Narrativa: El largo camino de las cercanìas – La moribunda (I) – La antigua conjura de los poetas.

 El largo camino de las cercanìas – La moribunda (I)

Gocho Versolari.

 En su agonía, mi padre me ordenó que cumpliera con todo el protocolo, que no me saltara ninguna de las ceremonias. Sus últimas palabras fueron precisamente. Recuerda bajar… Se referìa al cumplimiento de aquella parte del axioma en el que tres veces en mi vida me había obligado a descender, a arrostrar los insultos que contra la dinastía se proferían en la taberna, a observar las tareas nocturnas de los campesinos; a recibir en nuestras escudillas los restos de comida que se brindan a los mendigos o dormir brevemente entre los cerdos como hacen los porquerizos. 
 
 
Desde entonces,  pregunto a los astrólogos acerca del día más propicio. Cuando llega la fecha, espero la noche y dejo mi túnica real, mi corona, me pinto con barro las mejillas, pongo betún en mis párpados y camino hacia la feria del pueblo. No sólo para saber lo que piensan y conjurar algún levantamiento, sino porque aplico el lema de mis antepasados: mi dignidad real se sostiene por esa figura que devuelve el espejo: un poco jorobado, cubierto de harapos con la miseria llenando mi entorno como una nube tenue. Sin ese ser que comunica la vida desde el barro, el monarca con su manto, su corona y su mundo, se convertirían en un paisaje de hielo con el destino de derretirse bajo las suaves y a la vez potentes brisas de la primavera. 
 
Invoco la sabiduría de mis antepasados para contemplar en silencio las burlas al rey; a veces llego hasta el norte de mi reino, donde un día en la semana construyen un muñeco con mi rostro y mis atributos reales y lo queman en la noche luego de arrojar sobre él los orines y los excrementos que la gente guardara desde tiempo atrás.
 
Es necesario que muchos me odien, que un día cada tanto destruyan a su rey representado en aquel monigote de paja que arde intensamente durante unos minutos con un fuego amarillo. Es necesario que me maten y me entierren para que al día siguiente salgan a vitorear mi imagen,  a reconocer el orden celeste que rige mi palacio; a vitorear el par de pájaros azules e invisibles que lo cubren a cada instante con sus alas.
 
Anónimo, asisto como una sombra a bodas, nacimientos, entierros. Luego de algunas horas, los borrachos, me confunden con su padre o su abuelo muerto y conversan conmigo recordando paisajes cotidianos, traiciones domésticas. Algunos han llegado a llorar en mi hombro remordimientos o penas de amor perdido. 
 
Nunca supe si es por la excelencia de mi disfraz, cimentado en varias generaciones dinásticas, o por mi naturaleza real, mi rostro muestra todos los rostros y   en las sombras de esas noches, los jóvenes me ven como su padre o su abuelo; las mujeres como su hijo o su amante; los extraviados como un dios surgido de pronto en la miseria. No importa el afán con que pinte en mi figura los colores del dolor, algo brillante emerge de mí y se manifiesta. Tan sólo una vez alguien me reconoció como el soberano. Lo más común es que  el rey que soy yo mismo, se muestre ante ellos como una sombra. Cuando lo insultan públicamente o maltratan o incendian su imagen, lo veo como algo lejano. 
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Ninguno de mis antepasados logró destruir la taberna. En la época de mi abuelo sólo hubo tres guerras. Aún se recuerdan entre el pueblo sus incursiones hacia el antro. Anualmente eran muchos los poetas a los que ejecutaba en la plaza, pero siempre mantuvo en pie al edificio, siempre permitió que los poetas volvieran a surgir entre las huestes del pueblo. Nunca emprendió una tarea de aniquilación que los hubiera exterminado por completo. 
 
Mi padre, inisitía en la prohibición a todo tipo de poesía, arte que iba de la mano con la conjura contra el rey. En su reinado sólo hubo siete intervenciones, y una docena de ejecuciones.  Cuando le pregunté por qué mantenía la taberna: ese monumento al la conjura contra nuestra dinastía,   contestó que era mejor permitir a los enemigos que se organizaran para así estudiarlos y poder anticiparse a sus movimientos.  Debo reconocer que tenía algo de razón; entre los vahos del alcohol, la dejadez de los vates, nunca podrían organizarse para atacar a nuestro ejército. Los campesinos y los mercaderes recurrían a ellos para que cantaran en nacimientos, bodas o velorios, actividad que estaba estrictamente permitida: componer poesía en los momentos más calientes de la vida.
Desde mi juventud me disgustó la presencia de la taberna. Cuando llegábamos con mi padre protegidos por nuestros disfraces, los insultos al rey y al príncipe, resonaban en mi rostro como bofetadas. Mi padre, si bien yo sabía que los despreciaba, no se identificaba del mismo modo con aquellos ataques verbales. Recuerdo que una vez, cuando en la taberna se leyó un largo poema que describía la transformación del rey en un pollino; al terminar todos aplaudieron y brindaron. La mano de mi padre se levantó con su vaso y tuvo que obligarme con un golpe disimulado a que yo, transido de furia ante aquel libelo, hiciera lo mismo.
Desde mi adolescencia me filtraba con un disfraz anodino entre el pueblo. En esas horas, alejado del peso de la corona y la suavidad del manto, dejaba de ser rey. Mi cuerpo tenía el protagonismo y pasaba a primer plano. Alguna vez, cuando presencié peleas a cuchillo que siempre terminaban con algun muerto, temí por mi vida, con un temor animal. No se trataba del miedo que me derrocaran, que el universo se quedara sin sustento al no encontrar las gentes a su rey.   Era mi cuerpo el que vivía el miedo como un gusano sudoroso, era mi carne que aullaba en silencio. Era de pronto el hombre que se encontraba detrás del rey.
 
