Narrativa: El largo camino de las cercanías – La moribunda (II) – Una mujer sola en la taberna.

 La moribunda (II) – Una mujer sola en la taberna.

Gocho Versolari

 

 

Una noche en que la luna planeaba como un enorme pájaro, caminé hacia la taberna que queda en el puerto de mi reino. Miasmas azules se elevaban de la tierra bajo la luna llena. Piedras de las épocas de mis antepasados, poblaban los senderos de tierra. Una vez más, repitiendo el gesto de mis generaciones, el rey con un poder absoluto, caminaba hacia el edificio amarillo, con forma de corona, iluminado por lámparas que despedían luz naranja. La versión siniestra de la luz solar.   
 Esta vez mi disfraz de anciano jorobado incluía una leve cojera de la pierna derecha; en el pueblo eran muchos los rencos: un antiguo ritual establecía que un niño en una familia debía cojear para ser reconocido por los dioses. 
 
La luna entrando a la taberna, creaba un trapecio brillante sobre el que se tendían la suavidad de los tonos del astro y las luces que llegaban de las lámparas. Ese espacio era el verdadero centro, el núcleo del cual surgían las demás personas y las cosas. Ave monstruosa, con alas, dedos y dientes, la luna se derramaba sobre el piso.
 En la taberna había pocas personas: un par de hombres silenciosos,  y en el fondo del salón una mesa con varios bebedores que reían escandalosamente . A aquella hora la taberna solía estar atestada, pero esa noche casi todo el pueblo había acudido al  Festival del Cielo, organizado por mis sacerdotes.   
 
 Los hombres  sentados a la mesa pidieron jarras del vino que los aldeanos elaboran con moras    regurgitadas por las cabras. Bebida de sabor suave,   insensiblemente pasa a la sangre y hace que la realidad dance y pierda sus límites. Las cosas más oscuras, las locuras más terribles, adquieren el disfraz de la lógica y se precipitan en la mente. 
 
¡Que muera el rey! — gritó de pronto uno de ellos. Otra vez la  muerte que brillara en los cielos en los días de las siete guerras, se proyectó con destellos sucios en la frente y en las mejillas de aquel hombre
¡Qué muera! ¡Qué muera! — corearon los demás.
¡El rey es un cerdo que se baña en su propia mierda!
 
Aquel grupo pertenecía a la ralea. Los poetas decían lo mismo, pero lo adornaban con retórica. Sin embargo, esas expresiones brutales, sin ornamentos, no me despertaban el profundo rechazo y la náusea que producían en mí la expresión florida; los versos que pretendían decorar al insulto con una vaga belleza. 
 
Me dispuse a escucharlos. Como rey, debía esperar el resultado final en la serenidad del centro que ocupo. Era frecuente que luego de esa noche de borrachera despertaran al día siguiente vomitando culebras, con dolores en todo el cuerpo. Mis asesores anotarían los síntomas y luego yo emitiría un bando. Afirmaría que aquello había ocurrido por despotricar contra el rey. Los responsables serían juzgados y algunos de ellos ejecutados. 
 
De pronto, el que parecía llevar la voz cantante, subió a la mesa. La luna que entraba por la claraboya mezclada al reflejo de las lámparas, lo iluminó desde abajo, dándole un aspecto fantasmal. El hombre levantó el brazo: su rostro, sumergido en claroscuros,  se puso serio y habló con tono solemne, como si estuviera por proferir grandes verdades
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¡El Rey es un cerdo! — repitió  girando sobre sí mismo mientras los demás atronaban con las risas. Otro hombre de aspecto lúbrico se subió a la tarima. De su labio inferior colgaba un grueso anillo. Con un gesto pidió silencio y estaba por hablar cuando lo interrumpió una voz femenina que llegó del fondo del salón. 
¡Silencio!
 
