Narrativa: El largo camino de las cercanías – La muerte del anacoreta.

 La muerte del anacoreta.

Gocho Versolari

Arrodillado, con la cabeza baja y los brazos a ambos lados del cuerpo, el hombre permanecía inmóvil al final de los veinte amplios peldaños   que descendían de mi trono. Era la distancia exacta  que lo mantenía  al alcance de mis ojos, y a la vez separado de mi persona. 
 
Son catorce los reinos que se encuentran en medio del amplio desierto rodeado por amplias montañas.  En épocas de mis antepasados, llegaron a veintiuno, pero las sucesivas guerras hicieron que siete de ellos fueran exterminados y tanto los sobrevivientes como el territorio se anexaran a los vencedores. 
 
En medio del desierto, casi siempre en las afueras de cada uno de los reinos, se asientan los ermitaños. acostumbrados a comer insectos, incluso cierto tipo de tarántulas que  en la primavera salen de sus cuevas para aparearse.  Seres que tratan de encontrar su unión con el cielo a través de la soledad y el ayuno. Las gentes del pueblo marchan en procesión hacia su cercanía. Hay quienes se untan con sus excrementos o beben su orina y su traspiración. Suponen que de ese modo recibirán en forma directa la influencia espiritual, las bendiciones del cielo. 
 
Según cuenta mi bisabuelo en los códices que registran los hechos de su reinado, proyectó una ley por la cual se perseguiría la costumbre del retiro al desierto. Había supuesto que la influencia de aquellos monjes podía hacer palidecer el afán de la Cercanía del Rey, en el que se basaba nuestra dinastía. Sin embargo, el consejo de sabios le aconsejó que no lo hiciera. La piedad popular que despertaban los ermitaños servía por un lado para conjurar la influencia de los poetas y por el otro, si los eliminaba, podría enfrentarse a revueltas internas. Ellas  pondrían en peligro el frente necesario para las guerras que nuestro reino debía librar. Además, el retiro al desierto no era una tendencia que comprometiera demasiado al grueso de la población. 
 
 El comandante de mi guardia personal me informó que aquel hombre era uno de aquellos anacoretas que residía en las afueras del Reino de Sin.    Lo consideraban un santo y había llegado a ser el principal confidente del rey. Ahora  lo enviaba a mi presencia con un mensaje de respeto y saludo. 
 
Antes de recibirlo, los oficiales de mi ejército y del grupo de guardias personales me informaron que lo habían obligado a desnudarse. Además de la falta de armas, por siete veces repitió su historia sin contradicciones.      Luego de esto le permitieron entregar su mensaje. Entonces el hombre   imploró al comandante de mi guardia que intercediera para  que lo acepte en mi Cercanía.
 
 El nombre de aquel peregrino era Min, que en la lengua   Sin significaba “El Ungido”.   No adoraba a ningún dios del panteón del reino. Permanecía al margen de los sacerdotes y  buscaba por sí mismo algunas de las sendas que lo condujeran al  cielo. 
 
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Él y yo estábamos en silencio, uno frente a otro. Él como correspondía, con la cabeza baja, para evitar que los caminos de sus ojos tropiecen con los del rey. Yo mirándolo, indagando la figura esmirriada, excesivamente delgada. Ambos esperábamos el canto de las muchachas vestidas con túnica azafrán que se encargaban del protocolo. Aquella sería la señal para que el peregrino levante la cabeza e inicie las frases formales de presentación.    
 
Arrodillarse en mi Cercanía o en la de cualquier soberano, no es sólo   una cuestión de respeto y veneración. Un hombre hincado, garantiza que no tiene un  acceso fácil a cualquier arma que pudiera haber pasado por la cuidadosa revisación de los guardias. 
 
Deberás estar atento a cualquier hombre postrado ante ti ― repetía  mi padre en los años de mi temprana formación― Al verlo arrodillado puedes   suponer que es incapaz de cualquier ataque. Recuerda que tres de los diez atentados que sufriera tu bisabuelo  provinieron de genuflexos  hincados  ante él y una de esas agresiones estuvo a punto de matarlo. 
 
