Narrativa: La muerte y los pies desnudos (Novela del hombre descalzo) – El fracaso de Eurídice (1)

 La muerte y los pies desnudos (Novela del hombre descalzo) – El fracaso de Eurídice (1)

Gocho Versolari

 

 Ignacio, el “barefooter” u hombre descalzo, es el protagonista de la novela “La muerte y los pies desnudos”. El texto fue redactada en principio en forma de viñetas o semblanzas, que formaban cuentos unitarios. En el presente relato, Ignacio mantiene una relación con Julia, una mujer muy hermosa que mantiene una actitud ambivalente acerca de acompañar descalza a los paseos que su compañero realizaba en los bosques de la cercanía de su casa. 

En este contexto, se inicia la novela; en medio de la ambivalencia entre el calzado y el pie descalzo, símbolo de una postura ante la tierra y el universo. 

 

Gocho Versolari

 

1

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 Hay dos razones para que alguien camine descalzo por la calle: ser pobre de solemnidad o no encontrarse en sus cabales. En los dos casos, la conducta revela un profundo abandono de sí mismo. A Julia, desde niña, le enseñé a usar calzado. Ella no sale de la casa si no es con gruesos zapatos que protejan sus pies de las porquerías del suelo. Señor Ignacio, por su edad debería ser serio y responsable. Lamentaría mucho que con este concubinato que ustedes han insistido en iniciar y mantener, su lamentable hábito se le pegue a mi pobrecita hija.

 

Eduviges Echenique Gorreaga era una mujer entrada en años. Vestía chaqueta, falda negra y blusa blanca. La hija había heredado aquella nariz respingada que en su rostro era graciosa. La dama, en cambio, en una permanente mueca de desagrado, torcía el apéndice y con él toda la cara. Como si en todo momento oliera un aroma permanente y nauseabundo.

 

 Llamó en la mañana pidiendo hablar con nosotros. Al entrar, antes de saludar a Julia con un rápido beso, la regañó porque el vestido no combinaba con los zapatos. Luego se sentó en el borde de la silla, cruzó las manos en el regazo y mantuvo el torso recto. Todo el tiempo miró con seriedad hacia adelante. En forma deliberada, permanecí con los pies desnudos durante la visita.

 

 

―Señora, mi decisión de caminar descalzo es algo personal. Entiendo que lo cuestione y respeto su opinión, pero no la comparto. También debe saber que no hago proselitismo de mi costumbre, por lo que no influí en forma directa sobre su hija como acaba de sugerir.

 

Julia asintió frente a su madre, cuando repetí que el accidente por el cual tuviera que aplicarle tres puntos en la planta del pie, fue su exclusiva responsabilidad. La mujer dijo que sí con la cabeza, pero por la expresión de los ojos, noté que no escuchaba o no entendía.

 

Lo que concluyo de todo esto es que si se camina descalzo, más tarde o más temprano la persona va a sufrir un accidente. No admitirlo, disculpe usted, es de estúpidos. Es simbólico. Es inevitable. Debe saber que formo parte de una comisión de vecinos dirigida por el inspector Lorenzo Venancio, candidato a alcalde para las próximas elecciones. Entre los objetivos de nuestro movimiento, nos oponemos explícitamente al malsano hábito de caminar descalzo, que fue moda desde los hippies hasta ahora. Es tonta la postura romántica de la libertad del pie. Además de las inconveniencias que trae aparejada, de lo calamitoso que resulta para la salud, creemos que una persona que marcha sin zapatos, resiente la integridad del cuerpo social, de la familia, de la patria. En otras palabras, un símbolo; un escándalo. Usted comprenderá entonces, señor Ignacio, mi preocupación al advertir que mi hija está repitiendo su hábito…

 

El té estaba listo y lo serví una taza de la porcelana china. La dama lo tomó con la punta de los dedos y antes de beberlo, examinó el borde con desdeñosa atención. Después exigió a Julia la promesa de no salir otra vez con los pies desnudos.

