Narrativa: El largo camino de las cercanías – “No volveré a matar”.

 El largo camino de las cercanías – “No volveré a matar”.

Gocho Versolari, Poeta

 

EXORDIO
                            
En la noche pisaré tus huellas y de la tierra
emanará el leve perfume
de  las brillantes uvas de la muerte
.GV
 
 
1
 
 
Una cortesana debe bailar frente a mí. Aspira a ocupar mi lecho. Está ávida de mi cercanía. El traje reproduce un modelo antiguo, establecido por el complicado protocolo de la corte. Cientos de costureras reales  fueron instruidas por matronas y por asesores, para que la prenda exprese  sensualidad y excite al rey. Uno de los detalles es la sorpresa. Yo debo ignorar los colores de las telas, el tono del maquillaje que las ancianas habrán elegido; el tatuaje en manos, pies y cuerpo de la bailarina.  
 
Como tantas veces, me conducen a la cámara real con los ojos cubiertos, y mi amanuense, uno de los pocos cuyos dedos poueden rozarme, quita la cubierta de mis ojos. Puedo ver a la muchacha: es pequeña, pero se mueve con   seducción y  gracia. Desde niña ha sido preparada para este momento. La tiara lleva  una perla que imita  las esmeraldas imperiales que mi abuelo conquistara en el lejano reino de Eljur. Las danzas siempre  son diferentes, pero la coreografía repite  el esquema de acercarse y alejarse para excitar mi deseo.
A poco de empezar el baile, la joven  se detiene como fulminada. Los címbalos y los timbales siguen  sonando, pero ella con los brazos abiertos y un pie en el aire, me mira con fijeza; inmóvil. Su expresión es de asombro. Unos segundos después cae al suelo y queda inmóvil. Los asesores y los guardias irrumpen  en la recámara. Ante un gesto de mi mano llega el médico de la corte.  La joven ha caído boca arriba. El rodete que sujeta  los cabellos se ha soltado. La pierna derecha permanece completamente flexionada y la izquierda se ha estirado, de modo que los cinco dedos del pie desnudo apuntan hacia mí. 
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 Si la muchacha hubiera vivido aquella noche le hubiera permitido entrar al tálamo real y las criadas la habrían instruido sobre mis preferencias inmediatas.  Pero la muerte dispone y detiene  todos los planes. Deja  a la bailarina inmóvil para siempre; los brazos hacia arriba y esa expresión de asombro al sentir el rayo fulminante. 
 
Después de revisar el cadáver y siguiendo el protocolo, con un antiguo juego de mudras el médico indica que la muerte se produjo por veneno. Mis guardias buscarían a la asesina, quizá entre las mismas cortesanas, y yo mantendría con ella una entrevista, para informarle que  moriría quizá en la plaza, a la vista del pueblo;  ahorcada o decapitada. Dependía de los móviles de su crimen. Víctima y asesino terminarán en la quietud fresca de la tumba. En los brazos de la única certeza del reino.  Del monarca que siempre supera  mi poder.
 
Mientras retiran el cuerpo de la bailarina, recuerdo una frase de mi padre: En toda vida debe haber una sombra de la muerte. En toda muerte debe palpitar la vida. 

 

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2
 
Cada vez que se inicia una guerra, los sabios reunidos en consejo se reúnen alrededor de mi persona y repiten la misma frase. 
 
Rey recuerda que nunca debes tomar las flechas o las armas, que tu verdadero frente de batalla está en las noches. Con matar a las bestias de tus sueños, lograrás que tu pueblo tenga el estómago lleno, los huesos fuertes y el sueño tranquilo. 
 
Cuando se produjo la instauración de la dinastía, con la primera venganza establecida entre los hombres, se acordó a que al pasar del cielo a la tierra, la vida de los reyes sería tan sólo un poco más larga que la de los humanos. Además, ellos tendrían el principal reinado en la llamada comarca de los sueños, cuyo mapa se extendía en el salón de los pedestales, por debajo de la piedra de la leyenda, el único objeto  en el palacio que se ubica por encima de la cabeza del rey.
 
Durante mi reinado, seis años atrás, se habían librado  las siete guerras, que duraron cinco años. Cada día, contemplaba desde la torre de mi palacio el brillo de la muerte. Refulgía entre los astros como una antorcha azul y al amanecer, el horizonte se teñía de sangre: violeta, la de aquellos que no hubieran deseado morir;  roja y vibrante,  las de quienes habían deseado el filo de los alfanjes en las carnes, como el encuentro con una mujer desnuda en medio de la noche. 
 
