Narrativa: La Muerte y los pies desnudos (La novela del hombre descalzo) – El fracaso de Eurídice (2)

 La Muerte y los pies desnudos (La novela del hombre descalzo) – El fracaso de Eurídice (2)

Gocho Versolari

 

Ignacio es el “Hombre Descalzo”. Barefooter de vocación, ha abandonado su carrera de ingeniero por cierta vida bohemia, en la que caminar descalzo forma uno de los pilares. La novela empieza con una relación de convivencia entre Ignacio y Julia: una hermosa joven perteneciente a una familia adinerada. En la primera parte supimos que Julia tenía problemas para acompañar a su compañero en sus travesías sin calzado. En esta segunda parte conoceremos el desenlace de la conducta ambivalente de la muchacha. ¿Será una “novia descalza” como se define a sí misma? O quizá esta diferencia que a simple vista parece nimia sobre el uso de zapatos, pueda servir para terminar con una relación.

 

5
 La madre de Julia pertenecía a una familia de abolengo de la ciudad. Nunca llegué a conocer los detalles del vínculo con su hija, pero sospechaba antiguos y profundos conflictos entre ambas. Al hablar por teléfono con doña Eduviges, mi novia se encerraba en la cocina, explicando que deseaba estar a solas. No podía escuchar la conversación, pero al rato elevaba el tono con reproches, súplicas, largos reclamos y explicaciones en medio de un angustiado llanto.
 
Al terminar y salir de la habitación, no parecía haber llorado. Sonreía y al preguntarle si estaba bien, contestaba con un vago Mamá es así.
 
Cuando la elegante dama se presentó para la visita formal, no me asombró el trato distante hacia la hija. Todo el tiempo, tuve un persistente y desacostumbrado calambre en el pie derecho, signo de un rechazo de mis plantas a aquella señora y su actitud.
 
Luego del accidente siguieron varios días de tranquilidad. Julia se restableció con rapidez y me asombró la excelente cicatrización de los tejidos. Al tercer día caminó sin dificultad. Recuperó la alegría, cantaba y bromeaba. Una de esas mañanas, mientras desayunábamos, habló con naturalidad acerca del proyecto de caminar descalza por el parque. No contesté de inmediato. Recordé que un año atrás, en el breve estudio que realizara sobre Reflexología y Podomancia, había estudiado los sentimientos ambivalentes. Esa noche, antes de acostarnos, me referí al tema. Expliqué la existencia de estados de ánimo en los que coexistían emociones o sentimientos opuestos.
 
―Alguien puede desear y odiar simultáneamente algo
―¿Algo como qué?
―Una persona, una situación
 
Levanté las sábanas y tomé su pie izquierdo. Una línea central arrancaba de la parte superior de la planta, se prolongaba debajo de los dedos y se bifurcaba en el centro. Pedí que la viera, mientras la seguía con el dedo. Expliqué que con su madre ocurría aquello: ella la amaba, la requería diariamente a través del llamado telefónico y a la vez la odiaba.
 
—Lo mismo ocurre con tu afán de andar descalza —agregué —es algo que a la vez odias y deseas…
 
Retiró bruscamente el pie y volvió a mirarme con el mismo rencor que advirtiera en el peldaño cuando se produjo el accidente.
 
―¡Claro! ¡Marcela sí puede andar descalza!, ¿Acaso tiene plantas de acero, y no siente los clavos? ¿Quieres ir otra vez a que te acaricie los pies? ¡A ella sí le dirías dónde pisar y cómo pisar para que no se lastime… ¡
 
El berrinche continuó entre lágrimas y reproches. Aquella noche se negó a acostarse conmigo y durmió en el sofá. A la mañana siguiente, me trajo el desayuno a la cama.
 
―Quiero caminar descalza contigo en el parque —insistió acostándose mimosa a mi lado —No me digas que no —añadió al ver mi expresión de desaliento y cansancio. Se arrojó sobre mí; las discusiones fuertes la excitaban. Me provocó y se entregó en una fiesta de gemidos y arañazos.
 
―Estuve madurando una idea. Quiero casarme contigo, ¿Me aceptas? —pidió con voz histriónica. Más tranquilo al constatar que había terminado el arrebato, besé su mano y contesté que sí. Lo que siguió fue preocupante.
 