Uno de mis edictos reales establecían que los hombres arrodillados ante mí debían permanecer a la misma distancia que debe  recorrer el caballo cuando abandona el establo y se dirige hacia el norte donde la hierba es más tierna. Era el espacio preciso que ocupaban los dos tramos de escaleras. En las barandas construidas de madera, colgaban cabezas de enemigos, muñecos de esparto, huesos de iguana  y otros amuletos hechos por las hechiceras del pueblo.  Los augures, que desfilaban por la corte, elegían siempre dos o tres objetos que depositaban allí con el fin de protegerme.     Durante la vida de mi padre, alguien afirmó  que aquello convertía su  Cercanía en uno de los bazares ubicados al norte del reino donde la plebe vendía cantidad de objetos. Primero mi padre, y luego yo mismo, firmábamos decretos periódicos por los cuales los objetos anexos al trono debían mantenerse.  Una antigua tradición que se remontaba a la época de la catástrofe, afirmaba que dichos elementos  no eran  simples; se trataba de espíritus vivos que por las noches, cuando el trono quedaba desierto, debatían la mejor forma de cuidar al soberano.  
 
 
Yo desconfiaba de todos  los que se consideraban espíritus independientes, es decir los anacoretas que buscaban lo absoluto al margen de los credos regulares, como los poetas que noche a noche, a pesar de las prohibiciones reales, se reunían en la taberna. La principal transgresión era  pretender reconstruir la senda que conducía al cielo fuera de la tradición   constituida.  
 
Los tramos de escalera no sólo separaban al visitante, sino que mantenían lo que se llamaba la tercera Cercanía del Rey. El nivel de los peldaños procuraba que la cabeza del  hombre arrodillado   no superara la altura de mis pies.  Cuando la hora segunda avanzara hasta cumplir su primer ciclo, las jóvenes darían la señal para el inicio de la entrevista. El hombre estaba demasiado inmóvil para mi gusto. Otros visitantes no podían evitar mover sus manos o agitarse brevemente ante la tensión que les producía la presencia real. La cabeza colgaba; alrededor de la tonsura, el cabello había crecido y caían en mechones a ambos lados de los hombros.    Había cierto aire familiar en su postura,  a pesar de la sumisión que expresaba el cuerpo, no tenía el aspecto tosco de otros ermitaños que conociera. Parecía que acabara de incorporarse de un trono  como el que yo ocupaba.
 
 
Mis antecesores y yo mismo, estábamos obligados a consignar en pergaminos los hechos de la corte. Como un diario real accesible al Consejo de Sabios, a los generales y que debía ser estudiado por los sucesores. De los códices escritos por mis antepasados, me interesaban más que ningún otro, los de mi bisabuelo     Recordé uno de sus testimonios:  al ejecutar el principio por el cual Todo lo que Sube debe Bajar, en que el soberano se vestía de campesino y salía por las noches a recorrer el pueblo sin que nadie sospechara que se trataba del rey. 
 
Al cumplir el principio, mi abuelo describía el extraño ritual que practicaban los hombres de la región del pájaro verde perteneciente al  pueblo de Khun que unos años después sería destruido. En esa época, los habitantes estaban sometidos a duras condiciones de vida. De niño me llevaban a conocer todas las regiones de mi reino. Me sentaban en el interior, donde un sistema de ventilación procuraba el frescor a pesar del eterno verano de mi reino. Reconocía a Khun por el fuerte hedor a animales muertos y a aguas estancadas capaz de penetrar la cabina que los ingenieros de la corte sellaran con absoluto cuidado. En el pueblo mismo no se distinguían casas. Los habitantes vivían en el fondo de la tierra, en cuevas oscuras y según contaban muchos se alimentaban de lombrices e insectos. Eran expertos en cazar topos. 
 
Los soldados elegían algunos de ellos para que saludaran al príncipe. Pálidos, casi blancos, delgados me parecía ver a través de sus cuerpos el reflejo del día. Para saludarme levantaban hojas de palma que movían rítmicamente a un lado y al otro. 
 
A pesar de su pobreza, el pueblo de Khun se destacaba por la capacidad de los médicos brujos. Eran expertos en curar enfermedades, y algunas leyendas populares ― no figuraba en los códices oficiales ― afirmaban que mi abuelo había llevado a la corte en sus últimnos años a una curandera de Khun para tratar los males de su vejez. 
 
