Narrativa: El largo camino de las cercanías – La moribunda 3 – La marcha por las rocas azules de la luna.

 La moribunda 3 – La marcha por las rocas azules de la luna.

Gocho Versolari.

 

Como hacían los campesinos con los nobles, al avanzar quedé unos pasos atrás de la mujer.  La túnica blanca se agitaba con la brisa. No había vuelto a cubrir la cabeza y a pesar de su juventud, los cabellos eran muy blancos; brillaban y parecían sujetos por la luna que los agitaba en un suave balanceo.  Por momentos  se detenía para arreglar la cabeza o alisarse la túnica; yo seguía manteniendo la distancia.  Debía caminar cerca de ella hasta llegar a su casa como me había  ordenado el oficial de mi ejército. Si me retiraba a mitad de camino, se comentaría que un anciano que se encontraba esa noche en la taberna no había cumplido la orden de los guardias, y muchos querrían saber sobre él. En mi función de descender al pueblo, debía ser como un viento dentro de otro viento. 
 Noté que la mujer evitaba los lugares de sombra y al llegar al bosque de pinos que quedaba al este del reino, lo rodeó para no entrar en él. Quizá me temiera. Quizá deseara que al caminar viera su silueta: brillante, vibrante; las caderas que se movían con suavidad y la blancura de las plantas cuando se levantaban a cada paso.
 
Se dirigió hacia el sur del reino. Un faro tendido sobre el río se ocultó detrás del risco al que los habitantes llamaban Pájaro Negro. La luz de la luna se concentró sobre un sendero preciso entre dos bosques y supe que la mujer tomaría por las rocas azules, un conjunto escarpado que se encontraba al sudeste. Allí el brillo del astro rebota contra las lajas creando efectos  poderosos y extraños. 
 
En algunas tardes ociosas había expuesto al Sacerdote del reino mi opinión acerca de la indiferencia de los cielos Tan sólo de tanto en tanto, los habitantes celestes se dignaban a mirar a  los humanos para volcar sobre ellos algún lejano y tardío beneficio. Todos lo celebraban; todos olvidaban la cantidad enorme de sufrimientos que el cielo volcaba sobre el pueblo en el resto del tiempo. 
Aquella noche, sin embargo, al mirar aquella luna oblonga, a la que súbitamente habían crecido alas,  advertía el asombro del astro al ver a un rey detrás de una mujer plebeya en los suburbios del reino.   
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De niño mis mentores y mi padre mismo procuraron enseñarme que debía dejar de lado los sentimientos subjetivos hacia el cielo. Se me explicó que éste era el punto que separaba a los poetas de  los reyes y nobles de nuestra dinastía. Pensar  que el cielo expresa sentimientos hacia nuestros dramas, era una forma de entrar en la senda peligrosa de la poesía; de la lírica vana. Decir que la lluvia acompaña las lágrimas; que el trueno la ira, que el día claro y despejado la serenidad y la alegría, implica colocar el cielo a la altura de los sentimientos humanos. Para nuestra dinastía, descendiente de los miembros del firmamento que llegaran a la tierra luego de la catástrofe, no había forma de medir la distancia que separaba los hechos del cenit con los hechos de los hombres. Mi propia afirmación de indiferencia, adjudicaría a las luminarias y al espacio que quedaba sobre nuestras cabezas un sentimiento humano que no tenían en absoluto. 
 
Los poetas grababan en partes de su cuerpo de difícil acceso, para que no pudieran reconocerlo, un axioma redactada en el idioma antiguo. Eran dos palabras: “Crato Estor”. La traducción no era fácil.  Algo así como “Los dramas humanos son los dramas celestes”. Odas, églogas, endechas: toda la poesía compuesta en la taberna se podía considerar un enorme diálogo entre el cielo y el corazón del poeta. De allí la preocupación de mi padre y mis mentores de desterrar esta postura en mi formación de príncipe. A pesar de esto, la misma se mantuvo con el paso de los años.  Aún luego de la muerte de mi padre y de mi entronización, persistió como una emoción más que una certeza racional: el cielo era indiferente a las cosas de los hombres. 

 

En esa marcha detrás de la mujer,  esta convicción empezó a tambalear. Sentí asombro en la luna. Por primera vez el cielo  permanecía alerta, atento a nuestros pasos.   
 