Màs tarde, entre mis sábanas de seda, con mis criados atentos, sentía el vértigo de haber sido hombre. Sabía que todo aquello no tenía importancia, que debía contenerme Los temores del rey podrìan convertirse en los temores de los súbditos.
 
 
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En cuanto a la prohibición de los artistas yo no tuve el sueño amarillo. Este término es la lejana traducción que puedo lograr de la expresión que mi bisabuelo hizo grabar en el Salón de los Pedestales. Los sabios de la corte, explicarían que sueño se refiere a una actividad onírica, a veces premonitoria, que podría efectuarse despierto o dormido. En realidad la expresión más exacta en cuanto al matiz, sería sueño como revelación. Es decir, una expresión que le fuera trasmitida por una potencia que se encontraría en las fronteras del mundo. Se sabe que cuando las mismas se dirigen a los miembros de nuestra dinastía, son siempre fastas. No se puede dudar que sea el engaño de algún ser ubicado en las partes inferiores de la realidad. Nosotros como reyes no podemos ser engañados. De allí que nuestros sueños sean sagrados.
Mis combates nocturnos procuran mantener el mundo tal como se presenta para que los hombres vivan en èl.  
 
En cuanto al color amarillo, establecido a la revelación que tuviera mi abuelo, se refería explícitamente al color del escudo que aparece en la taberna de los poetas, como la llama el pueblo y que para nosotros se presenta como u n medio para delinquir. También el amarillo es el color del exceso de reflexión, el que conduce a la inacción, a la duda crónica y que finalmente promueve el quietismo y la muerte por inmovilidad. Era el color del condenado. A poco tiempo de la catástrofe que separó los hombres del acceso al cielo, se estableció que quienes debían ser condenados a muerte, se les colocaría ropa amarilla.  En el palacio se evitaba ese color. Se permitía el dorado, que era propio del sol, pero siete criados eran los responsables que no entrara ningún detalle amarillo. Entre ellos tres jardineros, se ocupaban que las flores que crecían en losjardines no tuvieran ese tono. Como contrapartida, la taberna donde se reunían los poetas, tenía una estructura similar a la del palacio y allí el amarillo se expandìa por todos los rincones. 
 
De este modo, la visión o el sueño que tuviera mi bisabuelo, al ser amarillo significaba algo ominoso, algo siniestro. Está relatado en uno de los pasajes de su diario. La traducción de los idiomas arcanos es siempre aproximada, pero lo que señalaba era en esencia lo siguiente:
 
Soñé que los poetas reunidos en la taberna, compondrían una gran obra hecha entre todos. En el sueño yo estaba en uno de los rincones de aquel antro, pudiendo ver lo que ocurría. Quizá fuera un brillo pasajero. Quizá ningunos de los que estaban podrían verme, lo cierto era que me enteraba de todo lo que ocurría. A la vez, podía verme a mí mismo durmiendo en mi recámara. Podía ir y venir del palacio a la taberna, como si fuera un pájaro; mis alas me transportaban de un punto al otro de modo instantáneo. Cantaban al palacio, el palacio que a la vez es un templo, uno de cuyos muros tiene piedras rescatadas a la gran catástrofe en la que el cielo se derrumbara. El gran palacio de mis antepasados, de mis hijos y nietos que aún no nacieron. 
 
Entre los poetas mi abuelo podía ver las mejillas rojas, los ojos brillantes. Estaban conjurando. Era una guerra sin armas, una batalla sin muertos visibles. Nadie disparaba ballestas. Las flechas eran invisibles, pero todos ellos estaban conjurados en contra del rey. Todos ellos procurarían que el palacio se derrumbara, aunque no sabía cómo lo harían. 
 