La característica de los brujos del lugar era su capacidad de realizar operaciones. A pesar de utilizar instrumentos muy rudimentarios,: eran rápidos y precisos no se producían infecciones. Según se comentaba, debajo de la tierra disponían de una sala en la que abrían los cadáveres. Esta práctica estaba prohibida en mi reino, pero la posibilidad de hacerlo debajo del suelo, impedía que los soldados la detectaran. Esto les daba un conocimiento absoluto de los detalles del cuerpo humano, lo que sería la base para sus excepcionales prácticas quirúrgicas. 
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Algunos espías que mi abuelo enviara al pueblo, afirmaban que en la oscuridad de la tierra, realizaban extrañas operaciones a los niños apenas nacían. Separaban de uno de sus brazos, las articulaciones del hueso llamado Fibo: que iba desde la muñeca del lado externo de la extremidad hasta el codo. Según los médicos, el más fuerte de todo el cuerpo. En los primeros años, lo retiraban, volvían a insertarlo y permitían el crecimiento, ensamblando el complejo sistema de venas que llevaban sangre. En la adolescencia, lo afilaban y modificaban el encastre. Lentamente lo iban rodeando de leves envolturas de plomo que le brindaban aún más dureza y cierto peso. Un par de tajos en el codo y la muñeca, permitían que el propio niño al llegar a los quince años, pudiera retirarlo. Ya en la adultez, disponía de un arma muy efectiva, casi imposible de detectar, ya que formaba parte de la propia anatomía. Quienes eran seleccionados para aquella operación recibían un intenso entrenamiento en un lugar oculto de los bosques que quedaban detrás del pueblo   
 
Cuando el niño crecía no había mucho que estableciera una diferencia con un hombre común; tan sólo una imperceptible hinchazón en dos puntos del brazo, que a veces se vendaba con esparto, como simulando una herida o un golpe. Eran pocos los que sabían que con una extrema rapidez, aquel hombre, entrenado desde su primera infancia, era capaz de sacar su hueso, arrojarlo como un cuchillo o una lanza y atravesar una manzana o la cabeza de otro hombre. 
 
Las jóvenes que esperaban el momento de agitar manos y pies para anunciar el fin de la Cercanía del Silencio. Así se llamaba a aquel espacio de tiempo en el que el visitante y el rey permanecían callados. Los antiguos códices lo llamaban “danza inmóvil” en la que ambos se miraban, se estudiaban; en la que cada movimiento del soberano o del peregrino, tenía su importancia. Para el visitante se trataba de una experiencia única: la primera cercanía del rey. A través del soberano, las antiguas bendiciones del cielo descendían hasta él. Entonces cualquier gesto, cualquier vibración, los detalles, los olores, tenían una importancia fundamental. Luego regresaría con los suyos y contaría todo lo que pudiera haber sentido en la presencia del rey. 
 
El soberano no debía hacer nada para que las presencias celestes pasaran a través de su cuerpo o de su mente. Debía limitarse a observar, a estar atento a la intención del visitante. Brindando su cercanía cumpliría la misión celeste que le fuera encomendada luego de la catástrofe y que consistía en restablecer el puente entre el cielo y la tierra. La obligación era controlar cuidadosamente que el caos que acompañaba al peregrino no lo fuera a dañar. Una herida o una muerte del rey no sólo era una cuestión personal del soberano, sino que podía afectar al universo. Aumentaría la brevha existente entre el cielo y la tierra y evitaría que el rey pudiera liberar la lucha de los sueños que libraba noche a nohe contra los monstruos que asolaban a su reino. El resultado sería que estas bestias invadirían el mundo cotidiano y sería no sólo el fin del reino, sino de todos los humanos.
 
  El hombre levantó la mano izquierda en un gesto de limpiarse la oreja.   La mano del hombre había salido del costado de su cuerpo para depositarse en el costado del brazo. Allí quedó. El cuerpo permanecía inmóvil, como si no se hubiera desplazado. Recordé las palabras del códice amarillo de mi bisabuelo. Era uno de los más importantes, al que me obligaran a memorizar desde mi infancia. 
 
