La muerte y los pies desnudos – Los diecisiete pasos y la profecía de la muerte.

 Los diecisiete pasos y la profecía de la muerte

 Gocho Versolari

 Marcela ha recibido de la profetisa Sandra, quien representa a la muerte, la orden de que nunca debía quitarse los zapatos. Si alguna vez llegaba a caminar descalza, fallecería sin remedio. Por un accidente, Marcela camina descalza diecisiete pasos, de la cama al baño. ¿Qué ocurrirá? ¿Bastará esta inocente marcha para matarla? En caso afirmativo, ¿será una muerte súbita o demorada?. En una sociedad centrada en el cerebro y en sus logros, olvidamos los pies, sin saber que en ellos está nuestro destino.

1
Las ocho horas que Sandra permaneciera en la casa, nos parecieron poco más de diez minutos. Al repasar lo ocurrido, mis recuerdos iban del ritual que la profetisa intentaba cumplir, a la extraña ensoñación en la que me veía llamando a gritos a Marcela; implorando a alguien que no recordaba, pero que no era Sandra, que le permita vivir. Cuando descubría su cadáver en un lugar agreste y desconocido, algo me obligaba a regresar y entonces comprobaba con alivio que seguía viva.
 
En las semanas que siguieron a la llegada de la profetisa, mi novia se mostró ausente, pensativa. Decía hallarse en un espacio al que había bautizado con el nombre de Moromusa. Cuando salía de la apática tristeza, explicaba que era un sitio donde la lluvia es constante y hay una tiniebla que hace languidecer el alma.
 
El lenguaje afectado de Marcela tenía su historia. Ella nunca conoció a su padre. Doña Hilaria, su madre, debió trabajar todo el día. La niña acudía a la escuela por la mañana. Por las tardes se sentaba frente al televisor con un pote de cereal azucarado, y durante horas veía telenovelas. Eran mi única compañía ― explicaba ― Ellas fueron la familia que nunca tuve. Pudieron perforar mi soledad. El lenguaje artificioso de las series se hizo un hábito. La acompañó en la adolescencia, en la juventud y nunca lo pudo abandonar.
 
Con el tiempo, Doña Hilaria consiguió un mejor trabajo. Una de sus hermanas tuvo un matrimonio ventajoso y se ofreció a ayudarlas. Gracias a esto, Marcela pudo cursar la escuela secundaria y un par de años de universidad, pero según me confesara, el lenguaje lleno de tópicos era lo único que le daba seguridad. La adolescencia fue solitaria, ya que los compañeros se hartaban de aquellas expresiones. Muchas veces me dijo que se consideraba un junco solitario en medio de una laguna y afirmaba que el haberse unido a mí, nos convertía en dos juncos dispuestos a soportar los céfiros de la clemencia y la inclemencia.
 
Los días que siguieron a la llegada de Sandra, resistí la tristeza, el mutismo y hasta las agresiones de Marcela. Eran una reacción frente a la amenaza de la profetisa y tenía la convicción que en algún momento mi novia volvería a ser la de antes. Me preocupaban más otros cambios que para el resto de la gente podrían resultar despreciables. Cuando Marcela pasaba por debajo de la escalera, siempre tropezaba con el pie izquierdo, ya que por un defecto de la construcción, la pared estaba inclinada hacia adentro y estrechaba el espacio. Desde la visita de la profetisa, el traspié lo daba con el derecho.
 
Al sentirse nerviosa, la ceja izquierda se agitaba con un latido casi imperceptible, pero desde la noche de la profetisa, había dejado de hacerlo. Después de observarla con atención, descubrí que el movimiento se había trasladado al mentón. En forma compulsiva lo giraba hacia la izquierda, repitiendo lo que fuera el tic del entrecejo.
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A veces Marcela me miraba con expresión urgente y agitaba tres veces la mano izquierda antes de anunciar alguna novedad cotidiana, como el estreno de una película o el llamado de su madre. Desde la última visita de Sandra, sacudía la mano derecha en vez de la izquierda y repetía el movimiento hasta tres y cuatro veces. Luego me miraba con expresión interrogante y se marchaba de la habitación. Los primeros días la seguí, reclamando las palabras no pronunciadas, pero se encogía de hombros afirmando que ya lo había olvidado.
 