 

―Si por mí fuera, todo el mundo usaría zapatos hasta para dormir, como hacen los turcos —dijo con tono sentencioso antes de retirarse.

 

 

 

 

 

 

 

 

2

Todo había empezado tres meses atrás, cuando Julia y yo decidimos vivir juntos. Antes de resolver algo importante, lo consulto con mis pies a través de paseos descalzos en el parque cercano a mi casa. Frente a la inminencia de la relación, la negativa que surgió de mis plantas, fue urgente y terminante.

 

Para estar seguro, recurrí a una sesión de Podomancia con Marcela. Adivina y Barefooter como yo, nos conocimos en el parque durante nuestras caminatas sin zapatos. En ese entonces contaba con veintidós años, rostro aniñado y sonrisa fácil. Era capaz de leer el futuro en las líneas y los detalles de los pies.

 

Me recibió en la casa antigua donde vivía. Los pasillos estaban cubiertos de fotos de santones, amuletos de piel de serpiente y exóticos insectos de Oriente encerrados en viejos frascos.

 

―No sólo son incompatibles, sino que la relación representa un peligro para ella y para ti —sentenció Marcela al referirse a la posible unión con Julia, mientras sostenía mi pie con sus pequeñas manos. Contando con mis conocimientos básicos en adivinación, me mostró un complicado ramal de líneas en la planta izquierda. Todas confluían en un punto donde la piel cambiaba de color ―En caso de continuar con ella, tu vida amenaza en transformarse en algo como este perverso laberinto que ves aquí.

 

En contra de ambas profecías, la de mis pies y la de Marcela, esa misma noche llamé a Julia, quedamos en vernos, tuvimos un encuentro fogoso y dimos por iniciada la relación.

 

 Me atraían demasiado la suavidad de la piel, la sonrisa constante, y hasta la permanente actitud de querer tener razón en todo. Reconozco que influyó en mi decisión la soledad que mantuviera desde la muerte de mi esposa; que Julia fuera veinticinco años más joven que yo y tuviera un hermoso cuerpo. Los cabellos eran negros y los ojos de un gris azulado. Quizá debiera caminar con un balanceo más elegante, pero sabía utilizar la seducción: tres lunares junto a los labios y un pequeño hoyo en el mentón que se formaba al reír.

 

Me sumergí en el ámbito festivo, alborozado de una nueva relación. Olvidé la profecía surgida de mis pies y las palabras de Marcela, pero de tanto en tanto llegaban de mis plantas rumores o escozores a los que interpretaba como avisos. No estaban satisfechos con aquel vínculo y repetían una y otra vez la sorda advertencia

 

 

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En el sexo, Julia era fogosa y siempre estaba dispuesta. Los orgasmos eran volcánicos, prolongados, ruidosos y casi siempre empapaban el colchón. Las exigencias en cuanto a fantasías sexuales, eran intensas y permanentes. Yo debía ser Hércules y ella Ónfalo, la princesa de Lidia; yo debía ser el oscuro violador cretense, y ella la joven vestal a quien luego castigaría Afrodita convirtiéndola en Medusa; Helena copulando con Héctor; Odiseo con Penélope; Pigmalión y la estatua que seducía al artista, aún antes de crearse y Aquiles uniéndose al cuerpo sin vida de Pentesilea. La Grecia Clásica inspiraba en ella una sucesión de fogosas parafilias. A veces me despertaban más sorpresa que pasión, pero tampoco me desagradaban.

 

Alternando aquella sexualidad explosiva, hubiera deseado momentos de serenidad. No sólo por mi edad, sino porque siempre había preferido instantes de quietud en la intimidad. Abrazarnos en silencio bajo la luna; la madurez lenta del amor en las tardes de otoño. Cuando se lo sugería, Julia afirmaba comprenderlo y me prometía que cambiaríamos de hábitos, pero volvía sin cesar a aquella Grecia fuertemente orgiástica, gobernada por Dionisio y la “Hybris”, a la que nunca habría llegado Apolo.