La mujer se encontraba en el límite del trapecio que formaba la luz de la luna, en el ángulo del salón donde no llegaban las lámparas. En un principio los hombres, cegados por el alcohol no habían escuchado la orden, de modo que la repitió
 
¡Silencio!
 
La  mujer  caminó unos pasos hasta el círculo de la luz. Era delgada, pequeña, y vestía una túnica blanca. Entre los hombres la sorpresa continuaba. La mujer se adelantó aún más. Los cabellos estaban sostenidos por un pañuelo rojo y las manos delgadas y largas se extendían hacia adelante bajo la luz plateada de la luna que rebotaba sobre las superficies escandalosamente amarillas.
 
 El rey es un hombre solitario que sufre mucho por todos nosotros.
 
La frase me golpeó un punto de la espalda, exactamente a la altura de los riñones. Estoy entrenado para controlar mis emociones: el dolor o la alegría excesivos del soberano pueden producir desastres naturales o alteraciones entre el pueblo, pero ahora esa mezcla de goce y nostalgia que producían las palabras de la mujer trepó por  mi cuerpo como si las aguas del río que marca nuestra frontera me invadieran y me bañaran por dentro.
 
Si conocieran al rey — siguió la mujer — sabrian de sus debilidades y sus grandezas, de las noches de insomnio en la torre de su palacio, de la soledad y las traiciones que lo rodean. Si ustedes no han vivido o no saben todo eso, no pueden hablar del rey.
 
En medio de las nieblas del vino, los cerebros de aquellos hombres trataban de razonar.  Había algo en la voz y en la figura de aquella mujer que producía estremecimientos. Con un paso más,  quedó definidamente en la zona de la luz. Llevaba una túnica negra con un manto gris claro, casi blanco. Una capucha la cubría hasta la frente dando sobre su rostro un halo de sombras. Sólo se distinguían la nariz y los labios. 
 Como el reflujo de las mareas, el alcohol que llenaba la sangre de los hombres se precipitó sobre ellos.
 
Cállate mujer – exclamó el que se había trepado a la mesa – Estás sola en una taberna de hombres. No te acompaña tu marido ni tu padre. Si continúas hablando, pasarás a ser de nuestra propiedad.
 
Dicho esto, se bajo y caminó hacia ella con cierta vacilación. La mujer se adelantó levemente y apartó la capa que la cubría. Cabello suelto, piel trigueña. Los ojos levemente rasgados. No llevaba el báculo y la serpiente propia de las prostitutas. Las listas rojas en el costado de la túnica blanca indicaban que provenía de lo  Hatritas, el pueblo al que uno de mis antepasados permitiera residir en la comarca sur. Despreciado por los demás, era frecuente que se los persiguiera y matara por el solo placer, sin necesidad de razones.   
 El    hombre llegó hasta ella y la tomó del brazo.
Vendrás con nosotros…
No iré con ustedes. La muerte me ha tocado y partiré en poco tiempo. No importa lo que me hagan. Puedo morir ahora, o en en unos días.  Estoy aquí para defender a mi rey.
Afuera la luna planeaba con suavidad en medio de las nubes pequeñas. Mis manos temblaban. En minutos los hombres tomarían a la mujer por uno de los brazos y la llevarían al fondo de la taberna, a las habitaciones miserables de  las prostitutas. Era una Hatrita. Disponían de derechos sobre ella. Una antigua ley del reino lo establecía y hasta el momento no había sido derogada.   Lo más piadoso sería que la violaran muchas veces y la mataran cortándole el cuello. A la mañana, los familiares llegarían en silencio a retirar el cadáver y enterrarlo en el cementerio ubicado entre las cadenas rocosas que se extendían al norte del reino. Los Hatritas eran un pueblo silencioso. Nadie se presentaría a llorar por la mujer. Nadie se rasgaría las vestiduras frente al palacio y no se escucharían voces reclamando justicia al soberano.
Uno de los borrachos interrumpió de pronto al que parecía ser el líder y murmuró una advertencia: la presencia de la mujer podía ser una trampa.   Alguna vez, en incursiones contra la taberna, mi padre y mi abuelo habían enviado algunos sebos para que los poetas cometieran un delito y así contar con un pretexto inmediato para detenerlos. El soberano no necesitaba de este recurso, ya que su poder le daba potestad sobre la vida de todos ellos, pero era necesario que todo el pueblo se convenciera del carácter inicuo de la taberna.  Luego de cometido el delito se llenarían actas se buscarían testigos y por muchos días se proclamarían bandos resaltando las costumbres corruptas de los poetas.
 