Poco antes de su cáncer, algo similar había ocurrido con Gladys, mi primera esposa. Adelantar una mano y no la otra; rotar la cabeza con cierta inclinación; cerrar el ojo izquierdo o el derecho. Una revolución en los pequeños hábitos. Con disimulo y utilizando un sextante eléctrico, medí los ángulos de las extremidades mientras realizaba algunos de aquellos gestos. Luego los volqué a una tabla comparativa y calculé las variantes. En ese tiempo, Ambrosio, el abogado del grupo, era mi confidente y solíamos encontrarnos en el selecto café de la Avenida Watson. Preocupado, yo describía los cambios casi imperceptibles de Gladys; mostraba a mi amigo los resultados de las mediciones y terminaba mis cuitas afirmando que me sentía frente a otra mujer. Durante varios días, Ambrosio me escuchó con paciencia ansiosa, hasta que una tarde estalló.
 
―Ignacio, me hablas de los pasos de Gladys, de los gestos a un lado y al otro; te preguntas si su cabeza mueve el cuello o el cuello su cabeza. No dices qué la emociona; si ha llorado; si está alegre o infeliz. Preocupado por el movimiento de la mano izquierda o la derecha, dejas pasar lo más importante de la vida.
 
No contesté a aquel reproche. No quería discutir. Desde ese momento no volví a referirme a los gestos de mi esposa, aunque continué utilizando el sextante y apuntando los cambios. Luego, ante la enfermedad y la muerte de Gladys, supe que esos detalles fueron las señales de la tragedia. Gestos desdeñados, ignorados, son el lenguaje con el que el cuerpo pretende expresar situaciones inquietantes que en algún momento, aún cuando sea tarde para todo, mostrarán la luz.
 
2
En las semanas que siguieron luego de la visita de Sandra, observé a Marcela con una atención casi obsesiva hasta comprobar que aquellos cambios no se traducían en circunstancias graves. Un mes después de la llegada de la profetisa, pareció mejorar. Abandonó Moromusa y retomó la atención de los pacientes. Yo volví a mis sesiones de lectura, a las caminatas descalzas por el parque y a las sesiones maratónicas en la orilla del río.
 
De vez en cuando iba a la casa de mi vecino, el vietnamita Dung para beber té de jengibre preparado en el samovar o comer pasteles orientales envueltos en hojas de maíz. El anciano, miembro de los comités de oposición al Comisario Venancio, guardaba para mí folletos de propaganda en contra del policía y su gobierno. El alcalde se perfilaba como un dictador populista y demagógico y aspiraba a la gobernación del estado y a la presidencia. En esa puja por el poder, recibiría el apoyo de importantes mafias del narcotráfico.
 
En otra de las charlas, mi vecino explicó que los últimos días que viera descalza a Marcela, había evaluado la huella sutil que dejaran sus pies. La llamaba “Red” o “Dragón de la tierra”. En ella, mi novia exhibiría “los colgajos de la muerte” en forma de residuos negros en la base y de unas extrañas cabezas. Ese último detalle no lo entendía con claridad. La impronta sólo podía ser distinguida por Dung y el anciano no encontraba las palabras precisas para describirla. Lo importante era que, para quien supiera interpretarlas, expresarían la totalidad de la persona, esperanzas, deseos, aversiones y hasta el propio destino.
 
Desde la visita de la muerte, Marcela iba siempre calzada y el anciano no podía observar la evolución de las brillantes huellas. En la visita, me dio un pulverizador con el que debía esparcir un líquido gelatinoso en sus pies mientras dormía. Por su carácter impresionable, indicó que no convenía mencionar las raíces oscuras que encerraban aquellas improntas.
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Noche a noche esperaba que mi novia conciliara el sueño y entonces empapaba sus plantas con la solución. En los días que siguieron, no pareció haber muchos cambios. Cuando hacíamos el amor, su pasión no menguaba, pero ya no cantaba como la antigua ave oriental que emigra de China al Tibet. Se limitaba a lanzar gemidos convencionales que con los días se transformaron en jadeos y luego en gruñidos informes. No afectaban mi deseo, pero confieso que extrañaba el canto armonioso que siempre acompañaba a un tibio diluvio de fluidos lloviendo sobre mi pene.
 
