Narrativa: El largo camino de las cercanías – Las novias de la muerte 2 – Historia de Kuru y Berhane.

El largo camino de las cercanías – Las novias de la muerte 2 – Historia de Kuru y Berhane.

Gocho Versolari

Es en los brutales imperios de la antigüedad, entre emperadores poderosos y  castas predominantes  de sacerdotes y guerreros, donde se basan los textos de la Alianza presentes en el Antiguo Testamento. Se establecen por un lado los términos del acuerdo, y luego se describen las bendiciones para el vasallo en caso de cumplirlo, y las maldiciones en caso que transgreda alguna cláusula. 

Es en este modelo en el que se basa la novela “El largo camino de las cercanías”. La dinastía imaginaria, cuyo último rey es el protagonista, tiene la característica de estos reinados brutales, de donde se toma el modelo del Dios celoso y vengador del Antiguo Testamento. 

Sin embargo, la transformación gradual del monarca, lo lleva a la similitud con el reinado budista de Ashoka, quien luego de sangrientas guerras se convierte y renuncia a las confrontaciones, estableciendo la comida vegetariana para el reino. El desarrollo de la novela no es la vida de Ashoka; hay muchas diferencias, pero en esencia describe el cambio del soberano. 

En esta nueva entrega de Las novias de la muerte, se narra la historia de Kuru y Berhane. Kuro, el díscolo ministro de guerra del reino y su novia de la muerte, que también sería deseada por el rey. 

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A.D. Cook - Tutt'Art@ (15)

El códice mortuorio establece que médicos y astrólogos  deben calcular con una precisión absoluta la muerte del noble. Afirman las vetustas páginas: Sus instrumentos y su comprensión estarán tan afilados que será imposible que fallen. Deben predecir la enfermedad, el color de la piel, los matices de la lengua y las características del pulso  antes de la muerteserán como arqueros, cuyo blanco es la tierra. En el caso que no fuera cierta la predicción, el responsable será sumergido en el “infierno azul”: se clavarán astillas ardientes debajo de las uñas, se cortará un tendón del cuerpo cada media hora  y luego se lo   someterá a una lenta decapitación, quebrando de a poco sus cervicales, de modo que sienta   el   alfanje   devastando lentamente los tejidos.
 
Las memorias del palacio, registran la tercera vez durante mi reinado en la que  estuvo a punto de aplicarse al médico y a los augures la terrible  pena descripta en el códice. El moribundo fue Kuru,  ministro de guerra, que también lo fuera de mi padre. 
 
Era el único de los miembros de la corte que desafiando la ley, no sólo había compuesto poemas, sino que por las noches los cantaba públicamente  en  la taberna. Protegía a cantidad de poetas clandestinos: con  la fortuna, heredada de su padre y de su primera esposa que falleciera a los dos años de casados, mantenía refugios para los vates y complicaba la tarea de los gendarmes que debían apresarlos. 
 
  La ley no escrita que rige la conducta de reyes y nobles, establece que en un caso como el de Kuru, no correspondía castigo y había que recurrir a la persuasión, de modo que muchas veces lo llamé a mi despacho. El noble se arrodillaba frente a mí, con  la cabeza baja, y una y otra vez escuchaba de mis labios los viejos argumentos contra la libertad de componer y cantar versos en público:  La poesía es demasiado sagrada como para derrocharla y profanarla en noches de borrachera. Ya tuviste oportunidad de celebrar con versos el nacimiento de tu primer hijo, y ahora debes reservar tus endechas para cantarlas en brazos de tu Novia de la Muerte. Querido amigo, ella será hermosa, de modo que debes conservar tu alegría para expresarla en forma de himnos, de agradecimiento a tu dios o a la nada. Te prometo que entonces abriré las puertas del palacio para que tu canto resuene en estos negros muros. 
 
Agregaba que la poesía para ser bella debía contenerse, guardarse en el silencio y asomar pocas veces en la vida, especialmente en las cercanías de la muerte. Describía los silenciosos versos de la naturaleza: el verde de los campos, el silbar del viento, el canto de los pájaros: si anteponemos nuestros tristes y escuálidos sueños, nunca escucharemos la luminosa belleza del mundo. 
 
Terminaba exigiendo que entregara a los poetas que protegía; que su actitud al oponerse a los edictos reales,   estaba cerca de la conjura, del cisma y exigía el arrepentimiento. 
 
Kuru asentía y a veces, ante mis exhortaciones lloraba suavemente. Luego besaba mi mano y juraba fidelidad, pero al poco tiempo mis espías me  informaban que lo habían visto otra vez en la taberna, cantando casidas a voz en cuello, componiendo sus versos con una desfachatez propia de mejor causa y ayudando a poetas perseguidos por transgredir la ley.
 
