recabando datos cuándo ocurriera nuestro encuentro: como se encontraban ese día el cielo, la tierra y el aire.  

 

GOCHO VERSOLARI

 

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