―El parque será el Hades. Podemos pedirle a un amigo que sea el Señor de los Muertos. Yo seré Eurídice y tú Orfeo. Irás a rescatarme y para cumplir lo que Hades establezca, caminarás sin volverte a mirarme durante ocho cuadras. Descalzos, por supuesto…. No me digas nada. Yo quiero ser una novia descalza, estar a tu altura. No importa la opinión de mi madre; estoy convencida que es cierto todo lo que dices, que la salud, los músculos, los huesos y el carácter mejoran. Quizá soy tan loca, tan ambivalente como me dijiste ayer porque no camino descalza.
 
Con esa propuesta, Julia se convirtió en un gigantesco talón de Aquiles en mi marcha sin calzado. No era lógico que accediera a su pedido: aún no estaba repuesta de ese accidente absurdo y corría el riesgo de sufrir otro similar o peor. Detrás estaba su madre, y alguna vez había experimentado la fuerza de las personas vinculadas a círculos de poder que se oponían al hábito del pie desnudo. Procuré imponer mis condiciones, pero en esencia asentí a su propuesta.
 
—Eurídice caminaría descalza, ya que la serpiente la mordió en el talón produciéndole la muerte. Con los pies desnudos habría llegado al infierno. Desde allí, seguiría a su amado…
 
A medida que describía la situación, el rubor de las mejillas, el brillo del mentón y un par de arroyos pequeños que bajaban por las comisuras de los labios de Julia, indicaban que se excitaba con sólo contar la historia. Al tener sexo de esa noche, rompimos uno de los tirantes de la gruesa cama que heredara de mis padres.
 
Ella se durmió primero y yo tuve la esperanza —infundada, por supuesto —que olvidaría la propuesta. Sin despertarla, retiré las sábanas y destapé sus pies. Con mis pocos conocimientos sobre Podomancia, no encontré en ellos ninguna señal alarmante. Quizá Marcela pudiera explicar en aquellas complicadas líneas de las plantas o en los tres lunares dibujados en los empeines, el por qué del espíritu cambiante de mi novia.
 
Al despertar procuré hablar con ella y en nombre del sentido común, le sugerí que pospusiéramos una caminata de ocho cuadras como pretendía; podríamos realizar una pequeña marcha por ciertas zonas a fin de cumplir con el ritual de Eurídice y procurar que sus pies fueran más fuertes. Ella se negó.
 
―Es el inicio de mi vida descalza. Mis pies son fuertes como los tuyos. Sabes que me gusta besártelos y a través de los labios me han trasmitido parte de su fortaleza, del amor al suelo.
 
Buscó en Internet evidencias del uso de calzado en la Antigua Grecia. Encontró algunas referencias en Lisístrata, cuando en la inicial asamblea de las mujeres, la protagonista y las damas de Atenas se presentaban descalzas; finalmente halló un dibujo de la amada de Orfeo, caminando con los pies desnudos.
 
Me prometió que al terminar tendríamos una noche de bodas propia de la Grecia Clásica; me coronaría con laureles y me entronizaría como un emperador. Fue inútil mi explicación de que aquello pertenecía a la cultura romana; que Grecia era la cuna de la Democracia y que las cuestiones se discutían en el Areópago entre los ciudadanos. Lo único que logré como concesión fue que el día anterior a la representación, recorriera descalza algunos tramos del parque para ejercitarse.
 
La primavera se había iniciado con una sucesión de días calurosos y brillantes. Al llegar al parque, y quitarse los zapatos, observé la expresión de asco al pisar la grama.
 
―¿La hierba está siempre tan fría? —preguntó volviendo a calzarse luego de dos pisadas.
 
Se negó cuando le pedí que continuara, teniendo en cuenta que al día siguiente debería recorrer un largo trecho con los pies desnudos.
 
6

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 Ella escribió el libreto para que nuestro amigo Enrique, alto y corpulento como quizá fuera Hades, pronunciara las palabras. El estilo era paródico, afectado y cursi. En él afirmaba sentirse conmovido por la lira de Orfeo y me ofrecía a Eurídice con la famosa condición que al salir del infierno no debía volverme a mirarla. En caso de hacerlo, ella retornaría para siempre al inframundo.
 
Preocupaban a Julia algunos detalles: mi desconocimiento del manejo de la lira, así como alguien que hiciera de Perséfone, la esposa de Hades. Me apresuré a decirle que podíamos aplazar el evento hasta que consiguiéramos la figura femenina y que yo aprendiera la ejecución de algún instrumento. Volvió a negarse.
 
―Eurídice cumplirá su destino, marchando fuera del infierno luego de recorrer las simbólicas ocho cuadras. Esto la convertirá en una mujer descalza y feliz —afirmó.
 