 
 
La muerte de Kuru fue prevista cuando aún reinaba mi padre,    para el mes de nizan del año 10 306 de nuestra dinastía.  Ante los problemas que creaba el ministro, lo único que podía hacer era convocar a los astrólogos y a los médicos para que ratificaran esa fecha y esperar con paciencia y esperanza el deceso. Ya algunos de mis asesores más íntimos, antes de la profecía, habían sugerido   utilizar  veneno, pero no resultaba  fácil a pesar de mi poder casi sin límites, asesinar a alguien con una influencia tan amplia como Kuru. Era muy popular entre los generales, y lo que menos necesitaba el reino era una rebelión. 
 
Un año antes de la fecha de su deceso, los espías me informaron que Kuru escribía poemas ardientes a su novia de la muerte y que en una oportunidad la detuvo en el pasillo y la tomó de los brazos. Luego de mirarla con expresión implorante exclamó: soy tu futuro muerto y a continuación le musitó una serie de versos. Esto ocurrió poco después de la fuga de Meseret y Anisa, de modo que el ejército estaba atento a cualquier transgresión de la ley que se pudiera cometer en ese ámbito. 
 
Cuando se acercaba la época de la profecía, Kuru presentó una importante insuficiencia respiratoria. Fue revisado por los médicos que le aplicaron emplastos y le dieron algunos fármacos. Si bien mejoró, su pulso y su respiración coincidían con las descriptas en la prognosis y de acuerdo a las instrucciones del códice,   se decidió que estaba por iniciarse la agonía. El ministro fue confinado en el llamado gabinete de la muerte, el único cuarto con paredes completamente blancas. Tal como lo exigía la ley antigua, me llamaron cuando se presentó la muchacha.
Cabellos dorados,   ojos sepia y una altura superior a la de las mujeres del reino. La figura de la novia de la muerte de Kuru no era  frecuente  en  los pueblos del sur de donde procedía la joven.  Los labios eran gruesos, húmedos y recuerdo su gesto de arrugarlos como si de pronto fuera a besar con ellos. Su nombre era Berhane, que significa “flor de la madrugada”. El día en que la conocí, ella debió realizar la circunvalación ritual ante la figura del rey, Al llegar junto a mí y realizar  la reverencia, me miró con los ojos entornados.  
 
Había llegado el momento oficial de la agonía de Kuru y yo también debía estar presente en el momento en que la joven yaciera abrazada al futuro muerto. Frente a mi primer ministro y al jorobado herrero del pueblo,  la muchacha se desnudó. También siguiendo el protocolo, debía exhibirse frente a nosotros, para controlar que en su cuerpo blanco no hubiera constelaciones de manchas que el código describía y que la descalificaran como Novia de la Muerte. Esto era una formalidad, ya que de niña, las ancianas   encargadas de su educación conocían y describían a los generales y sabios de la corte centímetro a centímetro de su cuerpo. También anunciaban la llegada de las sangres, y hacían un informe con todos los detalles de las menstruaciones.
 
El momento inmediato a la agonía, debía ser supervisado por mí y en mi reinado habían sido diez jóvenes las que pasaron por mi control. Se calculaba que hasta contar con mi muerte, debía ver a veinte más, pero puedo asegurar que ninguna   como Berhane. La gracia al caminar, el meneo de los cabellos, la forma de los hombros; lo  que más me atraía era la piel: textura clara y trasparente; la extrema suavidad  se advertía con solo mirarla .    
 
Me controlé para ocultar el temblor ante mis subordinados. Debía evitar que mis manos se tendieran hacia la cintura estrecha de Berhane. Acostumbrado a disponer de las cortesanas, y a que ellas pugnaran por compartir mi lecho, mi tendencia natural era tomarla y llevarla  a las habitaciones de mi harén; me costó controlarme. Kuru estaba consciente. Lo sedaba la mezcla de mandrágora y acrimonia que le  proporcionaran los médicos,  pero pude ver su sonrisa y el leve movimiento de la cabeza al presentarle la joven. No pudo evitar un gemido de placer, cuando ella se colocó desnuda sobre su cuerpo, dispuesta a que el herrero trabajara. 
 
 En una hora, el jorobado instaló ocho grillos de acero, en las extremidades de Kuru y su novia, sostenidos unos con otros con cuatro cadenas pequeñas pero sumamente resistentes; una aleación de los metales más fuertes de las minas del sur. Con un grueso anillo unieron ambos cuellos de modo que los rostros se tocaran a la altura de los labios, para que la joven  trasmitiera su aliento al moribundo. Se hizo lo mismo con otro anillo más grande para la cintura de ambos, En este caso, los genitales debían estar unidos y era frencuente que el moribundo tuviera erecciones, las que eran controladas por los médicos quienes llevaban cuenta del número y de la duración de cada una de ellas. 
 
