Narrativa: La muerte y los pies desnudos- El hombre descalzo y la visita de la muerte.

El hombre descalzo y la visita de la muerte.

Gocho Versolari

 

En el presente fragmento de la novela , la adivina llamada Sandra, que es la muerte, vuelve a visitar a Ignacio, el hombre descalzo. La mujer habla de su edad inmemorial, y pide al protagonista tener una relación íntima con él. 

Este es el clima de la novela: andar descalzo parece algo inocente, pero los pasos pueden conducir en forma insensible al límite con la vida. 

 

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Los seres humanos somos capaces de adaptarnos a las cosas más extrañas. A veces lo  insólito, lo maravilloso, pasado el período del asombro, pasa a formar parte del paisaje cotidiano y llega un momento en que lo contemplamos con un  magnífico bostezo.
Hacía  seis meses, la muerte se había presentado en forma de una adivina de nombre Sandra y había profetizado mi fin. Cuando llegó la fecha de reclamar mi vida, no pudo llevarme porque me encontraba descalzo. Al parecer el vínculo de mis pies con la tierra era muy intenso y no le permitía hacer su trabajo. Afirmó que si en algún momento volviera a usar calzado, sería mi fin. En ese momento no supe si esas palabras habían sido la confidencia de un truco para seguir viviendo, o una amenaza pura y simple
Ella, la muerte estaba segura que lo haría, y aquello tenía su lógica. Vivíamos en una sociedad donde los zapatos formaban parte de la cultura y a quien se negara a usarlos en toda circunstancia lo marginarían.  Por mi parte, siempre había sido   fanático del barefoot running, es decir la práctica de correr maratones descalzo, pero ya las principales fábricas habían elaborado y puesto a la venta un calzado al que llamaban “minimalista”, es decir una especie de guante para el pie que lo protegía, sin evitar las sensaciones provenientes del suelo. Además los atletas se descalzaban en el momento de correr. El resto de su vida la transitaban calzados.
Desde la fecha en que la muerte no pudo llevarme, Sandra vigilaba mi casa, parada día tras día en la esquina enfrente a mi ventana. Miraba tras sus enormes anteojos espejados. Al principio estaba atento a su figura delgada, a su túnica con flores. Ella también solía presentarse descalza, con los largos cabellos sueltos o recogidos en una cola. De cutis cetrino y labios gruesos, mostraba una extraña belleza.
los últimos dos meses, la relación amorosa con Marcela, estaba en su mejor momento. Éramos amigos desde hacía algunos años y ella, además de ser barefooter como yo, se especializaba en la Pedimancia, o sea la lectura de las plantas de los pies.   Teníamos sexo intenso, y de pronto me encontraba escribiéndole poemas o comprándole chocolates. Frente a esto, la figura inmóvil y amenazante de  Sandra , había dejado de preocuparme.     Marcela no sólo  practicaba el mismo hábito que yo. En condiciones normales, antes de la profecía, yo podía usar calzado algunas veces. Ella sentía que cubrir sus pies la asfixiaba. Necesitaba sentir la fuerza de la tierra, aunque fuera a varios metros debajo del asfalto. Como si sus efluvios entrando por sus plantas desnudas, la nutrieran con sustancias invisibles.
No había confesado a Marcela la presencia de Sandra. Al conocer la profecía de mi muerte, y haber constatado ella misma a través de la lectura de mi pie   la cercanía de la parca, tuvo un fuerte acceso depresivo. El terror ante lo inevitable, hizo que se marchara a casa de su madre en una ciudad cercana. Si ahora le decía que la muerte vigilaba mis pies para saber si me calzaba, podría repetir la crisis.
Sin embargo, al pasar los días, y ante la firmeza creciente de nuestra relación, había decidido confiárselo. Por más que Sandra estuviera rondándonos, era evidente que para actuar debía superar ciertas leyes que ni ella misma con todo su poder, podría transgredir.
Los días pasaban. Con Marcela, teníamos gustos afines y diariamente disfrutábamos de espectáculos o salidas. Entre cenas, bailes y sesiones de cine, no encontraba el momento oportuno para comentar que la muerte estaba frente a mi casa  , vestida con una túnica india floreada, con lentes espejados y atenta a mis pies.
De haberlo hecho desde el principio, todo sería más fácil, pero a medida que el tiempo transcurría, era más difícil abordar el tema. Me obligaría a sentarme y hablar con ella  con cierta solemnidad. Esta situación no  era aconsejable ante el carácter cambiante y fácilmente impresionable de Marcela.