Cuando faltaba una hora para la representación de Orfeo, volvió a presentarse la madre de Julia. Ella la recibió con unas sandalias abiertas y la mujer miró recelosa los pies de su hija. Criticó el calzado y exigió ver la planta derecha. Asintió al advertir que la herida estaba casi curada. Como siempre, se sentó en el borde de la silla, y durante varios minutos rascó su nariz con insistencia.
 
Sigo insistiendo en que todo esto encierra un riesgo que marca el comportamiento de Julia con una tendencia malsana, lo que me lleva a vigilar su conducta. Hay muchas cosas en juego. Su seguridad antes que nada y el carácter de nuestro movimiento. Cada día que pasa, tenemos más prestigio como defensores de la moralidad y si mis correligionarios se enteran de que mi hija camina descalza por la ciudad, mi tarea que es muy importante y beneficia a un sinnúmero de personas, se verá menoscabada. Es un símbolo. Es un perjuicio muy grande. Por eso, entiéndame señor Ignacio, deberé realizar tareas de fiscalización. En cuanto a usted, puede hacer con sus pies lo que quiera. Son suyos. Usted es una persona mayor. Julia siempre tuvo problemas y los tendrá. Siempre necesitará del apoyo amoroso de su madre…
 
Mi novia se había colocado a la espalda de doña Eduviges. Desde allí movía los brazos con gestos negativos. Era una forma de pedirme que no mencionara el proyecto de Orfeo y Eurídice en versión descalza.
 
―Querida, ¿Qué estás haciendo?
 
Julia no advirtió que frente a ella y a la dama, estaba el espejo que perteneciera a mi abuelo y que ocupaba la mitad de la pared.  Al advertir los gestos   reflejados en él, su madre se incorporó de pronto y  tomó  a mi novia de las muñecas.
 
―¿Qué eran esas señas? ¿Qué era lo que no tenía que decirme?
 
Julia torció los labios hacia abajo con una expresión de espanto. La sentí como una niña indefensa. Decidí intervenir.
 
―Señora, déjela por favor —exigí tomándola de un brazo. La mujer me miró, primero asombrada y luego con desprecio. Se apartó de mí y soltó a Julia.
 
―¿Qué va hacer? ¿Me va a golpear? ¡Hágalo y verá lo que ocurre! ¡Hágalo, lo desafío! ¡Un hombre descalzo es capaz de cualquier cosa!.
 
Le recordé que estaba en mi casa; afirmé que no deseaba violencia;   pedí que reflexione y que no interrumpiéramos el diálogo. La madre de Julia volvió a sentarse y estiró el cuello con gesto de dignidad ofendida. Su hija lloraba amargamente.
 
―Está bien. Esto es un símbolo. Le demostraré que no estoy a la altura de su salvajismo. Escucho sus palabras. Lo que tenga que decirme.
―Su hija insiste en realizar una caminata en el parque que está a dos cuadras de aquí  sin llevar calzado. Debe saber que yo me opongo, ya que no está preparada para hacerlo, pero si ella insiste, respetaré su decisión. Me considero su novio, su amigo, la persona que está junto a ella o como quiera llamarlo, y la apoyaré en lo que decida. Ha cumplido veintiséis años, no es una niña. Si su decisión estropea o altera de algún modo lo que usted se propone con las juntas vecinales, también lo lamento, pero ella es un ser humano, no un bien inmueble.
 
Mientras hablaba, la mujer fue esbozando una sonrisa.
 
―Agradezco su sinceridad, señor Ignacio —dijo con imprevista suavidad — Usted se ha mostrado tal como es; tal como yo suponía que era. Sepa que yo y mis amigos estaremos vigilando. Es un símbolo. Téngalo por seguro.
 
Se levantó y se marchó sin saludar, con un portazo.
 
 
 
7

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 Pensé que con la nueva visita de su madre, Julia iba a tener otra crisis, pero se comportó con una tranquilidad inesperada. Insistí en que después de aquella amenaza, no deberíamos realizar la caminata   prevista para las once de la mañana de ese día.
 
―No hay que preocuparse —me dijo con una sonrisa —Mi madre nunca cumple sus amenazas. Además, sus amigos son viejos como ella. Están en contra de todo, se limitan a tomar té y jugar a las cartas; no hacen otra cosa.
 
Pensé con desaliento que aquel incidente reafirmaba los pronósticos negativos que mis plantas no dejaban de repetir.
 