Cuando los pequeños cambios en los hábitos corporales de mi novia no se tradujeron en desastres, lo atribuí al líquido de Dung con el que noche a noche seguía frotando sus pies.
 
 
 Se acercaban las fiestas del final del año y los vecinos de la vivienda lindera habían acumulado fuegos de artificio en un pequeño galpón ubicado en la periferia del amplio jardín. Una semana antes de Navidad, se encendió una mecha, y todo explotó. El aislamiento de los fuegos y lo escaso de la provisión, redujeron los daños a la quema total del refugio y parte de una cerca. Las llamas no se extendieron a las casas. Ante el estrépito, los vecinos despertaron y al poco rato se formó una pequeña multitud ansiosa de ver lo que ocurría.
 
Marcela siguió durmiendo sin escuchar los estallidos atronadores, las sirenas de las autobombas o los gritos de los bomberos. Recién al otro día se informó, asombrada, del accidente.
La intensidad del sueño de mi novia había aumentado desde la llegada de Sandra. A veces la observaba mientras leía o escuchaba música. De pronto el cuerpo se aflojaba, cerraba los ojos y caía en un sopor similar al desmayo.
Frotar sus pies y acariciar el cuerpo inerte, generaba en mí un placer espiritual. Si bien a veces las caricias me excitaban, lo sensual no era lo más importante. Disfrutaba al ver el rostro dormido de mi novia. En esos momentos no mostraba el rictus de sufrimiento que la acompañara desde la profecía. Otras veces tomaba una de sus manos y la pasaba por mi rostro, mordisqueaba con suavidad los dedos de los pies o revisaba sus cabellos durante un largo rato.
 
 
 
3

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Uno de aquellos días, fui a ejercitarme a la orilla del río. Corrí cuarenta kilómetros, la cifra establecida para una maratón y llegué más cansado que de costumbre. Me bañé y cené pollo asado con ensalada que Marcela había preparado. No quise dormir sin dejar de empapar los pies de mi novia con el líquido que me diera Dung. Esperé que conciliara aquel sueño aplastante, quité las gruesas medias rojas con suelas de cuero y me limité a frotar empeines y plantas. Esa noche no realicé el masaje al resto del cuerpo. Rendido, me acosté a su lado y me dormí de inmediato.
 
 
Un sacudón de Marcela me hizo regresar del sueño. Al abrir los ojos, la vi despeinada, con expresión de espanto.
 
―Caminé descalza! — afirmó con tono de terror. Aquello me terminó de despertar.
―¿Cómo dices?
―En la madrugada sentí deseos de ir al baño. Estaba mareada, entonces me levanté y caminé. Recuerdo que al acostarme me había puesto las medias, pero quizá me las quité dormida. Lo cierto es que estaba descalza y cuando me di cuenta, ya había llegado al baño. Estoy helada de espanto.
 
Al regresar al dormitorio, encontró en el closet unas viejas chanclas mías. Por diez metros, sus plantas habían tocado el piso. Comprendí que yo tenía la culpa: mientras dormía la había descalzado para aplicar el líquido. Al terminar, vencido por el sueño, olvidé colocar las medias en sus pies. No lo dije. De hacerlo, debía confesar mis incursiones nocturnas, el masaje mientras dormía y en especial la existencia de la red y los colgajos de la muerte
 
Me levanté y examiné el lugar. El espacio que Marcela recorriera, estaba cubierto por una espesa alfombra roja y los mosaicos del baño eran de vidrio grueso y trasparente. Las palabras exactas de Sandra habían sido: si los pies de mi novia tocaban la tierra, moriría sin remedio. Ahora comprendíamos lo impreciso de aquella frase. Aunque limpiáramos, en toda superficie quedaba una película de polvo, es decir, de tierra. No preguntamos a la profetisa si la condición se aplicaba a pisar el suelo de una casa.
 
―Tu situación es más clara —dijo ella con desconsuelo —Si cubres tus pies de la forma que sea, morirás. Deben estar en contacto con el piso, pero en mi caso cuando habló de la tierra no sabíamos a lo que se refería: polvo, mosaico o nuestra gloriosa y amante madre tierra.
 