 
Al iniciarse la hora tercera, mi general me anunció que un peregrino solicitaba mi Cercanía. Los sirvientes de la corte, las muchachas de protocolo, todo el mundo se dispusieron  a preparar la entrevista. Todo parecía normal. El hombre no traía armas en su cuerpo. Lo recuerdo. Vestimentas blancas, cabeza calva, ojos mansos y mirada de pájaro. Tres veces mis generales le preguntaron si tenía que ver con Kurtz, el pueblo que protegía a los poetas prohibidos por la ley. La respuesta fue negativa. El hombre era un anacoreta. La danza del silencio, que era la primera parte de la Cercania llamada silente, no me permitía tener un contacto directo con el peregrino. No me permitía interrogarlo. Todos me conocían por mi tendencia a tomar un contacto inmediato con reos o aspirantes a los diversos oficios de la corte que no pertenecieran a la nobleza. Sin embargo, me fié de mis generales. El oráculo de la corte, el que establecía sus profecías de acuerdo al perfume que rodeaba a los hombres, era nuevo.
Se presentó para decirme que según su visión el hombre era inofensivo. “Lo que surge, Rey, es que él te hablará, tú le hablarás, le brndarás tu Cercanía y habrá goce en el cielo”. La inmóvil danza del silencio me exigía estar atento a los movimientos del peregrino. Lo vi rascar su cabeza, deslizar la mano primero hacia el hombro, luego hacia la muñeca, y de pronto vi que algo volaba. Alcancé a mover la cabeza con rapidez, y el proyectil se insertó en el respaldar del trono. Los miembros de mi guardia personal tardaron un momento en reaccionar. Dos de ellos se abalanzaron sobre el hombre, lo tomaron de los brazos y pusieron su rostro contra el suelo. El hueso del hombre llamado Fibo, me había rozado el cuello dejándome una herida en la que la sangre se apelotonaba debao de la piel. El proyectil clavado en la madera, siguió vibrando como si tuviera vida, hasta llegar la hora tercera. 
 
 
 En la redacción del códice, mi abuelo explicaba que ordenó a los guardias que respeten la vida del hombre y que lo lleven a las mazmorras del palacio. Allí estuvo durante una semana antes de su ejecución. Mi abuelo se presentaba en la celda durante largas horas. 
 
Vas a morir. Atentaste contra la vida de tu soberano. Debes saber que la muerte puede ser una liberación teniendo en cuenta la tortura que te podemos infligir. Es bueno para el cielo y para la tierra, que admitas tu muerte. En tu historia ella tiene un sentido. Tú ibas a convertirte en mi asesino, yo, el rey de los cielos iba a ser tu víctima. Eso nos une. Si aceptas tu crimen, el universo aplaudirá de gozo. Ya no estaremos separados. Aunque mueras, se habrá cerrado la herida que intentaste producir en la realidad cuando procuraste mi muerte
 
Mientras hablaba, mi bisabuelo se volvía hacia el hombre y le mostraba la línea rojo oscura que hiciera el proyectil en la piel de su cuello. 
 
Debes componer un poema. Sabes que en el reino están prohibidas las odas que no acompañen a los tiempos fuertes de la vida, es decir al nacimiento, a la boda o a la muerte. Morirás, pero el poema hará que tu muerte se derrame en tus versos como el espíritu de un vino bueno. En mi reinado la muerte te mostrará su sentido bueno, te mirará con sus ojos mansos. En el poema que escribas debes poner los nombres de tus cómplices, de aquellos que te impulsaron a que llegue este momento en el que intentaste matarme. Si lo haces, ellos también entrarán en las bendiciones de la reconciliación. Todo se sellará en los cielos y en la tierra. Si lo haces establecerás la unidad primaria y la unidad final. 
 
 Dice el códice que el hombre permanecía silencioso, sin decir una palabra, con los labios apretados y una mirada digna. Luego de tres días de interrogatorios, mi abuelo ordenó que se inicien los tormentos. Afirma el documento que el hombre sufrió más que ningún otro reo los suplicios del potro, y mantuvo en todo el tiempo la boca cerrada. Solo de tanto en tanto emitía un quejido. 
 
En la última tortura, la que precedía al día de su muerte, le molieron las piernas. Al día siguiente sería decapitado. El rey estuvo presente. El dolor  o desmayó y lograron que volviera en sí. Cuenta mi abuelo en su códice que   el hombre lo miró fijamente y pronunció su maldición. Me pides que escriba poemas: el que nazca dos generaciones después de tu progenie será un maldito rey poeta.
 
Mi abuelo entonces lo ultimó cortando él mismo su yugular. El hombre se fue en sangre y rió mientras moría. 
 