Mi novia anunció que arreglaría sus pies y me pidió que la esperara en el parque donde recibiría a Enrique. Aquello sería como un matrimonio y por lo tanto no podía presenciar sus preparativos, en especial aquella sesión de pedicuría, ya que sus plantas serían las protagonistas.

La esperé cerca de la tercera fuente, como habíamos convenido. Ella se presentó puntual, con el cabello suelto y cuidadosamente peinado. Llevaba una pequeña cartera roja que colgaba del hombro. Me explicó que era un símbolo del corazón de Eurídice. Se quitó los zapatos frente a mí. Sus pies estaban hermosos; en el tobillo derecho llevaba una ajorca comprada para la ocasión. Nos tomamos del brazo y mi amigo, ataviado con un ridículo gorro parecido la mitra papal, pronunció el parlamento establecido mientras contenía la risa. Al terminar, prometí solemnemente no volverme a mirar a Julia durante el trayecto.
 
En las ocho cuadras había áreas de suave grama, pero otras estaban cubiertas de un empedrado agresivo o de ramas pequeñas y puntiagudas. Durante veinte metros, Julia debía avanzar en equilibrio sobre un cordón de cemento hasta llegar al puente de madera. Me tranquilizaba que los sitios más peligrosos estuvieran lejos del sendero; una cerca de madera, otra de acero, las dos a ras del suelo. Una empresa que cortaba vidrios para ventanas y cuyas inmediaciones permanecían cubiertas de filosas e invisibles astillas, quedaba a una buena distancia del trayecto. La más riesgosa era una valla  con agudas puntas de metal orientadas hacia arriba. La senda que mi novia debía recorrer, estaba alejada más de cien metros de estas amenazas, de modo que nada podría justificar un accidente.
 
En mis repetidas caminatas durante aquellos años, había aprendido que andar descalzo aumenta la intensidad de todos los sentidos y despierta la intuición sobre el entorno. Aquel mediodía, podía escuchar distintamente los ruidos del parque, el sonido lejano de los autos, los gritos de los niños que jugaban en la plaza y los comentarios de la pareja de ancianos que siempre recorría el lugar. También distinguía el siseo de los pies de Julia al pisar el suelo a mis espaldas. Podía calcular la distancia a la que marchaba, e incluso acelerar o retardar el paso de acuerdo con su ritmo. Sabía también que avanzaba en puntas de pie y eran pocas las veces que depositaba toda la planta sobre el suelo. Me repetía a mí mismo que el trayecto llegaría al final sin novedades; que cumpliría con el simbolismo de la leyenda, guiándola fuera del infierno. A pesar de la negativa de mis plantas, una parte de mí creía que todo aquello era un período de adaptación; que culminaría con felicidad. También repetía algo que había probado en mi primer matrimonio y en todas mis relaciones: un buen vínculo sexual era la base para solucionar cualquier problema de convivencia.
 
Avanzábamos hacia el este. Los gritos de los niños y las voces de los paseantes, fueron reemplazados por los cantos de los pájaros y la brisa entre las ramas. De pronto, Julia lanzó una exclamación y no pude precisar si era de asombro o de contrariedad. Estuve a punto de volverme, pero me contuve. Aquella era la consigna, miles de años atrás en la leyenda de Orfeo y ahora, en el mundo contemporáneo. Había jurado que no miraría hacia atrás, pasara lo que pasara. Esperé unos segundos y seguí caminando.
 
Avancé dos cuadras más. Faltaban tres para llegar al final, pero tenía la certeza de que ella no seguía detrás de mí. Quizá en la lejana Grecia, Orfeo también hubiera dejado de escuchar el roce de las delicadas plantas de la amada. Quizá el silencio absoluto, propio de los sepulcros, era lo que lo había hecho volverse.
 
El impulso de mirar atrás se impuso a mi voluntad, y cuando lo hice, comprobé lo que sabía: Julia no estaba. Un poco más allá algunas personas caminaban hacia el este. La brisa de primavera soplaba entre los árboles y el sol iluminaba los senderos. Lo más lógico era que se hubiera cansado de caminar descalza; quizá estuviera sentada, colocándose los zapatos. Retrocedí un poco más. A lo lejos distinguí a mi amigo Enrique que aún llevaba el escandaloso gorro de rey del Hades. Hablaba por teléfono y movía el brazo con entusiasmo. Mi novia seguía sin aparecer. Los pocos bancos del parque estaban vacíos.
 
