Narrativa: La muerte y los pies desnudos – Marcela y la muerte – 1 La noche de los lamentos.

Marcela y la muerte – 1 La noche de los lamentos.

Gocho Versolari

 

Repasando la trama de “La muerte y los pies desnudos”, la muerte advierte a Ignacio, el protagonista, que si en algún momento cubre sus pies con cualquier tipo de calzado, lo llevaría. Esto lo obliga a vivir descalzo. Unos meses después, Sandra, la adivina que representa a la parca, se comunica con Marcela, la pareja de Ignacio. Le brinda una fecha en que se presentará para llevarla. El tiempo transcurre y la fecha se acerca. ¿Se presentará la figura siniestra de Sandra? ¿Qué le exigirá a Marcela? ¿Logrará la joven escapar al tremendo reclamo?.

1
En las semanas que siguieron a la visita de Sandra, Marcela cayó en un mutismo doloroso. Dormía mal; despertaba ojerosa y cansada. Durante el día miraba el horizonte a través de la ventana que daba al sur, y llegué a contar una hora y media de inmovilidad. Por las noches, el sueño era demasiado profundo y a veces debía asegurarme que respirara.
Trataba de alentarla preparando comidas, invitándola a cenar en alguno de los restaurantes vegetarianos o a caminar descalzos por el parque. Con el paso de las semanas, el ánimo de mi novia fue mejorando y los cuarenta y cinco días pasaron con cierta rapidez.
Llegó la víspera de la segunda visita de Sandra. Al abrir los ojos en la mañana, descubrí que Marcela no estaba en la cama. La escuché trastear en la cocina y entonar una canción. Cuando me levanté, advertí que llevaba sueltos los cabellos. Todo ese tiempo los había mantenido amarrados con un grueso rodete cerca de la nuca. Ya no llevaba las prendas habituales de color pastel. Había elegido una blusa roja y pantalones amarillos. En el segundo dedo del pie izquierdo, llevaba un anillo con una piedra verde. En mi opinión, se trataba de una fantasía, pero ella insistía en que era una esmeralda traída de Bogotá.
Preparó panqueques con miel. Mientras desayunábamos, encendió la televisión y remedó el tono solemne de un locutor que presentaba un programa religioso. Reí con ella, aliviado ante el imprevisto buen ánimo. Después del desayuno, nos sentamos en las reposeras amarillas del balcón. Mullidas y suaves, incluían mosquiteros y eran ideales para descansar en los atardeceres de verano.
―Cuando faltaba poco para la fecha en que Sandra debía llevarme, estuve por irme de la ciudad —comenté —Pensé que de ese modo podría desorientarla. Si es verdad que representa la muerte, escapar no tendría sentido, pero si no es la muerte… Dime, ¿quieres que Sandra te encuentre o prefieres que te busque?
Me miró con sorpresa.
―Tienes razón. Si nos vamos y no ocurre nada, sería una forma de demostrar que ella es un fraude, una cruel mentira.
 Ambos éramos adultos instruidos. Yo había estudiado una carrera que exigía la observación, el cálculo, la exactitud. No tenía mucha lógica que admitiéramos sin ningún análisis el carácter sobrenatural de la profetisa. Quedaría por explicar la aparición súbita en lugares completamente cerrados. Reconocimos que nunca investigamos la posibilidad que se tratara de una psicótica astuta, capaz de conseguir de alguna forma copias de las llaves.
Pensativa, Marcela escuchó mis argumentos mientras se balanceaba en la reposera cepillando los cabellos. Uno de sus pies estaba apoyado sobre mi ingle; además del anillo con la supuesta esmeralda, tenía las uñas pintadas de celeste y lucía una tobillera roja de gruesas cuentas.
―¿Estás de acuerdo en que vayamos mañana a casa de tu madre? —pregunté por último. Ella lo pensó unos minutos y contestó que sí.
Mi automóvil tenía un problema en el circuito eléctrico. Podía conducir distancias cortas, pero la falla aumentaría al salir a la carretera. El día anterior, el mecánico había informado que no podría revisarlo hasta la semana siguiente. Si bien sabía cómo cambiar el repuesto, no me animaba a hacerlo. Al intentarlo un año atrás, el vehículo no arrancó por varios días.
Viajaríamos en autobús. El pueblo de la madre de Marcela quedaba a cuatro horas. Busqué los horarios en Internet. No había cupo para el resto del día y el próximo coche habilitado partiría a las ocho de la mañana del día siguiente. Debíamos preparar las maletas en la noche y despertarnos a las seis. Mi novia llamó a doña Hilaria, su madre, y anunció nuestra llegada. Escuché al otro lado de la línea el tono de alegría de la anciana. Prepararía canelones de verdura para celebrar la visita.
Mientras Marcela ultimaba los detalles del viaje, tuve tiempo para pensarlo mejor y concluí que refugiarnos en el pueblo no sería muy eficaz. Para anunciar el augurio, Sandra había llegado en forma imprevista a la casa de doña Hilaria. Golpeó la puerta y cuando la atendieron, alegó que era una antigua amiga de mi novia y pidió hablar a solas con ella.
―Podríamos alojarnos en un hotel de la ciudad, un destino al que Sandra nunca haya ido y desorientarla por completo —sugerí. Marcela no estuvo de acuerdo.
―Junto a mi madre me siento protegida. Ella ha sido el origen de mi vida y puede convertirse en una barrera infranqueable contra la muerte.
En la noche hicimos el amor y Marcela reaccionó con la fogosidad de las primeras épocas. En el tercer orgasmo, volvió a levantar el cuello y a cantar como el ave de Oriente a la que mi vecino llamaba Nehnchimán.
2

