Narrativa: El hombre descalzo y el dragón de humo.

La presente novela inédita relata lo que ocurre desde que a un hombre lo amenaza  la muerte con la forma de una adivina de nombre Sandra. La misma se niega a llevarlo con una condición: debía vivir descalzo. Si alguna vez usaba zapatos, moriría inevitablemente. Esto genera múltiples situaciones y el presente es uno de los capítulos que puede ser leído como un cuento unitario.

Abrazos a todos

 Gocho Versolari

 El hombre descalzo y el dragón de humo.

Gocho Versolari

1

 

Desde la tarde de la profecía, Sandra se apostó frente a mi casa y vigiló salidas y entradas. Al observar mis pies, invariablemente desnudos, movía la cabeza en lo que me parecía un leve gesto de consternación.
 
A pesar de ser escéptico en cuanto a la existencia de Dios y las verdades que postulan las religiones, creo en fuerzas ocultas y misteriosas que mueven al mundo. Estaba convencido que a través de aquella mujer delgada, de huesos grandes, y lentes espejados, actuaba el destino. No había fundamentos racionales, pero la sentencia era cierta: de cubrir mis pies, moriría.
 
 Antes de la profecía, rara vez usaba zapatos; estar descalzo dentro y fuera de mi casa era un modo de vida, casi una profesión de fe. No trabajaba desde hacía mucho tiempo. Las rentas de tres propiedades heredadas de mi abuelo, me permitían vivir en forma modesta. El afán de riquezas propio de mi generación, me dejaba indiferente. Con todo mi tiempo libre, me proponía demostrar las ventajas del Barefooting Running. El que inaugurara la famosa carrera de Abebe Bikila en los sesenta, al triunfar en la competencia de Roma sin usar calzado; el que practicaran las tribus Tarahumaras descriptas por Christopher Mc Dougall en el libro  Nacido para correr. Además, leía y difundía   estudios que certificaban la conveniencia de mantener los pies desnudos para conservar la salud del cuerpo y la mente.
 
Luego del encuentro con Sandra, decidí vivir descalzo en todo momento del día y de la noche y en toda estación del año. Fue entonces que comprobé la cantidad de ocasiones en las que solía usar zapatos. Cuando salía a comprar algo a la tienda cercana a mi casa, en medio de la nieve en el invierno o para calmar a los guardias del parque que me sermoneaban pesadamente acerca de la conveniencia de calzarme  (al verlos, me colocaba apresuradamente un par de chanclas que llevaba en un bolso). Todo esto pude solucionarlo cambiando los hábitos. Un detalle doméstico que parecía el más simple, fue el que trajo las consecuencias más inesperadas y peligrosas.
 
Las baldosas del piso   de la cocina de mi casa eran de   cemento duro y áspero de color verde. No me disgusta este material para caminar descalzo, ya   que sirve para pulir la piel. Sin embargo, aquella superficie no era amigable. Al apoyar sobre ella mis pies desnudos, una fuerza informe y furibunda bramaba varios metros más abajo. En aquel rectángulo, parecía vivir un prisionero poderoso, que al sentir la presencia de mis plantas, amenazaba con liberarse.
 
Cuando ocupé la casa luego del fallecimiento de mi abuelo, esa criatura no estaba. A los dos o tres años se presentó como un leve y sordo rumor que retumbaba en mis talones. Quizá se hubiera gestado con el cáncer de mi esposa y la rápida muerte; aunque, según mi experiencia, los pies y sus vínculos con el suelo siguen leyes propias, al margen de emociones, tragedias o celebraciones de la vida cotidiana.
 
La única solución antes del augurio de Sandra, era calzarme con las viejas pantuflas que mi madre me regalara muchos años atrás y que permanecían casi nuevas. Apenas lo hacía, el monstruo se calmaba. Luego de la profecía, decidí no volver a usarlas. Si lo olvidaba, bastaba con asomarme para ver la figura implacable de la sibila con los brazos cruzados, observando atentamente. Con respecto al piso de la cocina y al rumor, decidí llamar a un técnico que revisó los caños de gas y de agua. Descartó un problema serio y se limitó a purgarlos.
 
En los días siguientes, el clamor subterráneo aumentó. Una mañana, en el momento de calentar el café, el piso se agrietó con un sonido aterrador, y tuve que escapar del cuarto. A través de las aberturas, se elevó un humo brillante y gris y desde la puerta pude ver una criatura hecha de niebla que palpitaba colérica unos metros más abajo.
 
