Narrativa: El hombre descalzo y la visita al inframundo (1)

 El hombre descalzo y la visita al inframundo (1)

Gocho Versolari, Poeta

 

El presente relato y su continuación, no están incluidos en la novela original. En ellos, Ignacio y su actual compañera, Marcela, se dirigen al inframundo, representado en la ciudad que habitan por el brazo descendente de un río. La idea es caminar descalzos por esa superficie incontaminada; por ese sitio donde se suponía iban a parar los muertos en épocas pretéritas. 

 

Siempre he vivido en la misma ciudad. Ha sufrido algunas transformaciones en estos años, pero nada de importancia. Aquí y allá ha llegado el progreso: la construcción de un gigantesco Shopping por ejemplo, que ha hecho cerrar almacenes pequeñas, dándole otra configuración a los barrios. Sin embargo, las agrupaciones de vecinos, muy conservadoras, han resistido con éxito los intentos de construir cadenas de supermercados y estructuras que afeen y cambien el aspecto de la urbe.
Veredas cubiertas de grama, un espacio verde cada dos manzanas, casas de hace dos siglos convertidas en museos. Un barrio con poca gente joven. Muchos de ellos miraban con indiferencia y hasgta con simpatía mi hábito de ir descalzo.
Muchos ancianos me recordaban de niño cuando asistía a la escuela que conservaba el mismo aspecto: dos columnas corintias, un patio de baldosas antiguas y un pino bicentenario que sostenía una campana de bronce con la que se regulaban las clases y los recreos.
Al menos una vez por mes me reunía con mis antiguos compañeros del liceo. En nuestra adolescencia habíamos formado un grupo cerrado en el que yo era el líder. Según me comentaban, por aquellos tiempos yo prometía ser el que “más lejos llegaría”. Alababan mi inteligencia y no asombró a nadie que completara la carrera de ingeniero naval en menos de tres años, rindiendo todos los exámenes teóricos y prácticos y presentando el trabajo de egreso.
Sin embargo, luego me casé y me dediqué a perfeccionar la técnica de caminar descalzo. Viajé dos veces a una selva donde los nativos me enseñaron técnicas para caminar con las plantas desnudas en diversos tipos de suelos. Al morir, mi esposa me dejó cinco propiedades en el pueblo. Las alquilé recibiendo una renta que me permitía vivir decentemente sin hacer otra cosa. Mis amigos lo solían cuestionar. Durante muchos años, Ramiro, quien también había completado la carrera de ingeniero naval, me traía noticias de contratos tentadores con empresas multinacionales. Desempeñándome un par de años, podría reunir suficiente dinero como para comprar medio pueblo.
Mi respuesta era que no quería comprar medio pueblo, que así estaba bien y que no iba a empeñar dos años de mi vida, yendo a trabajar vestido con elegancia y sobre todo calzado a una empresa que me dejaría dinero, pero arrasaría con mi fuerza vital.
Por encima de sus críticas había en ellos una oscura y hasta inexplicable aceptación de mi estilo de vida. Insistían en encontrarnos y nos reuníamos casi siempre en la casa de Leoncio, el abogado, ubicada en las afueras del pueblo con todas las comodidades. En esos años se desestimó la propuesta de que la reunión se efectuara en uno de los cafés céntricos de la ciudad para recordar las épocas del liceo. Cada vez que se tocaba el tema había juegos de miradas entre ellos, y yo lo comprendía: tenían clientela entre la gente rica del lugar y no se animaban a que los vieran conmigo, en especial por mis pies descalzos.
Aquello se convirtió en una callada convención que se aceptaba de ambas partes. Cuando nos encontrábamos, yo vestía como siempre , con sencillez y como siempre iba sin zapatos. Medio en broma, me pedían que  contara anécdotas acerca de ni marcha sin zapatos. Ellos lucían como siempre ropa muy fina, en las reuniones un elegante sport con prendas de colección, y especialmente zapatos ostentosos: botas de cabritilla, mocasines de cuero de yac y otras exquisiteces por el estilo.
Una vez que yo hubiera contado anécdotas como mi encuentro con los espectros, el niño sin ojos o el cadáver;  detalles — a veces reales a veces inventados, lo confieso — con las mujeres con las que estuviera saliendo en ese momento, ellos hacían referencia a sus problemas personales, casi siempre conflictos en el matrimonio, infidelidades, amenazas de divorcio que costaría millones. Invariablemente me pedían consejo. Yo me limitaba a señalarles lo que planteaba el sentido común. Creo que como un don natural, podía ver con cierta objetividad lo que más les convenía, aunque no siempre coincidiera con sus aspiraciones. Era evidente que me seguían tomando como líder reproduciendo aquel lejano esquema de la adolescencia.
Sin embargo, Muchas veces me pregunté por qué seguían frecuentándome, por qué estaban presentes como una familia putativa cada vez que tenía un problema y necesitaba un médico, un abogado o simplemente un apoyo moral.
La respuesta la tuve cuando una tarde me cité con Ramiro para pedirle apoyo en mi excursión al inframundo. Me citó en su casa y me obsequió una apetitosa langosta roja, atrapada en los mares de China. Cuando la terminamos fui directamente al grano.
  • Necesito en carácter de préstamo un batiscafo. Sé que la empresa en la que estás trabajando tiene uno para dos personas. Es el ideal.
Mi amigo dejó de comer langosta y me miro perplejo.