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A la mañana siguiente, antes de salir, coloqué candados nuevos en las puertas de la casa. El resto de los herrajes también eran recientes. Sólo nosotros teníamos las llaves originales y las copias. Desayunamos un par de huevos con vegetales y marchamos al terminal de buses. Era jueves y las vías estaban despejadas. La estación funcionaba en un edificio antiguo, cubierto por tres cúpulas redondas. Parecía una tortuga gigantesca. Dejé el automóvil en el estacionamiento y buscamos los andenes. Los frentes y los costados de los vehículos mostraban rostros sonrientes del comisario Venancio, acompañados por consignas de la campaña política: Una vida sólo es digna si se conservan las buenas costumbres; la higiene es la base del tejido social, o Soldados bien calzados ganan una guerra.
El autobús en que debíamos viajar, mostraba una de aquellas imágenes con la sonrisa metálica del candidato. A su lado, lo que ya era el símbolo gráfico de la campaña: un par de pies descalzos, inscriptos en un círculo y cruzados por una línea transversal. Antes de despachar las maletas, el conductor nos detuvo. Era un hombre corpulento, de largos bigotes y manos gruesas.
—No puede ingresar sin zapatos al autobús —El tono era amable, pero me miraba con asco —Sólo aceptamos personas calzadas —repitió —Cumplimos con el reglamento de trasporte.
Alegué que yo conocía dicho reglamento y que en ninguna parte exigía que los pasajeros subieran calzados a los buses. El hombre negó con la cabeza.
―En este autobús no puede subir. Le sugiero que averigüe por si lo aceptan en otro.
Era la hora de partir. El conductor nos dio la espalda, cerró la puerta y se marchó. El pasaje era para esa hora y en aquella unidad. Si comprábamos otro ticket, debíamos esperar hasta las tres de la tarde, con la incertidumbre de poder viajar.
Buscamos la gerencia de la compañía. Allí una aburrida empleada leía una revista. Con tono enérgico pedí hablar con el responsable y unos minutos después nos hizo pasar a una oficina donde nos atendió un hombre calvo, delgado, con anteojos pequeños.
―¡Esto es inadmisible! —dije sin saludar —El conductor no me permitió subir al autobús por estar descalzo, cuando no hay ninguna reglamentación que lo estipule…
Me extendí sobre mis derechos. El hombre me escuchó con una sonrisa y un gesto paciente. Esperó que terminara antes de hablar.
―Entiendo lo que dice y en parte tiene razón, pero debe saber que los conductores pueden rechazar a un pasajero sin dar cuentas de la decisión. Es un artículo de la ley de transporte —me alcanzó un ejemplar donde el parágrafo estaba subrayado —Le repito que su afirmación es cierta: no hay una disposición precisa que impida subir a una persona descalza, pero los chóferes están protegido por esta sutileza de la ley que les otorga potestades casi ilimitadas. Es una situación discutible y puede interpretarse como discriminación. En ese caso, le sugiero que inicie una acción legal, aunque con eso no va a solucionar el problema inmediato.
—¡Admite entonces que es un atropello!. Están restringiendo mi derecho constitucional de viajar…
―Puedo prestarle un par de chanclas. Con eso bastará para que le permitan subir a una unidad. Una vez arriba, podrá quitarse el calzado sin que nadie lo note. Desde aquí puedo transferir el ticket al próximo servicio.
—¡Me niego en forma terminante! Sepa que mi actitud no está inspirada en un capricho o una moda. Estar descalzo es una profunda convicción a la que no voy a abandonar para cumplir con un criterio discriminador…
No era sincero. En el fondo, sabía que el gerente estaba en lo cierto. Estar descalzo no era una cuestión de principios como yo lo planteaba y en otras épocas, frente a una situación similar, habría accedido a usar zapatos. Si no lo hacía, era por la amenaza de Sandra. Un temor atávico me impedía calzarme, pero no podía explicárselo al hombre. Además, ya me había embarcado en un discurso de protesta y era difícil detenerlo.
—… en la década del treinta en Alemania, un grupo minúsculo señaló a quienes practicaban una religión. Les achacaron todos los males de la sociedad. Entonces fueron los judíos. Ahora somos los descalzos. En uno y otro caso, la crueldad y el odio son los que ganan…
Marcela me apretó el brazo para indicarme que ya estaba bien, que debíamos irnos. Salimos del despacho y nos sentamos en uno de los bancos de la estación Era media mañana y de un bus que acababa de llegar del norte, bajaban cantidad de pasajeros humildes, mal vestidos en busca de trabajo.
―Voy a calzarme —afirmé.
―¡No quiero que lo hagas! —la expresión de mi novia era firme e implorante. —Cambié de idea. Creo en Sandra, estoy convencida de que ella es la muerte. Si llegaras a calzarte, vendría por ti y no habría remedio. Ya es bastante con que lo haga conmigo. No creas que temo al viaje sin retorno.
―Podrías ir sola a casa de tu madre —sugerí
―¿Enfrentar sola a esa mujer? Ni pensarlo. No podría hacerlo. No quiero ser dramática, pero en estos días no me derrumbé como un castillo de naipes porque estabas a mi lado. Todo esto me fatiga. Volvamos a casa y tratemos de dialogar con ella si es que aparece.
 Llegamos pasadas las diez de la mañana. Bajamos las maletas y antes de entrar revisé los herrajes. Estaban intactos y en el interior no había nadie. Comimos una ensalada de cangrejos que conserváramos en el refrigerador. Marcela continuaba calzada.
―¿No te quitas las botas? —pregunté. Lo que podíamos concluir de mi experiencia, era que la planta desnuda sobre la tierra había hecho retroceder a la muerte.
―He decidido seguir calzada —respondió ella. Me mostró una correa en la parte superior de la bota que conectaba a una argolla. La levantó exhibiendo la suela y al jalar del tiento, la base del calzado se corrió. Estaba sin medias y pude ver la planta desnuda. Al soltar la pretina, la suela volvió a la posición inicial.
―Si Sandra exige que esté descalza lo puedo controlar desde la bota; si exige que esté calzada, hago lo contrario.
La miré incrédulo.
―Marcela, en mi caso Sandra no preguntó nada. Se limitó a mirarme y a producir cierto efecto en mi cuerpo. Al terminar, me dijo que si alguna vez me calzaba, regresaría para llevarme. En ningún momento me permitió escoger.
Me escuchó con la cabeza baja y asintiendo, pero decidió continuar con las botas puestas, alegando que por el momento, el calzado le daba seguridad.
3