La luna llegó a la mitad del firmamento  cuando entramos en las rocas azules, .  Sobre ese sitio eran muchos los relatos de los lugareños.  En varias reuniones de consejo, mis asesores se habían referido a él: formaba parte del sombrío desfiladero de Strah, que se tendía un poco más al sur de donde  estábamos. En el mismo,  cada soplo de aire, cada polvo de tierra o fragmento de roca, se ubicaban en el límite entre la vida y la muerte.  Según mis asesores, al entrar en las rocas azules bajo una luna llena en su segundo día, como era la que nos iluminaba desde el cielo, el cuerpo abandonaba sus contornos. El peregrino podría no sentirlo: el  cuerpo seguiría sólido como de costumbre, pero algo de él perdería sustancia; los contornos se harían borrosos y mientras  caminaba por allí, tendría un conocimiento directo de los mundos ocultos.   En el pueblo se afirmaba que todo el que entrara en ese lugar, se transformaría en espectro. Al regresar, sería rechazado y apartado de la comunidad; sería un fantasma y su presencia sólo podía traer desgracias.  
 
Aquella mujer entró en las rocas azules con decisión, sin miedo. Como el resto de las mujeres del pueblo, no usaba calzado y frente a mí  las manchas blancas de sus pies  no dejaban huellas al pisar el rocío y los charcos entre las piedras. El perfil era sólido bajo la luz de la  luna. Nada en ella parecía disolverse, como se decía que ocurría con los espectros.Por mi parte, estaba seguro que mi condición real me protegía e impediría que algo pudiera ocurrirme en aquel medio.
 
Mis pies envueltos en el calzado de esparto que usan los campesinos, iban dejando las improntas de la humedad. Recordé las palabras de la mujer: no le importaba morir, ya  que tenía la muerte dentro de sí. Pensé que podría tratarse de un espectro que hubiera encontrado la forma de atraparme, de cazarme, y que ahora me llevara al mundo de la muerte. Quizá estuviera durmiendo en la recámara de mi palacio. Quizá aquello  fuera uno de mis enfrentamientos nocturnos con las bestias de la noche; una forma de conjurar el caos de acuerdo a mi función de rey.  La idea hizo que   llevara una mano a mi puñal. De ser aquello un sueño y tener tan sólo un arma corta, debía desnudarme y mostrar a la bestia mi pecho y mi vientre; combatirlo con las frases inmemoriales grabadas en mi carne. 
 
Enfrentarme desde mi niñez a aquellos seres que transitaban entre la realidad y el sueño, había desterrado el miedo .  No tenía la espada centellante que llevaba en mis sueños, pero sí disponía de la larga daga   en mi cintura. Mi mano se dirigió al pomo. Estaba preparado para extraerla en caso que fuera necesario. 
La luna en el cielo plegaba las alas y las volvía a abrir conmo si suspirara. Los senderos entre las rocas   tomaban una leve coloración azulada, como los cadáveres en la batalla, cuando los cuerpos se convertían en campos surcados de caminos, algunos rectos, otros transversales; otros en diagonal. A veces los bloques de basalto eran del tamaño de nuestros pies; a veces  nos superaban en altura. En uno y otro caso,  la luz plateada y levemente azul nos seguía iluminando. 
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A medida que avanzábamos miré el cuerpo de la mujer. Listas brillantes recorrían su espalda y llegaban hasta los pies. En mi infancia, como parte de la formación de rey , había estudiado un tratado de espectros. En él se afirmaba que aquellas líneas correspondían a ciertas personas que a pesar de hablar y de moverse, estaban muertas sin remedio.   
 
Bordeamos un lago inmóvil. La brisa era intensa como para agitar nuestros cabellos, pero las aguas estaban detenidas bajo la luna. Quizá las fuerzas subterráneas obligaban a las corrientes a derivar hacia afluentes más profundos, péro la superficie estaba tan quieta que parecía otro cielo con la luna en espejo.
 
La mujer empezó a brillar. No era una luz propia, sino que parecía condensar la luz lunar que caía sobre ella. Gruesa en sus pies, se iba afinando al llegar a la cabeza; el fenómeno la convertía en una inmensa antorcha. A nuestro alrededor, los bloques se multiplicaban  y se unían a su brillo
 
Ella se  apagó de pronto. La luna volvió a batir sus alas y creí verla precipitándose en el lago  , volviendo a salir , elevándose al cielo sin dejar de girar. Entonces dejé de verla, aunque podía seguir las huellas de un azul más intenso que el de las rocas.  Pensé que si el oficial me había encargado escoltarla hasta su casa, debía haberme dado una lámpara para evitar situaciones como aquella. Recordé que el nombre que había dado al jefe de la escuadra era Atrita, pero no quería llamarla. Temía  ser reconocido por mi voz, aunque nadie del pueblo me hubiera escuchado jamás.
 