Al entrar en el séptimo año de paz, se prepara una nueva contienda. El principal enemigo es el rey de Urdun.  Este reino fue siempre nuestro aliado. Tanto sus guerreros como los míos, eran conocidos por la extrema crueldad en las batallas. Se contaban hechos que rayaban la leyenda. Cierta vez entraron a sangre y lanza en un pueblo y no se limitaron a matar a todos sus habitantes. Mientras los empalaban arrancaban trozos de sus carnes a los que asaban y obligaban a sus familiares a comerlos.  El Rey se llamaba Mátiko. Un hombre pequeño, de manos grandes y largos cabellos y sonrisa amable. En sus ojos reconocía la crueldad que quizá en los míos vieran los contados miembros de la corte a quienes se permitía observar mi rostro.   En cada campaña, mis  generales y los de Urdun se tomaban un mes para ver cómo implementarían las estrategias. Uno de los sabios de mi corte afirmó una vez: “Ni el cielo, ni el camino ni las guerras deben cambiar”
 
Con ayuda de Urdun, habíamos decidido aniquilar el Reino de Sin, un antiguo aliado de mi padre. Sin embargo, las nuevas generaciones se habían corrompido y la política atentaba contra nuestro reino. No sólo protegían a los poetas que escapaban: se suponía que el jefe de los mismos llamado Urus había encontrado refugio en el reino de Sin. Aunque su rey negara por completo la presencia del aedo,  eran numerosos los testigos que lo veían pasear en las almenas del palacio al atardecer. Otros afirmaban que Urus se había convertido en un amante de las cortesanas de Sin; que componía para ellas melancólicas endechas. 
 
Lo más escandaloso fue que algunos asesinos o ladrones a quienes le correspondería tortura y pena de muerte, habían sido visto escapando hacia   Sin y habrían encontrado protección dentro de las murallas del palacio. 
 
Mis generales seguirían un equema clásico: se los atacaría en diversos frentes, se prolongaría un asedio durante tres meses y luego intervendría el rey de Urdun con sus crueles ejércitos. Aprovechando la debilidad de los sinenses, arremeterían con la fuerza que los caracterrizaba. Al atacar sabían inmovilizar al enemigo con sus gritos.  Cuando podían realizaban frente a los otros crímenes que los espantaban: eran expertos en cortar las cabezas de los enemigos mientras corrían y arrojarlas al resto del ejército, desatando el terror. 
 
Mis generales estudiaron todos los detalles a través de una compleja red de espionaje y finalmente todo estuvo preparado para aniquilar el reino de Sin. Se trataba de un objetivo que mi abuelo no llegó a cumplir. Cuando estaba por librar una guerra de aniquilacióncontra el reino que ya entonces conjuraba contra nuestra dinastía, se produjo en el palacio la rebelión de l os guerreros contra los sacerdotes. No llegó a una guerra, pero sí  a varias escaramuzas entre uno y otro bando. Mi abuelo tuvo que interrumpir los preparativos de la batalla y ocuparse de conciliar a las facciones opuestas  Era algo de sentido de común y dolorosamente probado en las generaciones de la dinastía, que todo proyecto fracasa ante las divisiones internas. 
 
Ahora se presentaba nuevamente la alternativa de atacar a nuestro vecino. El plan  estaba listo. Hasta se había fijado la fecha. La reivindicación inmediata que desataría la guerra sería la exigencia al reino de Sin para que entregue a Usur el poeta, cuya cabeza tenía precio. Se sabía que desde los enemigos llegaba en las noches al pueblo de Khur perteneciente a nuestro reino, donde mantenía relaciones con sus amantes y se iba en la madrugada. Así lo establecían los espías, pero cuando mis soldados se apostaban, Usur no asistía. Al parecer, aquellos que lo alertaban estaban dentro de nuestra corte, y eran cómplices del rey de Sin. 
 
La exigencia de la entrega del reo ya estaba largamente repetida por nuestros diplomáticos y siempre desde el reino se contestaba que esa persona no se encontraba allí. Al recibir otra vez la misma respuesta se consideraría un acto de agresión que debía ser respondido por la guerra. 

 

 3
Faltaban siete días para el inicio de las acciones,  cuando un mensajero del reino de Urdun, nuestro aliado, vestido con la túnica negra que   caracterizaba su función, se presentó a las puertas del palacio para entregar un pergamino con el sello del rey que reproducía la cabeza de una grulla roja. 
 
El mensaje era breve y preciso: “No volveré a matar”. Debajo estaban las firmas de asesores y ministros. Convoqué de urgencia a mis generales. Aquel mensaje no tenía sentido. Si alguien estaba al frente de uno de aquellos reinos, debía matar. La muerte era el arma que disponía para conjurar los levantamientos externos, y una guerra periódica debía ser librada. Que alguien como el rey de Urdun dijera que no volvería a matar era   absurdo,  teniendo en cuenta la crueldad que caracterizaba sus campañas. Era como si un pájaro se negara a volar o una planta se negara a crecer. 
 