 

En cuanto al mito de Orfeo y Eurídice, la excitaba de modo diferente. A veces apagábamos las luces y mirábamos la luna. Entonces se preguntaba cómo habría sido el encuentro de los amantes en el Hades; imaginábamos los sentimientos ante el fallido escape del inframundo y la soledad del héroe. Esa historia despertaba en ella fibras que iban más allá del sexo. Cierta vez confesó que cuando me pidiera representar el mito, sería una forma de matrimonio.

 

 

 

 

 

3

—Supongo que alguna vez volverás a usar zapatos como todo el mundo — dijo Julia cierto día como al pasar. Iba a continuar hablando, pero la interrumpí afirmando que si deseaba que nuestra relación siguiera adelante debía respetar esa costumbre.

 

―Me interpretaste mal. Claro que te respeto —dijo acariciando mi pecho —tus pies son muy atractivos y dentro de poco saldré a caminar descalza contigo.

 

No contesté y tomé sus palabras como una disculpa ante un comentario torpe. Los pies de Julia eran los más hermosos y proporcionados que había conocido. Además, ella los cuidaba y mantenía con cremas suavizantes, aceites, pintura de uñas y adornos, pero sólo se descalzaba en la moqueta del dormitorio y ni siquiera toleraba el roce del parquet. A veces se tendía en la cama con los zapatos puestos y en ocasiones, para bañarse, usaba medias porque le daba asco pisar la espuma.

 

 

Nunca mencioné a Marcela, la podomántica y una tarde sugerí que fuéramos a una sesión; suponía que la profecía inicial podría haber cambiado, o que fuera necesario replantearla. No tuve en cuenta que mi novia era extremadamente celosa. Cuando a nuestro lado pasaba una muchacha atractiva, sin que ocurriera nada, me pellizcaba el brazo. Era inútil mi alegato que había sido su gesto el que alertara la presencia de la chica. Ella insistía en que los ojos se me habían ido. En todos los casos, la rabia desembocaba en encuentros fogosos donde el sufrido colchón soportaba estoicamente las tibias inundaciones.

 

―No voy a dejar que una extraña me revise los pies —dijo Julia con tono terminante ante mi propuesta. A continuación, me preguntó acerca de mi relación con Marcela.

―Es una vieja amiga —contesté —Ella también es Barefooter y en el pasado salimos descalzos a caminar por el parque. Hace muchos años que practica Podomancia y la consulto con frecuencia.

―Entonces tienes con ella algo que no compartes conmigo —afirmó con seriedad. Era la primera vez que la veía furiosa; la ceja izquierda se movía involuntariamente.

―¿Qué es lo que no comparto? ¿Qué quieres decir?

―Sales descalzo con ella y te niegas a hacerlo conmigo.

 

Le expliqué que desde hacía un año, Marcela estaba ligada a un profesor de Sumo llamado Federico con quien mantenía una relación estable. Que nunca hubo entre nosotros ni siquiera la sugerencia de un romance. No me escuchó. Se negó a aceptar cualquier razonamiento y por primera vez permaneció toda una tarde sin hablarme. Recién en la noche cambió de actitud, me preparó un café y pidió conversar conmigo. Volvió a tocar el tema de Marcela.

 

―Es lo que te dije. Somos amigos.

―¿Tú me amas realmente?

 

Advertí que la ceja izquierda volvía a agitarse

 

―Claro que te amo. Te lo dije muchas veces.

―Entonces vas a llevarme a caminar descalza por el parque. Quiero ser tu Barefooter.

―Debes tener en cuenta que no es fácil. Sería mejor que te quites los zapatos en la casa, que recorras los pisos, te acostumbres a diversas texturas y salgas al jardín trasero donde todo está controlado. El parque tiene sus peligros y hay que acostumbrarse. Si me haces caso, podría llevarte en un mes o dos.

―Claro, pero tú vas con Marcela…

 

Se repitió la discusión en todos los términos. Finalmente pareció ceder en un punto.