Volví a llamar al técnico. Cuando llegó, el fragor ya no estaba, pero las grietas del piso eran la señal incuestionable que algo había ocurrido. Además de aquel perito, consulté con otros dos. Todos coincidieron en que la instalación de los caños no presentaba problemas. Fenómenos como aquel podían deberse a ciertos gases subterráneos, producto de cloacas o algún pozo séptico de una casa vecina. La zona estaba repleta de construcciones antiguas y era previsible que con el paso del tiempo se hubieran agrietado. No era frecuente, pero lo único que podría romper el piso en aquella forma, era una acumulación de emanaciones. Me ofrecieron colocar baldosas térmicas y aislantes con la capacidad de expandirse y contraerse ante los cambios de temperatura y las presiones subterráneas. Garantizaban que de ese modo, no se repetirían fenómenos como aquel.
 
Si bien todos opinaban más o menos lo mismo, hablaban en términos de hipótesis. Ninguno daba una explicación precisa. A fin de agotar las instancias racionales, llamé a un ingeniero con experiencia. Lo conocía desde la facultad, por lo que no me cobró la consulta. Luego de revisar todo, confirmó la versión de los otros y me recomendó una marca especial de baldosas. Accedí a colocarlas con la duda de haber encontrado una solución. No podía explicar a mi amigo y a los técnicos que aquello era un juego entre los fluidos sutiles de mis pies y un ser vivo que residía en las profundidades; que recurrir a un revestimiento más sólido podía ser peor; la explosión sería más violenta en caso que el monstruo arremetiera con excesiva fuerza.
 
Cuando las baldosas estuvieron colocadas, volví a caminar descalzo sobre ellas. No tenía otro remedio. Desde la esquina, Sandra continuaba atenta al estado de mis pies. Al principio todo pareció calmarse y por un momento pensé que los peritos y el ingeniero tenían razón, pero al tercer día el clamor volvió. Más intenso. Más furioso. En las nuevas baldosas, el monstruo o lo que fuera, había encontrado una barrera inesperada para llegar a mis pies.
 
 Pensé utilizar un plástico que cubriera mis plantas, aunque esto sería el equivalente de calzarme. La única alternativa era calmar a la bestia por otros medios. Limpié el piso con agua bendita, utilicé una mezcla de ajo tomillo y ruda, pero todo fue inútil. Aunque mis pies no pisaran la cocina, podía escuchar desde el dormitorio el fragor de las baldosas. Llamé nuevamente al ingeniero y en el momento en que llegó, el bramido dejó de escucharse. Mi amigo colocó aparatos para oír y ver las profundidades. El resultado volvió a ser negativo.
 
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Una mañana repicó el teléfono. Era mi amiga Marcela, la que me abandonara, refugiándose en la casa de su madre. No la veía desde cuarenta días atrás.
 
Aunque me alegraba que hubiera llamado, el resentimiento por el abandono hizo que la atendiera con sequedad. Cuando me preguntó si estaba molesto, me limité a decir que debíamos conversar. Pedí que viniera a mi casa, porque además quería consultarla sobre algo de su especialidad.
 
Marcela no llegaba a los treinta años. Nariz pequeña, ojos grandes y grises, mejillas rojas, cutis terso y pechos voluminosos. (Aspiraba a una operación que los redujera cuando pudiera costearla). Siempre se mostraba alegre, pero tenía en los ojos un dejo de nostalgia, evidente aún en medio de una carcajada. Reía y lloraba con la misma facilidad. Las líneas en sus pies, indicaban un temperamento melancólico y lo que más se destacaba eran las expresiones cursis de su lenguaje.
 
 Estábamos en verano y aquella tarde llegó con una blusa roja, falda corta y sin corpiño. En la puerta se quitó las sandalias; aunque delicados y pequeños, sus pies eran muy fuertes.
 
Con los labios curvados hacia abajo y a punto de llorar, me suplicó que la perdone. Afirmó que antes de marcharse de aquel modo brusco, pasaba por una etapa depresiva. Al observar los detalles grabados en la planta de mi pie izquierdo, supo que la profecía era real. Afirmó que se había enamorado de mí y no quería encontrarse en la ciudad cuando la muerte llegara. De pronto se echó a llorar, se arrodilló y repitió el pedido de perdón. La obligué a incorporarse, la abracé; aspiré su perfume enervante con toques de incienso y nos besamos.
 
―No sabes lo feliz que estoy al encontrarte vivo…
 
En ese momento, el piso de la cocina volvió a bramar.
 
―¿Qué es lo que ocurre? —preguntó Marcela.
―Es lo que quiero preguntarte. Creo que hay una bestia debajo de las baldosas.
 