La busqué durante largos minutos, bajo la luna que derivaba a uno y otro lado. 
 
No camines tanto — escuché de pronto la voz de Atrita: hablaba con un , timbre   infantil, casi de niña. — este es un lugar sagrado; tú lo sabes y no es bueno que se recorra con ansiedad.
 
Distinguí su silueta en aquello que había creído no era otra cosa que una roca un poco más oscura que las otras. Estaba sentada en el suelo; sus cabellos seguían sueltos; la túnica cubría todo su cuerpo y se derramaba por el piso. 
 
Me arrodillé junto a ella. No faltaba mucho para el amanecer, y recordé la recomendación de mi padre: debes volver con las primeras luces. El  sol es el principal enemigo de las máscaras del rey.
 
Dime quien eres — hablé en un susurro, procurando disimular mi voz — hablas como una sacerdotisa, como un personaje de palacio. ¿Quién eres?
 
Ella no contestó de inmediato.
 
¿Has visto la luna? Parece un enorme pájaro. No sigue curiosa de saber lo que ocurrirá con nosotros
No estés tan segura. Los astros siguen una vida de placeres indiferente a nuestros deseos y nuestros dolores. Cuando el pueblo sacrifica ofrendas, eleva ramas o simplemente les enciende luminarias, ignora su indiferencia con los asuntos humanos.
No estés tan seguro. La luna es mujer y sabe cuando una de nosotras está por morir.
 
¿Lo dices porque tu cuerpo ha brillado al entrar a las rocas azules?
Lo digo porque es la propia muerte la que está hablando dentro de mí. Una mañana entró a mi cuerpo como un animal frío y se quedó para siempre  en mi pecho; ahora sale por mis ojos y   mi boca.
 
La mujer hablaba firmemente sin temor, sin pena.
 
Tus ojos y tu rostro brillan. No tienes el aspecto de los moribundos…
…es por eso que conozco lo que va a ocurrir, lo que ocurre a mi alrededor. La certeza de la muerte me ha quitado todos los temores, y alguien dijo: El reflujo del miedo trae la sal de la visión. 
¿Sabes realmente lo que ocurrirá?
Es como si estuviera en la cima de una de estas pequeñas colinas y desde allí pudiera ver todo, el pasado, el presente, el futuro…
Dime quien eres
No importa quién soy yo. Importa que sé que tu eres el rey. 
 
Los dos callamos. Me pareció que el agua del lago se movía con algunas ondas, pero luego advertí que seguía tan inmóvil como siempre. A lo lejos, un leve brillo anticipaba el amanecer.
 
Sin saber por qué mi mano se estiró y tomó su brazo. Lo apreté. Entonces fue mi mano la que brilló. La uña de mi dedo anular lanzó un potente destello y en ese momento lo supe. Aquella mujer era el cuádruple. Estaba por encima de los tres dobles, el del lejano pasado, el del futuro y yo mismo, el del presente. Era la que servía de vínculo entre mi dinastía y el cielo. La que sabía mi destino profundo, el que estaba por encima del firmamento y de la tierra.  
 
Ella sonrió con suavidad.  
 
― Me reconociste – murmuró – Nos reconocimos. Ahora yo sé de ti y tú sabes de mí. Ahora sabemos lo que nos une arriba, abajo y en los costados del espacio. 

 

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GOCHO VERSOLARI

 
 
 

8 Comments

  1. No he podido dejar de leer hasta el final, fluyendo en tan virtuosa narrativa. Ideal para un solsticio como éste. Siento que me has hecho pasar a cierto estado. Si quisiéramos darle una idea a alguien sobre tu narrativa balbucearíamos sobre una fusión de LOVECRAFT, KAFKA, BORGES y CORTAZAR. Lo que te diferencia de los mencionados ( sólo para denotar cómo es tu trama y tu urdimbre) es tu consciencia y competencia en los mundos intermedios y tu apertura supracósmica totalmente definida.

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