Recordé mi poder omnímodo. Si en el momento en que el herrero trabajaba, yo me negaba a que la joven fuera encadenada a Kuru, si exigía que pasara a mi harén, nadie diría nada. Esa misma noche podría yacer con la muchacha, pero allí  la conjura empezaría a soplar como una oscura  brisa,  Murmullos oscuros detrás de las cortinas; miradas de odio; las voces del pueblo afirmarían que el rey había transgredido el viejo códice. Era cuestión de meses, a más tardar  de un año, para que un sector del ejército se levantara y pidiera mi destitución. Quizá enfrentando a las tropas leales, podía mantener una guerra intestina en el curso de otro año, pero los reinos vecinos conocerían la división y no tardarían en llegar para combatirnos y arrastrarnos con sus carros. 
 
El tiempo en que el herrero tardó en encadenar los cuerpos con finas y resistentes cadenas, tuve esta visión. Frente a mí estaba la soberbia espalda de la muchacha y con dolor tuve que ver cómo la sujetaban a quien fuera mi enemigo callado durante todos esos años. Los hermosos cabellos de la joven habían ocultado el rostro, pero tenia la certeza de que estaba sonriendo. 
 
Tres criadas del palacio se encargaban de limpiar a uno y al otro y, en caso de que el enfermo aún pudiera caminar, los guiaban en el atardecer  hacia el baño, donde las abluciones con agua tibia se prolongaban hasta la noche. El códice era preciso en este aspecto, señalando que la higiene debía estar acompañada de perfumes intensos por encima de los cuales pudiera sentirse  el creciente olor  de la agonía, para que nadie olvide que se está frente a la muerte.
 
En el momento de comprobar los herrajes, que no se abrirían hasta la muerte de Kuru, advertí que una pequeñísima gota de mi sudor, cayó sobre el grillo que unían los tobillos de la muchacha con los del moribundo.   . 
 
 
 
2
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Cuando pasaron dos días de la unión el primer ministro me informó que Kuru había tenido una mejoría inesperada. Se presentaron también el médico y el astrólogo real, quienes con tono de preocupación aclararon que el pulso del moribundo era como el deslizarse de un gato en una noche oscura, lo que significaba plenitud y salud.  La  información no hubiera sido necesaria,  ya que no había lugar del palacio donde no llegara la voz del Kuru, entonando a voz en cuello endechas de amor. 
 
Luego que el médico y el astrólogo me trajeran la noticia, salí de mi despacho y caminé hacia el gabinete de la muerte. 
 
— ¡Seguiré tus huellas en el torrente de los tiempos cuando los gatos detengan sus vórtices en el cuadrante azul de tus ojos…!
 
Eran gritos vociferantes; una hermosa poesía improvisada. Yo cuidaba que los pasillos del palacio permanecieran en una constante seriedad ceremonial,  pero aquello rompía cualquier protocolo. Por momentos la música era pegadiza y los  pasos de los criados que iban y venían parecían danzar. En las oscuridades de los cuartos de servicio creía escuchar risas apagadas y la expresión de todos los que cruzaba era de burla. 
 
Al asomarme al gabinete, las ayas que estaban disponibles se pusieron de pie. Les ordené que se sentaran y me limité a contemplar durante unos segundos la espalda blanca de la Novia de la muerte, la posición del cuerpo, tensa, como si estuviera concentrada en las endechas que se repetían en todo momento. Después volví a mi cuarto y recién entonces advertí que estaba retorciendo mis manos s.
 
 Cuando un hombre llegaba a la situación de Kuru, sus cantos se susurraban y tan sólo eran escuchados por las mujeres vestidas de blanco que se encargaban de la limpieza del moribundo y de su novia.  En mi recámara real, permanecí tres noches parado frente a la ventana que daba al sudoeste. Hasta mí llegaba el rumor de los versos que a cada minuto que pasaba se hacían más hermosos y  más terribles. Una y otra vez me maldije: había sido un  error de no haber destinado la muchacha a mi harem. Podía haberlo hecho antes que mi asesor entrara en su agonía: todo me favorecía para dar una orden como aquella. 
 