Para resolverlo convoqué al Consejo de la Sabiduría. Estaba formado por mis tres generales, tres ancianos considerados sabios y lo completaban el augur de los perfumes y el astrólogo del reino. El primero provenía de los sectores más bajos, casi siempre del sur del reino y cambiaba muy a menudo, ya  que las comodidades de palacio afectaban su capacidad de predicción. En cuanto al astrólogo, era un anciano del que se decía que con su arte había podido eludir muchas veces la muerte. Nadie sabía su edad y tenía recuerdos de hechos personales con mi bisabuelo. 
 
En la primera parte de la reunión del consejo que se inició en lahora primera, donde la noche renace de su propia mitad, los ancianos  expusieron durante dos ciclos. Para anunciar el fin de cada uno de ellos, las bailarinas vírgenes, una de las cuales oficiaría como novia de la muerte de algún noble, agitaban   las ajorcas con cascabeles que lucían en muñecas y tobillos. 
 
En la primera hora los ancianos repitieron sus argumentos. 
 
Al ser viejos se nos abren algunas entradas al cielo.  Deben saber que luego de la catástrofe, la montaña que unía a los hombres con el firmamento se derrumbó y la salida se encuentra en una caverna en el interior de cada uno de nosotros. Allí hay una oscuridad total, un viento cargado de vacio que sopla incesante, hasta que se abre la luz. Allí está la entrada. Sólo los ancianos que sabemos reconocerla, podemos entrar en ella. Allí nos recibe alguien que nos connoce muy bien y afirma que entre los requisitos que se encuentran para llegar allí y  recorrer las comarcas del cielo, está la conducta de no hacer daño a nadie; de no matar…Quizá el rey de Urdun haya comprendido esta verdad y la aplique en su reino.
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Los generales bostezaban. Desde el inicio de la dinastía había oposición entre ellos y los sabios. Precisamente el consejo  donde se reunían soldados y sabios, se había formado para lograr un acuerdo con los guerreros.  
 
…cuando se habla de reino no se habla del poderío físico, no se habla de los hombres y de las armas. Se habla de una verdad más profunda que pasa por el corazón de aquellos que trabajan con los símbolos…
 
El que hablaba era Ronadello, el único anciano que tenía trato con los poetas. Como esta palabra, así como sus sinónimos, vate, bardos, trovadores o líricos estaba prohibida, utilizaba el eufemismo de trabajadores de símbolos. Así se los llamaba en la corte por parte de quienes los apoyaban y quienes boicoteaban las campañas de exterminio. 
 
Llegada la segunda hora, Eusumio, el general mayor del ejército, tomó la campanilla con la que se llamaba al orden. 
 
―Rey, no queremos discutir con los ancianos. Estamos aquí para resolver un problema. Al parecer uno de nuestros aliados se niega a tomar las armas. 
 
Expliqué que el contenido del mensaje afirmaba “No volveré a matar”. Eso era todo. 
 
―¿Eso es todo? Puede ser que él no vuelva a matar, pero quizá quiera continuar realizando la guerra. Quizá no participe personalmente en las batallas, pero sí pueden hacerlo sus generales. 
 
Aquella era una posibilidad. El mensaje parecía tener en cuenta tan sólo lo que correspondía a una decisión del rey. No comprometía a su ejército. Y sobretodo no decía nada de la próxima guerra. 
 
―Para esclarecerlo corresponde enviar una delegación con saludos ― afirmaron los ancianos ― no basta un mensajero. Así lo establecen las leyes del palacio. 
 
El reino de Urdun quedaba a tres días de marcha. Si disponía de camellos jóvenes para llevar al menos tres alforjas con regalos , el trayecto podía reducirse a dos. Las delegaciones se establecían con nueve dignatarios escogidos entre los  nobles del reino. Ellos debían cumplir el protocolo del reino de Urdun, que implicaba una purificación de medio día antes de entrevistar al rey. 
 
Se produjo una discusión, ya que los generales adujeron que nos encontrábamos en un  clima de guerra, que en poco tiempo empezarían las batallas, que estábamos tratando con un aliado, y que un mensajero bien entrenado, con un mensaje claro emitido por el rey tardaría menos de la mitad del tiempo en llegar al reino de Urdun, recoger una respuesta en el tema que nos interesaba y luego regresar. 
 