Sentado en la inmóvil danza silencioas de la cercanía, con el peregrino que permanecía frente a mí con su cabeza baja,  siento el cosquilleo de la madera en la parte izquierda de mi cráneo. Mi abuelo no quiso que cerraran la abertura que dejara el hueso del hombre al clavarse en el respaldar del trono. Tampoco deseó que en su cuello repararan los médicos con plantas maquilladoras la señal que dejara la flecha ósea que casi se lleva su vida y lució la cicatriz hasta el día de su muerte. 
 
La profecía del reo apuntaba a mí: yo debía ser el rey poeta, pero hasta el momento sólo sentía odio hacia los vates y procuraba terminar con ellos.
 
 
 
El silencio de la cercanía estaba por terminar. Uno de los sirvientes abrió las ventanas y la brisa de la tarde agitó  las trescientas veinticinco lámparas alimentadas por el aceite obtenido de las nueces Nin. Los esclavos obtenidos en las últimas guerras eran los encargados de molerlas, trabajarlas y macerarlas para obetener un aceite finísimo. Se decía que el mismo reproducía el ambiente del cielo poco antes de producirse la catástrofe que lo separara de la tierra. 
 
Las llamas al agitarse con la brisa de la hora segunda,       alteraron la sombra del hombre.  Años atrás, durante siete noches, el astrólogo de la corte me había explicado  los principios de la lectura de las sombras. A través de ellas podía adivinarse la intención oculta de quien la producía. El astrólogo era capaz de adivinar detalles sorprendentes: el agitarse de la sombra de una embarazada, no sólo permitiría determinar el sexo de su hijo, sino las condiciones de su vida, la cantidad de hijos que a su vez tendría, las enfermedades, y la edad en la que iba a morir. 
 
 
El astrólogo me enseñó los detalles de las sombras relacionados con la intención. Al moverse las llamas de las lámparas hicieron que la sombra del hombre tomara una forma redonda primero, ovalada después, con los bordes en forma de flores y un círculo en el centro que primero fue blanco y luego tomó nuevamente una coloracón negruzca. El astrólogo me había enseñado mediante esquemas. Recordaba uno de ellos en que los dibujos mostraban coloraciones muy parecidas a aquellas que tomaba la sombra del hombre al proyectarsesobre el piso y sobre la pared del este. El astrólogo había dicho de aquel esquema: “El hombre o la mujer que lo presente tiene la fidelidad de una serpiente”
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Un tintineo creciente rompió el silencio. Las muchachas debían hacer sonar sus cascabeles en una danza complicada enseñada por las ancianas de la corte. Se movían de tal modo que la parte inferior de una de sus piernas o el tramo de sus brazos más separado de los cuerpos, formaran con el otro triángulos perfectos. La primera parte de la danza sólo llevó la música de los cascabeles amarrados a los tobillos Sonó de pronto el laúd de uno de los músicos de la corte, y poco a poco se fueron sumando losotros instrumentos. Finalmente las jóvenes cantaron con sus voces blancas. Al terminar la música, la voz del hombre llegó hasta mí, un poco deformada por los ecos. Comprendí que las palabras resonaban en la parte superior del puente nasal, cerca de los ojos.   
 
…Siempre soñé con tu Cercanía. Ella es como una bendición en forma de niebla que llega hasta mis noches. Ella es como la libertad luego de muchos años en la cárcel; como el consuelo de la muerte luego de una vida de dolor. A partir de ahora no importa lo que pase. Estar cerca de ti, soberano, es lo que siempre he querido…
 
 Varios pebeteros   derramaban nubes de incienso y la  luz que producían las setenta lámparas me dejaban ver el rostro del hombre con bastante claridad a pesar de la distancia. Se advertía que era joven, pero una arruga profunda bajaba desde el centro de la frente y llegaba a las comisuras de sus labios, marcando una vejez prematura. Aquello me recordaba el aspecto de los habitantes del pueblo de Kurtz  Se decía que sus miembros protegían a los poetas; que entre ellos se encontraban las musas: jóvenes seleccionadas que mantenían sexo con los vates para inspirarlos. Todo ello prohibido, p ero desde la época de mi abuelo se toleraba debido al apoyo que recibían de varios miembros de la corte. 
 