Entró a la cocina y al sentir los pequeños pies, el monstruo enloqueció; desde el fondo de la tierra resonaron los golpes que volvieron a agrietar algunas de aquellas baldosas, supuestamente las más sólidas del mercado. La habitación se llenó del humo picante y gris, y escuchamos el alarmante rumor de una nueva arremetida. Tomé a Marcela de la cintura y la alcé para separar las plantas del piso. Volvimos a la sala y cerramos la puerta. Del otro lado, los golpes disminuyeron de a poco, pero algunas líneas de vapor se filtraron como serpientes furibundas.
 
―Es un dragón de humo —dijo ella.
―¿Un qué?
―Un dragón de humo. Emociones viejas de la tierra que reaccionan con los pies descalzos. Debe tener muchos años; percibo fuerza, firmeza, decisión. En sí mismos no son peligrosos, pero puede llegar a destruir la cocina y si en ese momento te encuentras allí, hasta pueden matarte. Al dejarlo, se tranquiliza solo.
―¿Hay alguna forma de detenerlo… de exorcizarlo?
 
Los bramidos y los golpes se redoblaron. Los pies de Marcela lo habían excitado más que los míos.
 
― Si estás de acuerdo, ensayaremos un ritual de posesión — dijo mi amiga— Necesito prepararlo durante veinticuatro horas. Tú también intervendrás. Deberás venir a mi casa.
 
Repitió que no había peligro en dejar solo al monstruo. Sin el estímulo de los pies, se tranquilizaría de a poco.
 
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 La casa de Marcela quedaba a pocas cuadras. Pasamos al estudio y conté mi nuevo encuentro con Sandra; la condición que me había impuesto de permanecer descalzo en todo momento para evitar la muerte.
 
―Tiene su lógica —afirmó Marcela. Tus pies están llenos de energía. Son una fuente de vida. Como un par de osos, grandes y peludos —añadió riendo.
 
Estuve a punto de mencionar la presencia de la profetisa en la esquina; en caso de asomarnos, podría verla vigilando, pero preferí callar. A pesar de la seguridad que exhibía en su actividad profesional, Marcela era demasiado temerosa. La supuesta cercanía de la muerte la había hecho escapar a casa de su madre. De conocer la constante acechanza de Sandra, podría tener una nueva crisis.
 
Le pedí que evaluara mis pies. Los lavó con agua tibia, revisándolos atentamente. En la planta izquierda, las líneas casi se habían borrado y el lunar se extendía hasta el arco longitudinal como una larga mancha marrón.
 
―No hay que preocuparse por el aumento del diseño —explicó Marcela —La dispersión indica retroceso. Lo único que está estancado es tu actividad sexual —dijo mientras masajeaba mis tobillos y talones con los pulgares —Tus pies siempre me han gustado —agregó —son muy viriles.
 
Metió los dedos gordos en la boca y los aspiró con fuerza, mientras levantaba la vista y clavaba los ojos en mí. Me excité Esa práctica produce un vértigo muy parecido al de la felación. Unos segundos después nos besábamos con pasión, pero al intentar acariciarla, me detuvo
 
—Mi posesión tiene que ver con el sexo —explicó —Para que el ritual sea efectivo, no debemos tener relaciones hasta mañana.
 
El resto del día fuimos al parque. Hacia el norte se extendía una zona abandonada y pantanosa que terminaba en una enorme turbera sobre la que pesaban leyendas terroríficas. Si bien no la consideraban área de paseos, tanto ella como yo la habíamos transitado alguna vez en nuestro afán de encontrar superficies diferentes para nuestros pies descalzos.
 
Aquella tarde recorrimos pantanos y cavernas desconocidos para mí. Debíamos recoger muestras de arcillas amarilla y verde y flores pequeñas y blancas, parecidas a las de la manzanilla, que crecían en las entradas de las cuevas. Eran muy escasas y nos llevó bastante tiempo. En el atardecer, Marcela me indicó que debíamos encontrar tres plumas rojas y tornasoles, con un punto negro en el centro, propias de los pájaros de la zona. En principio me pareció un cometido imposible, pero las hallamos con las últimas luces del día.
 
El lugar era peligroso en la noche, ya que lo recorría gente de mal vivir, pero debimos orar durante una hora con los pies sumergidos en el barro del pantano a fin de completar el ritual.
 
Regresamos pasadas las diez. Por indicaciones de Marcela, ayunaríamos hasta la mañana siguiente y dormiríamos en habitaciones separadas. Lo más importante era mantener la castidad hasta el otro día. Antes de acostarnos, ella lució un vestido de novia campesina: blusa blanca, falda amarilla y pies descalzos. En la frente llevaría una corona con las plumas y las flores que habíamos recogido.
 
―Estoy preparada para la posesión —afirmó —Es como un matrimonio.
 