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  • Lo necesito para bajar al inframnundo con Marcela — agregué y a continuación le di una completa explicación del inframundo. No se trataba de un lugar de castigo como el infierno cristiano, sino de un sitio donde van los muertos, como una versión invertida de nuestro mundo. – En la ciudad hay una versión del inframundo: exactamente a tres kilómetros de la desembocadura del río en el lago. Es un sitio de aguas tumultuosas y los antiguos naturales de la zona han marcado la entrada con un monumento. La idea es recorrer descalzos el inframundo y para eso debemos desplazarnos unos veinte minutos por debajo del agua. Luego, según los mapas del lugar, habría una caverna en medio de dos bloques de agua. El segundo lo podemos bucear, pero el primero tiene muchas dificultades y requiere del batiscafo.  Salir por el otro lado del río, simbolizaría retornar al mundo humano, el que conocemos.
Cuando terminé, Ramiro movió negativamente la cabeza y sonrió.
  • Dime Ignacio: qué hago yo aquí escuchando tu versión del inframundo. Tendría que estar resolviendo algunas cosas en la empresa, y sin embargo te escucho a ti. No creo en el inframndo y tengo mis dudas acerca de la ventaja que representa vivir descalzo como haces tú, sin embargo te escucho como cuando teníamos quince años y nos reunías para contarnos una serie de barrabasadas. ¿Sabes por qué lo hago?
  • En realidad no lo sé, Ramiro y te confieso que es una pregunta que me hago muy a menudo.
  • Esto sólo lo hemos conversado entre nosotros, pero es justo que lo sepas. Al entrar en la adultez todos nos apartamos de lo que aspirábamos o planeábamos cuando estabamos en aquellos días. Yo por ejemplo, quería ser ingeniero hidráulico en el lejano norte y solucionar el problema del derretimiento de hielos; Leoncio quería ser una versión masculina de Erin Brocovits defendiendo a los pobres en contra de las grandes corporaciones. Tú eres el único que renunció a todo y sigue fiel a lo que deseabas . Recuerdo que te sancionaban por ir descalzo a la escuela y ya en ese entonces tomabas sobre ti las reivindicaciones ecologistas, el derecho a la tierra y cantidad de cosas. Eres el único que permanece fiel a lo que creías en esa época. Por eso te respetamos y te apoyamos, por un poco de sentimiento de culpa y como un homenaje a aquellos días. El que menos lo reconoce es Leoncio, pero en el fondo también siente esto que te digo. Me lo confesó.
Sabía que tenía razón pero la confidencia me dejó gratamente sorprendido. Me explicó que disponer del batiscafo era posibole, pero complicado. Mi amigo me pidió que esperara tres meses, cuando la nave estuviera desocupada.
Bajar al inframundo era una experiencia  fuerte.  Mis conocimientos como ingeniero naval me permitieron establecer la excursión que de otro modo hubiera sido   difícil y demasiado costosa, ya que deberíamos haber contratado a un experto. El brazo subterráneo del río duraba unos tres kilómetros en dirección nordeste sudeste. El batiscafo disponía de un scanner al que cargué con los datos que obtuve del catastro oficial de la alcaldía de la ciudad. Al llegar a la entrada de la caverna, con Marcela bucearíamos cerca de un kilómetro más. Luego de esta distancia, se abría una gruta que era propiamente hablando, el centro del inframundo. Según los naturales, el lugar estaba lleno de espíritus y el caminar allí con los pies desnudos, podía ser una fuente de revelaciones. Aquel descenso en épocas precolombinas,  lo realizaban los jóvenes en su paso de la pubertad a la juventud y    algunos chamanes que allí se procuraban visiones a las que luego aplicarían a su comunidad.
Dispuse del batiscafo en el mes de agosto, cuando menguaban los intensos calores del verano y era una época ideal para el descenso.    Reconozco que a pesar de mi tendencia al naturismo y de elegir siempre el contacto más intenso con la naturaleza, ver el batiscafo me produjo una intensa alegría. Era de la marca “Trieste” en honor al famoso submarino para dos personas de los años sesenta que descendiera a la Fosa de las Marianas, pero absolutamente sofisticado con un sistema de computadoras que hacía imposible cualquier problema.
Decididmos partir con lo indispensable. Llevábamos además de los equipos de buceo un paquete de semillas como toda alimentación.
Todo se desarrolló normalmente. Si bien el batiscafo tenía luces interiores y capacidad para ver todo lo que nos rodeaba, Marcela me sugirió que apagáramos todo y al rato de partir, sólo vimos el fanal del vehículo que iluminaba aquel brazo subterráneo.
La luz natural se precipitó de pronto cuando debajo del agua atravesamos un cañón, pero la caverna acuática se prolongaba y descendia aún más en la otra pared. A los veinte minutos, un silbido y una señal vibrante nos indicó que habíamos llegado al lugar. El batiscafo había emergido en un río subterráneo y encendí todas las luces. Más allá se extendían los cuatrocientos metros cuadrados que debíamos recorrer. Al final del mismo se iniciaba un nuevo río subterráneo que bucearíamos en sentido descendente para luego subir y encontrarnos con el mundo tal como lo conocíamos.
Salimos del batiscafo. Programé su regreso y apenas estuvimos en la arena que formaba el piso de la cueva,   vimos como encendía las lucves, retrocedía, giraba y mse marchaba. Habíamos quedado solos en el centro del inframundo.
Paredes de roca con vetas brillantes. El aire, con un gran contenido de oxígeno, llenaba nuestros pulmones.  No estábamos muertos, pero  nuestros pies descalzos sobre la arena tibia y fina, nos convertían en espíritus.

 

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 GOCHO VERSOLARI

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