La hora primera con sus ocho ciclos promediaba. Hasta el salón del consejo de la sabiduría llegaba el canto de los gallos cuando me dispuse a mediar entre las dos posiciones. Para hacerlo levanté la mano derecha en la que llevaba el anillo cuya perla obligaba a callar a ancianos y gnerales. Hice una señal a una de las muchachas de protocolo que llegó con ropajes rojos: estas vestiduras anunciaban que estaba por dictaminar algo que zanjaría toda discusión.
 
―Si en la delegación se añade un mensajero que regrese al reino y que traiga un resumen de lo conversado con el rey, se establecerá un promedio de tres días y medio a cuatro. Digamos que si se parte en la hora segunda de hoy , el mensajero regresará con las noticias en la mitad de la hora segunda del tercer día. De acuerdo a la política establecida, tenemos el tiempo necesario para saber a qué atenernos, para saber si podemos contar con ellos en la lucha que tenemos proyectada contra el Reino de Sin. De este modo cumpliríamos con el protocolo y con la celeridad que establecen los tiempos de la guerra.
 
Al terminar abrí la caja que estaba a mi  costado en la mesa y solté un pájaro negro; chocó contra las paredes, hasta lograr salir por una de las ventanas  abiertas y perderse en la noche. Aquello significaba que la reunión había terminado. 
 
La delegación fue tal como lo había ordenado. Siete personas que se presentaron con regalos, entrevistaron al rey y en el atardecer de aquel día prepararon al mensajero que debía correr durante la noche para traerme los resultados. El hombre llegó en la mitad de la hora segunda del día siguiente, cuando el sol terminaba de llegar al cenit. Se arrodilló frente a mí y me alcanzó el rollo donde los delegados habían envuelto una larga hoja de papiro. 
 
En él decía que fueron bien recibidos, que se aceptaron todos los regalos pero que el rey no los recibió sino que lo hizo su primer ministro. 
 
Cuando le preguntábamos acerca del misterioso mensaje que habías recibido del monarca, el hombre cambiaba el tema . Así una y otra vez. Finalmente el anciano Rouupert el más viejo de todos, se paró ante él. “No tengo miedo de lo que pueda ocurrir ― dijo ― pero nuestro rey debe saber qué significa esa frase que tu rey le enviara. ¿Cuál es el sentido de “No volveré a matar”?. Hay una guerra en ciernes y contamos a Urdun como aliado. 
 
Frente a estas palabras, el primer ministro se quebró como un junco al llegar la primavera. Afirmó que el rey padecía de un extraño encantamiento. Se había encerrado en sus habitaciones sy no quería ver a nadie. La historia es la siguiente: la esposa del rey mucho más joven que él, había fallecido por una extraña enfermedad dos años atrás.  Desde entonces el soberano se comunicaba con su espíritu. El hombre explicó que al parecer hasta el momento el rey lo llamaba todas las noches pero su esposa se presentaba cada tanto. Le bastaban unos segundos de contacto y escuchar su voz quejosa supuestamente del más allá. Finalmente llegó uno de los poetas que huía del reino. Al parecer disponía de conjuros en verso  con un poder especial. Apenas el rey probó el nuevo hechizo, su esposa apareció en la recámara real tal como era cuando vivía. La testigo fue una criada vieja que la conociera. La anciana llegó a afirmar que era ella y después de la experiencia cayó en la locura. La mujer le habló al rey. Lo consoló por su muerte y le dijo que se encontraba bien, pero le hizo prometer que nunca volvería a matar. “Si al morir quieres estar conmigo, no volverás a matar. Si continúas haciéndolo te llevarán a un lugar alejado y no volveremos a vernos por toda la eternidad”. 
 
El primer ministro mostró varios edictos reales por los cuales se prohibía la muerte de animales en todo el reino y también la guerra. El ejército estaba en plena disolución. Algunos de sus generales con las correspondientes tropas, se alinearon como mercenarios en reinos vecinos. Otros permanecían en la corte tratando de convencer al soberano. 
 
Con manos temblorosas, según narrara después el redactor del mensaje, el primer ministro exhibió el edicto por el cual se retiraba el apoyo a la guerra proyectada contra el Reino de Sin. Se afirmaba en el texto que el reino de Urdun quedaba al margen de cualquier acción bélica. Que ofrecía el intercambio de productos siempre que no se tratara de animales que fueran utilizados para alimentarse. 
 
En todos los edictos que el primer ministro mostró a la delegación, se repetía una y otra vez la misma frase ubicada luego de la firma y el sello del rey: “No volveré a matar”.
 
Los miembros de la delegación se retiraron del palacio antes que el programa establecido por el reino continuara. Al irse, sacudieron el polvo  de sus pies.
 