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 Aquella tarde, mi novia buscó la guitarra y entonó algunas canciones. Era la primera vez que lo hacía desde la aparición de la profetisa. Admiradora de la cultura de los sesenta, interpretó los primeros temas de los Beatles, seguidos de algunas tonadas de Georges Brassens.
Después de comer nos recostamos y Marcela dormitó. Por mi parte, permanecí boca arriba y me dediqué a contemplar las vigas durante un largo rato. De roble antiguo, se conservaban desde la construcción de la casa y mantenían el azul original con que mi abuelo las pintara. En momentos de preocupación, solían ayudar a concentrarme.
Hubiera preferido que Sandra anticipara la hora de su presentación, como lo hiciera en mi cita. Durante un rato estuve atento al ruido de la calle. A esa hora sólo se escuchaba de tanto en tanto el motor de los automóviles. Las maderas del techo rechinaban por los cambios de temperatura y hasta nosotros llegaba el bramido apagado del dragón de humo. Con la cabeza sobre mi pecho, Marcela roncaba con suavidad. Finalmente me relajé y dormité. En sueños la escuché levantarse, caminar a la sala y encender el televisor. Atravesaron mi modorra las voces desafinadas de un concurso de canciones. Al rato, los participantes mejoraron hasta convertir el canto en un hermoso coro. Me pareció que mi novia los acompañaba con la guitarra.
De pronto me sacudió para despertarme. La luz de la mesa de noche estaba encendida y por la ventana distinguí el resplandor del atardecer. Arrodillada junto al lecho, me miró con ojos preocupados.
―Sandra está aquí —Me incorporé rápidamente
―¡Está aquí! —repetí tratando de despertarme. Me levanté y caminé hacia la sala. Marcela continuaba con las botas puestas. Los ventanales que daban al balcón, mostraban un cielo rojo, con lejanas líneas amarillas y granates. En la pared del sur, había un enorme boquete. En ese momento, me pareció normal que Sandra hubiera entrado por allí. Los bordes del agujero estaban cubiertos de rosas negras, lo que consideré un detalle demasiado evidente. Si Sandra era la muerte, no necesitaba reafirmarlo con esa cursilería. Nubes pequeñas y oscuras flotaban junto a los bordes del hueco y se unían entre sí hasta formar un extraño tejido. La profetisa estaba sentada en una de las mecedoras del balcón, donde aquella mañana disfrutáramos del sol. Permanecía en las sombras. De pronto entonó una canción a capella. Era la voz que escuchara en sueños. La música sonaba como un flamenco arcaico en un lenguaje desconocido. De pronto calló. Encendí una de las lámparas, pero la figura de la mujer continuó en la oscuridad. Volvió a cantar, levantando esta vez una de las manos. En la palma brillaba una luz naranja. Advertí que era un agujero redondo, preciso que mostraba los reflejos del cielo
La profetisa se incorporó. Tomé a Marcela del brazo, intentando protegerla. Desde Sandra soplaron ráfagas cálidas y frías y una sensación contundente llenó la habitación. Supe que nuestras palabras, nuestros gestos, eran los últimos. A partir de ese momento, todo cambiaría.
 