 No dije nada, pero sentí celos al pensar que iba a realizar aquella boda con el monstruo de la cocina.
 
Al otro día desayunamos frugalmente. Marcela estaba hermosa. Con disimulo, me asomé por la ventana. Sandra seguía parada en la acera del frente de la casa, observando con atención.
 
 Volvió a masajear mis pies. Con mis someros conocimientos de reflexología, noté que se detenía en las zonas vinculadas al sexo: las proximidades de los tobillos y los espacios interdigitales. Luego absorbió nuevamente los dedos gordos. Aquello me produjo otra erección.
 
—No podemos tener sexo hasta después del ritual, pero es importante que estés excitado —explicó —yo me casaré con el monstruo, pero tú deberás intervenir.
 
Los pies de Marcela eran muy pequeños; el segundo dedo era ligeramente más largo que el mayor, lo que se conocía como del tipo griego. En el derecho, cerca del arco, tenía varios lunares que formaban un archipiélago. Me mostró una pulsera pequeña con cascabeles, que se colocó en el tobillo izquierdo.
 
—Este sonido llama a los dragones de humo —explicó. El ruido era alegre, con notas agudas y el elevado timbre se escuchaba a la distancia.
 
 Al salir, Sandra volvió a hacer el acostumbrado gesto de frustración al ver mis pies desnudos. En el cuerpo de la profetisa observé cierta curiosidad tensa. Nos siguió a la distancia. Con Marcela caminamos hacia mi casa tomados del brazo. La gente nos miraba, o mejor dicho la miraba a ella con su larga falda, los ramos en la cabeza y en las manos, los pies descalzos y el tintineo constante de los cascabeles.
 
Entramos y ante el llamado de la tobillera de Marcela, resonó el terrible bramido y se repitieron los golpes.
 
—Abre la puerta —pidió. Cuando lo hice, los sonidos se detuvieron. La habitación estaba cubierta de humo gris y picante. En el piso, una niebla azul y luminosa, reemplazaba a las baldosas. El monstruo hizo silencio y me pareció escuchar un suspiro de deseo.
 
 Ella entró, apartó las sillas y se tendió en el piso. Las baldosas reaparecieron crujiendo. Algunas volvieron a partirse; el humo se concentró en el cuerpo de Marcela que se retorció y gimió.
 
—¡Ven… ¡Ven …! —pidió con voz ronca. Los ojos me miraban como animados por un tifón. El dragón de humo seguía bramando, uniéndose a su deseo. Me desnudé rápidamente, me arrojé sobre ella y la abracé. Ardía. Al penetrarla sentí que su vagina despedía fuego líquido. Gritó. A través del cuerpo, gritaba el dragón. Los orgasmos de ella se repitieron uno tras otro. Eyaculé largamente, hasta sentirme vacío.
 
Quedamos abrazados. Marcela respiraba profundamente, exhausta y casi dormida. El monstruo ya no bramaba. Al incorporarme y pisar las baldosas, lo sentí escapar y buscar refugio en las profundidades. Ella me abrazó.
 
―Esta es la solución. Los dragones crecen cada tres meses, pero mañana repetiremos la posesión.
 
Preparé café mientras Marcela se vestía. Escuché el pregón de un heladero que llegaba de la calle, y al asomarme a la ventana, vi a Sandra, parada en la esquina de siempre, mirando hacia mi casa a través de los anteojos espejados. Sostenía una paleta y al advertir que la observaba, empezó a chuparla ostensiblemente sin dejar de mirarme.
 
 Como hipnotizado, observé el helado entrar y salir de la boca, hasta que desapareció.

 

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 GOCHO VERSOLARI

4 Comments

      1. Estoy escribiendo mi novela RCAG EN RUSIA 2018 acerca de la Copa Mundial 2018. Como no he podido pasar por Rusia la novela se basa en mi experiencia durante las Olimpiadas en China. Tengo planificado (posiblemente) incluir una inglesa descalza por decision propia pero no se.

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      2. Hola amigo. Es muy interesante la inclusión de un personaje como el que describes, aunque lo decisivo es buscar la motivación de andar descalza. Algunas sugerencias: – razones religiosas, que es con lo que más se la relaciona (en este ámbito puede pertenecer a alguna cofradía o secta que tenga ese requisito) . – Razones “ecológicas” en un sentido muy amplio; el afán de estar conectado a la tierra- Puede ser que el personaje encuentre una satisfacción de tipo sensual al caminar con sus pies desnudos. Que el contacto con el piso despierte un oscuro placer. En fin, las variantes son muchas. Estaremos en contacto. Un fuerte abrazo.

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