  Volví a mirar a la mujer. Era más joven de lo que  su voz   revelaba. Los hombres la rodearon. A una seña de uno de ellos, se asomó para constatar que en el exterior no hubiera nadie.  
En la época en que saliera las primeras veces con mi padre, en que ambos lleváramos a la práctica la primera parte del axioma,  todo lo que sube debe bajar, me advirtió que bajo ningún aspecto podría revelar mi sagrada identidad de monarca. Cuando una figura real partía al encuentro de los hombres, los sacerdotes afirmaban que una cohorte de dioses ayudaba a ocultarlos a la visión de todos. El rey no podía darse a conocer. Si lo hacía no sólo amenazaba el desarrollo de esa misión   particular, sino que comprometería el equilibrio del universo, el movimiento de los astros, la llegada de las estaciones; la forma del cielo que nuestra dinastía conservara durante milenios. 
 
El hombre aquel tomó del brazo a la mujer y por un  instante pude ver   los ojos pequeños, ebrios, abotagados, como si surgieran del fondo de un lago . La luna mostró las nubes del aliento agrio y crepitante, repleto del vino de moras deglutidas por la cabra. Lo vi sacar un alfanje y entonces comprendí que había sido soldado. Acababa de hacer la guerra, de matar a muchos y el mundo era para é un campo de batalla. Con el acero en el cuello, la mujer había cerrado los ojos. El hombre hablaba junto a ella, pero no podía escuchar las palabras. Lo único que veía era la cabeza de la  joven negando empecinada. 
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Pensé que podía intervenir sin declarar mi condición real. Me bastaba con darle a mi voz un toque agudo, como el de un ganso y caminar un poco jorobado.  Recordé las palabras de mi padre: “Debes estar entre el pueblo sin mezclarte jamás en tus conflictos. Deberás pasar entrre ellos sin intervenir. Que no te reconozcan que no te vinculen a sus luchar, a sus dolores o a sus goces.
Mis manos temblaron. El deseo  deintervenir era una lista quemante en mi vientre. En medio del chal en que terminaba mi jubón, llevaba una daga larga. De plata pura, estaba enfundada en una vaina de cuero construida por los artesanos del palacio. Me bastaba sacarla, matar a aquel hombre, tomar a la mujer y escapar. Pero era posible que esa conducta, esa muerte bastara para desequilibrar el cosmos.  Aunque si dañaban a esa joven que defendiera mi nombre, si no hacía algo para impedirlo, también se alterarían las bases que sostienen el cielo.  
 
El hombre que debía atacarla se movió lentamente , como si la realidad se retardara. En el cielo la luna cabalgaba más que volaba; había un movimiento desbocado de saetas, caballos y vaivenes. En mis largos años de invocación, había conocido el egoísmo de aquellos que quedaran en el cielo luego de la catástrofe y a los que los sacerdotes invocan como a dioses.  Se guardan todo para sí y sus acciones están muy alejados de nuestros vanos objetivos.
 