La visitante avanzó hacia mi novia con la mano levantada. Al atravesarla, la luz del crepúsculo se licuaba y caía al piso como goterones naranjas y brillantes. La palma descendió lentamente sobre la cabeza de Marcela. Cumpliría con el fin que anticiparan la catedral y el ángel dibujados en su pie. Abracé a mi novia y la conduje al fondo de la habitación. Con palabras inconexas, rogué que no se fuera. Mis frases eran ingenuas, no tenían sentido ni proporción frente a los gestos seguros e implacables de Sandra. Me sentí como un mosquito tratando de detener un alud.
 
Estoy en la habitación, y a la vez siento que me precipito desesperado en el agujero de la pared; que recorro largos pasillos oscuros; que llamo a mi novia con voz lastimera; de pronto regreso a la ceremonia silenciosa en que la profetisa coloca la mano sobre la cabeza de Marcela y murmura conjuros
 
La luz de la palma de Sandra recorrió el cuerpo de Marcela y se detuvo al llegar a las botas. El diseño de la araña sobre los empeines brilló y se agitó. La profetisa repitió el gesto y por tercera vez volvió a cantar. Marcela estaba tensa. Miraba a Sandra como fascinada y sonreía con los labios curvados. Volví a abrazarla; a suplicar
 
―No te la lleves —repetí —no te la lleves, por favor. Haré lo que me pidas. Lo que me pidas. —Sandra seguía en sombras, sin decir una palabra. Los gestos se repetían, lentos y firmes.
 
Sopla la brisa. Vestida de blanco, Marcela flota sobre oscuros y amplios pantanos iluminados por la luz del menguante; me inclino y acaricio el rostro; está fría, inmóvil, con los ojos abiertos; al inclinarme para abrazarla, regreso al calor de la habitación y siento la presión del cuerpo tibio; casi enseguida vuelvo a llamarla a gritos, convencido de su muerte; árboles oscuros; luna helada; debo suplicar a alguien; a un hombre desnudo, corpulento, con una coleta que en el pantano me da la espalda. Vuelvo a marchar y al doblar un recodo, regreso nuevamente a la alcoba; Marcela sigue viva y la figura de Sandra continúa en sombras.
 
―No poder llevarte —la voz imprevista de la profetisa, devolvió las cosas a su lugar. Me pareció escuchar el chasquido de algo que se cerrara y sentí al espacio acomodándose en las cuatro paredes. Las sombras habían abandonado a Sandra. Recién entonces advertí que lucía una falda violeta con flores rojas y una blusa blanca. En sus manos ya no estaba el agujero luminoso.
—Mientras cubras tus pies no poder llevarte. Si alguna vez te descalzas, y sé que lo harás, vendrás conmigo.
 
Al caminar hacia el agujero de la pared, las rosas negras se marchitaron. Atravesó el muro y desapareció. Con Marcela nos abrazamos. Mi novia sollozaba y reía. Estábamos lejos del parque y eran las tres de la mañana, pero escuchamos el pregón del hombre que ofrecía nieve azucarada a los niños.

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GOCHO VERSOLARI

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