Con el solo mirarme, rey amado, refrescarás mi vida, me devolverás la juventud. Esta noche pastaré en los campos celestes, los campos de la tierra se llenarán de l uz y me habrás dado lo que tú sabes: la entrada a los cielos, aquella de la que gozaban los hombres antes de la catástrofe. 
 
Recordé que en  muchas de aquellas reuniones reclamando mi cercanía, recibía a anacoretas, como decía ser aquel hombre. La soledad y el silencio atrofiaba sus voces que desde el final de los peldaños llegaban hasta mí como graznidos. Aquel hombre tenía una voz acariciante, educada. Los informes de mis espías hablaban de reuniones de poetas, no sólo en la taberna del sur, sino en zonas ocultas, donde los mismos leían sus composiciones unos a otros. 
 
El brazo derecho del hombre no había vuelto a su posición normal. Aquello no estaba permitido. Observé cierta rigidez en los dos guardias que ocupaban la línea perpendicular del peregrino. La mano del hombre volvió a elevarse y acarició nuevamente su cabeza como si algo le molestara en los largos cabellos. Luego bajó y se detuvo en la cercanía del codo, donde terminaba la manga de la túnica que lo cubría. Desde donde estaba alcanzaba a ver su piel morena, quizá quemada por el sol.   
 
…Sé rey que me llevarás por los caminos por los que nadie anduvo, que me harás recorrer todos los recodos de tu cercanía. Sin tocarme, me tomarás entre tus brazos y volarás conmigo sobre mares de espesura verde. Anhelo recibir tu aliento en el medio de mi pecho…
 
 
 Con un movimiento lento pero seguro el hombre deslizó la mano por el cuello. Apartó la prenda que cubría el hombro. Estaba a mucha disstancia como para poder ver cualquier cicatriz, pero mis ojos distinguieron el bulto que aparecía en su hombro. 
 
 
Tu cercanía era lo que más ansiaba. Tu cercanía ahora ha abierto mi pecho. Han fluido de él pájaros blancos que se alejan en bandada hacia un horizonte azul.  Escúchame rey. Escucha a este súbdito que está arrodillado junto a ti, clamando por tu presencia. Tómame en tus brazos y llévame en tus vuelos nocturnos, aquellos en los que asesinas a las bestias voladoras que acechan nuestras vidas…
 
En el momento en que la mano del hombre entraba al hombro, tomé uno de los puñales que asomaban del apoyabrazos y lo arrojé. El puñal dio de lleno en el propio pecho. Lo interrumpió en el momento en que iba a pronunciar las palabras que seguían de su discurso. Recién entonces su mano se apartó del hombro. Me miró por un momento con sorpresa y cayó hacia atrás. El cuchillo había atravesado el corazón. En ese momento surgió la paloma. No puedo precisar si había salido del pecho del hombre, o si como ocurría tantas veces en la estación de Elter, había entrado por una de las ventanas que daban al sur, traída por el viento llamado Efro. Sólo yo la vi. Nadie se fijó en ella. 
 
Llegaron entonces los hombres de mi guardia personal, vestidos con armaduras grises y el emblema del reino en el pecho. Me puse de pie. 
 
―Que todos se aparten ― ordené ―  Me acerqué yo mismo al cuerpo. Del codo asomaba el inicio del hueso. Lo tomé y tiré de él: se trataba de un arma perfecta: con un suficiente peso como para ser arrojada. Al observar la punta bajo la luz de las lámparas titilaron dos destellos uno rojo y otro azul. 
 
Llegaron los médicos del reino. 
 
―Soberano, debemos revisarte. ¿Te encuentras bien?
 
 Recordé a Tentor, el mentor de mis primeros años. Según su teoría,  la espada podía usarse como cálamo, la luz roja se desplegaba cuando el arma procuraba herir; la luz azul, en cambio llenaba toda la hoja cuando se la  utilizaba para trazar en el aire los signos del lenguaje antiguo. 
 
Dejé que los médicos constataran mi pulso, escucharan los ruidos de mi pecho y revisaran los costados de mi lengua. Coloqué el hueso revestido con una tela de acero  en el respaldar de mi trono, muy cerca de donde estaba la señal que dejara mi abuelo luego de su atentado. Alli quedaría en los años siguientes y esa misma noche me dediqué a consignar en mi códice privado los detalles del atentado. 

 

 

Leng Jun

 

GOCHO VERSOLARI

 

 

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