El Dios que Emerge de mi Pecho

 


El cielo nublado de las seis

se apronta a deslucir el trago 

que aún no he bebido; el que late

en corazones de cantinas oscuras,

donde gritaré reclamando un aguardiente

diez veces destilada,

de modo que una gota

me muestre la entretela del mundo,

el volcar de la luna en las costuras del planeta

y el aliento 

de las iguanas silenciosas que se arrastran

detrás de los colchones de almejas

que nunca llegarán 

a la costa del ser. 


Explico todo esto

para ambientar mi llegada a los muelles

donde beberé mi trago 

en uno de los viejos cabarets,

rodeado de marinos borrachos 

y  prostitutas de neón. 

No creo

que esta noche brumosa

se abra la montaña de los cielos

y desciendas con tus coronas, tus túnicas,

tus cetros, tus manzanas, tus cabellos que flamean

tan suavemente 

que parecen latir. No creo

que veré tus pies desnudos 

hollar la montaña del cielo; no creo

que en esta medianoche salga el sol.


De modo

que intoxicaré por un momento 

a este dios que insiste en salir de mi pecho

para respirar la noche de diciembre

y trepar  los carámbanos del aire. Le diré que otro día

tal vez mañana

o la semana entrante,

se dedique a llegar a las estrellas

y que hoy goce 

de la vieja locura de la tierra. 

 

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GOCHO VERSOLARI




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