Ellos ignoraban que una de las razones profundas de la prohibición de la poesía en la vida cotidiana era que la misma creaba una realidad ficticia, mucho más débil que la de todos los días, que terminaba reemplazándola. Las cosas se enamoran de los versos ― decía la prohibición escrita en lenguaje antiguo ― se entregan mansamente como una concubina lo hace con su señor, y es entonces que cuando despiertan advierten que  ya no son ellas mismas. Los hombres o las mujeres envejecen de pronto, las mesas se caen y las casas se derrumban. 
 
Siete de los poetas tenían un objetivo preciso: debían componer de acuerdo a la métrica y a la rima antiguas varias odas dirigidas al muro externo situado al norte del palacio. Este muro es una de las tres protecciones en el que se encuentra el gran templo cuyo objeto de culto es el rey. Los poetas demoraron en componerlas. El poeta más anciano llamado Misórulo, revisba los versos escritos y hacía correcciones. Finalmente consideró los trabajos terminados y entonces los siete poetas pasaron a una tarima que se encuentra al sur de la taberna, y que sirve de tablado para que todos reciten sus trabajos. Sigue diciendo mi abuelo:
 
Poemas referidos a un muro. Palabras escritas con un cálamo hecho de una pluma de los gansos salvajes que se encuentran en el lago del sur. La tinta, tomada de las flores Azur y Grandall, tenía su importancia. En el sueño supe que se había pasado largo tiempo elaborándola; que la lectura de aquellos poemas no se trataba de una composición poética inocente, pero no tenía idea de qué era lo que estaban haciendo. Se iniciaron las lecturas. Las mismas describían con precisión cada tramo del muro. Las comparaciones apuntaban a la naturaleza. Hasta allí no ocurría nada. Sin embargo, a medida que los poetas iban leyendo, a medida que avanzaban los trabajos, iba teniendo la certeza de lo que realmente ocurría. 
 
Lentamente el salón de la taberna se llenó de una niebla primero oscura que lentamente fue tomando una coloración dorada. Supe que era una esencia muy leve del muro del palacio.   La enorme pared donde estaban las piedras arrancadas al cielo, camufladas entre los adobes groseros que la rodeaban como protegiéndolas, se trasladaba a aquella poesía. Tenía la capacidad de ir vaciándola de sustancia. Entonces grité. Pedí que se detuvieran, pero ya era tarde. 
 
Volvì al palacio. Ordenè la revisiòn de los muros y se me informò que todo estaba bien. Dos dìas màs tarde me despertó en mi recámara un estrépito súbito. Mis asesores llegaron a informarme que el muro del norte acababa de caer. De las siete piedras que pertenecieran al cielo, sólo pudieron rescatar tres que son las que hoy se encuentran en el ápice de mi alcoba. 
 
La noche que siguió a mi sueño, mis ejército irrumpieron de sorpresa en la taberna y los soldados detuvieron a setenta poetas que al día siguiente ejecutarían en forma inmediata. Desde hace más de cinco generaciones, se trata de la redada más numerosa que se realizara en la taberna. Parte de mis asesores aconseja la destrucción del antro, y parte plantea que no lo haga, que de ser así los versos encerrados en las paredes se liberarían y producirían problemas en todo el reino. Esto me lleva a respetar la taberna. Sé que han sufrido un golpe importante. El poeta Misórulo está fugado. Le puse precio a su cabeza, pero   si alguien en el pueblo llega a conocer su paradero, no lo delatará. 

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GOCHO VERSOLARI

1 Comment

  1. Este maravilloso mito, esta genial parábola, esta trama y urdimbre de alegorías, cono en EL REY SE MUERE de IONESCO y parábolas derviches como LA DEL HIJO DEL REY, allende el punto de vista cósmico en el que hay diversos nivel de interpretación, en una orientación supracósmica nos habla a nosotros. Es una parábola que hubieran glosado con alacridad OUSPENSKY y NICOLL para facilitar el CUARTO CAMINO; es una parábola que devela sobre nuestros diversos yoes y nuestros diversos mundos, hasta ahí lo intermedial, pero le sobra una eternidad, una metafísica siempre asomando en cada tramo del relato. Arbitrariamente escogemos un pasaje en el que la veracidad y el realismo extraordinario descollan con una clave que todos reconoocemos como una verdad conocida por lo laterales de nuestra codiciosa raz<ón: "(…) Ellos ignoraban que una de las razones profundas de la prohibición de la poesía en la vida cotidiana era que la misma creaba una realidad ficticia, mucho más débil que la de todos los días, que terminaba reemplazándola. Las cosas se enamoran de los versos ― decía la prohibición escrita en lenguaje antiguo ― se entregan mansamente como una concubina lo hace con su señor, y es entonces que cuando despiertan advierten que ya no son ellas mismas. Los hombres o las mujeres envejecen de pronto, las mesas se caen y las casas se derrumban.(…)"

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