 

—Insisto en que no quiero que una extraña toque mis pies, pero permitiré que realices con ella una nueva sesión de… bueno de eso por lo que adivinan. Yo quiero acompañarte.

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Aunque no me lo dijo, advertí que Marcela estaba interesada en conocer a Julia y me dio un turno para esa misma tarde. Durante la sesión, mi novia habló muy poco y se sentó en una silla con el cuerpo recto y los ojos muy abiertos. Contestó con monosílabos a las preguntas de la anfitriona y miró con atención como Marcela lavaba mis pies e interpretaba las líneas. Mi salud, mi economía se desarrollaban sin problemas. En el pie izquierdo, volvió a mostrarme el laberinto que culminaba en un cambio del color de la piel.

 

―Lo demás también está igual —añadió con una mirada de inteligencia.

 

 

4

Al volver, Julia me hizo otra escena. Insistió en que Marcela me había acariciado el pie con excesiva ternura; que me miraba con ojos de carnero. Captó la referencia a la lectura anterior; por supuesto, no le dije que en ella me había desaconsejado la relación. Terminó llorando amargamente y al intentar consolarla, volvió a exigirme que la lleve a caminar descalza.

 

Un fragor más fuerte que los anteriores llegó de mis plantas. Mis pies repetían la profecía inicial. A pesar de esto, accedí al pedido, pero le exigí una prueba: con los pies totalmente desnudos, debía atravesar la grama del jardín trasero de la casa, descender los tres escalones de madera, salir a la calle, llegar a la esquina y volver. Si lo cumplía con éxito, podría llevarla durante media hora a recorrer la zona más accesible del parque.

 

―No entiendo por qué tantas precauciones —dijo desafiante —Todos nacimos descalzos. Si insistes en que es un hábito natural, ¿por qué este cuidado neurótico?

―Es más complicado de lo que parece cuado alguien no está acostumbrado — insistí —soy el primero en desear que me acompañes en mis caminatas, pero un accidente inesperado sería doloroso y te resultaría difícil retomar el hábito.

 

Por tres veces revisé el trayecto. La grama estaba corta. A la calle la habían limpiado hacía poco. El único problema era un clavo que sobresalía del tercer peldaño en los escalones que conducían a la acera. Se lo mostré para que estuviera atenta.

 

—Verás que no es peligroso —dije —está cerca del centro, pero es visible a simple vista y bajo la luz natural.

 

El día amaneció soleado y Julia salió a eso de las diez de la mañana. Desde la ventana, observé como avanzaba en puntas de pie, con lentitud, abriendo las piernas. Parecía caminar sobre huevos. Había llevado una servilleta de papel y cada tanto se detenía a secarse el rocío que mojaba las plantas.

 

Demoró cinco minutos en llegar a la escalera. Empezó a descenderla y en el tercer peldaño al llegar al clavo, se detuvo unos segundos y se sentó. Pensé que iba a levantarse de inmediato, pero pasaron varios minutos y siguió sin moverse. Abrí la ventana y pregunté si estaba bien. No me contestó.

 

Salí y al llegar junto a ella, observé sangre en el pie derecho. El clavo se había insertado en la almohadilla, por debajo de los dedos. Por primera vez desde que estábamos juntos, me miró con odio

 

―No me dijiste dónde estaba —me reprochó —no me dijiste con claridad que era peligroso.

 

La ayudé a regresar a la casa. Podía curarla yo mismo. Tenía conocimiento y recursos para hacerlo. Repitió una vez más que no le había informado acerca de la amenaza; que la responsabilidad era mía.

 

Luego de limpiar la zona de la planta, advertí con asombro que no era una simple punzada. Al sentir el dolor, en vez de retirarlo de inmediato, pareció arrastrar el pie sobre el clavo. El corte se extendía desde la base de los dedos hasta el arco. Coloqué anestesia local y uní los labios de la herida con tres puntos. Ella siguió en silencio. Por último se durmió y advertí que en el sueño seguía agitando la ceja.

 

GOCHO VERSOLARI

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