En la madrugada de la tercera noche,   Kuru enmudeció. Frente al silencio me limité a mirar el temblor de mis manos: era posible que ya se hubiera cubierto el designio de los médicos y que hubiera entrado en la etapa del estertor, o que estuviera muerto.  A lo lejos vi una luz que se encendía y se apagaba,  escuché ladrar un perro  y tomé aquello como  señales. Era la hora cuarta del segundo tercio de la noche, cuando las estrellas en forma de triángulo giraban hacia el sudeste. Con la boca seca por la expectación y el júbilo, me puse el manto, tomé el cetro y salí de mi habitación hacia el gabinete de la muerte. Era mi deseo liberarla yo mismo de sus ataduras. Me bastaría golpear las manos para que el herrero jorobado llegara con la llave maestra de los grillos que la aprisionaban al cadáver. Quería que ella viera   al rey como su salvador, y que a partir de allí su agradecimiento y su devoción se mantuvieran siempre conmigo. La ley no me permitía que luego de haber sido la novia de la muerte la llevara a mi serrallo, pero podía arreglarlo. La pondría al amparo de las trece vírgenes que sostenían el cielo y que habitaban la torre del sur. Podía permanecer con ellas durante un año, y yo iría a visitarla en las noches.
 
Antes de llegar al gabinete de la muerte, escuché la risa apagada de la muchacha. Entreabrí la puerta del cuarto y me asomé apenas. Vi la espalda de ella, y el perfil afilado de Kuru, susurrando los poemas en sus oídos, llenándola vilmente con el canto prohibido, que ahora podía emitir a voz en cuello, desvergonzadamente.
 
En los días que siguieron conocí los celos. Día y noche deseaba vengarme y pensé en contratar  a un asesino del sur del reino para que acabe con la vida de Kuru, pero   luego sería yo quien dependiera del mercenario. Si era  yo mismo quien acababa con su vida, debía hacerlo frente a la joven y con eso la perdería.
 
En esos días que siguieron no pude concentrarme en las cuestiones más nimias y para peor, las reuniones de estado se sucedían,  de modo que dejaba que mis consejeros hablaran, y frente a sus discursos asentía o negaba según fuera la ocasión. No quería declarar que estaba indispuesto,  ya que entonces los médicos se llenarían mi recámara para atiborrarme de consejos y remedios. Mi corazón seguía atento a la voz tonante de Kuru emitiendo sus sucias rimas o a sus silencios en los que lo imaginaba haciendo reír a la joven. 
 
Reclamé los informes médicos para revisarlos, y sentí que mi ser bramaba cuando vi el registro de la erecciones: treinta en un día y algunas de ellas con penetración, lo que estaba permitido de acuerdo a la capacidad vital del enfermo . 
 
A los nueve días, reuní a  mis ministros y analizamos  el códice mortuorio en cuanto al caso de Kuru. La antigua ley  afirmaba que la profecía debía cumplirse en los quince días posteriores a la fecha que había sido fijada por el astrólogo y de acuerdo a la observación de los médicos. El texto que a veces podía resultar oscuro por el estilo y las imágenes propias de la época, aquí era demasiado claro e inapelable.   
 
…si en quince días no se produjera la muerte del agonizante, el mismo quedará libre de todo compromiso;  se le adjudicará la mitad del reino y podrá intervenir en las cuestiones de estado con los mismos derechos que el soberano. Nadie podrá tocarlo, todos deberán reverenciarlo,  ya que será un hombre que ha  regresado de la muerte. Podrá tomar la vida de otros disponer de su propio harén, elegir las mujeres que desee  y deberá tener hijos con su novia de la muerte, que a partir de ese hipotético momento, pasaría a ser su novia de la vida El rey le rendirá un tributo diario y lo consultará en todas las cuestiones del reino. 
 
Consulté al consejero especializado en códices, un anciano que había empezado la carrera con mi tatarabuelo. Le pregunté si había en la letra de aquella ley alguna posibilidad de no seguirla, si había decretos antiguos que modificaran algunos de los artículos si había jurisprudencia sobre situaciones vividas. La pregunta era formal, ya que podía prever la negativa del anciano. 
 
Se limitó a aclarar que desde el principio de  la dinastía,   que fue cuando se estableciera las novias de la muerte como institución, todos los moribundos habían muerto en el plazo establecido. Nunca fue necesario recurrir a esa cláusula. Las crónicas se guardaban en gruesos volúmenes que llenaban una habitación y el anciano me exhibió una de ellas tan sólo que  establecían   el único caso de un agonizante que llegó a vivir diez días. Tenía una llaga abierta en uno de sus costados y le producía fiebre y  delirio. La crónica afirmaba que el hombre “era rebelde en morir”.
 
Estábamos en el día séptimo, y supuse que en el caso de Kuru, la muerte también se produciría en el día décimo. En tanto la mezcla de celos y temor formaba una serpiente negra que aparecía en cualquier rincón del palacio y se abalanzaba sobre mis entrañas para devorar una porción.  
 
En ese estado crepuscular, bajaba a la puerta del gabinete en la madrugada y escuchaba sus risas. A veces sólo había silencio. Aquello era peor, ya que en pocos instantes escucharía los gemidos de la muchacha: Kuru ejercitaba con ella la intacta potencia masculina. 
 
