“Píndaro” – Colección de Poesía – Los libros como murallas.

Los libros como murallas.

Gocho Versolari, Poeta

 

“Farenheit 451” de Ray Bradbury, escrita en 1953,  es considerada un clásico, no sólo en el género de ciencia ficción sino en la literatura universal  . La novela describe una  sociedad  distópica, fuertemente autoritaria, que combate y quema los libros. Los volúmenes, donde los hombres volcaran su cultura, simbolizan modos de conciencia y conocimiento que amenazan las estructuras de poder. El protagonista, Guy Montag, un bombero encargado de quemar libros, cobra conciencia de los mecanismos de la sociedad y se ve obligado a escapar. Luego de muchas peripecias, topa con una comunidad cuyos miembros memorizan los libros. Cada uno de ellos se identifica con una obra y adopta  su nombre  . A  partir de allí, la cultura volvería  a trasmitirse en forma oral.
Señalo otro hecho vinculado a la literatura oriental; se trata del volumen de juventud de Yasunari Kawabata: “Historias que caben en la palma de la mano”. Son ciento cuarenta y seis relatos muy breves,  que el autor definiera alguna vez como representantes del espíritu poético de su juventud. Ya en la vejez, Kawabata convirtió dichos relatos a poemas.
En uno y otro caso, en la ficción de Bradbury y la decisión de Kawabata, estallan los límites del libro. Nos resulta difícil concebir  una civilización en la que la cultura se transfiera sin ayuda de la palabra escrita. A pesar de esto, durante muchos milenios la literatura oral fue el único vehículo de trasmisión. La puesta por escrito fue una iniciativa de las castas sacerdotales. La cultura oral era un río en constante movimiento.  Los contenidos crecían y se transformaban de generación en generación. Un pueblo sin el desarrollo de la lecto escritura, tenía una memoria privilegiada y era en ese reservorio en el que se conservaba una tradición viva; tradición que se alteraba de acuerdo a las necesidades de las generaciones que debían recibirla.
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En un principio  la palabra escrita no alteró mucho esta preeminencia de la oralidad. Marshall Mc Luhan señala que al entrar en una sala de lectura entre los monjes medievales, se escuchaba el rumor elevado y constante de la lectura realizada en voz alta. El papiro o pergamino era un simple soporte de las palabras. Las mismas permanecían en estado latente, y sólo tenían sentido y cobraban vida cuando se las pronunciaba en voz alta. El libro era un palimpsesto de artes plásticas, de composición poética y de alarde narrativo. El escriba, encargado de reproducirlo, era a su vez alguien capaz de aportar e ir modificando el contenido en una creación constante. Con esto se relacionan las maldiciones presentes en la Biblia a quien altere el contenido de los textos; con esto se aspiraba a un escrito único, inamovible, que iba en contra del carácter proteico, informe que tuvo siempre la auténtica cultura.
Volviendo a Mc Luhan, uno de los libros del autor sureño lleva por título “La galaxia Gutemberg”. En efecto, desde la creación de la imprenta en el siglo XV, los libros producidos en serie pierden ese carácter maleable, esa capacidad de ser transformados, enriquecidos por las generaciones. Cada volumen pasa a ser un pequeño dique que constriñe, acorrala un contenido que no se puede cambiar. El libro producido  en serie, acota, encierra; cumple el papel de una sólida muralla que recorta trozos de ese fluir incesante que hasta el momento caracterizaba a la cultura. Es por esto que Mc Luhan relaciona la invención de la imprenta con el surgimiento del pensamiento mecanicista expresado en la filosofía de Descartes.
En este punto cabe señalar que muchos de los lectores de este artículo forman parte de aquellos que escriben  poesía, narrativa, ensayo y que sueñan con publicar  un libro; tener en sus manos un volumen con esa obra a la que aman; que pueda ser leída y admirada por un gran número de personas y les brinde reconocimientos. Lo positivo del libro es esta difusión de una porción de nuestro pensamiento, de nuestros sentimientos, pero lo tenebroso que lo acompaña es la posibilidad de alterar el flujo creativo, así como se altera un río cuando se colocan represas. Se relaciona  con este punto, el consejo de Hemingway, cuando afirmaba para quien escribía, que era necesario hacerlo a mano, con pluma y papel. Que en caso de redactar en la máquina de escribir, el texto quedaría “fijado” y sería mucho más difícil la necesaria modificación ulterior.
Lo he citado muchas veces, pero por su importancia merece que lo haga una vez más: la insistencia de Borges en trasmitir el consejo que a su vez recibiera en la juventud: demorarse en publicar. Era necesario que el río fluyera, que buscara espontáneamente el curso, antes de definir los cauces; antes de encerrarse en los diques de un libro.
De allí que en los dos ejemplos con los que iniciaba este artículo, es decir el argumento de Farenheit 451 y la actitud de Kawabata de reescribir en la madurez su libro de juventud, hay un regreso a las fuentes; un disolver las murallas del libro, y convertir su contenido en algo maleable, fluido. Si nos ubicamos en el mundo de la ficción de Bradbury, aquellos que memorizan los libros para trasmitirlos  oralmente, los cambian con sólo pasar de la palabra escrita a la oral. Hay una profundidad en la reflexión; la captación de matices y una ausencia de límites entre un libro y otro; la búsqueda incesante de esa palabra, de esa frase que pueda expresar el universo.
 En el caso del autor japonés, la capacidad de modelar esa obra inicial, de trasmutar su género, indica que la genialidad del creador no se encerraba en moldes, que el mismo estaba permanentemente conectado a ese fluir incesante que es la literatura.
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Colección PÍNDARO y los libros.

Existe una dimensión del libro – presente casi siempre en los clásicos – por la cual el carácter intrínseco del texto rompe las barreras a través de una espontánea sincronicidad. Lo explico de inmediato:  Es frecuente afirmar que el Quijote, así como las obras de Shakeaspeare y otros tantos textos famosos o no, adquieren una significación diferente cuando los leemos en distintas épocas de nuestra vida. Hay sentidos ocultos, un crecimiento de las letras hacia dentro; una sucesión de capas de significado progresivo. Este crecimiento  no rompe las murallas externas del libro, es decir su principio y fin, sino que presenta distintas capas de interpretación.
Este es el carácter de las obras que la Colección Píndaro de Editorial Fleming  pretende alcanzar a los lectores. No es posible afirmar que las mismas sean clásicos en su totalidad, pero sí que trasmitan  temblor,  conmoción y que transformen la vida del lector.
No otro es el objetivo de la literatura.

 

GOCHO VERSOLARI

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