La Masa Madre: Poesía: una forma de coquetear con lo Sagrado.

Poesía: una forma de coquetear con lo Sagrado

Gocho Versolari

 

Quienes escribimos solemos separar la poesía de lo sagrado. Limitamos el  último de los vocablos   al área confesional  y estamos convencidos  de que sólo lo encontraremos traspasando las pesadas puertas de las iglesias; que una vez que se cierran, lo sacro permanece en las criptas, contenido en el silencio y custodiado por serios personajes vestidos de negro.

 

Hace ya mucho que nuestra civilización y nuestra cultura han separado lo sagrado de la  vida cotidiana para delegarlo en sacerdotes y  representantes de todo tipo. Sin embargo, lo sacro como tal, es una materia en estado de ebullición, necesaria para el mantenimiento de la existencia;  es por esto que logra escapar de los claustros y manifestarse imprevistamente en existencias individuales. Una de las principales formas en que lo consigue  es a través  del impulso poético; impulso que  en la antigüedad y en algunas partes de Oriente, participa  de este carácter numinoso: el poeta por el solo hecho de serlo, se convierte en  la voz del fundamento del mundo; en su objetivo y dirección.

 

En una sociedad donde  lo supuestamente sagrado se mantiene encerrado en las iglesias, donde la cultura que recibimos a través de nuestra educación separa la existencia inmediata, con sus urgencias y ansiedades de una posible misión cósmica, el afán poético reactualiza el misterio . El entusiasmo, la “visión”, la pasión en suma que acompaña a la composición de un poema, o de otra obra de arte, forman parte de esa fuerza que se inicia en nuestras entrañas y  que compromete al ser total: cuerpo, mente, espíritu.

 

De la raíz de Sacratum  deriva entre otras palabras, Secretum. Ambos términos se relacionan con el mundo de los misterios y de la iniciación; detrás de la realidad que nos rodea hay un cúmulo de fuerzas ocultas que tienden a manifestarse.  Por su naturaleza no son visibles  y  sólo se hacen evidentes cuando operan sobre aquello  que afecta nuestros sentidos. Un ejemplo reiterado son las corrientes marinas, no detectables por la percepción inmediata, pero que se expresan  en el movimiento de las olas.

 

Hay un dato curioso, y hasta cierto punto inexplicable, sobre el que siempre vuelvo ya que ilustra esta insistencia de lo sagrado por manifestarse. Se trata de las características actuales de la publicación literaria. Plataformas como Amazon, redes sociales con todos sus vericuetos y sofisticaciones, anulan el hiato  entre el  producto inmediato del impulso poético y su publicación. Según estadísticas, en pocos años la cifra de quienes escriben  superará por primera vez en la historia a los potenciales lectores.

 

Este hecho es de suma importancia, y sus consecuencias serán objeto de futuros artículos en esta serie que llamé “La Masa Madre”. La capacidad de una inmediata edición aumenta el entusiasmo del poeta novel, pero por otra parte tiende a  generar    una literatura sin madurez, a merced de un complejo sistema de tópicos que influye  tanto a escritores como a lectores. Lo más importante por ahora, es reiterar y destacar que el afán de escribir y comunicar es una de las formas que toma el impulso sagrado. Instalado en un punto cercano al ombligo de quien concibe versos, emite desde allí una fuerza irresistible. Busca que esa tendencia al mito, expresada en la poesía y en la literatura, logre en algún momento brindar un sentido profundo a la realidad; generar las nuevas bases tanto del mundo que se muestra allende nuestra piel, como de nosotros mismos.

 

Esto trae a colación el compromiso del poeta sobre el que también volveré en futuros artículos. Quien escribe debe ser responsable de ese impulso, de esas visiones y sufrimientos profundos que acompañan a todo poema. Debe investigar el lenguaje: no tanto para aprender métrica, rima o preceptiva literaria, sino con el afán de poder reconocer las palabras y los contenidos de ese dios que emerge de nosotros cuando componemos versos. El vate debe reconocer el ritmo propio, la música que siempre acompaña a esas palabras que parecen susurradas y que se vuelcan jubilosas en la cuartilla, la tableta o el ordenador.

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Alguna vez escribí que la literatura, y en especial la poesía, conforman un enorme libro cuya estructura la componen desde las obras clásicas hasta los versos que en este momento garrapateo en un papel.

Atardecer  de otoño. Sentado frente a la ventana se encuentra un hombre, una mujer, un anciano, un joven, un niño;   de pronto percibe una inquietud extraña, una rara sensación de melancolía en la garganta y se lanza a escribir.

Esa figura pequeña, ignorada, en el ademán febril de garabatear un texto, está completando el colosal y sagrado palimpsesto de la literatura universal.

 

GOCHO VERSOLARI

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