El décimo día en horas de la mañana convoqué al médico y al astrólogo y leí frente a ellos los pasajes del códice: el primero   establecía que si Kuru sobrevivía al plazo fijado, se convertiría en un rey con el que debía cogobernar el reino. En segundo lugar, les recordé lo que les esperaba a ellos si la profecía fracasaba se los castigaría con los suplicios llamados del infierno azul y luego con la muerte.
 
El médico y el astrólogo revisaron sus cálculos y anotaciones y pidieron consejo a los otros médicos y astrólogos del reino.
 
―Es incomprensible — dijo el médico más anciano — Según el pulso que registraba hace diez días y la evolución de la enfermedad, Kuru ya debiera haber muerto.
 
Nos presentamos en el gabinete de la muerte, donde el agonizante, con el rostro muy rojo acariciaba a su novia. Al vernos nos saludó con un movimiento de cabeza y una carcajada.
 
 En la tarde del día trece, volví al gabinete de la muerte
 
Vengo a informarme sobre tu estado de salud — desde niño mis mentores me habían enseñado a disimular con diplomacia todas mis emociones. Ahora me limité a repetir el protocolo, las palabras fijas que frente a los enfermos repitieran mis antepasados una y otra vez — vengo a desear que tus sueños se prolonguen como largas y aladas serpientes, ya sea en este mundo o en el otro…
En este mundo, rey en este mundo — me interrumpió Kuru sin poder contener una carcajada — no sólo me iré con la que llaman mi novia de la muerte, sino que compartiré tu corona una vez que salga de aquí. Faltan dos días y no pienso morir. 
 
La vida florece  cuando una mujer hermosa atraviesa tus tardes  y lleva en el poniente la sombra de su piel. 
La vida es una enorme fruta 
dispuesta a que la devoren. 
En mi vientre queda una bolsa de días azules y serenos…
 
Kuru recitó el poema que acababa de componer verso por verso, con tono triunfante. Aquello aumentó mi odio, pero lo que verdaderamente me hizo tomar la decisión fue ver la postura de entrega del cuerpo de la muchacha; la mano izquierda subiendo por el rostro de  Kuru; acariciándolo con ternura.
 A.D. Cook - Tutt'Art@ (3)
En el día catorce, entre las endechas que atronaban los muros del palacio, llamé al salón de los secretos al médico y al astrólogo. Ambos vestían las túnicas grises de los ancianos y el aspecto era de absoluta dignidad. Se arrodillaron junto a mí y el astrólogo, agitó levemente el carámbano azul, logrando que las cuentas se alineen una junto a la otra.
 
―Mis herramientas de augur me dijeron que nos llamas para conjurar — dijo — sabes que estamos preocupados por nuestro futuro: si Kuru vive más allá de los quince días, nosotros moriremos de la forma más terrible.
 
Su predicción era cierta. Lo que no aclaró fue que aquella sería la primera vez e que intrigaba con alguien. Era algo que siempre me había resistido a hacer: implicaba  compartir mi voluntad con otros y de algún modo, perder el carácter absoluto de mi poder. 
 
Faltaban unas horas para que se cumpliera el plazo que se iniciaba en la hora tercia, cuando el sol arrastraba su carro hacia el declive del cielo. El códice era claro: …cuando el tiempo de la profecía se cumpla y el moribundo siga viviendo, hay que desencadenarlo, vestirlo con el boato real, llamar al pueblo al palacio donde se matarán cien alces y se invitará a todos a la comida ritual. Se presentará al supérstite con los atributos de un  nuevo soberano, mientras se prepara el castigo para quienes equivocaran el pronóstico.  
 
 
3
Aquella mañana de primavera, cuando el sol entraba por las ventanas del palacio y los vidrios vibraban con los poemas enloquecidos de Kuru, el médico habló de un veneno formado por el extracto de cien plantas, que podía ser volcado en los platos del alce ritual que se sirviera a Kuru. La sustancia  no alteraría el sabor ni el olor de los alimentos. Acepté la sugerencia, con la condición de que murieran Kuru y  su novia de la muerte.
 
Es fácil de realizarlo — dijo el médico — pero ¿por qué matar a ambos? Se sospecharía
Es la única condición que pongo — insistí — ambos deben morir. 
 
Fue inútil que   intentaran persuadirme. Alegaban que sólo Kuru debía morir y que si quería matar a la muchacha podía hacerlo más tarde, de modo que nadie los vinculara
 
— Sabes que las novias de la muerte dejan de existir cuando aquel a quien estaban destinadas fallece. Si hay algo personal en tu deseo de terminar con ella, puedes hacerlo luego…
— Es mi voluntad verlos morir juntos— insistí— No es una venganza personal, sino que al actuar así lo hago por el bien de la corona, por toda la dinastía y por evitar que costumbres perversas puedan llegar al pueblo. 
 
