Narrativa: La muerte y los pies desnudos – El hombre descalzo y los espectros

 El hombre descalzo y los espectros

Gocho Versolari

Diariamente, a eso de las siete, salía de mi casa con los pies totalmente desnudos. Recorría las aceras, la grama del parque cercano y nunca me importaron el frío, el calor, la suciedad de las calles ni la sorpresa de los paseantes.
Aquel día de principios del otoño, ventoso y soleado, una mujer morena acompañada de un niño, miró mis pies con curiosidad, repitiendo la actitud de tantos. No le presté atención, hasta que se incorporó y me llamó con un gesto.
  • Disculpe; necesito contarle algo— su voz era levemente ronca y jadeaba. Asentí con la cabeza y con un gesto la invité a hablar.
  • Quizá sea muy pobre y por eso anda descalzo, pero un hombre sin zapatos, me despierta confianza.
En otra época hubiera expuesto cantidad de razones para justificar mi hábito, desde las ventajas médicas y psicológicas del vínculo entre el pie y la tierra, hasta el placer que produce la planta desnuda apoyada sobre el piso, pero me mantuve en silencio. El paso de los años me había enseñado a callar y escuchar.
  • Acabo de escapar con mi hijo . Mi marido me golpeó y disparó sobre nosotros; antes que nos matara, nos fuimos de la casa. Sé que saldrá a las calles a buscarnos, a cobrar venganza. Me castiga desde hace años y esta vez intentó asesinarnos.
La mujer aparentaba cuarenta años; su rostro era muy blanco, llevaba el cabello suelto y la tersura de la piel la asemejaba a una enorme pieza de porcelana china. El sol, al deslizarse por sus manos, dejaba residuos luminosos en forma de orugas. No mostraba marcas o hematomas y al mirarla con atención, sólo descubrí un brillo de tristeza en los ojos
  • Quiere decir que su marido la está buscando.
  • No lo sé. Quizá bebió hasta dormirse; quizá recorra las calles como un animal furioso.
Al mirar al niño, advertí que reflejaba toda la miseria descripta por la madre. El rostro era demasiado delgado; tenía las mejillas hundidas y la cicatriz de una quemadura unía su nariz con la oreja derecha; de un color indefinido, los ojos miraban hacia adelante con expresión perdida. El cabello era escaso, el vientre hinchado y las costillas abultaban la piel del pecho.
Estuve a punto de decir algo, pero seguí en silencio. Los ojos de la mujer no se apartaban de mis plantas.
  • Sus pies desnudos me han inspirado para contarle mi drama. No crea que pido ayuda. Sólo necesito alguien que me escuche. Estamos descansando en esta plaza, esperando que una amiga regrese a su hogar. Ella nos dará cobijo.
El niño me miraba fijamente, inmóvil, de espaldas al sol. Noté en sus ojos un brillo intenso, como la mirada de un animal cuando los faros de un automóvil lo iluminan. Al verlo mejor, advertí que era la luz de la tarde atravesando el cráneo.
Entonces supe que ambos estaban muertos; quizá la mujer hubiera recibido un disparo en la garganta la noche anterior y al niño lo habían asesinado mucho tiempo atrás; un aborto en los inicios del matrimonio. Por alguna razón se habían mostrado para mí en aquel parque solitario. Me incliné sobre ella y sentí un perfume a almizcle. Hablé en susurros.
  • Le pido que me conteste con la verdad: usted y el niño, ¿están vivos o muertos?
Ella sonrió con cierto alivio.
  • Es la pregunta que esperaba de un hombre descalzo.
Bajó la blusa y mostró sus hombros; estaban llenos de moretones y heridas
  • Hay quienes guardan las marcas de su vida en el rostro o en la espalda. Yo lo hago en mis brazos.
Luego se levantó y tomó de la mano a su hijo. Por un momento sentí que no debía dejarlos ir, que faltaba algo. Hice un gesto para detenerlos, pero ya habían cruzado el seto y pude ver los pies atravesando la acera. Cuando desaparecieron de mi vista, escuché los disparos, me levanté y corrí hacia la calle. Vi al hombre con la pistola humeante; era parecido al niño. Me miró un momento, luego me dio la espalda y escapó. Alguien llamó a la policía, pero cuando los patrulleros llegaron y la zona fue acordonada, no encontraron los cadáveres.
Permanecí cerca de una hora mirando los procedimientos, escuchando los sonoros diálogos de la radio, hasta que una oficial joven se acercó a mí.
  • Señor, hay vidrios en el parque. No es bueno que ande descalzo.
Entonces supe que el mundo había vuelto a la normalidad.

spirit-2304469_960_720

GOCHO VERSOLARI

 

logo_SafeCreative

Código: 1207201998733
Fecha 20-jul-2012 1:37 UTC

 

 

 

4 Comments

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s