Quedaba la alternativa de mantenerlo oculto Sin embargo, nuestra relación era muy trasparente como para esconder algo de aquel calibre.
Cuando se cumplieron tres meses, casi había olvidado la presencia de Sandra. Abstaído en mis pensamientos, ansioso de encontrarme con Marcela, ni me detenía a fijarme si la figura delgada y desgarbada se mantenía en la acera de enfrente, en ola ochava de la esquina. Ya me había acostumbrado  a andar descalzo a toda hora, y mis vecinos también se habían acostumbrado a verme del mismo modo, de manera que la amenaza del fin estaba suspendida indefinidamente.
 Conn Marcela evaluábamos la posibilidad de vivir juntos. Era la primera vez desde la muerte de mi esposa, que había pensado en volver a casarme, aunque hasta el momento no había dicho nada. Por ahora vivíamos en nuestras propias casas, separadas diez cuadras una de otra.
Una vez por mes, Marcela tenía que viajar al pueblo vecino para atender a todos los pacientes de aquel sitio. No sólo leía las plantas de los pies, sino que les brindaba terapias a base de hierbas, masajes y realizaba ciertos hechizos. Aquella noche la despedí antes de su viaje y regresé a mi casa caminando; soplaba una brisa bastante intensa y volaban las semillas de dientes de león Me gustaba pisarlas con los pies desnudos. Concentrado en esto, al llegar a la esquina de mi casa levanté la cabeza y vi luz a a través de la puerta vidriera. Me parecía haber apagado todo, y mi alarma creció al advertir que el viento golpeaba la puerta abierta. Tenía la certeza de haberla cerrado con llave.
Me detuve. Quien fuera que hubiera entrado había encendido la luz de la cocina,. Lo primero que hice fue mirar  a mi alrededor. No había nada que pudiera usar como un arma. Apoyado en el silencio de mis pies descalzos, caminé hasta la puerta y miré a través de los vidrios. En la cocina se veía una silueta. Sentada de perfil hacia la puerta, inmóvil, de pronto reconocí el marco de los lentes espejados.
Entré. No me sorprendía qaue Sandra hubiera abierto la puerta a pesar de la llave y el seguro. Ella tenía el poder de la muerte y aparentemente eso bastaba para violar cualquier domicilio. Al escuchar los compases del Introito del Canto Gregoriano que tenía entre mis discos,  sentì un sabor a metal en la base de la lengua. De pronto hubiera deseado que en vez de Sandra se encontrara un maleante. La música religiosa me recordó la película de Bergman “El Séptimo Sello” en que un caballero cruzado juega al ajedrez con la muerte.
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  • Puedes pasar. Ya sé que estás ahí.
Sandra se encontraba al fondo, en la cocina, pero la voz resonó junto a mí.. En ese momento pensé en Marcela. Me pareció verla, con su mirada atenta, tratando de entender lo que ocurría. Entré en la casa, caminé hasta la cocina, me detuve frente a la mujer y la miré fijamente. Sentí que mis labios estaban apretados. No me animé a hablar, pero ella lo hizo con su acento extranjero que nunca supe si era alemán o inglés.
  • Lo que uiere es preguntar qué haago aquí pero no deseas ser muy descortés, ya que no se puede tratar mal a la muerte. Entré porque necesitaba ir al baño. No soy la muerte sino una mujer que es visitada por ella. Eso me permitió vivir más que un humano normal. Si usted logra ser visitado por la vida o por la muerte, no se convertirá en inmortal, pero su vida se prolongará indefinidamente.
Tomó un lápiz ,escribió algo en una servilleta de papel y me la alcanzó. —
— allí está mi verdadera edad.
En el papel había trazado el número 3937. La miré con incredulidad. Nadie podía vivir tanto.
— Tienes miedo que reproduzca lo que hice en la Edad Media. Cuando el director Bergman filmó el séptimo sello se basó en un relato real. Yo jugué al ajedrez con un cruzado. Lo que no dice la historia es que tuvimos relaciones íntimas. Suelo tenerlas cada quinientos años con un hombre que lo merezca.
Hubo un largo instante de silencio. No podía decir nada. Sandra se adelantaba a todos mis pensamientos. Sentí que me miraba detrás de sus anteojos espejados
  • No es así — dijo de pronto
  • ¿Qué es lo que no es así?
  • Sé mucho de lo que piensas pero no puedo tener un control absoluto de ti. Acuérdate que soy humana. Una mujer muy muy vieja aunque no lo parezca. Hay una parte en el centro de ti mismo que es como una cuerda. Algo que está tenso y que vibra con cualquier sonido. Eso no muere. Eso no está bajo mi control. Todos los humanos lo tienen ,pero yo no. El ser visitada por la muerte hizo que se llevara eso hace tiempo. Hay un dragón de humo debajo de esta cocina que reacciona con los pies descalzos — ella golpeó el suelo con su planta — ya ves que conmigo no reacciona. Para ser visitada por la muerte, es necesario morir un poco.