La profetisa tampoco especificó si la muerte se produciría de inmediato o si las pisadas desnudas serían el preámbulo de un fin que llegaría en forma gradual. Otra vez surgió la posibilidad de un fraude. Marcela acababa de caminar descalza a los veinte días del augurio y no había muerto de inmediato, como dijera la amenaza.
 
―Es posible que esta mujer haya mentido con total desparpajo y alevosía — comentó ella —pero no me animo a seguir probando la falsedad de sus palabras.
 
Me levanté dispuesto a preparar el desayuno. Mi novia pidió omelet de espárragos. Preparé dos y puse a hervir café. Disponía de varios paquetes de achiras. Las había descubierto tres años atrás en un congreso internacional de Barefooters en Bogotá y me apasionaron. Al regresar, las hallé en una tienda local que vendía productos extranjeros. Me gustaba verlas flotar en el café caliente, masticar la consistencia crocante y sentir la mezcla de los sabores salado y agridulce.
 
Cuando terminamos de desayunar, examiné otra vez el trayecto que Marcela recorriera descalza. En la pequeña alfombra de goma del baño, descubrí la huella desnuda y húmeda. Ella se acomodó en un sillón de la sala. Volví a preguntar si se sentía bien.
 
―Me siento mejor que nunca. Quizá Sandra sea un fraude. El tiempo lo dirá.
 
La sala estaba iluminada por la lámpara de pie y me dispuse a levantar la cortina. Estaba construida con madera reforzada y un sistema automático la activaba por medio de un interruptor. Demoraba un minuto completo en elevarse. El mecanismo evitaba que pudiera ser violentada y a la vez mantenía la integridad de las varillas y el complicado sistema de soportes.
 
 Cuando la gruesa cubierta de madera empezó a moverse, advertí un objeto pegado en el vidrio. Al principio me pareció un insecto gigantesco, pero a medida que la cortina subía, pude ver la imagen enorme de un rostro humano en dos dimensiones. La nariz oprimida contra el cristal, y a los costados las palmas, blancas por la presión. Reconocí los anteojos espejados. Eran las facciones de una gigantesca Sandra que, con gesto desesperado, intentaba mirar hacia adentro.
 
Al ver aquello, Marcela lanzó una exclamación de terror y corrió al dormitorio. Del otro lado del vidrio, el rostro se hizo más pequeño, como si se hundiera en un pozo y la cara de la profetisa giró hasta recuperar las dimensiones normales. Abrí la puerta que daba a la calle. Al verme, Sandra se apartó del vidrio, retrocedió y levantó los brazos en un ademán de protegerse.
 
―No golpear, por favor, no golpearme…
 
Tenía los labios curvados hacia abajo y encogía el cuerpo, aguardando mi castigo. Una emoción inesperada llegó desde mi vientre. La mujer me pareció risible; despreciable. Sentí deseos de insultarla, pero me controlé.
 
―No la voy a golpear, pero ya que está aquí le pido que pase. Con mi esposa queremos preguntar algo.
 
Sandra seguía cubriendo el rostro con las manos. Tan sólo las separó un instante para espiar mi reacción. Yo abrí los brazos para demostrar que estaba desarmado. En la boca sentí una suave descarga estática. La muerte estaba ante mí como una mujer débil que pedía compasión. Me hubiera bastado amenazarla con un gesto para que huyera espantada. Mis palabras sonaron demasiado corteses.
 
―Con Marcela estábamos hablando de usted. ¿Acepta beber con nosotros un café con achiras?
 
La profetisa bajó las manos, su cuerpo se aflojó y observé que la lengua húmeda entraba y salía de la boca. Debía saber lo que eran las achiras. Me siguió a la casa. Agazapada en la cocina, Marcela empalideció al verla.
 
―Querida, tenemos visitas. La profetisa compartirá con nosotros un café y creo que podremos aclarar algunos puntos.
 