El hombre más allá conducía a la mujer hacia el cuarto del fondo. Ella se dejaba arrastrar. Su rostro pasó de la luz de la luna al sector amarillo de las velas.  Me levanté lentamente. Borracho y cobarde. Quizá bastara una advertencia para apartarlo, y si insistía en pelear, yo estaba aún en la apoteosis de mis fuerzas. En mi juventud había sido educado como un guerrero y me bastaba un simple movimiento del largo puñal que llevaba en el cinto para matarlo.   Al clavar el filo en la parte baja del esternón, con una leve inclinación hacia la izquierda, su corazón se detendría en un instante y caería muerto limpiamente, casi sin derramar sangre. Aquello bastaría para calmar a los demás. Una muerte de un ser despreciable. Quizá el cosmos no se derrumbara por ello.  En caso que los demás se volvieran contra mí, podría enfrentarlos, pero el resultado final haría correr la noticia que   el anciano jorobado al que nadie prestaba atención, el que aparecía en los rituales y en algunas fiestas del pueblo,  era un luchador y no podría volver allí: tarde o temprano terminarían descubriendo mi identidad.
 
— ¡Detente…! — llegué a gritar, pero mi voz se perdió entre los ruidos de cascos de caballos y de voces que se escucharon fuera. Llegaba una partida de guardias reales; yo mismo había ordenado que estuvieran al tanto de lo que ocurría en mi reino.  Yo mismo había firmado el edicto por el cual debían  vigilar la taberna; llegar  in previo aviso en cualquier momento de la noche.
El hombre sostenía a la mujer de la cintura. El rostro de ella estaba blanco, con los ojos cerrados, como una parturienta que conociera muchos años atrás: los labios apretados, los rasgos tensos. El hombre intentó arrastrarla a la habitación, pero   el comandante de la patrulla lo había visto.
 
¡Detente!
 
Su voz repetía mi orden, pero la suya era contundente; producía temblor. Él no era el rey, pero actuaba en nombre del rey y aquello le daba poder.
 
―¡Detente! ¡Suelta a esa mujer!
 
Para que obedeciera tuvo que acercarse y golpearlo en la cabeza con el pomo de la espada. La mujer se sostuvo de un banco para no caer y quedó inmóvil, como una hermosa estatua blanca iluminada por la luna que en ese momento había detenido el vuelo en el cielo neblinoso. Los amigos del hombre intentaron escapar pero  los soldados apostados fuera los detuvieron. Serían encerrados en los calabozos del palacio, los que quedaban en el sector sur, y mañana yo debía decidir sus suertes.  
 
El líder del grupo bramaba con la boca llena de espuma, los ojos desorbitados. Se resistió y requirieron la presencia de otros dos hombres para contenerlo. Todos ellos serían atados detrás de los caballos y correrían hasta llegar al calabozo a media hora de distancia.
¿Quién eres? — preguntó el comandante a la mujer
Soy una mujer sola. Mi nombre es Atrita.
¿Qué haces en este lugar?
No puedo dormir y observo la noche.
 
  En el forcejeo con el hombre, el pañuelo en su cabeza se había desatado y los cabellos rubios colgaban  hasta los hombros. La luna en el cielo voló jubilosa.
No debes estar aquí. Es peligroso. Debes volver a tu casa. ¡A ver, anciano!- gritó dirigiéndose a mí — acompaña a esta mujer. No te veo con capacidad para defenderla si le pasa algo, pero te comprometo ante el rey por su seguridad.
 
El oficial no conocía mi persona. Para él como para tantos que moraban en mi cercanía, el monarca era una figura imprecisa, más que un hombre de carne y hueso, una presencia todopoderosa que daba órdenes, que compartía con ellos su poder desde lejos. 
 
Contesté con la cabeza. Procuraba no hablar. A veces los oficiales de mi guardia escuchaban mi voz  detrás de las gruesas cortinas reales. Asentí con la cabeza y emití un murmullo aprobando su orden. Al salir por la puerta hice una reverencia exagerada para permitir que la mujer pasara delante de mí. Por un momento me divirtió imitar al bufón del palacio, el que exhumaba mi risa noche a noche.

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GOCHO VERSOLARI

 

 

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