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Como lo establecía la tradición, convoqué a una reunión del Consejo de la Sabiduría a partir de la hora primera que se prolongaría durante toda la noche. Los miembros de la delegación, que habían regresado al palacio realizaron ante los miembros un informe completo de lo ocurrido. Al terminar se marcharon para que los ancianos y los generales puedan deliberar en mi presencia. 
 
En la discusión, los sabios alegaron que la decisión de no matar era algo exclusivo de la individualidad del rey. Que era necesario respetarla. Los generales en cambio, destacaban que si el rey había comprometido su palabra de participar en la guerra, era necesario que la cumpliera. En caso contrario se lo debía penar, interrumpiendo el comercio que mi reino mantenía con Urdun y que beneficiaba económicamente al otro reino. 
 
Durante las sombras de la noche, mientras escuchaba los argumentos repetidos de uno y otro bando, me acometió la marea negra. Un proceso que mis antecesores describían en sus códices y que consistía en una sensación oprimente que apretaba mi pecho y mi garganta, que poco a poco parecía asfixiarme, como una mano que se cerrara con firmeza en mi tráquea. Al respecto, el códice que escribiera mi padre afirmaba que el significado de esta sensación   era que el Rey debía tomar una decisión radical. En caso de no hacerlo, la propia existencia del monarca podía verse comprometida.
 
Como ocurría siempre, repitiendo la tradición de todas mis generaciones anteriores, aguardé a que la noche diera su media vuelta. Para nuestras creencias, el mundo era una esfera en la cual epermanecíamos prisioneros; esfera que al girar arrastra    las luminarias. Me ubiqué de pie y con mi espalda hacia el este, de modo que el brillo del amanecer se extendiera por mi cabeza y resaltara el origen solar de nuestra dinastía. 
 
El rey  de Urdun, que fuera siempre muy cruel con sus enemigos, ahora se niega a matar. Nos lo ha dicho claramente. Lo ha confirmado el primer ministro.  No hay conmiseración, perdón ni retroceso.  Urdun debe ser aniquilado. No importa el precio. Que un rey decida no matar es una monstruosidad. La muerte es la que da sentido al poder que detentamos. Lo que le ocurre al rey es el resultado de una terrible enfermedad. Debemos hacer con ella lo que se hace con la peste cuando sobreviene al principio del verano. Se quitan las pertenencias de los afectados y se las quema en las afueras del pueblo. Se hace lo mismo con los cadáveres. No tienen sentido los ritos funerarios. Los muertos deben ser destruidos. Del mismo modo, el reino de Urdun debe desaparecer de la tierra. Un demonio se ha infiltrado en la corte. Una enfermedad que podría extenderse a los reinos vecinos. Una enfermedad que nos amenaza. 
 
No era frecuente una salida tan radical de mi parte. De modo que con cierto respeto, los generales pidieron la palabra. Plantearon la posibilidad de recuperar al rey de Urdun teniendo en cuenta que siempre había sido un aliado fiel, con importantes virtudes militares. 
 
Cuando un rey dictamina no hay posibilidad de volver atrás. Ya se trate de una enfermedad o de la salud, de un error o una verdad diáfana, su palabra es perfecta. No se trata de un soberano inexperto, a merced de asesores inescrupulosos. Es un rey de mi edad. Él sabe lo que es gobernar. Él conoce la importancia de la muerte. Negarse a matar en estas circunstancias, debe ser considerado una traición.
 
Al día siguiente el reino de Sin, cuyos espías trasmitían al rey la sospecha de una posible guerra, a fin de establecer una buena relación, envió tres delegaciones con importantes regalos y un ofrecimiento de vasallaje simbólico lo que implicaba cierta hermandad que había sido firmada con mis antecesores, y que ahora se imponía ratificar. 
 
En la reunión que mantuve con mis generales se estableció que la mejor solución era establecer una alianza cont el propio reino de Sin y atacar al Rey de Urdun. Se calculó que teniendo en cuenta que eramos los mayores de la región, había un par de reinos pequeños ubicados más al sur que enseguida se plegarían a nosotros. 
 
El rey de Sin asintió sin problemas. Era sabido que a los generales les interesaba tan sólo combatir. No  les importaba quién fuera el enemigo. Si en algún momento como había ocurrido con otros reinos, se producía una revuelta y se interrumpía el reinado, ellos servirian al nuevo amo siempre que los conduzca a nuevas batallas.  Mi padre me había dicho que nunca se debía recurrir a ellos. No cobraban dinero por combatir. Tan sólo eran mercenarios sus corazones.

 

GOCHO VERSOLARI

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