―¡Julia! —llamé a voz en cuello. Dos ancianos que me conocían, se detuvieron para mirarme —¡Julia! —repetí en voz aún más alta, pero tampoco obtuve respuesta.
 
Unos pasos más allá encontré la cartera roja sobre la grama del sendero. Enrique se acercó para ver lo que ocurría y en ese momento escuché un leve alboroto. Junto a mí pasaron un par de adolescentes. Uno de ellos murmuró algo acerca de una mujer herida, y los seguí.
 
Casi dos cuadras al sur, Julia estaba sentada en el suelo. Había pisado uno de los pinchos de la cerca de acero. Brillante, filoso, sanguinolento; como un agudo cuchillo, el metal  había atravesado la planta debajo de los dedos y asomaba por el empeine. Mi novia volvió a observarme con mirada torva.
 
―Esto pasó porque fallaste. Quedamos en que pasara lo que pasara, no debías mirar atrás.
 
Le respondí que al volverme ella ya se había lesionado; quise decirle que no entendía por qué se había desviado del camino; además debió levantar la pierna unos cincuenta centímetros para clavar de aquel modo el metal en el pie. Alguien había llamado al novecientos once. Esperaban la ambulancia. Julia seguía mirándome con odio; habló en voz baja, pero asegurándose que todos la escucharan.
 
―¡Tú eres el único culpable!. Rompiste el compromiso que teníamos. Siguiéndote a ti, caminé descalza y cuando te volviste a mirarme, todo se destruyó. ¡No quiero verte más! Espero que lo entiendas.
 
 La ambulancia llegó enseguida y a los paramédicos les costó retirar el pie de aquella navaja filosa.
 
―¡Aquí está el culpable! —insistía Julia en todo momento y me señalaba con el índice para que no hubiera dudas —¡Por él caminé descalza!. ¡Por él me clavé esto…!
 
El público se apiñaba a mi alrededor y todos me miraban como a un asesino. Una pareja de ancianos señaló mis pies murmurando que estaba loco.
 
De pronto, la madre de Julia se abrió paso entre la multitud. Me miró con sonrisa siniestra. Dos policías surgieron de alguna parte y me pidieron que los acompañe. Escuché los aplausos de la gente.
 
 
 
8

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 En la comisaría esperé media hora y me recibió Lorenzo Venancio, el inspector amigo de la madre de Julia y candidato a alcalde. Se hablaba mucho de su poder político; de la influencia que se extendía al gobierno nacional, quizá apoyado por los carteles de la droga. Baja estatura, hombros cuadrados, ojos pequeños y sonrisa metálica. Me hizo pasar a su despacho y me ofreció sentarme.
 
―Señor Ignacio, por fin nos conocemos. Le aclaro que por ahora no está detenido, aunque conozco su hábito de caminar descalzo en el parque del este de la ciudad. No ha cometido ningún delito según la ley, pero debe saber que hay crímenes que no se encuentran en nuestro cuerpo jurídico. Son los que establece la opinión pública, los que entran en el área amplia y casi indefinida del derecho usual. En estos días me propondré como alcalde de la ciudad, comprometiéndome a defender las buenas costumbres. Más importantes que la economía. Más importantes que la salud. Ellas son la base de una y de otra. Y estos hábitos malsanos serán el motivo central de mi campaña…
 
El hombre se incorporó y me tendió la mano. Yo la apreté. Fría y débil, como un pez muerto.
 
―Este es el último gesto amistoso entre nosotros —dijo —desde ahora estaremos en posiciones enfrentadas. Usted será el representante de los descalzos y yo el de los calzados. Se avecina una lucha feroz entre nosotros.
 
Iba a contestar que no quería una guerra con nadie y menos con él, pero el comisario ya había soltado mi mano y abriendo la puerta de su despacho, repitió que era el fin de la entrevista; que no había más que discutir.
 
 
Sin Julia, sentí la casa enorme y en el atardecer tuve un fuerte acceso de melancolía. Nunca me había dado los datos de su madre; no teníamos amigos comunes y no sabía donde ubicarla para hablar con ella y pedirle explicaciones.
 
Esa noche apenas pude dormir y al otro día volví a caminar descalzo por el parque. Las tormentas que llegaran de mis pies durante aquellos días, ya no estaban. Di varias vueltas alrededor de la laguna del oeste, recorrí los tres bosques y al regresar a mi casa hacia el atardecer, por encima del sufrimiento, desde mis plantas llegó un súbito sentimiento de liberación.

 

GOCHO VERSOLARI

 

 
 

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