Mi novia asintió. Murmuró algo que interpreté como un saludo y una invitación. . Sandra se sentó. Recién entonces advertí que vestía una blusa blanca y una falda hindú con diseño de flores; como siempre, estaba descalza. Era la primera vez que la veía bajo la luz del sol. La miré con fijeza, tratando de no mostrarme inquisidor. Tenía arrugas leves en las comisuras de los labios y cerca de las sienes. A través de la boca entreabierta, podía ver los dientes, demasiado blancos y parejos. Pensé que en algún momento le habían practicado ortodoncia.
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Marcela volvió a preparar café y lo sirvió muy caliente. Sandra tomó una achira más grande que las otras y la hundió en el líquido humeante, donde también sumergió los dedos. Luego de un rato, llevó el bizcocho a la boca y lo masticó. Gruñó de satisfacción mientras lo tragaba. Después apoyó las manos a ambos lados del plato e inclinó apenas los hombros hacia adelante
 
―Como le decía recién, hay algunas preguntas que deseamos formular…
―¡Fueron diecisiete pasos! —me interrumpió —¡Si hubieran sido dieciocho, ella estaría conmigo!
―¿A qué se refiere?
 
Sandra se incorporó y caminó hacia el dormitorio. Entró en él sin pedir permiso, buscó el costado de la cama donde dormía Marcela y marchó colocando sus pies uno frente al otro.
 
―Es el trayecto que hice anoche —murmuró mi novia por lo bajo.
 
Al llegar al baño, se detuvo.
 
―Hasta aquí ser ocho pasos. De vuelta y encontrar las pantuflas del marido ser nueve. Un total de diecisiete. Con ellos perder fuerzas, energía, digamos que en una vida normal uno o dos años menos, y con un paso más, la hubiera llevado.
―Usted dijo que no debía apoyar su planta en la tierra
 
Ella golpeó el suelo con el pie.
 
―Debajo de este piso, la tierra. Tierra fiel. Tierra que persiste. Atravesar todo para juntarse con los pies de la gente. Si pisar la propia tierra, llevármela enseguida. Esta casa estar construida sobre barrotes, separada del suelo. Ser un gran zapato. Eso la salvó.
 
Recordé que en épocas de mi abuelo, el río del este llegaba hasta las cercanías y anegaba la zona durante la primavera o el otoño. Por eso construyó la casa sobre seis pilotes, que la separaban del suelo para evitar las inundaciones y protegerla del frío en los inviernos.
 
Sandra regresó a la mesa. Volcó varias achiras dentro del café y las masticó una por una. Escuchamos el ruido de los dientes al deshacer la cobertura crocante.
 
―Lamentar que ustedes estar ansiosos, con todo esto. Yo amarlos, por eso avisar. Hacerlo con pocas personas, pero me pregunto si no será peor. Verlos con angustia.
―No piense así. Hace bien en avisarnos. Marcela y yo se lo agradecemos, pero nos gustaría saber si hay alguna forma de llevar una vida normal. No nos oponemos a la muerte. Pienso que es parte de la existencia. Para Marcela es de mucha importancia caminar sin calzado; además es joven y quisiera tener hijos, nietos y morir a una edad avanzada.
 
No contestó de inmediato. Tomó otro puñado de achiras y con gesto pensativo, las volcó en el café una por una. Después bajó los lentes y por primera vez vi los ojos rodeados de arterias rojas. Tenía una expresión desesperada.
 
―Usted decir evitar la muerte. En el caso suyo no usar zapatos. Eso lo tiene claro. No cubrir los pies. En el caso de ella es todo diferente. Todo diferente… la fuerza de la araña. No es segura. Es como una daga con la que alguna vez, mil años más o menos, alguien cortar mi cuello. Daga. Puñal. Tener dos filos. Ayudarla contra la muerte, aunque igual puede llegar de pronto.
―No entiendo.
―Ella poder explicarlo más tarde
 
Miré a Marcela. Noté que frente a esas palabras, hacía un gesto vago de asentimiento, pero la expresión de incertidumbre y miedo volvió enseguida La profetisa bebió lo que quedaba de café.
 
―Gracias por invitar. Prefiero volver a mi esquina.
 
Me levanté para acompañarla a la puerta.
 
―Seguirnos viendo, Ignacio…
 
Se marchó. Supuse que volvería a la esquina, a contemplar la casa, pero aquel día no se presentó.

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GOCHO VERSOLARI

 
 
 
 
 
 

 

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