Amaneció el día quince.  Una multitud silenciosa de hombres y mujeres del pueblo, se había juntado a las puertas del palacio. Ellos sabían que la victoria de un hombre sobre la muerte,   podía llevarlo por encima del propio rey.  Era como tener de pronto un nuevo monarca, y en los labios temblorosos de la multitud se anticipaba la súplica; las rodillas estaban listas para postrarse frente al nuevo soberano, en quien la alegría podría desatar la dádiva.  
 
Esa dualidad del mandato, rompía el acceso al cielo que mi imagen debía inspirar. Rompía el camino que no debería cambiar, sino mantenerse inalterable para mi pueblo. Un nuevo rey haría que el goce se aparte de los senderos celestes y retorne  a los horizontes grises de la mezquindad. 
 
Faltaba un cuarto de vuelta del reloj de sol para que se cumpliera el tiempo fijado. Me asomé a la ventana sur y vi a todo el pueblo .   Llenaban el prado que quedaba al otro lado del puente y llegaban hata el bosque del sur. Allí estban también  los conjurados de la taberna del puerto, quienes filtraban la noticia de que un rey poeta me reemplazaría, que la dinastía estaba por terminar debido al amor de un hombre por su novia de la muerte. Sus voces se escuchaban remotas en la distancia, pero el resto de campesinos, pescadores y cazadores y miserables que vivían de la misericordia, guardaban un terrible silencio. Todo cambio en el firmamento se refleja en la tierra y por lo tanto en sus vidas Algo cambiaba en el remoto cielo. Frente a las luminarias que se desplazaban, las que morían y las que resurgían, sólo cabía ese silencio  total; la súplica muda de no convertirse en los perros de paja de los soberanos.
 
El astrólogo llegó con la ampolla y me la alcanzó con una reverencia. Era yo el indicado para volcarla enla comida lustral, así la llamaba el códice. La sombra en el plato brillante, seguía acercándose a  la hora tercia y la voz de Kuru continuaba resonando por el palacio. 
 
Me dirigí al gabinete de la muerte donde estaba reunido el Consejo Mayor. El códice establecía que sólo ellos podían ser testigos de la resurrección. Kuru me miró con desprecio mientras terminaba los versos de su improvisada copla. La alegría se derramaba desde su rostro rojo como si hubiera recogido en sí mismo las aguas de todo un amanecer de verano. Su expresión al verme,  me recordó una anécdota de la infancia, cuando salvara a un pájaro de las fauces de un gato.    y a partir de ese momento,  la furia y la  maldad del ave la llevaron a romper todas las jaulas que ensayaba y finalmente picoteó en los ojos a una de mis ayas. Con los años, los mentores del palacio me explicaron que hay un límite para todas las vidas, y que sobrepasarlo, desata la maldad.   
 
En el reloj que colgaba de la cámara mortuoria, faltaban leves movimientos del sol para que la sombra cubra todo el círculo.
 
Amada soy un cervatillo entre tus brazos
Duele y alegra el amor en tu vientre, en tu espalda, en tus pies
Son el dolor y la alegría los que hacen eterno el amor…
 
Se estaba por iniciar una época oscura en el reino, quizá el fin de mi larga dinastía, al menos una seria interrupción si mi conjura tenía éxito y lograba la muerte de Kuru. Pero el equilibrio sutil entre la vida y la muerte estaría roto. No era el fracaso de una profecía aislada. Cuando los astrólogos se asoman al futuro, tienen en sus manos las entrañas del tiempo y ahora, con la sobrevida de Kuru, los antiguos dioses anteriores al inicio de todos los ciclos, asomaban sus rostros olvidados y sonreían mostrando muecas siniestras en la serenidad de la tarde.
 
Atardece amada en el silencio dde los bosques Donde te fui a buscar cuando junio se derrumbaba Y el sol caía en fiestas pequeñas sobre la tierra….
 A.D. Cook - Tutt'Art@ (11)
Kuru volvió a interrumpirse. Sabía que los silencios eran peores que los furiosos versos. Seguí mirando por la ventana. De volverme hacia él, vería las protestas de amor a la joven, sus caricias.  Tres destellos de sol se fueron apagando uno tras otro en el reloj. Cuando terminaran, la sombra no sólo cubriría el círculo de piedra lleno de antiguos símbolos, sino la totalidad del reino.   
 
A mis espaldas el silencio era total y a lo lejos, en el horizonte del sur, a la altura del lejano océano, vi el potente brillo de la muerte,    aquel que tantas veces divisara en los días de la guerra. 
 