  • Sandra— dije mirándola fijamente — ¿Qué viniste a buscar aquí?
  • Quiero tener una relación íntima contigo.
Aquello me turbó. No lo esperaba. Inexplicablemente sentí un toque de orgullo. Me había dado a entender que a lo largo de la historia buscaba personas especiales para tener relaciones íntimas, pero aquello me despertaba un fuerte conflicto. Yo estaba con Marcela.
  • Lo que quiero es que me abraces.
  • ¿Qué te abrace?
  • Sólo que me abraces, no pienses otra cosa. Eso para mí es una relación íntima.
  • Pero si te abrazo podrías llevarme.
  • Tú mismo piensas que hay cosas que están por encima de mí. Hay leyes que no puedo transgredir. Tu lo has dicho. Si llegaras a calzarte aunque fuera unos segundos, vendrías conmigo. Si no lo haces vivirás.
  • Hasta cuando podría vivir.
  • Si sigues descalzo, la muerte no llegaría nunca por ti, pero deberías transformarte en otra cosa. Para conservar la cuerda vibrante eligirías la soledad. No hay otro camino. Si recuerdas lo que hablamos esta noche, encontrarás varios trucos que te dejarán vivir para siempre.
  • Te abrazaré Sandra, pero quiero que a cambio me muestres tus ojos.
Por primera vez vi en ella un gesto de asombro y de cierta alarma.
  • ¿Es cierto que quieres verlos?
  • Es cierto. Quiero saber qué hay detrás de tus lentes espejados.
  • Podría no gustarte.
  • Es mi condición
Ella se acercó a mí. Me puse de pie y la abracé. Elcuerpo tenía cierta rigidez que cedió de a poco. Despedía un suave perfume a incienso y a naftalina. Estuvimos abrazados estrechamente varios minutos, y sentí que ella bebía algo de mi interior; se alimentaba con ello, aunque no  me hacía daño.
De pronto se apartó,
  • Debo pagar entonces lo que me exigiste.
Se quitó los anteojos y me miró fijamente. Los ojos tenían una expresión alucinada. Por momentos las pupilas se armaban para disolverse y convertirse de inmediato en abismos pequeños y redondos. Esos abismos se clavaban en alguna parte de mi pecho y generaban un vacío insoportable. Retrocedí. Algo pasó a través de mi cuerpo  . El canto gregoriano se transformó,  convirtiéndose en un coro de demonios. Sólo quería alejarme de ese sentimiento de caída incesante. No se trataba de mi propia muerte, sino del fin de toda vida.
Todo lo que nace debe morir, repetían los ojos de Sandra.
Vi cadáveres con las bocas llenas de prendas de oro.
Sentí la angustia de cada ajusticiado.
Un niño cuyas vida escapaba del cuerpos con una simpleza pavorosa.
El sufrimiento de la muerte era un viento que llegaba de tiempos remotos que ahora asolaba las habitaciones de mi casa.
Mis muros estaban llenos de sangre.
De huesos que clamaban.
Sandra había soltado el terror milenario con obedecerme y quitarse los anteojos.
En algún momento no pude más y me desmayé.
Desperté  viendo el techo de mi habitación y la silueta de Sandra.
  • ¿Estás bien? ¿Cómo te sientes? — era Marcela la que hablaba a mi lado.
Me sobresalté recordando las hordas de muertos que ocupaban los muros de mi casa. Comprendí que Sandra los había conjurado volviendo a colocarse los anteojos.
  • Ella … ella es la muerte — le dije a Marcela mientras señalaba a Sandra. — no te lo había dicho
  • Ya lo supe — dijo ella acariciando mi frente — Hoy me visitó.
Busqué a Sandra con la mirada. Habia desaparecido. Cerré los ojos y aspiré el perfume de Marcela. Aquello me tranquilizaba.
  • Vino porque necesitaba el baño — escuché mis propias palabras como algo ridículo: luego de lo que había visto antes de desmayarme, que Sandra necesitara el baño  no tenía sentido — le pedí que se quitara los anteojos y lo que vi fue terrible…
Me interrumpí. Marcela estaba llorando. Me costó incorporarme.
  • ¿Qué ocurre?
Como respuesta, levantó su pie izquierdo. En la planta, cerca del arco había una mancha oscura y dos líneas que se unían en falsa escuadra. Era el diseño que había profetizado mi propia muerte. Marcela se enjugó las lágrimas.
  • Dijo que vendrá por mí el veinticinco de marzo a las cinco y diez de la tarde.
Abracé a Marcela. No podía hacer otra cosa. Pasado un rato me incorporé y me asomé a la ventana: En la vereda de enfrente, Sandra ya no estaba.
Supe que no volveríamos a verla hasta la fecha de la profecía.

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GOCHO VERSOLARI

 

 

 

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