Sólo me volví cuando llegó a mí el olor ácido de las heces; cuando rompió el pesado silencio de la cámara  el llanto súbito de la novia de la muerte. Los consejeros y el gteneral seguían en silencio. El médico se había precipitado sobre Kuru y con manos temblorosas medía el pulso en su carótida. El muerto seguía mirándome con desprecio, los ojos brillosos y la lengua negra asomando entre los labios
 En ese momento la sombra cubrió el sol y  marcó la hora tercia en el reloj.
 
4
 
El pueblo siguió  en silencio al recibir la noticia de  la muete de Kuru, dentro del plazo establecido por la profecía.    Mi poder, apoyado en   la historia de mis antepasados, seguía incólume. Los súbditos dejarían de esperar una supuesta liberación de mi yugo, y no quedaría otro remedio que esperar que los dioses me inspiren generosidad.   La noche de la muerte de Kuru,  me asomé a la torre. La luna iluminó mi corona y mi manto,  y  el pueblo en el prado,  al presentir mi presencia, se arrodilló al unísono y en silencio.
 
Cumpliendo con lo establecido por mi real decreto, elevé al médico y al astrólogo a principales miembros del consejo y con el paso de los días, me exigieron muy sutilmente que les brinde una parte del reino ubicada al sur. No me negué, iniciamos las negociaciones y en las auroras, a través de la ventana sur del palacio, pude ver la intriga en forma de volutas negras y complicadas, talladas en los vientres de las nubes. 
 
Entonces los invité a una copiosa cena. Los soldados de mi guardia personal, reclutaron mujeres hermosas que con la condición de seducir a los funcionarios reales, podrían quedarse el resto de sus vidas en el palacio . No fue una fiesta pública, sino algo privado: un acuerdo entre mis nuevos consejeros y yo con los que supuestamente compartiría mi reino. Cuando llegaron esa noche, luego de los primeros tragos del vino macerado largamente por los campesinos de la región, vi en los ojos de ambos la permanencia del espíritu de Kuru. Mi reino había estado en peligro por su supervivencia;  mi conjura lo seguía arriesgando. 
 
A mi favor estaba la ventaja que ellos no conocían los vórtices tenebrosos de la política, esa capacidad sutil de acariciar con la mano derecha y asesinar con la izquierda. Se limitaban a ser un médico y un astrólogo, versados en sus oficios que suponían poder enfrentarse a un rey sobre quien pesaba una historia densa de incontables generaciones.
De no ser así hubieran recordado la ampolla que ellos mismos prepararan y que había quedado en mi poder. De modo que luego de los tres primeros vasos de vino,, me bastó volcarla en el resto de la jarra para que media hora después cayeran boqueando sobre la mesa, sus manos se crisparan sobre el mantel y en sus ojos apareciera la vieja sombra de la muerte.  Si hubieran sido generales, si hubieran pertenecido a la familia real, se levantarían los planteos, y la conjura emitiría sus leves ondas agitando el lago de los poderosos de la corte. Pero ellos eran tan sólo dos funcionarios menores que habían llegado de lo más bajo del pueblo, y me bastó organizar discretos pero lujosos funerales  y colocar un par de retratos en la entrada de las habitaciones del este del palacio. En un par de meses serían olvidados. 
 
En cuanto a la Novia de la Muerte de Kuru, cuando la desataron del cadáver, encontré una mujer más vieja: cabellos blanquecinos, piel levemente áspera y en  ojos y en labios una expresión de dolor que no se acababa. No lloró en ningún momento, pero supe que la habían enamorado las endechas de su moribundo. Ahora el deterioro, la pérdida de una porción de su belleza, reproducía lo que pasaba con todas las jóvenes que oficiaban como Novias de la Muerte. Ese proceso se acentuaría con el paso de los días, y en el curso de un año se convertiría en una mujer madura, a pesar de la juventud . Pasado otro año, sería una respetable anciana. La vida de las mujeres con ese oficio solía terminar alrededor de los treinta años. 
 
Para aquietar mis emociones, el médico que habitaba en las mazmorras del palacio utilizó una serpiente cuyos ojos tuve que observar durante una noche. Al amanecer el ofidio, de una hermosa piel amarilla y roja, se puso negro, se encogió y murió en el atardecer. Se había llevado mis celos, mis sentimientos oscuros; mi sufrimiento.   
 
Recurrí a la anciana ama que preparara a Berhane para ser la Novia de Kuru y a través de ella la convoqué a mi cuarto.  La anciana asintió, pero metió la mano en su túnica y exhibió un sapo muerto con una lista naranja que lo recorría de la cabeza a la cola: era la señal de embarazo.
 
 — Es del muerto — se limitó a decir.
 
Yací con la muchacha.  Ella se entregó resignada, y permaneció en todo momento con los  ojos bajos. Al penetrarla, noté que los abría y en las pupilas me pareció ver otra vez el brillo de los ojos de Kuru.  
Nadie ha podido vencer a la muerte — dije al levantarme de la cama — Reconoce que fue una ilusión pensar que tu novio moribundo iba a vivir. Dime lo que sientes 
Pocas veces en mi vida había acariciado los cabellos de una mujer, y esta fue una de ellas. Ella se volvió a mí manteniendo los ojos bajos.
Eres el rey — murmuró — asentiré a todo lo que afirmas y obedeceré tus órdenes hasta el final de mis días.
 
 Habilité para ella un cuarto que daba al sur del pueblo y destaqué dos doncellas para su servicio, pero la joven no dejaba de llorar en las noches. Durante el día, su tristeza era larga como la sombra de la torre sur.
 
Finalmente en el día quincuagésimo de su embarazo, en la mitad de la hora segunda se arrojó por la ventana de su cuarto, muriendo en el acto. El hijo no llegó a nacer. 
 
 A.D. Cook - Tutt'Art@ (2)
 
 
 
 
5
 
A mi pedido, médicos y astrólogos profetizaron mi muerte que se cumplirá dentro de tres años a partir de esta fecha. En mis sienes crecerá un zarpullido verde, y mi pulso tomará el sonido de un perro cuando hoza la tierra.
Moriré al atardecer, cuando el cielo se tiña de listas violetas y amarillaas.
Mi novia de la muerte pertenecía al pueblo vecino, y mi ejército aniquiló a su familia en la última guerra.    Tiene trece años  cumplidos, y un cuerpo lleno de hendiduras y promontorios.  Las ancianas me informaron  que en su sexo acababa de descender el   rojo océano. He prohibido la música  en el reino, pero ella tiene una facilidad natural para los principios del baile. Disfruto en la tarde con sus movimientos graciosos, cuando cierra los ojos, respira con profundidad y mueve los pies y las caderas al ritmo de una música que sólo ella escucha.
 
Al ver a la muchacha mi deseo crece. No quiero que sea la novia de mi muerte, sino aspiro a tenerla como novia en mi vida. Mi poder tiene límites: puedo robarle su virginidad, impidiendo de ese modo que sea mi novia de la muerte, pero no puedo llevarla a mi harem. 
 
¿Qué debo hacer siendo un rey con poder absoluto? Si muero en tres años no me importa ahora romper la ley. Habrá una intensa discusión en el consejo, pero haber alterado esa ley no será importante; procuraré que no figure en el libro de la historia de mi reinado y no sería la razón de una rebelión. 
 
Cuando las dudas me asaltan, cuando los asuntos del reino se complican, me tranquiliza pensar que Kuru ha muerto. Su agonía semejó una resurrección, pero ahora me siento libre nuevamente. Quizá dentro de tres años, mi cuerpo arroje esencia a cada paso, quizá pierda chorros de vida en cada gesto, pero hoy la noche recién abre sus puertas. La luna se tiende sobre las hierbas secas del otoño. Dejo mi trono, mi manto mis atrbutos reales y visto ropas del pueblo. Junto a los cuartos de las mujeres hay un par de guardias que me reconocen y apartan sus lanzas para que pase. La joven duerme con dos sirvientas gordas que resoplan. El sueño de la muchacha es leve como una gota de rocío en el otoño y despierta a un toque de mi mano. Tapo su boca para que no grite, la tomo en los brazos y la llevo a mi recámara, donde la amo hasta el amanecer. 
 
Amar a su novia de la muerte puede permitírsele al rey, ya que hay una cláusula en el códice que lo excluye de las condiciones que deben respetar los demás miembros de la corte. Introducirla en mi serrallo y convertirla en mi favorita, sólo levantará protestas, envidias, odio. La conjura volverá a dibujarse en el vientre de las nubes y esta vez me resultará mucho más difícil exhumarla. 
 
La joven, que se llama Irina, duerme desnuda sobre el lecho . Las curvas de su perfecta piel, son el tenue laberinto en el que podría perderme para siempre. 
 
Luego de la última guerra debo realizar un regalo importante al rey del reino de Sin. Puedo decir al consejo de la sabiduría que deje de buscarlo. Que ya lo he encontrado. 
 
 
Despierto a la joven, quien se cuelga de mi cuello y me llena de besos.  Como a una niña, le explico que debe marcharse, que formará parte de la corte de otro reino.  He quedado sin novia  , y mi muerte se tiende vacía frente a mí, sin sombras, llantos ni heridas, como la lisa piedra que forma el extenso piso de la torre del este. 
 
 

 GOCHO VERSOLARI

 

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